domingo, 15 de enero de 2017

Sin trampa ni cartón: La ronda de los días


Sábado, 7 de enero
EN EL MONASTERIO

¿Me habría gustado vivir otra vida? Por supuesto. Desde hace tiempo colecciono vidas que habría preferido a la mía.
            Mientras visito el monasterio benedictino de San Nicoló l’Arena, añado otra a mi colección. Tras admirar las palaciegas escaleras, nos dirigimos al primer claustro. En el centro, un quiosco de malaquita (o eso me parece a mí), como en los poemas de Rubén Darío. “No cumplía ninguna función religiosa –me cuentan–. Fue mandado construir por el Abad para tomar café y chocolate caliente con los huéspedes ilustres, con los viajeros del grand tour que se acercaban a Catania”.
            Desde una ventana, contemplo la Piazza Dante y los edificios frente al monasterio. “También pertenecían a la comunidad. Ahí solían alojarse las amantes de los frailes. Entonces ese hecho escandalizaba menos de lo que escandalizaría ahora. Los frailes, casi todos hijos de familias nobles, rara vez lo eran por vocación. Para evitar repartir la herencia, los segundones no tenían otro camino que la carrera militar o la religiosa”.
            Yo también habría escogido la vida religiosa en un monasterio como este. Visito el otro claustro, con una inmensa fuente de mármol. “Para traer agua a esta fuente, solo para eso, se construyó un acueducto”.
            Los largos pasillos, las celdas de los monjes comunes, con su amplio espacio y sus altos techos, el fastuoso refectorio, la gran cocina, la biblioteca, el misterioso jardín de los novicios sobre el banco de lava… Y los frailes que ocuparon este inmenso espacio (que hoy alberga a cientos y cientos de alumnos y profesores) nunca al parecer superaron en mucho la treintena (los servidores eran más, pero dormían fuera).
            Sí, yo habría sido feliz en este monasterio. No habría necesitado para ello –aunque me habría gustado– desempeñar el cargo de abad. Los ritos religiosos, reunirse para rezar no sé cuántas veces al día, tampoco me habrían importado demasiado. A fin de cuentas, nada me gusta más que la repetición, que los hábitos rigurosamente respetados que pautan el día.
            No me habría aburrido en este laberinto, no. Está construido sobre una suntuosa villa romana, fue destruido por un terremoto, estuvo a punto de ser arrasado por la lava del volcán (se dispuso un foso de arena para detener aquel lento río, y ahí sigue, como una reliquia más), guarda en sus entrañas secretas galerías abovedadas que sirvieron de refugio en tiempo de guerra y ahora ocupa la biblioteca.
            Colecciono vidas que me habría gustado vivir. Ya anciano, muy anciano, con dificultades para subir y bajar escaleras, asistiría a misa tras una alta celosía, muy cerca del majestuoso órgano.
            Cuando me asomo ahora, están preparando la iglesia –inmensa, mayor que la catedral: tenía que quedar claro que el abad mandaba más que el obispo– para no sé qué espectáculo. Trato de descubrir desde aquí la gran meridiana, el inmenso reloj de sol de más de cuarenta metros de largo que fue construido en 1841 por un científico alemán y otro danés contratados por los Borbones para estudiar la geología del Etna. Mármol negro y mármol blanco de Carrara. A veintitrés metros de altura está el óculo por el que penetra el rayo de sol que va marcando las horas.
            Sí, yo habría sido feliz –aunque no fuera abad, aunque no tuviera una amante albergada en el edificio de enfrente– como fraile benedictino en San Nicoló l’Arena. Pasaría mis horas en la biblioteca, paseando por el jardín, estudiando las estrellas.
            Claro que, bien mirado, también podría haber sido fraile en un monasterio más cercano, en Oviedo, como mi admirado Feijoo. Y quizá lo sea.


Domingo, 8 de enero
HAGO RECUENTO DE MI VIDA

Por una retorcida y estrecha escalera, subo hasta la cúpula de Santa Ágata. Es una espléndida mañana de domingo y toda la ciudad parece desperezarse gozosa en torno mío.
            Enfrente, a contraluz, casi al alcance de la mano tengo la catedral y detrás de ella las aguas azul oscuro del puerto, con la silueta de algún barco que parece posada sobre los tejados. Luego, abajo, la Piazza del Duomo, con la fuente del elefante y los ociosos que se sientan en torno a ella a ver pasar las horas (coinciden caras arrugadas de campesinos, que parecen sacados de la Sicilia profunda, con rostros desvalidos de inmigrantes).
            Sigo mi ronda circular: la via Vittorio Emanuele y las torres de San Francisco; la plaza de la Universidad (al fondo, sobresaliente, la cúpula de San Nicoló); la larga vía Etnea, tan fatigada por mí, y la mole del Etna, deslumbrante con su manto de nieve, protectora y amenazadora; el teatro Bellini (sonrío al recordar la aparatosa estatua del compositor en la plaza Stesicoro); el otro tramo de la vía Vittorio Emanuele, el que va hacia el mar, que brilla de nuevo sobre los tejados…
            Tras hacer la ronda solitaria y acariciar con su nombre todos los lugares que voy reconociendo, me siento un rato a hacer otra ronda, la de mi vida. A veces pienso que no he fracasado en nada, salvo en lo fundamental, y otras que he cometido error tras error, pero que finalmente no me he equivocado en lo que importaba.
            ¿Amor? No me gustan las  preguntas sobre mi vida privada; prefiero hablar, incluso conmigo mismo, de otra cosa. Recuerdo lo que respondió Fidel Castro a una pregunta semejante: “Amé y me amaron; eso es todo lo que puede decir un caballero”. De que amé yo estoy seguro; de que me amaran, al menos como yo quería que me amaran y quien yo quería que me amara, tengo mis dudas… Cualquiera las tendría, viendo que vivo solo, como casi siempre he vivido. Pero la verdad es que la vida de pareja –más allá de unos cuantos fines de semana– nunca me pareció apetecible. Como los señoritos (qué palabra tan fea) o los libertinos (qué palabra tan sugerente) de las comedias de Jardiel Poncela, mi vida ideal sería un amplio apartamento en el centro (en el centro de cualquier ciudad: lo mismo me da Roma que París o Nueva York), una asistenta invisible y un eficaz mayordomo. Y luego, pero no todos los días, aventurillas de una noche. No lo he conseguido, por supuesto, pero me he aproximado todo lo posible dados mis limitados medios de fortuna. El matrimonio es para la clase de tropa, como dijo un santo varón de cuyo nombre me acuerdo perfectamente.
            ¿Éxito profesional? Ninguno. Pienso en la gente de mi edad: Darío Villanueva, Luis Alberto de Cuenca, Javier Marías, Pérez-Reverte… Eso es éxito, cada uno en su ámbito, y lo demás son cuentos. Pero como soy de buen conformar la verdad es que no tengo ninguna queja. Me gano la vida, desde hace cuarenta y cinco años, con un trabajo que cada vez me parece menos trabajo (cuando me jubilen, en el 2020, será como si me quitaran un entretenimiento) y dedico lo mejor de mi tiempo, también desde hace al menos cuarenta y cinco años, en que apareció mi primer libro, a la literatura, no como profesión, sino como un laborioso placer que nunca cansa.
            Publico libros todos los años, colaboro en la prensa todas las semanas (algunos veranos todos los días) y no cambiaría ese privilegio ni por la dirección de la Academia ni por el premio Nobel.
            ¿Dinero? Ni mucho ni poco, el que he necesitado (soy de pocas necesidades).
            ¿Eres un hombre feliz entonces?, me pregunto.
            Esta mañana, sentado al sol en lo alto de la Badia di Sant’Agata, sí. Pero pronto se hace de noche y hace frío, dentro y fuera, y todos los fantasmas se ponen a bailar sobre mi cabeza. A fin de cuentas, como dijo Oscar Wilde (o como dije yo, no sé bien), la felicidad es un estado pasajero que no presagia nada bueno.


