domingo, 26 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Contar destellos



ábado, 18 de febrero
QUÉ BIEN ME CONOZCO

––La vanidad creo que he aprendido a gestionarla bastante bien. En primer lugar, no la disimulo, nada de falsa modestia; más bien la exagero un poco, que es una manera de tomarla a broma para que moleste menos. Y solo me preocupa la posteridad. Me importa que se me siga leyendo dentro de cien o doscientos años. Los premios, los honores, los reconocimientos para quienes sospechan que, como no se esfuercen en la promoción, nadie se va a ocupar de ellos. Yo confío en el lector del futuro, ese que no tendrá en cuenta lo que se recomienda en Babelia.
            ––¿Y de verdad crees que, si ahora nadie se ocupa de ti, alguien se va a ocupar después?
            ––Lo bueno de dejar las recompensas para después es que, si me equivoco, no me voy a enterar. Así puedo ser vanidoso, completamente vanidoso, sin molestar y sin preocuparme de si alguien comparte o no la buena opinión que tengo de mí mismo.
            Me vienen bien estas sesiones semanales de psicoanálisis. Y lo mejor es que no tengo que abonar honorarios. Yo mismo soy el paciente y el analista: juego a desdoblarme, un juego que se me da bastante bien. “¿A qué se debe que no pueda estar en casa, no ya una mañana o una tarde enteras, sino ni siquiera más de dos horas?”, me pregunté una vez. Y en seguida obtuve la respuesta: “Quizá a la experiencia de haber pasado siete días con sus siete noches incomunicado en una celda de la que solo salías para sesiones de interrogatorio no demasiado amables”. Sonrío. Qué bien me conozco.


Domingo, 19 de febrero
UN OVNI EN ELCA

No creo, por supuesto, ni en el horóscopo ni en los extraterrestres, pero el primero lo leo siempre en el periódico y los programas televisivos sobre objetos volantes no identificados y seres de otros mundos son los que más me divierten y más me ayudan a desconectar y a conciliar el sueño.
            Por la antología consultada de Francisco Brines que acaba de publicar Renacimiento, me entero de que también el poeta valenciano fue testigo de la aparición de un Ovni. Lo cuenta Alejandro Duque Amusco en el prólogo. Ocurrió en Elca, durante un verano especialmente caluroso. Desde el jardín de su casa, vio una esfera negra suspendida en el aire. Se mantuvo allí largo tiempo y él se quedó mirándola con ojos fijos. Desapareció de pronto, como si se deshiciera en el aire. Lo atribuyó a una alucinación provocada por el calor. Tiempo después le dedicó uno de sus mejores poemas "Esplendor negro": "Solo una vez pudiste conocer aquel Esplendor negro, / e intermitente recuerdas la experiencia con vaguedad, / aproximaciones difusas, inminencias, / y así desde tu juventud arrastras frío, / un invisible manto de ceniza escarlata".
            No existen los Ovnis, pero los testigos de los avistamientos se cuentan por millares. Tampoco existe ninguna divinidad, pero hay constancia documental de docenas y docenas de milagros.


Lunes, 20 de febrero
ÁNGEL GONZÁLEZ INÉDITO

En un número de Cuadernos de Ruedo Ibérico que me pasa el librero de La Noceda, encuentro dos poemas de Ángel González no recogidos en Palabra sobre palabra. ¿Dos poemas? Resulta excesivo llamarlas así. Mejor, dos ocurrencias de las que, con muy buen criterio, se arrepintió después. No pasará mucho tiempo sin que algún erudito las añada a su poesía completa. Una edición "crítica" o "científica", por supuesto, que es a menudo la peor de las posibles. A veces pienso que la primera condición para dedicarse al estudio de la literatura es carecer de competencia literaria, no distinguir entre el poema y el borrador del poema, entre una enumeración caótica y la lista de la compra. Juan Ramón Jiménez sabe mucho de ello. Culpa suya por no ser capaz de romper papel.
            Pero los poemas ya publicados no hay manera de hacerlos desaparecer. A Ángel González seguro que le avergonzaría que yo copiara aquí su "Parquímetro" y su "Gene rarísimo". No lo haré. Ya se ocupará de hacerlo algún teórico de la poesía postmoderna. Quizá Vicente Luis Mora, primer laureado de la cátedra que lleva el nombre del poeta.


