domingo, 22 de abril de 2018

Acción de gracias: Las cosas como son



Viernes, 13 de abril
CONFESIONES INCONFESABLES

Cada día detesto más la literatura, cada día me cansa más lo poético (de los poetas, ya ni hablo). Soy como aquel catedrático de literatura italiana, especialista en el autor de La Divina Comedia, que ya anciano y en su lecho de muerte, reunió en torno a su lecho a toda la familia para confesarles el secreto que había guardado toda su vida: “¡No soporto a Dante!” o, en otra versión más castiza, “¡Me jode el Dante!”
            Leo la trabajosa –más que trabajada– taracea con que Aurora Egido epiloga Las llamas, la última –sospecho que no será la última– caricatura de su poesía que ha publicado Pere Gimferrer y cuando llego al final de esas ocho páginas inanes siento un poco de vergüenza ajena: “un verso puede arder ante la nieve bárbara, con el agua latiendo al fondo de un poema, mientras el fuego tarda en llegar al pabellón del frío”. Pues qué bien, señora.
            Tenía 24 años Pere Gimferrer cuando puso punto final a su poesía en castellano. La reunió en el volumen Poemas 1963-1969, que yo compré y leí a comienzos de 1970. Todavía lo conservo. Lo releo cada vez que Gimferrer publica una nueva obra maestra (en eso está de acuerdo él con todos los suplementos literarios), y veo que aquellos viejos versos veinteañeros siguen conservando todo su poder de seducción. Que no me había equivocado, que alguna vez fue un gran poeta, aunque él y la Fundación Lara lleven años empeñándose en demostrar lo contrario.


Sábado, 14 de abril
DEMOCRACIA Y VERDAD

Si el Partido Popular hubiera tenido mayoría absoluta en la Comunidad de Madrid, el asunto del Máster habría acabado con el nombramiento de Cristina Cifuentes como doctora honoris causa por la Universidad Rey Juan Carlos.
            Y es que en democracia las cosas no son como son, sino como decide la mayoría parlamentaria.
            (Salvo que se trate, claro, de la democracia española y el parlamento de Cataluña.)

Domingo, 15 de abril
UN CEREBRITO

Una revista de moda masculina, Icon, celebra su número 50 homenajeando a ocho jóvenes artistas españoles. Uno de ellos es C. Tangana, músico que dice no considerarse un “youtuber” o un “influencer”, sino un empresario. También dice otras cosas: “La forma en que escribo cambia todo el rato. Cuanto más vives, más escribes. Nos pasa a todos, excepto a Borges, que no había vivido nada. Él mismo se quejaba de que quería hacer novelas románticas y de bandidos, pero no podía, no había vivido. Le reconocieron siempre más por ser un cerebrito”.
            El bueno de C. Tangana, que posa elegantemente desvestido con un pijama de Gucci, puede estar seguro de que él no corre ese riesgo: nadie le tomará por un cerebrito.
            El autor del reportaje nos deja esta advertencia: “Recuerde: todo lo que nos parece hoy equivocado en ellos será norma dentro de unos años”.
            Para echarse a temblar, si no fuera falso. La analfabeta y rotunda bobería es tan antigua como el mundo. Aunque Tangana se desvista de Gucci, Tangana se queda.


Lunes, 16 de abril
LAS MATEMÁTICAS NO ENGAÑAN

¿Mi principal defecto? Que tiendo a considerarme más listo que nadie. ¿Mi principal virtud? Que no me molesta, sino todo lo contrario, reconocer que estoy equivocado.
            Creo ser bastante bueno en detectar el talento ajeno. Lo mismo que me basta ponerme al lado de alguien para ver que es tan alto como yo, más alto o más bajo, me basta charlar un rato sobre un tema que a los dos nos interesa para descubrir quién vale intelectualmente más que yo.
            Me divierte engañar, o jugar a que engaño, fingir que soy lo que no soy (buena persona, por ejemplo), pero pongo todo mi empeño en no engañarme a mí mismo.
            Incluso he inventado una fórmula algebraica para aproximarme con bastante exactitud a mi verdadero valor: anoto lo que creo que valgo, lo divido por dos y le resto cinco.


Martes, 17 de abril
CUANDO ESTOY SOLO

Yo, cuando estoy solo, casi nunca me siento solo. Ni acompañado cuando estoy acompañado.
            Enamorarse es un error; ser correspondido, dos errores.
            Lo mejor es ser joven, pero solo si eres viejo.
            Donde no estoy es siempre donde mejor estoy.
            Envejecer también tiene su gracia, su maldita gracia.
            La felicidad es tan tímida que en cuanto reconocemos que camina a nuestro lado sale corriendo.
            Dos que son muy amigos tardarán menos en dejar de serlo que los que son simplemente amigos.
            Tantos años después, los buenos y los malos ratos que me hiciste pasar apenas si se distinguen.
            No siempre la explicación más clara es la más verdadera.
            En la vida, como en los aeropuertos, el tiempo siempre falta o sobra.
            A mi memoria, como a la historia, le gusta avalar patrañas con datos verdaderos.
            No es posible recibir un homenaje sin quedar un poco en ridículo.          
            Lo que nunca consigues, jamás te defrauda.
            Para ser feliz, no añorar nada del pasado ni desear del futuro nada que no tengamos ya en el presente.
           
Miércoles, 18 de abril
MI ALIENS FAVORITO

Siempre me han extrañado quienes viven llenos de dudas y angustia por la existencia e inexistencia de Dios. A mí me parece que el misterio del mundo sigue siendo igual de inexplicable en ambos casos.
            Las matemáticas no son más que un traje hecho a medida del universo.
            Las estrellas solo son hermosas vistas a distancia, a mucha distancia.
            Una religión verdadera se diferencia de una falsa en que las dos son falsas. O las dos verdaderas.
            Dios no es más que un alienígena con pretensiones,