Lunes, 9 de enero
MUSEO DE LA LOCURA

No puedo olvidar la exposición “Museo della follia”, en el Castello Ursino: los obsesivos autorretratos de Antonio Ligabue y el quebradizo expresionismo de Pietro Ghizzardi entremezclados con los restos arqueológicos, con la solidez de Hércules, los bustos de Alejandro y Meleagro, de diosas y de mujeres anónimas.
            La locura, ese otro nombre del infierno. Antonio Ligabue malvivió en la calle, pasó largos años en sanatorios psiquiátricos (entonces llamados, más expresivamente, manicomios). Le salvó la pintura. ¿Le salvó o simplemente le ayudó a sobrevivir? Vivió  los mismos años que yo tengo ahora.
            Respiro hondo al salir de las tinieblas a la luminosidad de las calles. Artistas contemporáneos complementan la exposición con obras en las que expresan su visión de la locura o mejor de las torturas a las que hemos sometido a ciertos seres humanos con tal pretexto.
            Yo sigo teniendo ese terror ancestral a lo que no entendemos, a lo que no controlamos. Miedo a los demonios que están dentro de los demás, pero sobre todo a los que están dentro de mí mismo.
            Y no hay demonios: solo disfunciones en la compleja maquinaria que llamamos cerebro. Disfunciones, desarreglos, que a veces solo lo parecen, que solo son distintas maneras de funcionar.
            Pero yo, como todo el mundo, qué bien me las arreglo para ir dejando de lado al conocido o al amigo con problemas. Allá él o ella en sus arenas movedizas. Poco a poco retiro mi mano para que no me arrastre consigo.
            Vuelvo a la Piazza del Duomo y doy vueltas y vueltas, como un ocioso más, en torno a la fuente del elefante.
            Soy un superviviente, me digo. Y para ser un superviviente hay que tener pocos escrúpulos. Cruzamos el río de la vida caminado por encima de los más débiles. Dejamos que el temporal los arrastre para que no nos arrastre con ellos.


Martes, 10 de enero
ELOGIO DE LOS CENTROS COMERCIALES

Qué triste el centro cultural Le Ciminière, las chimeneas, que trata de recuperar las viejas instalaciones industriales dedicadas a la refinería del azufre, situadas al lado de la estación central. Lo visito en la mañana sin nadie. Oscuras salas donde se exponen mapas antiguos de Sicilia, borrosas fotografías del desembarco de 1943, viejos aparatos de radio… Al fondo, tras las vías, el azul del mar y un antiguo fortín defensivo.
            Mejor un centro comercial que un centro cultural. A las cinco, ya es plenamente de noche en esta ciudad. ¿Qué hacer? Las pocas mesas ínteriores de las cafeterías siempre están llenas, la gente toma algo de pie en la barra o no le importa morirse de frío en la terraza, los cines son de una o dos salas y hay que ir buscándolos por calles oscuras. Yo me refugio todo el tiempo que puedo, hasta que llega la hora de la cena, en la Feltrinelli. Cada tarde compro un libro y me leo otro allí mismo, en la librería.
            ¡Ah, cómo echo de menos Las Salesas, Los  Prados, la cafetería del Ikea! Sin ellos qué inhóspita esta ciudad, cualquier ciudad, en las horas melancólicas en que sigue siendo de día, pero ya es de noche. Y no solo para el hombre solo.




lunes, 9 de enero de 2017

Sin trampa ni cartón: Vivir para contarlo



Martes, 3 de enero
VENTAJAS DE HABER SIDO UN NIÑO POBRE

Qué fácil resulta sacarme de mi zona de confort. Como un gato viejo, fuera de los cuatro rincones de costumbre me siento perdido. Mi primer idea, cuando llego a un lugar en el que no he estado nunca, es darme de inmediato la vuelta. Pero afortunadamente no suele haber plaza en los aviones que regresan el mismo día, o la hay a un precio prohibitivo.
            Es fácil sacarme de mi zona de confort, tan fácil que para sobrevivir ha tenido que ir aprendiendo a crearme rápidamente otra.
            Salgo la calle, en la hora melancólica del atardecer, como un niño enfurruñado, echando de menos mi café de siempre y los amigos de costumbre, suspirando por regresar. Pero en el parque Bellini, al lado mismo del hotel, me sorprende un viejo conocido, familiar desde la adolescencia ("en llegando a esta ocasión, / un volcán, un Etna hecho, / quisiera arrancar del pecho / pedazos del corazón") y junto a él, sobre los tejados de la ciudad, las nubes forman un círculo tan perfecto que no parece obra de la azarosa naturaleza, sino de alguna inteligencia no humana. ¿Un ovni sobre Catania? Por si acaso mando mi fotografía a Cuarto milenio.
            Sonrío como un niño que por un momento se olvida de su mal humor. Sigo caminando y, de pronto, en la plaza Stesicoro me encuentro con la entrada al anfiteatro romano, medio sepultado a un lado de la plaza. Bajo unas escaleras metálicas y ya estoy en otro mundo, vigilado por la fachada barroca de una iglesia (como casi siempre en esta ciudad). Lo que queda del anfiteatro se puede recorrer como un laberinto. Juego a perderme en él, sin hilo de Ariadna, sin miedo a toparme con el Minotauro. A quien me gustaría encontrar es a cualquiera de los viajeros del Grand Tour, a Goethe por ejemplo, que también se dejaron fascinar por este lugar.
            Al otro lado de la acera, en la misma vía Etnea en que está mi hotel (que casi no es tal, sino un viejo caserón en el que tengo alquilado un cuarto con una gran terraza sobre un destartalado jardín), dos cafés, uno al lado del otro, hombro con hombro, el Spinella, abierto desde 1936, y el Savia, desde 1897. Ya tengo donde escribir versos y leer La Repubblica. Y la librería Feltrinelli, uno de mis rincones favoritos de Italia, también en la misma larga calle, que termina en la Piazza del Duomo y tiene siempre al fondo en lo alto, vigilante, como dispuesto a ponerse en marcha de un momento a otro, a un viejo amigo, el Etna, coronado de nieve y, en mi memoria, de versos de Góngora y Virgilio.
            Hace una hora, o quizá dos, me sentía desvalido y desterrado; ya me siento como en casa.
            Soy un niño caprichoso, nunca he dejado de serlo, pero también fácil de contentar, de distraer con cualquier cosa. Es lo que tiene haber sido un niño pobre.


Miércoles, 4 de enero
UN REPROCHE EN ORTIGIA

Las doce en el reloj, como en el poema de Guillén, y yo sentado en la Piazza del Duomo, en el centro mismo de la isla de Ortigia. Tengo enfrente la catedral, el antiguo templo de Atenea; a la derecha, la iglesia de Santa Lucía, con el cuadro en el que Cravaggio pinta su entierro (el cuerpo está en Venecia, en el Campo de San Geremia: la inscripción en su honor es visible desde el vaporetto); a la izquierda ensortijados palacios llenos de luz, y en torno el mar del mismo deslumbrante azul que cuando aquí llegó Platón llamado por el tirano de Siracusa.
            Las doce en el reloj, el acorde perfecto, y yo por un instante sintiéndome el centro de tanto alrededor, a gusto con el mundo y conmigo.
            Por un instante. De pronto es como si se apagaran las luces del escenario y todo quedara oscurecido por la tinta de la melancolía.
            No soporto estar solo, ahora lo descubro. Necesito la distracción y el debate para no pensar en lo que se avecina. Menos mal que con el teléfono móvil, del que tantos abominan, uno nunca está solo. Me llama Abelardo Linares, que también anda un poco alicaído últimamente, y enseguida me las arreglo para discutir un rato y así sacudirme la tristura.
            –¡Bueno has puesto el libro de viajes extremeños de Antonio Moreno! Y todo porque no te gusta lo que dice de Aldeanueva del Camino o porque copia lo que cuenta un panadero de Galisteo y tú no estás de acuerdo!
            –No es eso, Abelardo, no es eso. Yo pensaba reseñar ese libro, pero se me cayó de las manos. Es obra de poeta, en el mal sentido de la palabra, es el libro de quien no cree necesario revisar los datos. Y un dato falso hace que una crónica se venga abajo y lo mismo pasa con una generalización abusiva. Me defraudó y por eso no quise hacer una reseña.
            –Pues fue peor que si le hubieras dedicado una.
            –Hay que distinguir de géneros literarios, amigo Abelardo. Yo no los confundo nunca. En el diario caben la subjetividad y el capricho; en la crítica, no.
            Le cuento que estoy estos días de viaje solo y que ya estoy un poco harto de tanto andar conmigo porque me tengo muy visto. Y me temo que al paso que voy, a diario por año, a mis lectores les va a pasar lo mismo.