Martes, 21 de febrero
CONFIDENCIAS

¿No has sentido nunca la sensación de que, al entrar en casa, alguien acaba de abandonarla? Alguien que tiene buen cuidado de dejarlo todo como tú lo dejaste, sin mover un libro ni un papel de sitio. A mí me ocurre con frecuencia, y ha llegado a obsesionarme. A veces pongo trampas, como en las malas novelas de detectives que leíamos en la adolescencia. Ya sabes: un cabello sujeto a la puerta, una fina capa de arena o de harina para detectar pisadas. La verdad es que nunca quedó marcada ninguna huella ni se rompió el pelo o el hilo que puse alguna vez. Pero yo seguía teniendo esa curiosa sensación, sin prueba alguna, y llegué a pensar, como tú pensarás ahora, que era una paranoia mía.  Una noche, al levantarme para ir al baño, me di cuenta de que la luz de la cocina estaba encendida. Al ir a apagarla, me asusté. Había creído oír unas frases susurradas. Allí había alguien. Quedé un momento inmóvil. No sabía qué hacer. Los susurros cesaron. Quizá había oído mal: un grifo mal cerrado, una conversación en el piso del vecino. En la cocina, como era de esperar, no había nadie. Apagué la luz, volví a la cama, pero ya no pude dormirme. Pasaron unos cuantos días, no muchos, y ayer, cuando estaba escribiendo en mi rincón de Los Prados, una pareja sonriente, bien parecidos los dos, de poco más de treinta años, se acercó hasta mí sorteando las mesas vacías. No me extrañó. A veces se acerca a saludarme gente que no conozco, pero que ha leído algo mío, o que me presentaron alguna vez y cuyo rostro he olvidado (soy mal fisonomista). Aquellos dos desconocidos no me dijeron su nombre, daban por supuesto que yo sabía quiénes eran, y en seguida comenzaron a hablar de la película que iban a ver, Moonlight. Yo les dije que me había gustado mucho. Charlamos de cosas intrascendentes y de pronto, cuando ya se despedían, ella dijo: “Vaya susto la otra noche, ¿no? Perdone, tendremos más cuidado”. Y yo, de inmediato: “¿Erais vosotros los que estabais en mi cocina? ¿Cómo entrasteis?”. Ella sonrió, soltó la mano de su acompañante, volvió hasta mí, tropezando con alguna mesa (están demasiado juntas, como una barrera protectora en torno mío), me dio un beso sin decirme nada y luego se alejó de nuevo. No sé cómo ponerme en contacto con ellos, debería haberles pedido el teléfono. ¿Tú crees que eran los visitantes? Qué absurdo, ¿no? Pero estoy pensando en cambiar de casa, aunque sospecho que no valdría de nada. Sean quienes sean, seguro que se van a mudar conmigo.


Miércoles, 22 de febrero
OSCURIDADES Y DESTELLOS

Qué mal titulan algunos poetas: Brines, Entre dos nadas, su última antología; Aitor Francos, Filatelia, una colección de haikus. Mejor, Entre dos oscuridades (“Entre dos oscuridades, un relámpago” escribió Aleixandre) y Contar destellos, el verso que concluye uno de los haikus. Contar destellos: lo que yo hago cuando escribo. O lo que intento hacer.


Jueves, 23 de febrero
TODAVÍA

––Martín, Martín, ¿tampoco vas a hablar de política ahora que al cuñado de tu jefe, tras condenarle a seis y tres meses de cárcel, le dejan en la calle, con la única condición de que avíse, si quiere cambiar de casa, y que si quiere irse de vacaciones que, por favor, no salga de la Unión Europea?
            ––Tampoco.
            ––¿Y no tienes nada que decir cuando primero amenazan y luego le cambian de su puesto al fiscal de Murcia porque se ha atrevido a pedir que investiguen al presunto corrupto que preside la Comunidad?
            ––No.
            ––Se veía venir. Te has convertido al borbonismo y su turno de partidos. Que cada vez se van a turnar menos. Tendremos lo que tenemos para toda la eternidad, con los socialistas con la soga al cuello de unas elecciones que manden a casa a esos diputados que no representan a nadie desde que traicionaron a sus electores, y con Pablo Iglesias, siempre tan ocurrente, como bufón mayor del reino.
            ––De momento callo y me dedico a mis cosas. Quizá a partir de junio...
            ––¿No me irás a decir que todavía crees en Pedro Sánchez? Menudo iluso.