Jueves, 19 de abril
A LOS HÉROES DE LA INDEPENDENCIA

Leo un titular: “El Supremo exige a Montoro que pruebe que no hubo malversación”. Y se me ocurre pensar en lo mucho que deben haber leído a Kafka los protagonistas de la España actual. Como en la novela de Kafka, primero encarcelamos y luego ya veremos de qué delito se les puede acusar.
            Se me ocurre una fabulilla futurista y utópica (o distópica, según se mire) inspirada en mi admirado Chesterton y su El hombre que fue Jueves. Una fabulilla que nunca escribiré, por supuesto (y por si acaso).
            Año dos mil veintitantos, se acaba de proclamar la República Catalana (federada de inmediato con la República Española) y al comienzo de las Ramblas va a inaugurarse un monumento a los héroes que la han hecho posible (algo así como el Muro de los Reformadores ginebrinos). Se aglomera el gentío, el monumento está cubierto con una especie de telón, nadie sabe quién será el prohombre que ocupa el lugar centrar. Hay gran expectación. Se cruzan apuestas.
            Suena la música, el presidente de la República descorre el telón y, tras las exclamaciones de asombro, todos acaban reconociendo el acierto.
            –-Sin su tenaz empeño, todavía seríamos una autonomía más del reino de España, con un concierto fiscal algo más ventajoso, eso es todo.
            ––Dicen que ya no hubo vuelta atrás en el camino a la independencia cuando él decidió mantener a Oriol Junqueras en la cárcel e impedirle que participara en las últimas elecciones autonómicas, las del 155.
            ––Cuentan que era un infiltrado de la CUP que logró engañar a todos.
            ––No lo creo, a mí me pareció siempre que sus decisiones favorecían sobre todo a Puigdemont.
            ––Hay quien le acusó de prevaricación, pero prevaricara o no lo cierto es que cada una de sus resoluciones judiciales ayudaba a impedir que los que tenían dudas dieran un paso atrás y ponían un poco más en ridículo a la justicia española.
            –-Lo más curioso resultaba ver cómo los más perjudicados con sus decisiones eran los que más le aplaudían.
            ––Cuando pidió al ministro que demostrara que no se había cometido delito se superó a sí mismo. Era como el caso de aquella señora, ¿cómo se llamaba?, que retó a los que discutían su Máster falsificado que demostraran que ella no se había presentado a un examen al que no se había presentado. Y en su partido la defendían y un tal, ¿cómo se llamaba el entonces jefe de gobierno de la antigua monarquía española?, Rajoy o algo así, tan campante, tan a lo suyo, “Tú resiste y echa balones fuera mientras yo me fumo un puro”.


Viernes, 20 de abril
PARA EL DÍA DEL LIBRO

Todos los poetas, por poco que escriban, escriben demasiado. No se salvan ni Jorge Manrique ni Juan de la Cruz.
            En el cementerio de las bibliotecas, no hay libro que no espere su resurrección.
            Los perros sacan a pasear a sus amos y las palabras enredan al escritor para que diga lo que ellas quieren que diga.
            Cuando no hay nada que decir, lo mejor es no decir nada.
            Hay quien confunde la historia de la literatura con los manuales de historia de la literatura.
            El arte de escribir sin decir nada no está al alcance de cualquiera,
            Son pocos los libros que valen más que el papel en que están impresos.
            En ningún siglo caben más de media docena de poetas y yo me he carteado o he polemizado con más de medio millar.
            No se te ocurra volver a los libros que en la adolescencia te hicieron tan feliz.
            Nadie se queja de que a los clásicos se les esté haciendo spoiler constantemente.
            A escribir se aprende, pero no se enseña.
            Cien años después o doscientos años después, ninguna muerte es prematura. ¿Verdad, amigo Larra?
            Dentro de mil o dos mil años, seguramente no sabrán quién fui yo, pero ¿seguirán sabiendo quién fue Garcilaso?
            Me gusta recordar las palabras de Eugenio d'Ors cuando creó el reglamento de las bibliotecas públicas de Cataluña: "Donativos, solo en metálico".
            Para no dejar de apreciar a ciertos escritores conviene dejar de leerlos.  
            Como todos los días leía uno o varios libros, el día del libro aprovechaba para dejarlos descansar.


domingo, 15 de abril de 2018

Acción de gracias: Noticias falsas




Viernes, 6 de abril
TIEMPO DE SILENCIO

Aunque parezco un tipo anodino y vulgar, en realidad soy bastante extraño (como todos los tipos anodinos y vulgares, por otra parte). Una de mis manías, ya desde la adolescencia, es hacer listas. Listas de todo.
            Tengo guardadas en el trastero docenas y docenas de libretas. Una de ellas se titula “Gente a la que no le caigo bien”. Resulta bastante nutrida, y eso que he dejado de anotar las enemistades literarias. Comento libros desde hace cuarenta años. Habré reseñado unos dos mil, calculando por lo bajo. Descontando los clásicos (Dante no se va a enfadar porque diga que nunca fui capaz de llegar al cielo de su Divina comedia), quedan por lo menos mil poetas y poetillas a los que alguna vez he tratado o maltratado (en mi caso, viene a ser lo mismo). Y luego están aquellos de los que no me he ocupado nunca, como Karmelo C. Iribarren, que ven en ello la peor de las ofensas.
            No me preocupa demasiado. Lo único que se puede temer de ellos es que no te citen, no te antologuen o no te inviten a este o aquel congreso, algo que no hace ni un rasguño en la piel de elefante de mi vanidad.
            Enemigos verdaderos creo no tener demasiados: nunca he estado casado, nunca he litigado por una herencia, nunca he ocupado cargos ni he estado en situación de hacer favores.
            También preparo listas de las personas con las que puedo hablar de un tema y no de otro, un poco como Aleixandre, que con José Luis Cano hablaba de sus imaginarias novias y con Vicente Molina Foix de sus no menos fantaseados novios.
            La lista más breve –solo consta de tres nombres– es la de aquellos con los que puedo poner en solfa el sagrado dogma de la Inmaculada Concepción de la Patria.
            Qué sorpresas me he llevado. Hablo con un amigo, veterano militante del PC, de lo injusto que me parece que se mantenga en prisión preventiva a los políticos catalanes y él me suelta un “¡deberían haberlos fusilado!”. Sale en la conversación con otro, concejal de Izquierda Unida, el nombre de Puigdemont y él, espontáneamente, lo primero que dice es “¡ese payaso!”. Y si en la tertulia trato de pontificar un poco –mi deporte favorito– sobre el tema, en seguida un espontáneo de otra mesa interviene para defender la Sacrosanta Unidad de la Patria. ¡Venciste, José Antonio!
            Llevo tiempo tratando de encontrar alguien más con quien poder hablar libremente (pero en voz baja para no se ofendan los de la mesa de al lado) de la situación política. Ya casi he desistido.
            Menos mal que ha venido a compensar esta situación Cristina Cifuentes con su Máster. De ese asunto sí que puedo hablar con todos –de izquierdas o derechas– y siempre acabamos echándonos unas risas. A mí ya me da un poco de lástima su berroqueña catadura.
           
Sábado, 7 de abril
OLVIDO

Era tan popular entre sus compañeros que cuando organizaron una comida con motivo de su jubilación se olvidaron de invitarle.