Jueves, 5 de enero
EN EL GRAN TEATRO

La alegría de tomar el tren cada mañana. Ayer, fue Siracusa; hoy es Taormina. Las chumberas y los naranjos, la línea azul del mar y las tierras fértiles de la isla asomándose siempre a la ventanilla. La alegría de partir en la mañana temprano, cuando todo relumbra como recién creado. No hay otra comparable a ella.
            Pero siempre anochece demasiado pronto. Cada día, como un símbolo del viaje de la vida: niñez, juventud, senectud; todo comprimido en unas pocas horas. Estar solo y estar lejos ayuda a verse mejor. Cada día, cualquier día, un triple salto mortal. Y ahora, lejos, descubro como ayuda la red de los amigos, aunque finalmente –ya lo sé– no sirva de nada.
            La belleza no es un buen lugar para vivir. No conozco lugar más hermoso que los riscos de Taormina, rodeados de islas y con el Etna siempre vigilante. Ninguno más incómodo, salvo quizá el empinado Anacapri. Vivir aquí, siempre pendiente del taxi, de los caprichos del autobús, jugándose la vida con las curvas y más curvas en el coche particular, no me apetece demasiado. Aquí los hoteles y las villas suntuosas son cárceles de lujo. Y no quiero ni imaginarme lo que debería ser este lugar en el siglo XVIII, cuando comenzó a ponerse de moda. El burro era entonces el único medio de locomoción.
            A mí me gusta llegar, subir al gran teatro, que no necesita decorados pues su telón de fondo es el más hermoso que se haya podido imaginar. Sentarme en una de las gradas, cerrar los ojos y escuchar a Antígona discutir con Creonte el eterno debate entre legalidades, tan actual hoy como entonces. Yo me entretengo imaginando una versión actual con Rajoy de Creonte y Ada Colau haciendo de Antígona.
            Y no me parece una falta de respeto traer a estas solemnes ruinas los repetitivos y para algunos aburridos debates de hoy. No eran muy distintos los que ocuparon a Sófocles o a Aristófanes, uno en tono solemne, el otro en tono burlón.


Viernes, 6 de enero
EL MEJOR REGALO

¿Cuánto tiempo hace que este día ha dejado de ser mágico? ¿Cuánto tiempo hace que dejé de ser un niño?
            Pero quizá no ha dejado, no he dejado de serlo. Me despierto en Catania, un lugar que era un nombre en un mapa, páginas desgarradas de Giovanni Verga, música de Vincenzo Bellini, el sufrido esplendor de los años del azufre, el oro amarillo, cuando soñaba con convertirse en otro Milán.
            Ahora es ya una de las ciudades de mi colección. Cuántas tardes he paseado arriba y abajo, como un catanese más, por la vía Etnea, cuánto me ha deslumbrado, cuánto me ha llenado de tedio, convertida de pronto en la ciudad de Cavafis, esa "angosta esquina de la tierra" de la que no saldremos nunca.
            También he creído encontrar el amor, como hago siempre en los lugares a los que llego la primera vez, y afortunadamente era una ilusión. Me he pasado la vida buscándolo, pero si lo encontrara no sabría qué hacer con él.
            Una ciudad nueva y unos cuantos lugares cercanos revisitados. Y en cada uno de ellos un regalo especial. Yo he apreciado sobre todo aquel arco iris sobre la bahía de Lentojanni, vista desde la parte alta del teatro de Taormina; luego descendiendo volvió a aparecer sobre Isolabella. Y la biblioteca pública instalada en la antigua iglesia y convento de San Agustín. Fuera, en torno a la Piazza 9 de Aprile, el más hermoso espectáculo del mundo; dentro, un silencio cargado de maravillas: yo abrí al azar un libro y era de Quasimodo y hablaba de esta isla y del Mar Jónico y de los dioses que se bañaban en él.
            Cierto que alguna vez sentí la lanzada del tedio, pero ningún lugar es de verdad tuyo si no te has aburrido en él. Lo que yo temo no es el aburrimiento, que en mi caso es el abono necesario para que surja la ficción o el poema, sino la desidia, la noche oscura del alma de la que hablaban los místicos, el desinterés por todo.
            Ayer llegué a la estación de noche (en estas fechas oscurece pronto) y para ir desde Catania Centrale hasta la Piazza Stesicoro, el lugar del centro más cercano, hay que atravesar un escenario de novela negra: lugares sin apenas edificar, descampados con algún oscuro vagabundo, grandes almacenes que guardan no se sabe qué. Me perdí, cosa rara porque he hecho este camino más de una vez, y no había ningún transeúnte al que preguntar. De pronto, escuché un tiro, o eso me pareció; un hombre dobló corriendo una esquina; recordé las novelas de Sciascia, viejas películas. Esperé escuchar sirenas policiales. Pero no pasó nada más. En seguida apareció una avenida con la iluminación navideña. Llegaba a terreno conocido. Si ocurrió algo, me dije, lo sabré mañana leyendo La Sicilia.
            El tedio se fue con ese disparo. Y yo supe que el mejor regalo de Reyes, el mejor regalo de cualquier día, es vivir para contarlo.



sábado, 31 de diciembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Carteros, encuentros y manchas reales


Sábado, 24 de diciembre
NAVIDAD SIN LÁGRIMAS NO ES NAVIDAD

Después del ajetreo de la cena familiar, en la vieja casa de Rivero, ya en la habitación del hotel, descorro las cortinas de la ventana y contemplo el parque iluminado por la luna. “Si esto fuera una película –me digo–, es el momento en que me ponga a recordar  a los ausentes y sienta cómo los ojos se me llenan de lágrimas. A fin de cuentas, sin llorar un poco cuando te quedas a solas, no hay Navidad verdaderamente feliz”.
            El parque a la luz de la luna y el rumor en el gran silencio, qué buen escenario para una película. El parque de Ferrera… Tendría yo trece o catorce años cuando por una apuesta, una noche de verano, salté los altos muros para permanecer dentro por lo menos una hora, sin miedo a los fantasmas. Pero regresé de inmediato perseguido por un mastín que se parecía mucho al de la novela de Sherlock Holmes. Luego, ya parque abierto al público, allá por 1976, me tropecé por única vez con el anterior jefe del Estado, que lo cruzaba para inaugurarlo. Entonces era alto, joven, sonriente, y estrechaba manos con campechano empeño. Yo me hice a un lado para no darle la mía. Diez años después, en ese mismo lugar, asistí atónito al estallido del poeta Francisco Brines, con todo el mundo tan sabio y ecuánime, salvo aquel día conmigo. Había venido a Avilés a participar como jurado en el premio Ana de Valle. Nada más bajar el avión Marian Suárez le alargó el último número de Los Cuadernos del Norte en el que yo comentaba sus Poemas a DK. Algo debí decir allí que le irritó profundamente. Disimuló lo que pudo, pero sirviéndole yo de guía por Avilés hubo un momento en que no pudo más y allí, en el parque, le vi convertirse en un inesperado mister Hide. Solo tiempo después creí entender lo que había pasado.      
            El parque de Ferrera… Paseo con Víctor Botas recitando poemas de Borges. Él uno, yo otro y pierde el primero al que no se ocurra ninguno (como en el Palacio Nacional de Cultura, en Sofía, con Luis Alberto de Cuenca). Y otra vez, bajo esta alta palmera, en que alguien me advirtió “no se te ocurra enamorarte de mí”, ya un poco tarde como para que el aviso fuera de alguna utilidad. O aquel otro día, poco después, en que acababa de recibir la revista Camp de l’Arpa y me vine aquí, todavía sin abrir el sobre, a disfrutarla. Y lo primero que leí fueron unos versos de Carlos Sahagún, que no he podido olvidar desde entonces: “Una vez más nos vemos desamados, / desasistidos, solos, / y aún esperamos al pie del camino / la más leve noticia de la vida”.
            ¿Estoy llorando? Bah, solo los ojos un poco empañados. Como nadie me ve, ni nadie se va a enterar, no tengo por qué negarlo. Ahora ya mi Nochebuena del 2016 –“la Nochebuena se viene, / la Nochebuena se va…”– está completa, ahora ya puedo irme a dormir tranquilo. Dejo abiertas las cortinas de las ventanas para que me despierte la luz del amanecer. Es mi regalo preferido de Navidad.