Viernes, 24 de febrero
BERLÍN-GINEBRA

Los viajes en el tiempo son mis favoritos. Voy a Moscú, al Moscú de Stalin, pero antes me detengo unos días en el Berlín de Hitler, recién llegado al poder. Mi guía es un simpatizante anarquista que contribuyó a la caída de Azaña con sus artículos sobre Casas Viejas y que ahora se encuentra cada vez más cerca de los comunistas. Con todos los gastos pagados, como tantos otros intelectuales, va a Rusia para dejar constancia de que el paraíso está a punto de ser realidad. Antes nos detenemos en Berlín, ya dije. A Ramón J. Sender no le alarma demasiado la figura de Hitler, un advenedizo, un don nadie: "Hitler carece de contornos, de arista hirientes. Su personalidad es no tener ninguna. En el caso de un atentado, el nacionalismo perdería no a su jefe, sino a un individuo de la organización. Esta no se resentiría en lo más mínimo".
            ¿Él antisemitismo? Cosas de los primeros días, ya está remitiendo. Además no se puede decir que los judíos no lo provocaran. Con Sender subo al tren en Berlín: "Los viajeros son, en su mayoría, judíos. Hablan entre sí a voces, con grandes gestos. En seguida se hacen los amos del tren. Si quieren avanzar por el pasillo, meten una maleta contra un costado a los que están delante, nos pisan sin disculparse, escupen y discuten con los empleados. Se explica el odio del germano, hombre inmóvil, exagerado en la corrección, frío y formalista".
            ¿Seré yo tan perspicaz al hablar de mi tiempo como Sender al hablar del suyo? Esa es una de las razones por las que de momento prefiero no ocuparme de política. Ni de ese personaje al que nos quieren presentar como la oveja negra de la familia cuando solo es el chivo expiatorio (un dócil chivo al que le han garantizado que no irá a la cárcel y podrá recoger la recompensa muy cerca de su casa ginebrina).






domingo, 19 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Toda la belleza del mundo


Viernes, 10 de febrero
NO ME QUEJO

Hasta ahora, siempre he visto a tiempo venir sobre mí la ola negra de la melancolía y he logrado apartarme de un salto para que no me arrastre con ella. Lo que no puedo evitar es que unas veces me salpique y otras me empape.
            De momento no me quejo: una buena ducha, cambiarse de ropa y como nuevo.


Sábado, 11 de febrero
PARA AMARTE MEJOR

Me sumerjo en un libro como quien bucea en el océano a pulmón libre; por mucho que disfrute con lo que veo o con lo que leo, cada poco tengo que salir a tomar aire.
            ––¿Para qué tantos libros, Martín?
            ––Para verte mejor, realidad.