Domingo, 8 de abril
UN MAL SUEÑO

Voy contra mi interés al confesarlo, porque me quedan dos telediarios para ser uno de ellos, pero estoy desarrollando cierta alergia contra los jubilados. No contra todos, solo contra los escribidores. Parecen dedicados, de la mañana a la noche, a promocionar sus versos y su prosa. Cansan, pero nunca se cansan.
            Hoy una novela, mañana un libro de poemas (o dos) y siempre la misma petición: “Dime tu opinión sincera, aunque sea negativa”.
            Yo hojeo los volúmenes –por lo general aparecidos en una de esas editoriales que se dedican a la autoedición– y al día siguiente, mientras tomamos un café en Los Porches, les dedico unas cuantas vaguedades elogiosas que no comprometen a nada.
            Tengo fama de ser un crítico cruel, pero yo no me meto con nadie que no merezca la pena.
            Por la noche, en mis pesadillas, me veo a mí mismo, ya jubilado y descatalogado, yendo de un lado para otro suplicando algo de atención. Me despierto sudoroso y tardo en darme cuenta de que solo se trata de un mal sueño.
            “Es difícil envejecer sin un poco de gloria o un poco de amor”, escribió Gil-Albert. Si es así, yo no debo de haber comenzado aún a envejecer porque me lo paso muy bien sin la una y bastante bien sin el otro.


Lunes, 9 de abril
ENCUENTRO

He estado muchas veces solo en ciudades en las que no conocía a nadie. Durante el día lo pasaba bien. Callejeaba, entraba en alguna iglesia, compraba libros, me sentaba a leer en una cafetería con amplios ventanales, miraba pasar la gente…
            Pero, al llegar la noche, qué angustia tener que volver al hotel. Me demoraba por las calles del centro hasta que se iban quedando desiertas. En verano, no había problema, pero en invierno anochece demasiado pronto y el frío parece que se te mete en los huesos.
            Una de esas noches, en Catania, caminando de prisa por la Vía Etnea, aunque no tenía prisa ninguna, oí mi nombre. Pensé que llamaban a otra persona. Volvieron a repetirlo con insistencia. Me volví. Una mujer trataba de alcanzarme.
            ––Qué rápido caminas. Estoy sin resuello.
            Se puso a caminar a mi lado sin presentarse, como si yo tuviera que conocerla. Quiso cogerme del brazo y yo me aparté instintivamente.
            ––Disculpa.
            Y luego me miró con ojos tristes, se dio la vuelta y desapareció por una callejuela oscura.
            Me encogí de hombros. Estaba seguro que era la primera vez que la veía. Pero de vez en cuando sueño con ella y ya no estoy tan seguro.


Miércoles, 11 de abril
NO ME VENDO, ME REGALO

––Pero ¿todavía sigues en Facebook? – me pregunta un amigo alarmado–. ¿Es que no te has enterado de la filtración de datos? ¿No te importa que comercien con tu intimidad?
            ––No solo no me importa, sino que me gustaría que me explicaran cómo lo consiguen.
            ––¿No te importa que se aprovechen de lo que saben de ti para engañarte con noticias falsas?
            ––Yo cuando subo una foto, unos aforismos, un poema a Facebook lo hago, como cuando publico un libro, para que se entere cuanto más gente mejor. ¿Que lo que yo comparto en Facebook con cinco mil la empresa del señor Zuckerberg quiere compartirlo con cinco millones? Pues muchas gracias. Yo, encantado. Pero sospecho que le va a ser difícil conseguirlo. De esos cinco mil contactos, apenas cien son los que ponen un “me gusta y de esos cien la mayoría lo pone sin leer lo escrito, esperando simplemente que yo haga lo mismo con lo que ellos suben a la Red.
            ––Pero es que también venden tus datos a terceros.
            ––¿Venden mis poemas, mis fotos de Venecia, los selfies en los que me esfuerzo en aparecer lo más favorecido posible? Pues ya me gustaría a mí conocer quiénes son esos compradores, no para pedir comisión, sino para agradecerles su interés por lo que a la mayoría de mis amigos no les interesa ni regalado.
            ––¡Tomas a broma lo que es un asunto muy grave! ¡La democracia está en peligro con los robots que difunden noticias falsas!
            ––Las noticias falsas no se inventaron ni siquiera cuando apareció el primer periódico impreso. Nacieron con el ser humano. Los periódicos no se crearon para difundir noticias verdaderas, sino noticias que interesaban al propietario del periódico fueran verdaderas o falsas.
            ––No te creo.
            ––Vete a la hemeroteca de El Mundo, La Razón
            ––Claro, para ti solo los periódicos de izquierda dicen la verdad.
            ––¿Pero hay algún periódico de izquierdas? Dímelo para que comience a comprarlo.
            ––Ese papelucho que os gusta tanto a los progres, El País, ¿no es de izquierdas?
            ––Sí, tan de izquierdas como el presidente de Asturias, Javier Fernández, el político mejor valorado por los españoles, según  El País, cuando defenestró a Pedro Sánchez para que Rajoy pudiera seguir en el gobierno.
            ––Pues ahora bien que combate tu periódico a Rajoy.
            ––¡No es mi periódico! Me dan grima sus titulares. Pero volvamos a lo de las noticias falsas. El primer productor de noticias falsas es el cerebro humano, que a partir de unos pocos datos se apresura a sacar conclusiones apresuradas y que actúa como un abogado de la Mafia (como cualquier abogado, en realidad): no le importa la verdad, sino lo que beneficia a su cliente. Por cierto, ¿no te resulta extraño que las noticias falsas que se difunden en la red siempre perjudican los intereses de quienes las denuncian? La Unión Europea, partidaria de que el Reino Unido siguiera formando parte del redil, denuncia que hubo una campaña de Rusia a favor del Brexit. ¿No hubo campaña a favor de que se rechazara en el referéndum? ¿No se difundieron noticias falsas para conseguirlo? Cuando quieras, te enseño yo unas cuantas publicadas en los principales periódicos europeos, no en los perfiles de Facebook.
            ––¡Pero es que la gente ya no lee periódicos, lo que se cree es lo que aparece en su muro de Facebook, que además está manipulado por un algoritmo para que solo aparezcan determinadas noticias, para que no se enteren de otras opiniones!
            ––Claro, por eso las noticias falsas benefician siempre a nuestros adversarios, porque las que van a favor de nuestros prejuicios las aceptamos de inmediato como verdaderas. Te cuento una anécdota de esta tarde. Tomo un café en el Vetusta, hojeo un libro. En la mesa de al lado, un grupo de señoras comentan que si Cataluña, que si Cifuentes, que si las reinas. Una de ellas saca el teléfono y lee: “El expediente académico de Pablo Echenique está falsificado. Aprobó la asignatura de Educación Física sin presentarse a ningún examen”. De inmediato, antes de que sus compañeras se rían de ese chiste sin gracia, la más tonta exclama: “¡Es que ellos son los peores, los más corruptos, y luego quieren ir por ahí dándonos lecciones!”
            ––No sé a qué viene eso.
            –-Que todos somos, si no nos ponemos en guardia, como esa señora. Nos creemos cualquier cosa que nos cuenten de Trump, sea o no verdad, o de Podemos, si votamos al PP, o de los catalanes (Pedro de Silva ha escrito que la república que buscan no es más que un invento de Richelieu). Tenemos cien ojos para detectar las noticias falsas que nos perjudican mientras que las que nos benefician se nos vuelven invisibles. Te repito mi aforismo favorito: libertad de prensa es poder elegir el periódico que queremos que nos engañe. Para lo compramos, para que nos confirme en nuestra opinión de que Puigdemont es el diablo.
            ––¡Contigo no se puede hablar en serio!
            ––Pues hablo muy en serio cuando digo que me encanta que alguien comercie con mi intimidad. Yo la regalo todos los días en Facebook y a menudo tengo la desoladora impresión de que nadie la quiere ni regalada.