Lunes, 26 de diciembre
UN VIAJE EXTREMEÑO

Los libros, como las personas, nos defraudan por los pequeños detalles. Me las prometía muy felices con Estar no estando, de Antonio Moreno, donde cuenta un viaje a pie por la ruta de la Plata entre Mérida y Baños de Montemayor, unas tierras que conozco bien.
            Comienzo por el final, por lo que dice de mi pueblo: “El caminante repasa las últimas anotaciones de su cuaderno, escritas hace poco más de tres horas en un bar de Aldeanueva del Camino. Por dos euros allí ha almorzado lo siguiente: unos trozos de pan, una tapa de salchichas, un revuelto con patatas, cebollas y pimentón de la Vera y, por último un café”.
            Y eso es todo lo que tiene que contarnos sobre Aldeanueva en un libro de trescientas páginas. En Galisteo, un panadero se queja de que pronto tendrá que cerrar porque la gente del pueblo, por ahorrarse unos céntimos, “coge el coche, hace más de veinte kilómetros hasta Plasencia, llena el maletero de pan y lo almacena en cámaras frigoríficas”. De inmediato llamo a un amigo de Galisteo, que se ríe mucho con esa observación. Subrayo en otra página “Es una antigua y noble tradición ofrecer la casa. Pero la mayor parte de la gente ya no vive en casas…”.
            ¿Cómo es eso de que la gente ya no vive en casas? ¡Ah, el bueno de Antonio Moreno llama casa a un chalet individual! Pero cuando un amigo te invita a visitar su casa nadie entiende que se trate de un edificio exente y para él solo.
            Con los libros pasa como con las personas, cuando nos defraudan ya no encontramos más que defectos. Elogia Antonio Moreno la escritura de Josep Pla y eso le lleva a un pintoresco rechazo del adjetivo: “De la carne, por cierto, a lo sumo diremos que es la carne, o del mar que es el mar. No es fácil afirmar esto –la carne es la carne; el mar es el mar– porque nos tientan los adjetivos, y en ellos no va incluido la realidad sino nuestros propios afectos, nuestras propensiones e intereses, como el deseo de que el mar esté en calma y sea azul. No es fácil lograr la despojada inteligencia de los sustantivos, sin adhesiones ni parciales circunstancias añadidas”.
            No es fácil escribir tantas simplezas. ¿Qué es eso de que resulta difícil escribir que el mar es el mar? La tautología está siempre al alcance de cualquier fortuna intelectual. ¿Y si es mar está gris o azul o verde o “color de vino”, como en Homero, es solo por mis propios afectos, propensiones e intereses? Qué cosas. ¿La realidad carece de color? ¿No se le puede aplicar ningún adjetivo?
            Y como cuando uno encuentra a buscar defectos ya no para habría que decirle que esos hermosos versos de Alfred de Musset que su mujer le envía por teléfono (“Es un alto en el viaje y bajamos de coche; caminando al azar, dejo atrás unas casas, / harto ya de caballos, del camino, del látigo, / fatigados los ojos, doloridos los huesos”) en realidad son tan de Musset como de Carlos Pujol, aunque por la red circulen sin el nombre de un traductor que es casi coautor.
            Iba a dedicarle mi próxima reseña a este viaje extremeño de un poeta que siempre he admirado, pero prefiero no hacerlo. Si no puedes hablar bien de un libro, mejor no hablar.


Martes, 27 de diciembre
ENCUENTRO EN GIJÓN

No he mirado bien la dirección de la librería dónde debo presentar un libro y doy vueltas y más vueltas por las calles más anodinas del centro de Gijón. De pronto me vienen a la memoria unos versos de Rilke: “¿Puede decirme alguien dónde / he olvidado mi vida?”.  Me los repito también en un precario alemán (“Kann mir einer sagen, wohin”) y el extravío de esta tarde se convierte en símbolo de otro extravío mayor.
            Se me acerca entonces una pareja de desconocidos. “¿José Luis García Martín? Soy Antonio Pau”.  Abro los ojos asombrado. Estoy pensando en Rilke y me encuentro con el autor de Vida de Rainer Maria Rilke. La belleza y el espanto, la mejor biografía del poeta de las escritas en español.
            “Ando buscando una librería, La buena letra”, “Precisamente venimos nosotros de allí”, me dice. Y me acompaña hasta la librería donde hablaré de Pertinaz freelance, de Sergio C. Fanjul.
            “¿Una presentación a favor o en contra?”, me pregunta Mario Vega. “Las presentaciones siempre son a favor”. Pero no puedo dejar de hacer alguna observación a propósito de esos poetas que confunden modernidad con WhatsApp y redes sociales. Cito a Juan Ramón a propósito de los ultraístas: “Creen ser modernos por hablar en sus versos del teléfono, los aeroplanos o los anuncios de la Puerta del Sol”.


Miércoles, 28 de diciembre
DOS SALPICADURAS

 “¿Vas a seguir sin hablar de política?”, me preguntan en la tertulia.
            Sigo con mi propósito de no hablar del tema, que ahora sería hablar por hablar. Hasta que haya nuevas elecciones (primero en el partido de los tránsfugas, luego en España) la izquierda democrática tiene las manos atadas y bien atadas. Y por supuesto no voy a hablar en público de algo que me preocupa, el que los asesores del jefe del Estado no hayan sabido preservar del todo su papel institucional y dejaran que el gobierno le haya hecho aplaudir –o parecer que aplaudía– el amaño que permitió seguir gobernando a Rajoy contra la voluntad explícita del Parlamento y sin que cambiara ese parlamento. Deberían haber sido más hábiles y evitar que pareciera que tomaba partido. Tras las nuevas elecciones, con una mayoría de izquierdas, es posible que se cree una comisión de investigación para determinar las razones que llevaron a un determinado partido político a contrariar el mandato recibido de sus electores. No sé si ya será posible impedir que la figura del jefe del Estado sea cuestionada por los que hasta ahora no la cuestionaban. Quien representaba a la nueva política ha recibido, con el discurso de Nochebuena, una pequeña salpicadura de la vieja política. La segunda. La anterior ocurrió en la inauguración de las Cortes.