Domingo, 12 de febrero
EL PATITO FEO

Los cuentos de hadas, los verdaderos, no la versión rosácea a que nos han acostumbrado las adaptaciones infantiles y las películas de Walt Disney, se parecen más a Moonlight, la áspera película de Barry Jenkins, que a las dos horas de melosa felicidad que ha filmado Damien Chazelle.
            Los cuentos de hadas están llenos de madrastras, de niños abandonados, de pruebas casi imposibles de superar. Como la vida misma.
            Hay en Moonlight un error de casting que finalmente se revela un acierto. No resulta verosímil que el adolescente desmedrado que interpreta Ashton Sanders se convierta, pocos años después, tras pasar por la cárcel, en el atlético y guapo Chiron interpretado por Trevante Rhodes. Mucha gimnasia tuvo que hacer, muy buena alimentación que recibir. Esa radical metamorfosis, la escuálida víctima transformada en poderoso príncipe, nos indica que estamos en el terreno de los cuentos de hadas.
            Pero en un cuento de hadas que no abandona el terreno de la realidad. El niño perseguido por sus compañeros, maltratado por su madre, se dedica ahora al business, al trapicheo, controla la distribución de droga en una pequeña zona, como su primer mentor.
            El director de la película y el autor de la obra de teatro en que se basa el guión, Tarell Alvin McCraney, saben bien de qué hablan: los dos son negros y homosexuales, como su personaje, los dos vivieron en ambientes semejantes. Barry Jenkins incluso en el mismo barrio de Miami, Liberty City, en el que transcurre buena parte de la película. Todavía tenía allí amigos y parientes cuando se rodó, todavía circulaban por allí  algunos de sus maltratadores que sin duda le miraban con ojos de envidia e incomprensión. La película tuvo que rodarse con protección policial. La realidad se parecía demasiado a la ficción.
            Nos angustia ese Little, ese animalillo inocente que no entiende por qué sus compañeros le persiguen, por qué incluso su madre se burla de él. Sacia su hambre en silencio, parece que le cuesta hablar. De pronto hace una pregunta: “¿Qué es  marica?”
            Sus protectores, que lo han encontrado escondido de los otros niños en un refugio de yonquis, no saben qué decir. "Es el nombre con que algunos se dirigen a los gays cuando quieren ofenderlos", responde Juan (Mahershala Ali), el traficante de drogas que hace de hada en este cuento. "¿Y yo soy gay?", pregunta el chiquillo. "Si lo eres o no, lo sabrás cuando debas saberlo", responde la mujer de Juan.
            La última parte, cuando el niño Little, el adolescente Chiron, se ha convertido en el exitoso traficante Black, con su aparatoso coche y sus colgantes de oro, supone el triunfo de los humillados y ofendidos; del patito feo, ahora hermoso cisne negro.
            A la luz de la luna los chicos negros parecen azules se titula la obra de teatro que da origen a la película. Qué curiosa paradoja: La La Land nos deja un regusto de amargura, Moonlight una sensación de reconfortante aceptación de la vida, llena de trampas y alambres con espinos, pero en la que a veces es posible encontrar un mago bueno que nos guíe hacia la felicidad.


Lunes, 13 de febrero
BORGES Y YO

Borges se imaginaba el paraíso bajo la forma de una biblioteca. Yo, más modestamente, he convertido cualquier rincón del mundo en una biblioteca: vaya donde vaya siempre encuentro una esquina –no hace falta que sea un café del Boulevard Saint-Germain, basta el McDonalds de Los Prados– donde sentarme tranquilo, abrir un libro, sacar mi cuaderno de notas y leer o escribir o mirar la vida que pasa.
            Tras pasar un rato en el París del Segundo Imperio con el diario de los Goncourt, del que ando preparando una reedición, abro el cuaderno y anoto:
            Demasiadas grandes palabras, hunden cualquier conversación.
            De la inteligencia de quien nos admira no solemos tener la menor duda.
            Qué poco inteligente quien siempre anda demostrando lo muy inteligente que es.
            El mayor premio, merecerlo.
            Andar por el mundo enamorado es como ponerse a nadar con pies de plomo.
            Las cosas que no sabemos son las que hacen interesante al mundo.
            Hablar con ingenio está al alcance de unos pocos; callar con ingenio, de casi nadie.
            Para oídos necios no hay palabras inteligentes.


Martes, 14 de febrero
UNA CITA

¿Hay algo todavía más deprimente que no tener ninguna cita romántica el día de San Valentín? Sí, tener una cita –como yo esta tarde– con el dentista.

Miércoles, 15 de febrero
MORIR DE ÉXITO

“¿No crees que tus libros se venderían más si los promocionaran como a los de Javier Cercas?”, me pregunta Enrique Bueres.
            “No sé. El riesgo de una tan exhaustiva promoción es que luego el libro no añada nada a lo que ya nos han contado el autor en sus entrevistas, Javier Rodríguez Marcos o Antonio Lucas en sus reportajes, Mainer en su servicial reseña de costumbre. No añada nada, salvo el tedio”.