Jueves, 12 de abril
ANODINO Y VULGAR

Soy un tipo anodino y vulgar, pero estoy lleno de secretos que nunca cuento a nadie. O que les cuento a todos, que es la mejor manera de que no se entere nadie.



domingo, 8 de abril de 2018

Acción de gracias: Matizar y atizar



Viernes, 30 de marzo
SOY UN DESAGRADECIDO

¿Se puede ser especialista en un tema y no tener ideas muy claras sobre el mismo? Difícil parece, pero Anna Caballé se esfuerza en demostrar que no resulta imposible.
            El do de pecho que dio con la reseña de El último pirata del Mediterráneo, el libro maldito de Manuel D. Benavides sobre Juan March, trata de superarlo hoy con el Diario de los Goncourt. No lo consigue, pero casi.
            De sus despectivas líneas sobre el libro de Benavides no pude decir nada porque yo soy el autor de la edición y parecería que respiraba por la herida. Coincidimos en Sevilla poco después y sobre la herida no quise echar sal. Quizá aquel desliz se debía a presiones de la todopoderosa Fundación March (otro habría sido el destino de Pablo Escobar si hubiera buscado buenos asesores y la hubiera tomado como modelo). Además había elogiado mucho El arte de quedarse solo y ya se sabe que, como dijo Oscar Wilde, para un escritor solo hay dos clases de críticos: los malos y los que te elogian. Me pareció además una persona culta y encantadora.
            La edición de El último pirata no parecía haberla hojeado siquiera (y, si lo había hecho, el caso era aún más grave). Le reprochaba –a una feroz diatriba publicada en 1934, cuando el contrabandista acababa de fugarse de la cárcel sobornando al director– no ser una biografía objetiva, como las que se estilan en Europa y no adivinar la trayectoria futura del prohombre. Al hecho de que se rescatara la edición definitiva del libro –publicada en 1937 y desconocida–, en la que aparecían los verdaderos nombres de los personajes no le dedicaba ni una línea; tampoco a que se incluyera una breve e impactante autobiografía de Benavides. No le dije en Sevilla lo que pensaba: que yo a quien me escribiera una reseña así para Clarín no le volvería a encargar ninguna más, pero parece que en Babelia son menos escrupulosos en lo que se refiere al rigor y al respeto a los lectores.
            Claro que estas cosas no las puedo decir en público porque yo soy el afectado y parecerían pataleta de autor. Por eso me froto hoy las manos: de su comentario al Diario de los Goncourt sí puedo hablar.
            Descalifica la más extensa de las traducciones realizadas hasta la fecha en español porque no traduce las tres mil quinientas páginas de la edición de 1956, la primera completa. Ni siquiera parece darse cuenta de que esta entrega abarca hasta 1870 y que el diario acaba en 1895.
            No se refiere, quizá lo ignore, a que desde 1887 Edmond de Goncourt fue publicando diversos tomos –hasta un total de nueve– y que fueron esos volúmenes, no la tardía edición completa, los que influyeron en Amiel y en el resto de los diaristas contemporáneos. Los nombres omitidos entonces –y ciertas expresiones consideradas obscenas– se incorporan a esta edición, hecha con excelente criterio. Termina la primera entrega precisamente cuando concluye el diario de Jules y Edmond de Goncourt; los más de veinte años siguientes serán solo el diario de Edmond, aunque por fidelidad fraternal su autor quisiera firmarlo con el nombre de los dos hermanos.
            “La historia de la traducción del diario al castellano es desdichada”, se lamenta Anna Caballé, no sin razón. Lo esperable sería que se alegrara de que comience a ponerse remedio con este volumen, acompañado de precisas notas informativas y con útil índice onomástico final. Pero eso a ella no le importa; lo que ella querría son las tres mil quinientas páginas de la edición de Ricatte. Lo curioso es que esa traducción completa no existe en ninguna lengua ni probablemente existirá nunca: tiene más interés para los estudiosos de la vida literaria francesa que para los lectores. Dice que esa edición es “la única que puede hacer justicia a la obra”, desdeñando la labor de Edmond con sus nueve impactantes y polémicas entregas. Y dando a entender que hasta 1956 –cuando ya los Goncourt eran solo el nombre de una academia– nadie había podido leer adecuadamente su diario (más cierto parece que nadie leyó –solo hojeó– esa edición exhaustiva de apuntes y borradores).
            Habrá quien diga que todo esto son opiniones. Pues no, no lo son. “Desde 1925, fecha de la primera y breve antología se han hecho varias tentativas que no logran captar el espíritu de aquella mordaz escritura: hay demasiada diferencia entre el volumen de texto real y el seleccionado”. Error, error, error. No en 1925, sino en 1932 se publicó en Ediciones Jasón una selección del diario; la traducción era apresurada y anónima, con numerosos errores; a pesar de ello se reprodujo facsimilarmente en 1988 y de ella se sacaron los capítulos para la monumental Antología de diarios íntimos publicada por la editorial Labor en 1963. Aparte de esa edición, solo tenemos la traducción de un año, el 1863, publicada en México en 2016.
            Podríamos seguir destrozando el comentario de Anna Caballé –se lo pone fácil a cualquiera que conozca la obra de los Goncourt y haya leído, dudo que ella lo haya hecho, la edición que reseña–, pero lo dejaremos aquí.
            ¡Uf! Qué tranquilo se queda uno cuando por fin puede decir lo que la amabilidad y el agradecimiento le obligaría a callar. Pero yo soy como Chus Lampreave en aquella película de Almodóvar: incapaz de mentir.
            ¡Ya me gustaría poder hacerlo como cualquier persona bien educada!


Domingo, 1 de abril
SOY UN FRACASADO

He fracasado, lo reconozco. Aunque parezco una persona humilde y sin ambiciones (soy bastante bueno disimulando), en realidad siempre he preferido la admiración o el temor al afecto. Y cuando me acerco a la edad de los homenajes, las sopitas y el buen vino, compruebo que no he conseguido lo primero y apenas lo segundo, pero que hay más gente que me quiere de la que yo pensaba. He fracasado por completo. Cómo me alegro.