Jueves, 29 de diciembre
ESCRIBIR NO SIEMPRE RESULTA INÚTIL

Recibo una carta de la Asamblea de carteros de Oviedo: “Somos un grupo de trabajadores de reparto de correspondencia en la ciudad que unificamos fuerzas para luchar contra el desmantelamiento y privatización de Correos y de los servicios públicos en general. Desde hace aproximadamente dos meses nos fue comunicada por parte de la Jefatura la orden ‘verbal’ de no llevar a domicilio los envíos ordinarios cuyas dimensiones (a criterio del empleado) no permitieses su depósito en el casillero domiciliario, confeccionando el correspondiente aviso de llegada en la oficina y siempre antes de salir a realizar las labores del reparto. Un grupo de empleados nos negamos a acatar dicha orden, orden absurda y que vulnera los derechos de la ciudadanía, que paga cada vez más por un servicio más deficiente. Nuestra intención es combatir tal situación, pero es imprescindible que los ciudadanos denuncien estas deficiencias y, por ello, tras leer su artículo ‘Quien te ha visto y quien te ve’, donde se refleja muy bien un síntoma de la paulatina destrucción de Correos, nos gustaría mantener con usted una reunión para cambiar impresiones sobre este asunto”.
            Recibo esta carta y, cuando voy a tomar el café de las doce en Las Salesas, se me acerca un señor y me dice: “Perdone que le moleste un momento. Soy el encargado de la sección de reparto en Oviedo. Creo que la orden de no llevar ciertos envíos a domicilio ha sido malinterpretada. No sé por qué dejaron de llevarle a usted los libros que le llevaban desde hace más de veinte años. Era más bien por razones de seguridad. Ahora se hacen muchas compras por Internet, sobre todo en China, y las envían por correo ordinario para ahorrarse costes. Ya he hablado con su cartera”.
            El encargado es muy amable, pero las razones de esa orden absurda que a mí me irritó tanto no están muy claras. O demasiado: acabar con el reparto de la correspondencia ordinaria a domicilio, ahora que apenas hay cartas, y obligar a contratar otros servicios más costosos. Eliminar la figura del cartero, al menos tal como lo hemos entendido a lo largo de los últimos trescientos años, como un servidor público. La Asamblea de Oviedo puede contar conmigo.



domingo, 25 de diciembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Correos cumple trescientos años


Viernes, 16 de diciembre
TRES DESEOS

Encuentro en sueños un anillo mágico, le doy tres vueltas y pido otros tantos deseos. El último, que no se cumplan los dos anteriores.

Sábado, 17 de diciembre
DEL AMOR Y OTRAS PATRAÑAS

Solo cuando nos dejan sabemos si estábamos o no de verdad enamorados.
            Tres bodas equivalen a un funeral.
            Dejar de amar es quitarse un peso de encima.
            Si no te gusto como soy, cámbiate por otra. O por otro.


Domingo, 18 de diciembre
EN CAP FERRAT

Compré esta casa cuando me cansé de vagar por el mundo. Pagué poco por ella, porque era tan fea que todo el mundo pensaba que no se podía hacer otra cosa que demolerla y levantar una nueva en su lugar. Pero tenía un gran jardín abandonado y era imposible resistirse a su encanto. La había construido, hacia 1900, un obispo católico retirado que había sido, creo, confesor del rey belga Leopoldo II, el sátrapa del Congo. Debió recibir mucho dinero por absolverle de sus pecados. La construyó al estilo de las casas del norte de África, con un patio en el centro. Le puso una cúpula morisca, la lleno de arcos de herradura y luego, para rematar, le colocó un porche renacentista. Yo tenía un amigo arquitecto, Barry Dierks, que se ofreció a quitarle todos eso pegotes y a adaptarla al despojado gusto moderno, que es el mío. Pero ya ve, la gente la sigue llamando La Mauresque. La blanqueé por dentro y por fuera y la llené con mis libros y mis recuerdos de viaje. Hasta entonces no había poseído un jardín y no sabía que cuanto más jardín se tiene más se desea tener, y cuando más se trabaja en él más cosas hay que hacer. En el jardín había pinos, mimosas, palo de aloé, una enredadera de tomillo y también romero silvestre. Yo lo poblé de adelfas y camelias y de toda clase de arbustos que diesen flor; incluso traje árboles frutales de California. El mayor lujo aquí lo constituye el césped, que hay que regar bien para que soporte el rigor del verano. Hay que remover el terreno al final de cada primavera y replantarlo al otoño siguiente. Es molesto y costoso, pero el verde nuevo, fresco, tierno y brillante es luego el mejor regalo. En la cima de la colina hice construir una piscina. De Florencia me traje una cariátide de mármol hecha por Bernini, que convertí en fuente. Había una caverna natural al fondo, en la que nos refugiamos en días de mucho calor. A un lado tengo Niza; al otro, Montecarlo; enfrente, el cambiante azul del Mediterráneo. Muy cerca, el puerto de Villefranche, donde puedo embarcarme si de pronto me entra la nostalgia de la aventura. Gano mucho dinero con mis libros, vivo bien, pero no me hago muchas ilusiones sobre mi inmortalidad literaria. Los críticos literarios más prestigiosos hace tiempo que han dejado de tenerme en cuenta. No soy un innovador, me limito a contar historias sobre la gente que conozco; según ellos, poco más que a ofrecer argumentos para películas melodramáticas con las que entretener la tarde de los domingos. No me importa demasiado. Los que desdeñan el argumento y valoran sobre todo la técnica innovadora suelen ser escritores incapaces de contar una buena historia. Es muy humano convertir en méritos las propias limitaciones. También Dickens o Balzac o Maupassant tomaban sus personajes de la realidad, pero eso no quiere decir que carecieran de imaginación. Todo lo contrario. Sabemos muy poco de la gente, incluso de las personas a las que conocemos íntimamente; nunca lo suficiente para llevarlas a las páginas de un libro y hacer que sigan siendo seres humanos. Los hombres y las mujeres somos demasiado confusos, demasiado engañosos para que se nos pueda simplemente copiar, y también somos demasiado contradictorios e incoherentes para ello. El escritor toma de la gente que conoce algunos rasgos que han llamado su atención, y a base de ellos construye sus personajes. También sabemos muy poco de nosotros mismos. Por eso los escritos autobiográficos hay que tomarlos con mucha cautela. Cuanto más verdaderos nos parezcan, más elaboración imaginativa hay en ellos. En primera o en tercera persona, la literatura es creación, no simple copia. El realismo, o lo que llamamos realismo, no es más que una ilusión.  El escritor es uno más de sus personajes, a veces el principal. Lo que amamos en las Confesiones de Rousseau o en el libro suyo que yo prefiero, Las ensoñaciones de un paseante solitario, es al Jean-Jacques que encontramos en cada línea y se nos muestra infinitamente diverso. En realidad, lo que se nos cuenta en un libro es lo menos importante. Son los personajes y la voz del autor lo que nos seduce. Don Quijote y Sancho pueden vivir unas u otras aventuras, nos da igual; lo que nos importa son ellos, acompañarles, escucharles. Lo mismo pasa con Sherlock Holmes, nos interesa él, no las peripecias más o menos rebuscada en las que lo coloca su autor. ¿Mis escritores favoritos? Los que leí a los veinte años; nunca uno vuelve a entusiasmarse con nadie como se entusiasmó entonces. A Proust, menos distante de mí de lo que los snob pretenden, lo admiro, aunque me aburre a veces. Claro que yo prefiero aburrirme con Proust a divertirme con cualquier otro. Todo lo que ocurrió en mi vida que tiene algún interés ocurrió antes de los treinta años y lo he contado, a la manera en que se cuentan estas cosas, en Servidumbre humana; después no me ha ocurrido nada que valga la pena contar, salvo el éxito, que carece de interés.
            (Hace un tiempo, visite Cap Ferrat, entre Niza y Montecarlo, y me detuve a la puerta de los jardines de Villa Mauresque. Ahora, leyendo Une heur avec…, un libro de entrevistas de Frédéric Lefèvre publicado en 1933, es como si el propio Somerset Maugham saliera a recibirme, me mostrara su casa, me hablara de sus secretos de escritor.)



Lunes, 19 de diciembre
EN EL IKEA

“La vida es como un espejo; te sonríe si la miras sonriendo”, leo en la sección de espejos del Ikea. Bonito aforismo, pero para que resulte verdadero hay que darle la vuelta: “La vida no es como un espejo; no basta con que la sonrías para que te sonría”.
            Algo ayuda, sin embargo.


Martes, 20 de diciembre
FANTASMAGORÍAS

También después de muerto se pueden hacer gamberradas.
            Los muertos no saben que están muertos.
            Todas las noches, antes de dormirme, no sé si temo o deseo no volver a despertar.