Jueves, 16 de febrero
AFUERAS DE LA NOVELA

No soy un buen lector de novelas. En seguida aprovecho cualquier pretexto de la trama para abrir una puerta y salir fuera y continuar por mi cuenta. Salir fuera, a los recovecos de mi memoria, o quedarme dentro, pero explorando territorios que no se le ocurrieron al novelista. Comienzo Asesinato en el Jardín Botánico, de Santo Piazzese, la primera entrega de su Trilogía de Palermo, y pronto desaparece el cadáver que cuelga de uno de los gigantescos ficus y los policías que acaban de llegar llamados por el profesor Lorenzo La Marca, ese investigador que tiene más de Woody Allen (o de Víctor Botas) que de Philip Marlowe. Quedo yo solo en el Orto Botanico, como aquella tarde, y las cuatro gotas que comienzan a caer y a las que no doy demasiada importancia se convierten súbitamente en un chaparrón. Corro hacia el invernadero, que es el refugio que tengo más cerca, y hay momentos en que la lluvia golpetea con tanta fuerza que temo vaya a romper los cristales. Tardo en darme cuenta de que no estoy solo. En la otra esquina, en el lugar más apartado de donde yo me encuentro, hay una mujer, sin duda otra turista solitaria. No parece haberse dado cuenta de mi presencia. Yo me quedo mirándola, no sabiendo si saludarla o no, y ella se da la vuelta, me ve, pone cara de terror y antes de que yo pueda decir nada sale corriendo bajo la lluvia y se pierde por los senderos embarrados. Quedo sorprendido y un poco asustado yo también. Continúa lloviendo cada vez más fuerte, como si hubiera empezado el diluvio universal. Pronto será de noche, cerrarán las puertas del jardín, corro el riesgo de quedarme dentro si no me atrevo a desafiar el agua y el barro, como la mujer. Viene a salvarme el guarda, refugiado bajo un gran paraguas rojo. Sin duda lleva la cuenta de la gente que entra. “¿Ha salido ya la mujer que estaba aquí conmigo?”, le pregunté. “¿La mujer? Esta tarde no hubo más visitas que la suya. La tormenta estaba anunciada y todo el mundo se quedó en casa, salvo los turistas”. Cuando salía por la gran puerta que custodian las esfinges –ya había comenzado a amainar la lluvia–, me di la vuelta y creí verla al fondo del paseo de las palmas. Por la noche soñé que yo era Adán y ella Eva y el Jardín Botánico una versión didáctica del paraíso. Con un rotulador y unas cartulinas, íbamos poniéndole nombre a los árboles y las plantas. Al día siguiente, lucía un sol espléndido y aunque yo tenía otros planes, al llegar a la estación central, en lugar de subirme a un tren para ir hasta Bagheria, seguí por via Lincoln y me dirigí de nuevo al Jardín Botánico. Antes de mí, entró un ruidoso grupo turístico. Me dirigí en dirección contraria. Buscaba, absurdamente, sin querer reconocerlo, a aquella mujer que había huido de mí. Recordaba el comienzo del Orlando furioso narrado en prosa por Italo Calvino: “Al principio, hay solo una mujer que huye; corre para entrar en un poema que acaba de empezar”.
            ¿También aquella mujer corría para entrar en una historia que acababa de empezar? Muchas veces volví a soñar con aquel encuentro y ahora, leyendo Asesinato en el Jardín Botánico, me he decidido por fin a correr tras ella. La he tranquilizado y sentados en un banco (ha dejado de llover, han cerrado el jardín y nos hemos quedado dentro), a la luz titilante de las estrellas, me ha contado su historia. Algún día la contaré yo.


Viernes, 17 de febrero
QUÉ ABSURDO

El pequeño Martín (este domingo cumple cinco meses) todo lo mira con sus grandes ojos asombrados y nunca dice nada. Qué absurdo le debe parecer, recién llegado del paraíso, este mundo nuestro.



domingo, 12 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: Los visitantes