Martes, 3 de abril
ACEPTO UN BUEN CONSEJO

Comento con Abelardo Linares, el editor del Diario de los Goncourt seleccionado y traducido por José Havel, mi opinión sobre Anna Caballé. Sus palabras están llenas de buen sentido.
            ––Probablemente tienes razón. Yo no he leído su reseña. Lo que te aconsejaría es que lo dejaras pasar y no aludieras a ello públicamente. Ya sabes lo que decía Lara, que era el editor que más sabía de estas cosas: lo que importa es el espacio que dedican a un libro o a un autor, si lleva foto o no, si el titular es adecuado; eso es en lo que se fijan la mayoría de los lectores; lo que diga el crítico importa poco. Que a uno le dediquen dos columnas en Babelia es una publicidad gratuita que no se puede despreciar. Solo ahora, después de cuarenta años editando, han comenzado a ocuparse un poco de Renacimiento. No me lo eches tú a perder arremetiendo contra Anna Caballé, por otra parte la única persona que en ese periódico ha hablado bien de ti.
            Mi amigo Abelardo, como siempre, tiene toda la razón. Lo mejor es encogerse de hombros y dejarlo pasar.
            –¡Y cuántas injusticias no habrás cometido tú con libros valiosos!



Miércoles, 4 de abril
EL MEJOR TEATRO

Me entretengo viendo en el teléfono, más como una pieza teatral que como un debate político, la comparecencia de Cristina Cifuentes en la Asamblea de Madrid. Qué espléndidas intervenciones la suya y la de Lorena Ruiz-Huerta. Dos Españas frente a frente, la que se resiste a desaparecer y la que no acaba de nacer.
            Sobre el famoso máster de la Universidad Rey Juan Carlos (¡vaya nombre para una Universidad!) ya, en el momento del debate, lo sabemos todo: que la presidenta lo obtuvo fraudulentamente, pero que es completamente legal (en apariencia) porque quienes cometieron el fraude fueron profesores y funcionarios de esa Universidad. Y de la presteza con que el rector salió a defenderlos podemos deducir que no se trata de un caso aislado, sino de una práctica habitual.
            Cristina Cifuentes saltó al ruedo dispuesta a llevarse a todos por delante. Qué magnífica chulería, qué gran actriz haría falta para darle la réplica en el teatro o el cine. “No fui a clase, ¿y qué? No me examiné de ninguna asignatura, ¿y qué? Tenía el permiso de los profesores. Me matriculé tarde, ¿y qué? Nadie puso ninguna pega. No encuentro mi trabajo de fin de máster, ¿y qué? Me he cambiado tres veces de casa y ya se sabe que eso implica deshacerse de mucho papel inútil”.
            Uno la escucha, tan segura de sí misma, tan segura de que así se han hecho siempre las cosas en España y de que siempre se harán así, que no puede por menos de sentir admiración. Solo le faltó decir: “Me regalaron un máster, ¿iba yo a rechazarlo? Si alguien ha cometido una irregularidad, será la Universidad, allá ellos”.
            Tendría que ser otra Bette Davis quien interpretara a esta fascinante mujer en la pantalla.
            A Lorena Ruiz-Huerta no hace falta que nadie le regale ningún máster. Entre Shakespeare y Cicerón, un rosario de datos demoledores. La España que representa Lorena Ruiz-Huerta es la España en la que a uno le apetece vivir, de la que me siento orgulloso.
            Pero yo ahora no hablo de política, sino de teatro. Pocas piezas he visto más fascinantes. Ángel Gabilondo era el abuelito bueno, lleno de sentido común, pero sin garra. Al representante de Ciudadanos, Ignacio Aguado, le tocaba representar el papelón más ingrato, el de nadar y guardar la ropa. Parecía dejar a Cristina Cifuentes a los pies de los caballos –ellos lavan más blanco que nadie–, pero luego, en lugar de mandarla a casa a hacer los deberes del dichoso máster, le ponía de penitencia tres padrenuestros.
            Ver la política como un juego de estrategia, ese es uno de mis entretenimientos favoritos últimamente. Ya me he hecho cargo de que, como me repiten mis amigos, yo no valgo para político: voy siempre por derecho, caiga quien caiga, en defensa de lo que considero justo. Esta tarde acabo enamorado de Cristina Cifuentes. Una obra vale lo que valga el malo de la función. Y no me imagino a ningún villano, por villano que sea, capaz de mentir con tanta seguridad y tanto encanto –para los que gustan del cuero y la fusta– como ella.


Jueves, 5 de abril
PORQUE SÍ

“Entre nosotros –leo en Vargas Vila, un modernista justamente olvidado–, la Crítica Literaria no es una Ciencia, sino una Industria; el único oficio que les queda a los mediocres inservibles; el único consuelo posible a los fracasados de las letras”.
            En mi caso, no será una ciencia, pero mucho menos una industria. Y tengo yo mis dudas de que haya más mediocres inservibles en la crítica que en la novela o en la poesía.  “¿Y por qué sigues escribiendo reseñas, esa actividad tan mal pagada como poco agradecida?”, me preguntan a veces. Y yo siempre respondo: porque sí y porque sé. O sea por lo mismo por lo que no hablo nunca de política.