Miércoles, 21 de diciembre
QUIÉN TE HA VISTO Y QUIÉN TE VE

Una vez me enviaron una carta solo con mi nombre y la localidad, Avilés; otra, más difícil todavía, una en la que solo indicaba mi nombre, el de la revista que entonces dirigía, Jugar con fuego, y Asturias. Llegaron a su destino sin apenas retraso. Ambos sobres están en el fondo que he legado a la Biblioteca de Asturias, por si alguien quiere comprobarlo. Pero correos hace tiempo que no es lo que era y no precisamente porque las cartas se suelan enviar por correo electrónico.
            Desde hace décadas, recibo a menudo libros enviados por los autores o los editores. Adapté el buzón para que cupieran fácilmente y no tuvieran que doblar las revistas literarias. Pero desde hace más o menos un mes, las cosas han cambiado. Ya no te dejan los libros en casa, sino un papelito que indica que, por no caber en el buzón, hay de ir a recogerlos a la oficina de correos.
            Voy, un día sí y otro también. Aguardo las colas navideñas. Reclamo. Llevo fotos, las medidas del buzón, una cinta métrica para medir el sobre que me entregan (casi siempre delgados libros de poesía). En vano.
            ––Es una norma nueva que tenemos desde hace un mes. Los envíos ordinarios ya no se llevan a domicilio si no caben en el buzón.
            ––¡Pero si en el mío caben, como les estoy demostrando!
            ––Eso es porque el suyo no es un buzón estándar. Nosotros no tenemos por qué saberlo.
            ––Se lo digo yo.
            ––¡Solo faltaría que tuviéramos que tener en cuenta los caprichos de cada cliente!
            Pido la hoja de reclamaciones. No me la pueden dar porque no les funciona Internet. No es la única cosa que ha dejado de funciona en Correos, me parece.
            Entro en su página Web y veo que este año hace justamente tres siglos que se creó en España el cuerpo de Correos. Fue en 1716, durante el reinado de Felipe V. Tienen una curiosa manera de celebrar el trescientos aniversario, que no sé si será legal: cambiando las condiciones del servicio (a peor y por el mismo precio) y obligando a mentir a sus empleados, que han de dejar un papelito diciendo que el envío que no les entregan no cabe en el buzón aunque ellos sepan que cabe perfectamente.


Jueves, 22 de diciembre
ANÁFORAS Y DUDAS RAZONABLES

Para conservar los amigos, frecuentarlos poco.
            Para perder la cabeza, empezar por tenerla.
            Para engañar con provecho, no engañarse.
            Si nunca has sido desdichado, nunca has sido feliz.
            Si no tienes nada en las manos para dar, da tus manos.
            Si Dios no existe, aún no lo sabe.
            ¿De qué sirve el talento si no se sabe esconderlo?
            ¿De que sirve la poesía si no ayuda a sobrevivir?
            ¿Dé que sirve ser feliz si más pronto o más tarde hay que dejar de serlo?
            ¿Todo lo que el hombre sueña acaba siendo acaba siendo realidad o todo lo que es realidad acaba siendo solo sueño?
            El paraíso, antes de Eva, ¿era ya el paraíso?
            El paraíso, antes de Eva, ¿era el verdadero paraíso?

Viernes, 23 de diciembre
NO DEBERÍA DECIRLO, PERO…

¿Mis amigos favoritos? Casi tan inteligentes como yo, mucho más jóvenes que yo y que me admiren casi tanto como me admiro yo.





domingo, 18 de diciembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Tender Stories


Viernes, 9 de diciembre
EN EL GRAN TEATRO

En el gran teatro del mundo todo resplandece si lo miras con amor y con curiosidad: eres tú quien enciendes y apagas las luces que iluminan el escenario.
            (En mi caso podrá faltar el amor, pero nunca la curiosidad.)
           
Sábado, 10 de diciembre
QUÉ PREFIERES

¿Y tú qué prefieres, estar junto a gente a la que admiras o estar rodeado por gente que te admira?
            (Si escoges lo segundo –que es lo que a mí me gustaría–, nunca serás digno de ser admirado.)


Domingo, 11 de diciembre
POESÍA, POESÍA

Hablar mal de lo que todos hablan bien es un placer al que resulta difícil resistirse. Veo Paterson, de Jim Jarmusch, y por un lado me alegra que en una película que se estrena en salas comerciales la poesía resulte protagonista, pero por otro....
            ¿La poesía? Bueno, el protagonista escribe versos a menudo en un cuaderno escolar, pero su poema favorito –y el de su mujer– es uno de Williams Carlos Williams que dice así: “Solo para decirte / que me he comido / las ciruelas / que había en / la nevera / y que / probablemente / guardaba / para el desayuno / Perdóname / estaban deliciosas / tan dulces / y tan frías”. (A mí se me ocurre un estrambote: “Y además / últimamente / ando / algo estreñido”.)
            Como quien contempla en un museo el cuadro blanco de Malévich  y dice “¡esto también lo hago yo!”, al bueno de Paterson, conductor de autobús de no muchas luces, se le ocurrió que si eso era poesía él también era poeta y en un cuaderno de anillas, y sin tachar jamás una palabra, nos describe las cerillas que usa y otros acontecimiento de su vida de similar interés. Un día se encuentra a una niña de diez años que también escribe poemas en un cuaderno y le pide que le lea uno. Queda admirado: comparado con los suyos es casi una obra maestra.
             “¿Conoces a Emily Dickinson?”, le pregunta luego la niña. Y él: “Por supuesto, es uno de mis poetas favoritos”. Y ella: “¡Qué pasada! Un conductor de autobús que conoce a Emily Dickinson”.
            Otro días, mientras contempla las cataratas de Paterson (se llama como la ciudad de New Jersey), un japonés le pide permiso para sentarse a su lado en el banco. Hablan de poesía. “Leer poesía traducida es como ducharse con chubasquero”, dice el japonés, que también es poeta. Luego mencionan a Frank O’Hara y a la escuela de Nueva York, un guiño para entendidos.
            Se supone que debería interesarme mucho una película en la que la poesía es protagonista. Me aburre más o menos como al resto de los espectadores, aunque hay algo de hipnótico en la rutinaria sucesión de días iguales y distintos (como los de mi propia vida) que se reflejan en la pantalla. Y no dejo de sentir simpatías por el par de pánfilos que la protagoniza: el conductor poeta y su mujer artista que decora con el mismo arte las cortinas del cuarto de baño que sus indigestos cupcakes.
            El bueno de Paterson no quiere tener teléfono móvil (eso sería sentirme atado, dice) y ha de pedirlo prestado cuando se le avería el autobús; tampoco utiliza el ordenador. Todo muy de acuerdo con la imagen que los no poetas tienen de los poetas.
            Lo mejor de todo es el final: su perro destroza el cuaderno con los poemas, de los que su autor no tenía copia, a pesar de la insistencia de su mujer. Ese perro gruñón resultó ser un excelente crítico literario. Pero no cantemos victoria: en cuanto se lo proponga, y aprovechando las paradas del autobús, puede volver a llenar otro cuaderno similar. Son poemas los de Paterson que le salen de un tirón (jamás se le ve tachar siquiera una palabra): “Hoy / cuando ya arrancaba / he visto venir corriendo / a una niña / con un impermeable amarillo / y a una anciana / con un paraguas rojo / he frenado / de golpe / para dales tiempo / a subir / al autobús”.
            Poesía, poesía, cuántas tonterías se cometen en tu nombre. Seguro que Jim Jarmusch filmó está película, tan aclamada en los festivales, solo para dar a conocer los malos poemas que sigue escribiendo a escondidas.


Lunes, 12 de diciembre
PERDER AMIGOS

“¿Cuántos amigos has perdido este año, Martín, cuántos? Seguro que llevas las cuenta”, me pregunta un joven poeta, más joven que poeta, en Los Porches, mi oficina matinal de Las Salesas..
            Una cuenta fácil de llevar. Este año solo he perdido a dos, un profuso escritor y un veterano librero de viejo, y en los dos casos sospecho que la amistad ya se había perdido bastante antes. Siempre ando presumiendo de ser más listo que nadie y en realidad no me doy entero de nada. El librero estaba deseando librarse de mí, que hacía tiempo que había dejado de ser un buen cliente (en realidad nunca lo he sido, no colecciono primeras ediciones ni tratados de tauromaquia o cosas así) y que tenía la rara habilidad de sacarle de sus confortables casillas: nada me gusta más que discutir, que darle la vuelta a las evidencias, que poner patas arriba el tópico; hace falta una cierta agilidad mental para aguantarme y eso se pierde con los años (el librero tiene mi edad y como casi toda la gente de mi edad es mucho más viejo que yo). Lo de que  le llamara “facha”, medio en broma y en una conversación informal, fue solo un pretexto para la ruptura. Ya no paso un rato al caer la tarde por la librería y seguro que su salud y su equilibrio han mejorado. Quien no mejoro soy yo: tardo en darme cuenta de que lo que a mi me divierte, debatir sobre esto y lo otro, ejercitar los músculos de la mente, a otros no les hace ninguna gracia, aunque a veces lo disimulen por educación. Ahora tengo mala conciencia por los malos ratos que le hice pasar a mi benemérito librero.
            Con el escritor me pasa lo mismo. No siento que hayamos dejado de ser amigos, sino no haber dejado de serlo hace unos cuantos años cuando comenzó a ser un exitoso escritor profesional.
            Un escritor profesional no publica obras literarias, sino productos que hay que comercializar adecuadamente. Las reseñas que se les dedican en los suplementos culturales no son parte de la crítica, sino de la promoción. Andrés Trapiello fue siempre muy generoso conmigo –me editó varios libros en La Veleta, me invitó a comer a su casa– y yo me he portado siempre con él como no se porta un amigo: comenté cada uno de sus libros como comento los de cualquier otro autor, sin tratar de engañar a los lectores, más amigo de la verdad que de Platón. A pesar de que en su caso esa verdad fue casi siempre elogiosa, él fue incubando un resentimiento al que dio salida en la presentación de uno de mis diarios. Ingenuo de mí, creí que ese desahogo habría sido suficiente. Pero solo era el principio de la supuración de la herida. Bien mirado, tuvo mucha paciencia. Aprendí la lección: no se puede jugar con dos barajas. Si eres crítico de literatura contemporánea, procura guardar la debida distancia con los autores y jamás aceptes un favor suyo. Sobre todo si son profesionales y temen –injustificadamente– que cualquier reparo les pueda, ni no echar abajo el negocio, sí hacerles disminuir las ganancias.


Martes, 13 de diciembre
DÍAS HERMOSOS

Una sucesión de días hermosos, anticipados regalos de Navidad. Como tiendo a ser pesimista, a profetizar lo peor (con la esperanza siempre de equivocarme), temo la tormenta que se estará fraguando en remotas regiones (o en el interior de mí mismo) y que estallará de pronto llevándose en fangosa riada tanta dicha.


Miércoles, 14 de diciembre
EN LA PARADA DEL AUTOBÚS

Un café de los de antes, de los que todavía existen en el centro de Europa, en Praga por ejemplo. Dos clientes que coinciden cada mañana sin ni siquiera verse, aunque están hechos el uno para el otro, sus dos perros que ladran al unísono, un pendiente que rueda por el suelo y los pone en contacto…
            Mientras espero el autobús para ir a la Corredoira a ver qué me cuenta mi más joven amigo  (pronto cumplirá tres meses), me fijo en el anuncio de una de las marquesinas. Gwyneth Paltrow, vestida de azul, sonríe con un vaso en la mano; “Check it out on Tous.com” si quiere conocer una de sus “Tender Stories”, leo al pie. Es lo que hago y durante unos pocos minutos –los que tarda en llegar el autobús– dejo que me cuenten la historia de Kate y Peter y sus perros Robin y Hood, una hermosa historia –azar y destino– que transcurre en uno de esos cafés con espejos que cantó Aquilino Duque: “Aún existen cafés en el centro del mundo / con salón de fumar y con globos de luz / y espejos biselados donde el tiempo es profundo / y al que mira devuelven toda su juventud”.
            Guardo luego el teléfono  y pienso en el poeta tontorrón protagonista de Paterson que no quería tener teléfono móvil “para no sentirse atado”. Yo lo llevo como si llevara una diminuta máquina de hacer prodigios guardada en el bolsillo. Y no quisiera parecer demasiado presuntuoso, pero creo que la razón está más de mi parte que de la suya y la de tantos intelectuales apocalípticos sobre los riesgos de las nuevas tecnologías.


Jueves, 15 de diciembre
SIGO CALLADO

––¿Sigues empeñado en no hablar de política?
––Sigo.
––¿Y no crees que darles la espalda es facilitar que sigan haciendo de las suyas?
––Todo está atado y bien atado y hasta que no haya nuevas elecciones no hay nada que hacer; desahogarse en la calle acaba reforzándoles.
––¿Y serás capaz de estar cuatro años sin hablar del tema, con el parlamento ganando una votación tras otra contra un gobierno que se pasa lo que decide ese parlamento títere –gracias al buen hacer de vuestro Javier Fernández– por debajo del puente colgante?
–-Seré capaz. Me siendo humillado y ofendido y me retiro a un rincón hasta que se me pase el cabreo.
––¿Ofendido y humillado por quién?
––Por los políticos a los que voté, pero no por el político al que voté. Y no digo más. No me hagas incumplir mi promesa.



domingo, 11 de diciembre de 2016

Sin trampa ni cartón: Refugio y despedida


Viernes, 2 de diciembre
YO NO DIGO MI PESAR

“Yo no digo mi cantar, / sino a quien conmigo va”, decía el marinero de la mágica galera del romance. Yo no digo mi pesar ni a quien conmigo va: lo encierro tras un alto muro, dejo que se pudra dentro.
            Hay cosas de las que nunca hablo con nadie, incluso procuro evitar hacerlo conmigo mismo. No menciono en la tertulia el ha hachazo de esta mañana y por unas horas, mientras charlamos de esto y de aquello, mientras discuto con unos y con otros, mi deporte favorito, es como si no existiera.

Sábado, 3 de diciembre
CÁLLATE, CORAZÓN

A decir adiós nunca se aprende. Siempre es como la primera vez. Paseo solo, en la espléndida mañana de otoño, alrededor de Los Arenales. Aprovecho la soledad para dejar que las lágrimas broten libremente. Nunca me ha sido fácil mostrar mis sentimientos. Prefiero ocultarlos tras una máscara de indiferencia. Nunca he sido capaz de llorar sobre un hombro amigo, siempre lo he hecho a solas como una debilidad de la que debiera avergonzarme.
            Pero me cuesta no hacerlo cuando me encuentro con Javier y con Julio, el hijo y el marido de Oliva. Durante casi treinta años se ocupó de mí, como si yo fuera otro más de la familia.
            Decir adiós, qué difícil. Javier y Julio, que la vieron deteriorarse en los últimos meses, sufrir por dar tanto trabajo a otros, ella que siempre vivió para los demás, están más serenos que yo. Es la anestesia del impacto, del golpe siempre sin sentido. Sé de sobra lo que viene después. El dolor de ahora se acrecienta con el dolor de entonces.
            Regreso a pie hasta Oviedo, cumplido el rito social, que esta vez no es un rito. Pero poco a poco me voy tranquilizando. Recuerdo, como siempre en estos casos, el soneto de Unamuno: “Cállate, corazón, son tus pesares / de los que no deben decirse… De un dolor de ti solo no acibares / de dolor los humanos corazones”.



Domingo, 4 de diciembre
ANIMALES NOCTURNOS

Qué mal sabor de boca me deja Animales nocturnos, la película de Tom Ford, a pesar de su brillante envoltorio, o quizá por eso mismo.
            Podrán perdonarme el daño que hice: no podré perdonármelo.
            ¿Todo superviviente es un canalla? ¿No es posible ser feliz sin una inmensa capacidad de autoindulgencia y olvido?