domingo, 1 de abril de 2018

Acción de gracias: Historia y vida



Viernes, 23 de marzo
UN DÍA NORMAL

Temía, tras la operación de cataratas de ayer, que tuviera que quedarme sin leer un tiempo, pero en la revisión de la mañana me dijo el doctor Bascarán que podía hacer vida normal, que solo tenía que evitar cualquier esfuerzo físico (algo que he evitado toda la vida, la verdad), y eso me puso de buen humor.
            Para mantenerlo, trato de no seguir las noticias nacionales, progresivamente más tenebrosas (aunque es difícil no escuchar los alaridos de gozo de mis compatriotas cada vez que un nuevo mandoble más o menos judicial cae sobre los independistas), y viajar a otros tiempos, bastante más infelices, pero limadas sus aristas por la pátina de la historia: el pasado es ese extraño país donde ya nada malo puede ocurrirnos.
            Rebuscando en la parte selvática de mi biblioteca (hay otra alfabéticamente ajardinada), me encuentro con el diario de Joseph Goebbels. Sin duda lo leí en su momento, pero lo tenía olvidado.
            Por muy siniestros que sean los personajes de ahora, esos que con las mejores intenciones nos llevan a todos a la catástrofe, seguro que no pueden competir con el lugarteniente de Hitler. Hojeo al azar el volumen y en seguida quedo fascinado por el personaje, algo más que el malvado de una pieza del imaginario colectivo.
            El 25 de septiembre de 1943 anota: “Ingleses y americanos se jactan de haber incendiado Nápoles. Todos deberíamos entristecernos por los actos de barbarie contra la cultura que implica este género de guerra. Indudablemente las generaciones futuras nos maldecirán por haber traído esta ruina a los pueblos de Europa”.
            ¡Las generaciones futuras nos maldecirán! No se excluye de esa maldición. Poco después equipara a Hitler y a Stalin, dejando a un lado al blandengue y teatrero Mussolini porque no es un verdadero revolucionario como ellos, porque “le falta la visión universalista de un gran espíritu transformador”.
            Por Hitler siente, como es bien sabido, devoción y ternura casi maternales. Le agrada “que tenga junto a sí constantemente un ser vivo que le adora”. Pero ese ser que le adora, no es Eva Braun, sino “su perro Blondi, que se ha convertido en el más leal de los compañeros. Es sorprendente cómo le quiere el animal”.
            El diario de Goebbels se lee como una novela, según afirma el tópico (como si buena parte de la novelística que procede del Ulises no tuviera el tedio como uno de sus ingredientes fundamentales). El prólogo nos cuenta la habitual historia del manuscrito encontrado, lo que acentúa su carácter novelero: “Cuando los rusos ocuparon Berlín en 1945, penetraron en los archivos oficiales germanos con más energía que inteligencia, enviando algún material documental a Rusia, destrozando algún otro y dejando el resto esparcido y pisoteado. Frecuentemente siguieron el sistema, difícilmente comprensible, de tirar los documentos al suelo y mandar a Rusia los cajones que los habían contenido”.
            Páginas del diario de Goebbels, con otros documentos privados y oficiales, fueron quemadas en el patio de su ministerio; el resto se vendió como papel viejo. El azar hizo que cayeran bajo los ojos de un corresponsal de prensa que había sido agregado militar en Berlín y gracias a eso se salvaron estas anotaciones, que se refieren a unos pocos meses de 1942 y 1943.
            No hay ningún hombre de una pieza, quizá ni el demonio lo sea, y el doctor Joseph Goebbels entremezcla, de inextricable manera, fanatismo e inteligencia. Era un maestro de la propaganda, pero en estás páginas para la historia quiere limitarse a contar la verdad, su verdad, y por eso no duda en referir los éxitos del enemigo y no intenta atenuar los fallos propios. Apasionan sobre todo las páginas que cuentan la traición de Italia tras la defenestración de Mussolini. La historia adquiere entonces empaque de tragedia clásica.
            En esos días trepidantes de 1943 paso la tarde, olvidado de mi país, hasta que llega la hora de ir a la tertulia. Aparece por allí Xaime Martínez, uno de los patarrealistas salvajes, y tengo ocasión de decirle personalmente lo que pienso del falso documental del pasado sábado. Él me replica que no he entendido nada y pasamos un buen rato en animada esgrima verbal, mi deporte favorito.
            No sé si eso le irá bien al ojo recién operado, pero el oculista me dijo que podía hacer vida normal y sin una buena discusión de la que salten chispas ningún día es para mí normal.


Sábado, 24 de marzo
NO PUEDO QUEDAR EN CASA

La lluvia y el vendaval tratan de encerrarme en casa, pero sospecho que eso es imposible. Nunca he sido capaz de pasar un día entero, por mal tiempo que hiciera, por mucho trabajo y entretenimiento que tuviera dentro, sin salir de casa.
            La razón hace tiempo que la sé, pero no me gusta comentarla con nadie. Podían haberme quedado secuelas peores de haber estado interminables días aislado en una celda de la Dirección General de Seguridad.


Domingo, 25 de marzo
GOEBBELS Y YO

Busco algunos datos sobre el diario de Goebbels y me entero de que el montón de papeles editados en los años cuarenta no era todo lo conservado, que los rusos no se llevaban los archivos y tiraban los documentos, como decía el ingenuo prologuista.
            En 1992, aparecieron en Moscú mil seiscientas negativos en cristal con la filmación que Goebbels había querido hacer de su diario para salvarlo de la destrucción. Lo había escrito, día por día, desde 1923 hasta mayo de 1945, poco antes de su muerte (más de setenta mil páginas, de las que ya se han publicado veintitantos tomos). Al principio escribía a mano, luego dictaba a su secretaria y le pedía que hiciera copia.
            ¿Qué lleva a un hombre a esforzarse por dejar minuciosa constancia de su vida?  Los hipocondríacos, cuando leen sobre una enfermedad, en seguida empiezan a creer ver en sí mismos los síntomas. Es lo que me pasa a mí cuando leo alguna biografía, aunque sea de alguien tan siniestro como el doctorcillo alemán. ¿Tengo yo también, como han dicho sus biógrafos, “los síntomas clásicos de un trastorno narcisista de la personalidad”? ¿Tengo, como él, “una necesidad patológica de reconocimiento ajeno”? ¿Son mi vanidad y mi ambición tan desmesuradas como la suya?
            La vanidad puede, aunque por grande que sea me parece algo inferior a la de la mayoría de los poetastros de tercera fila que conozco, pero la ambición seguro que no: a mí no me molesta en absoluto jubilarme –ocurrirá dentro de dos cursos– siendo el último del escalafón.
            No me parece que tenga yo excesiva necesidad de reconocimiento ajeno: con el propio –que no es fácil de conseguir, por cierto– me basta y sobra; y la devoción por un líder no es lo mío, yo soy más bien, como buen español, de los que prefieren ser cabeza de ratón que cola de león; queda la costumbre del diario, pero Goebbels lo escribía para dejar constancia de su vida, yo lo hago más bien para escamotear la mía.
            Respiro aliviado: todo era una falsa alarma, no tenemos nada en común. ¿Tampoco un cierto gusto en manipular a los otros? Tampoco, tampoco, me digo sin demasiada seguridad.

Lunes, 26 de marzo
UN HOMBRE CUALQUIERA

¿Qué tienen de extraordinario Hítler o Stalin si se los mira de cerca? Un monstruo no es más que un hombre cualquiera con la capacidad de hacer realidad todos sus deseos.