Lunes, 5 de diciembre
JUAN MARCH SIGUE HACIENDO DE LAS SUYAS

Al principio me parecía una broma, pero ahora estoy empezando a tomármelo en serio. “Desengáñate, Martín, ese libro no va a aparecer nunca. El patriarca le tenía especial inquina y el odio se ha transmitido a sus herederos”.
            Ese libro es El último pirata del Mediterráneo, la biografía novelada, el contundente panfleto contra Juan March, que Manuel D. Benavides publicó en 1934. Abelardo Linares me encargó hace tiempo que preparara una reedición. Encontré una edición desconocida, de 1937, en la que se añadía texto y aparecían los nombres verdaderos de los personajes. Añadí unas desconocidas notas autobiográficas que Benavides escribió para la traducción rusa. Corregí pruebas y esperé que el libro apareciera, dado el interés y la impaciencia del editor.
            Y sigo esperando. Primero el pretexto fue que faltaba la cubierta, luego que las fechas no eran buenas, después… Ahora me dicen que quizá esté para febrero o marzo o quizá junio. Y lo curioso es que se trata de un editor que publica una docena, como poco, de nuevos títulos al mes.
            “Desengáñate, Martín, ese libro no va a aparecer nunca… En 1934, March compró y destruyó ediciones íntegras. Ten en cuenta que el libro ofrece  incluso pruebas de que participó en un asesinato”.
            Le cuento a Isabel, la encargada de la editorial Renacimiento, la teoría de mi amigo. Ella se ríe. “¡Ya podría ser cierta! Una buena oferta, medio millón de euros por ejemplo, y de verdad que no lo publicamos. Vamos a esperar un poco más a ver si se animan”.
            Bromea, pero yo no estoy tan seguro de que hable del todo en broma.

Martes, 6 de diciembre
LO QUE HAY QUE SABER

Subrayo, en el diario de los Goncourt, una frase a propósito de no sé qué personaje: “Tiene talento, pero no sabe hacérselo perdonar”.



Miércoles, 7 de diciembre
UN REFUGIO EN ISCHIA

Soy buen corredor de fondo, día tras día hago mi trabajo --tampoco es que resulte excesivo-- sin aparente fatiga y dejando siempre algún rato para no hacer nada después de haberlo hecho todo (todo lo que me había propuesto y dependía solo de mí).
            Para escapar de la angustia, del sinsentido de vivir, pedaleo más deprisa, más deprisa, y aunque no puedo decir que nunca haya tropezado y rodado por tierra, siempre ha sido sin consecuencias: no tardo en ponerme en pie, sacudirme el polvo, volver a subir a la bicicleta y seguir mi carrera hacia ninguna parte.
            Sé que no siempre será así, pero de momento tengo fuerzas para apartar de un manotazo los nubarrones negros y refugiarme en alguna isla feliz de la memoria.          
Aquellos días de Ischia, por ejemplo. Un amigo al que no conocía personalmente, un amigo de Facebook, se enteró de que iba a pasar unos días en Nápoles y me ofreció su casa en una de las islas cercanas. "¿Conoces Ischia? No es Capri, pero no le tiene nada que envidiar". Claro que conocía Ischia, había quedado seducido por los jardines secretos del Castello Aragonese, y no fui capaz de resistir la tentación. A saber con quién iba a encontrarme, aunque por su perfil parecía una persona muy sensata y yo había leído algunos eruditos trabajos suyos sobre poesía barroca y especialmente sobre las relaciones entre Góngora y Marini.
            Ya en el aeropuerto, poco antes de desconectar el móvil, recibí un correo d emi amigo. Le había surgido un viaje imprevisto y no estaría para recibirme. Pero no importaba. Dejaba las llaves en casa de un vecino y volvería antes de mi regreso.
            Vi algo raro en aquella ausencia y decidí cambiar de planes y alojarme en mi hotel habitual de Nápoles, frente al Castell del'Ovo. Aunque no hubiera hecho la reserva, no creía que hubiera problema, dado que no era temporada alta.
            Pero en el último momento, al subir al taxi, le di la dirección del puerto en lugar de la del hotel. Me encogí de hombros. Si la cosa no salía bien, también había hoteles en Ischia, y seguro que más baratos.
            Aunque mi amigo me había dado instrucciones muy precisas, di varias vueltas antes de encontrar su casa. Me perdí varias veces por sendas y callejuelas tras el puerto entre huertas y muros de secretos jardines. Me ladró más de un perro y algún vecino me miró con extrañeza, aquel parecía un lugar, al contrario que otras partes de la isla, no frecuentado por nadie que no fuera del lugar.
            Por fin di con la casa y con el vecino que guardaba las llaves. Tenía más de ochenta años, estaba algo sordo y no parecía entender mi no muy fluido italiano. Cuando ya iba a desistir, exasperado, refunfuñó algo, desapareció en el interior dejándome ante la puerta y volvió bastante rato después con las llaves. Me las entregó sin decir nada y cerró de golpe.
            La casa de mi amigo parecía abandonada. Dos plantas y buhardilla, rodeada de un descuidado jardín o más bien huerto. Tenía algo de irreal, y más en la oscuridad de aquel nublado atardecer, era como la ilustración de un relato de misterio.
            Continuaron los problemas, la cerradura se resistía, a punto estuve de desistir. Pero abrí finalmente, encontré de inmediato el interruptor de la luz y dentro todo estaba limpio y orden, como a mi espera. En el piso superior, bajo el techo abuhardillado, una gran  biblioteca, con muchos libros en español, incluso alguna primera edición de poetas del siglo de oro. Tuve en mis manos, con asombro, el volumen de 1631 en que Quevedo editó los poemas de Fray Luis de León.
            Desde las ventanas, sobre los tejados y las copas de los árboles, asomaba la nariz el mar, ya muy oscuro a aquella hora. La nevera estaba llena, como a mi espera. Dejé la maleta, comí algo y salí a dar una vuelta, sin acabar de creerme tanta fortuna.
            A la mañana siguiente, cuando estaba en la ducha, llamaron a la puerta. Como volvieron a llamar, cerré el grifo, me envolví precariamente en una toalla y bajé a ver quién era. En ese momento, se abrió la puerta y apareció una mujer muy joven y sonriente: “Disculpe que le moleste, vengo a limpiar”.
            Apareció todos los días que estuve allí a la misma hora. Quien no apareció fue mi amigo, que ni siquiera volvió a contestar a los correos que yo le enviaba. No me había dado su teléfono, aunque él sí tenía el mío.
            Su siguiente correo me llegó cuando yo ya estaba en España: “Espero que lo hayas pasado bien”. Al principio me costaba dormir en aquella casa sola, a cada momento creía oír ruidos raros, alguien abría sigilosamente la puerta, a pesar de que yo dejaba la llave en la cerradura para que nadie pudiera entrar mientras dormía.
            Pero pronto me dejé seducir por la calma de la isla y aquellos transparentes días de otoño que parecían de otro mundo. Y dejaron de preocuparme las nocturnas visitas.
            No lo pasé bien los primeros temerosos días, pero sí después (y ahora) aquel escenario que parecía dispuesto para toda clase de aventuras. Me quedé con la llave para poder volver en los momentos de desánimo.


Jueves, 8 de diciembre
ME GUSTARÍA

––¿Cómo puedes vivir tan solo?  ¿No te sientes fracasado?
            ––La vida, que se pasa la vida haciendo putadas, a mí por ahora me trata bien.
            ––¿No echas en falta nada? ¿Una pareja estable? ¿Mayor éxito literario? ¿Algún premio de relumbrón?
            ––Echo en falta muchas cosas. Pero no esas. Amor tengo todo el que merezco y éxito todo el que necesito. Me gustaría que la vida fuera tan benévola con los que me rodean (y ya puestos, con el resto del universo) como lo es conmigo.