Martes, 27 de marzo
LUGARES CON AURA

Nunca deja de sorprenderme lo rara que es la gente normal. Está visto que unos tenemos la fama y otros cardan la lana. Se inaugura el primer Starbucks en Oviedo y dos horas antes de que abra ya comienza a formarse la cola. Durante todo el día es imposible tomar allí un café, salvo que seas muy, muy paciente.
            Cuando yo lo descubrí en Nueva York, eran locales amplios y cómodos, donde se podía charlar sin prisas, leer o escribir. En España, años después, me gustaba el de los bajos del Palace, frente al Prado, porque era un lugar libre de humos (todavía se fumaba en los locales cerrados) y porque lo frecuentaban sobre todo foráneos que hablaban más bajo que mis compatriotas.
            En Nueva York fueron proliferando, vulgarizándose, haciéndose cada vez más pequeños; la mayoría acabaron siendo solo aptos para pedir la consumición e ir a tomársela, si el tiempo acompaña, a un parquecito cercano. Ahora, cerrada la librería del Citicorp center, solo me gusta el del Barnes & Noble de Unión Square. ¡Cuántos buenos ratos he pasado allí, hojeando algún libro, que luego casi nunca compraba, borroneando la traducción de algún poema, contemplando el mercadillo de productos orgánicos que acostumbra a celebrarse en la plaza!
            Durante mi último viaje descubrí el de la 7ª Avenida de Brooklyn, donde solía desayunar con mi amigo Hilario Barrero, acompañados por el tibio sol matinal; su tranquilidad provinciana nada tenía que ver con el ajetreo de Manhattan. Aparte de esos dos neoyorquinos, mi otro Starbucks favorito está en Lausanne, en la Place St-Francois, a medio camino entre el lago y la encumbrada catedral.
            Los lugares, como las personas, tienen su aura y su magia. Entras por primera vez y es como si estuvieras en casa; te presentan a alguien y es como si lo conocieras de toda la vida.
            El Starbucks de Oviedo está en una hermosa esquina, frente al Campoamor y la Escandalera, pero no me parece a mí que vaya a desbancar ni a la mesa redonda de la mañana en Las Salesas, ni al Vetusta a las ocho de la tarde ni, por supuesto, a mi rincón de trabajo favorito, siempre a las cinco en punto, en el McDonald's de Los Prados


Miércoles, 28 de marzo
AYER MAÑANA

Me pasa el profesor Insuela la fotocopia de un artículo de Lluis Companys publicado en El diluvio el 26 de abril de 1928. Se titula “La pena de muerte” y se dedica a rebatir los argumentos de quienes se oponen a su desaparición: “Rechazamos la pena de muerte porque es un sacrilegio, una monstruosa aberración que repugna a nuestra conciencia y a nuestro sentimiento. Y nos asombra que existan en estos tiempos civilizados personas que no lo sientan así”.
            El 13 de agosto de 1940, Lluis Companys, presidente de la Generalitat en el exilio (o fugado, según dirían hoy los periódicos) fue detenido por la policía alemana a petición de la española. El día 29 lo entregaron a la policía en la frontera de Irún. Fue trasladado a la Dirección General de Seguridad, donde le interrogaron y torturaron. El 3 de octubre fue enviado al castillo de Montjuic para ser juzgado en consejo de guerra. Se le condenó a muerte el 14 de octubre por el delito de “Adhesión a la rebelión militar”. Fue fusilado al amanecer del día siguiente.

Jueves, 29 de marzo
NADA ES LO MISMO

Pienso en las desventuras de ayer para no pensar en lo que se avecina. A la memoria me vienen, como un ominoso ritornello, versos de Ángel González: “Nada es lo mismo, nada permanece. / Menos la historia y la morcilla de mi tierra. / se hacen las dos con sangre, se repiten”.



domingo, 25 de marzo de 2018

Acción de gracias: Hablando claro



Sábado, 17 de marzo
PATARREALISMOS

¿Por qué el arte presuntamente más rupturista, epatante, anticonvencional está siempre subvencionado? Me lo preguntaba esta mañana mientras veía Óliver Punk, un falso documental producido por SACO, la Semana del Audiovisual Contemporáneo ovetense, en el parking del Carbonero.
            Tenía cierta curiosidad (el Óliver del título alude a nuestra tertulia de los viernes y yo mismo soy uno de los que intervienen), pero no tardé en perder todo interés y según fueron pasando los minutos aquello me pareció una tabarra interminable, la broma infinita de David Foster Wallace.
            Si hubiera estado sentado, podría dedicarme a mirar el teléfono y a pensar en mis cosas, que es lo que suelo hacer en conferencias y recitales. Pero había que estar de pie, más de una hora de pie, mirando una pantalla reiterativa o escuchando a los poetas del patarrealismo salvaje –“silvestre” habría quedado mejor– leyendo incoherentes retahílas con lámparas de minero en la cabeza.
            Quizá soy algo injusto (siempre lo soy con quien me hace perder el tiempo), quizá pertenezco a otro siglo y no comprendo a los mimados millennials. Quizá, pero no lo creo. El documental, inspirado en el libro del mismo título (en el que, por cierto, muero asesinado por un mayordomo robot), cuenta que Miguel Floriano, un poeta cíborg, un joven poeta en el que los componentes humanos han sido casi completamente sustituidos por implantes cibernéticos, ha desaparecido. Sus amigos contratan a un detective para buscarlo. ¿Y qué es lo que vemos en primer lugar? Pues al joven Miguel Floriano tendido sobre unas rocas marinas como en un anuncio de perfume; luego le contemplaremos paseando lánguidamente por bellos paisajes en sepia o blanco y negro y le escuchamos leer uno de sus poemas vagamente celebratorios a la manera de Claudio Rodríguez. ¿Pero no habíamos quedado en que era un cíborg? Es arte de vanguardia, la coherencia importa tan poco como en la puesta en escena de una ópera.
            Un actor teatral, un poco a la manera del Fernando Fernán Gómez de El viaje a ninguna parte, finge –poco– ser un profesor que nos da una charla sobre las fallas tectónicas o la inmortalidad del cangrejo, da igual (en cualquier caso aparece demasiado para no decir nada); el detective es también propio de una función escolar. Todo se repite, la situación se alarga, cuando parece por fin ha acabado volvemos escuchar a uno o a otro decir vaguedades sobre por qué ha desaparecido el poeta Miguel Floriano, algo que ha dejado de importarnos a los dos minutos de comenzar la proyección. Solo se salva la intervención de Saúl F. Borel, mi contrincante en un famoso debate sobre la biblioteca de Babel borgiana, con su monólogo digno del club de la comedia, y no sé si algo más
            Miré el reloj no sé cuántas veces, quise resistir hasta el final pero a la hora (a mí me parecía que habían pasado tres o cuatro), escapé de aquel antro oscuro.
            Y menos mal que los patarrealistas no tienen la costumbre de leerme, porque en caso contrario es posible que el asesinato que se cuenta en Óliver Punk, la novela, cambiara de género y se convirtiera en un asesinato de no ficción.


Domingo, 18 de marzo
PORQUE SOY POBRE

Parece que mi reiterada descalificación de los premios literarios va haciendo su efecto. Acabarán siendo vistos más como un baldón que como un galardón. “En mayo saco libro de poemas –me escribe un ilustre amigo–, que te enviaré, aunque me temo que tendrás que aplicarle tus razonables prejuicios sobre los premios, ya que tuve que presentarlo a uno por razones de economía doméstica, por lo general incompatibles con el orgullo y el decoro. A veces, ay, las circunstancias obligan a asumir humillaciones, en evitación de otras”.
            Algo así, pero con menos utillaje retórico, venía a decir Félix Grande cuando le preguntaban por qué razón, siendo ya un escritor prestigioso, se seguía presentado a premios: “Porque soy pobre”.


Lunes, 19 de marzo
HONOR Y HUMILLACIÓN

Me llaman de la Casa Real para invitarme a la comida que, como cada año, celebrarán los reyes en honor del premio Cervantes, Sergio Ramírez. Un inmerecido honor, que declino amablemente, por razones obvias, pero también una humillación.
            Cuando yo esperaba un destierro como el del Cid tras la jura de Santa Gadea, resulta que Felipe VI, más magnánimo que el rey Alfonso, vuelve a sentarme a su mesa.
            ¿Más magnánimo? No, simplemente que, como yo sospechaba, en su entorno no han leído mis palabras sobre su famoso discurso, tan alabado por unos, tan fuera de su papel institucional para otros, entre los que me incluyo.
            Escribir con libertad es fácil cuando lo que escribes no tiene ninguna importancia porque no lo lee nadie.
            No puedo aceptar, y bien que lo lamento (lo he pasado siempre muy bien en esas comidas: los reyes son los mejores anfitriones) porque a mi entender el jefe del Estado, en un asunto crucial, el más trascendente de su reinado, no ha querido o no ha podido mantenerse ecuánime, ha tomada partido.
            ¿Pero que pasaría si acepto la invitación y aprovecho para intercambiar unas palabras con él? Por unos instantes me siento tentado a hacerlo.
            –Majestad –le diría en el distendido ambiente del salón chino, tras la comida en el comedor de gala–, es cierto, como le dijo a Ada Colau, que su misión no es hacer de intermediario entre los partidarios y los detractores de la constitución, entre los que quieren hacer cumplir la ley y los que se niegan a cumplirla. Pero ni la constitución ni la ley pueden interpretarse solo en el sentido más restrictivo de los derechos y las libertades.  ¿Va contra la constitución Mariano Rajoy cuando defiende una ley, la de la prisión permanente revisable, recurrida ante el tribunal constitucional y con muchos visos de ser inconstitucional? ¿Va contra la constitución quien defiende que es posible, sin necesidad de reformarla, una consulta a los ciudadanos de Cataluña sobre si desean o no la independencia? Lo inconstitucional sería, si esa decisión fuera favorable, declarar la independencia sin antes reformar la constitución. Yo creo, señor, que es en los momentos difíciles cuando se reconoce a un estadista. Permitir a los catalanes, en un referéndum acordado con el Estado español, votar si quieren o no seguir siendo españoles no es favorecer al independentismo, sino todo lo contrario: quitarle su principal argumento. Claro que en ese referéndum, como en cualquier otro, se corre el riesgo de perderlo. Pero hay que aceptar ese riesgo. Solo aceptándolo se está en democracia a la altura de las circunstancias.


Martes, 20 de marzo
PASARSE DE LISTO

Cuando se habla de ortografía, hasta las mentes más sensatas suelen desvariar. El último en hacerlo es de quien menos lo esperaría, Alex Grijelmo. En Nueva Revista, una publicación de la derecha ilustrada (colaboradores habituales son Luis Alberto de Cuenca o Jon Juaristi), me encuentro con un artículo suyo de sugerente título “Escribir y hablar bien en la era digital”.
            Comienza muy sensatamente por constatar que “el ser humano nunca había escrito tanto como lo hace hoy”, para terminar en pleno desvarío. Si un amigo tiene una mancha en el traje, se lo advertimos amablemente para que se limpie; con los fallos en la escritura, se actúa de otra manera: “Se observan y se juzgan, pero sin verbalizar la sentencia. Tal vez porque una mancha en el traje se puede disculpar como accidental y no descalifica por sí misma a la persona. Se borra o se limpia, y asunto resuelto. Pero la escritura constituye una prolongación de la inteligencia, y una mancha en el lenguaje sirve como termómetro de la educación recibida. No lo creemos un fallo lingüístico, sino un fallo de pensamiento”.
            ¿Un fallo de pensamiento que alguien, discutiendo por WhatsApp, se olvide de poner la tilde en “pero qué me dices”? La ortografía es una convención, no tiene nada que ver ni con la inteligencia ni con el pensamiento. Resulta casi imposible que una persona culta, que habla varios idiomas, tenga una perfecta ortografía en todos ellos. Por eso es necesaria la figura del corrector.
            Pone como ejemplo de  la importancia de  la ortografía el caso de aquel aspirante a la presidencia de Venezuela que, en un mensaje manuscrito que publicó en la primera página de un diario escribió “entuciasmo” en lugar de “entusiasmo”. Tuvo, al parecer, que retirarse de la política.
            ¿Ha visto Alex Grijelmo los manuscritos de  Lorca, de Valle-Inclán, de Ramón Gómez de la Serna? Tendrían que haberse retirado de la literatura.
            Un error ortográfico (esa variante de la errata) no indica más que descuido, falta de adecuada revisión. Pero esa revisión no tiene por qué ser obra del autor, con cosas más importantes de las que ocuparse, sino de su secretario o del corrector editorial. Hagamos un dictado escolar –como los de Miranda Podadera– a los grandes políticos de  hoy y ya veremos si cometen o no faltas de ortografía (y no digamos de puntuación) y no por eso son mejores ni peores políticos.
            La ortografía, en tiempos de Cervantes, era cosa de los impresores; hoy se llama ortotipografía y es propia de unos profesionales que no deben faltar en ninguna editorial, en ningún periódico ni en el equipo de ningún político.
            Si tienes que ocuparte de la corrección de tus propios textos, es que eres un don nadie. Es lo que me pasa a mí. Y siempre aparecen con algún inevitable descuido en quien escribe y piensa rápido. Me los señala amablemente mi amiga Rosa Navarro Durán o inquisitorialmente, como si fueran un pecado, algún anónimo lector. Yo doy las gracias, los corrijo y no tengo la menor mala conciencia por ello.
            Y a veces el fallo no es propio, sino del corrector automático, que tiene la mala costumbre (como todos los fanáticos de la ortografía) de pasarse de listo.


Miércoles, 21 de marzo
PARA UN HOMENAJE

Un buen lector de poesía lee poca poesía. Un buen lector de poesía no aceptaría jamás ser jurado de un premio de poesía. Quien lee un libro de poesía de un tirón es un mal lector de poesía. Leer cien libros inéditos de poesía incapacita para volver a leer poesía.
Habría que premiar a los lectores de poesía, no a los poetas. Con buena voz todos los gatos son bardos. Para escribir poesía no hace falta saber escribir. Deberían crearse clínicas de desintoxicación poética. Los poetas jóvenes o no son poetas o no son jóvenes. Las palabras poéticas no tienen cabida en un poema.  Es poeta el que no puede ser otra cosa. Se puede ser poeta sin corazón, pero no sin inteligencia. Con media docena de verdaderos poetas se llena un siglo, aunque sea el de oro. Si solo escribe versos, habla como un poeta y se viste como un poeta, seguro que no es un poeta.