Viernes, 3 de febrero
EN EL SAVANNA

Nada más salir de casa, al dar la vuelta a la primera esquina, me acordé de que me había olvidado del libro que un amigo me había pedido que le prestara, las traducciones de la poesía griega de Joan Ferraté, y volví en su busca.
            No habían pasado ni cinco minutos fuera, pero todo lo encontré patas arriba: los libros en el suelo, las sillas de la cocina volcadas, las macetas rotas y con la tierra esparcida por todas partes. Me asusté, volví a salir al descansillo, cerré de un golpe la puerta. Cualquiera que hubiera hecho eso, debía estar todavía dentro.
            Saqué el teléfono para llamar al 091, pero cambié de idea y preferí llamar a un amigo. Dentro no se oía nada y quizá aquel estropicio tuviera una explicación natural. A fin de cuenta soy bastante desordenado y más de una vez un montón de libros se ha venido al suelo con estrépito dándome un buen susto. Pero José Havel, como es frecuente, tenía el teléfono desconectado. Tampoco respondía Marcos. “¡Tenga uno amigos para eso!”, me dije. Bajaba entonces la escalera un vecino y le pregunté si podía entrar conmigo en casa. “He estado fuera un momento y creo que han entrado ladrones”.
            Miramos habitación por habitación: no había nadie. Tampoco me pareció que faltara nada. “Más o menos así suelen dejarme el piso que tengo alquilado a estudiantes cuando se marchan al final del curso”, bromeó. "Lo más extraño es que cuando salí todo estaba perfectamente y no tardé ni cinco minutos en volver".  No me acababa de creer: "Si usted lo dice... Hay que tener cuidado con quien uno invita a beber o a lo que sea a casa; hoy no te puedes fiar de nadie”.
            Arreglé mínimamente aquel desbarajuste y el resto lo dejé para la asistenta, que llegaría en una hora. Cogí el libro de Ferraté y me fui a tomar el habitual café en Las Salesas. No podía quitarme aquel extraño asunto de la cabeza. Llamé a la asistenta para avisarla de lo que se iba a encontrar. Me dijo que no me preocupara, que esas cosas –no sabía yo muy bien a qué cosas se refería– pasan. Comí fuera. Cuando volví todo estaba en su sitio, ordenado y reluciente. Llamé a la asistenta para agradecérselo. Ella creía que le había gastado una broma. "Iba asustada y fue el día de menos trabajo", me dijo.
            Miré los libros. Ni la más mínima alteración del orden alfabético, como a mí me gusta. Desbaratarlos es cuestión de unos pocos minutos, pero volver a colocarlos en su lugar lleva su tiempo. ¿Quién lo había hecho? Estuve preocupado dos o tres días, pero acabé no dándole mayor importancia al asunto. Hasta que volvió a ocurrir y esta vez sí, allí estaban ellos...
            ––¿Quiénes?, preguntaron a coro los contertulios del Savanna.
            ––Ellos, ya sabéis, siempre son ellos.
            Sonrieron mirándose con complicidad. Yo procuré cambiar de tema y saqué a relucir la última antología de la joven poesía española; todos tenían que decir algo al respecto, a todos les parecía un bodrio, salvo al único poeta de la tertulia incluido en ella. A la salida, discretamente, me pasaron una tarjeta con la dirección de un psiquiatra: “Es muy bueno, a mí he ha ido muy bien”.
            Pero en materia de salud mental yo soy de los que se automedican. De vez en cuando me tiendo en el diván y juego a psicoanalizarme. Me va bastante bien y el tratamiento es gratis. Pero no intento comprenderlo todo. Hay cosas que pasan y carecen de explicación. A fin de cuentas, la realidad no necesita ser verosímil.


Sábado, 4 de febrero
UN CUENTO

“¿Pero todo eso que cuentas es verdad?”, me pregunta algún despistado que ignora mi falta absoluta de imaginación.
            Sonrío. Hay cosas de las que solo soy capaz de hablar si consigo que parezcan un cuento.


Domingo, 5 de febrero
TURBINA EN ESTERCOLERO

El último sábado le di un contundente bastonazo al último libro de Jon Juaristi, irritado por el que me parecía desprecio del autor hacia su propio talento y hacia los lectores. Un amigo común, Ángel Gómez Moreno, me cuenta que Juaristi ha tenido que pasar por el hospital como consecuencia de una caída y mi mala conciencia se acentúa. No sé cómo me las arreglo pero siempre acabo dando palos a los libros de los amigos.
            Pero mi mala conciencia desaparece de pronto cuando leo artículo suyo publicado en ABC. Replica a la reedición de La desfachatez intelectual, el libro de Sánchez Cuenca titulado, una obra que yo comenté elogiosamente. Copio algunos pasajes del artículo: “Como después se demostró, dicho libelo formaba parte de una campaña para establecer una lista definitiva de intelectuales reaccionarios y en consecuencia ajusticiables tras la inminente llegada al poder de una gran coalición de izquierdas encabezada por Pedro y Pablo (doble nombre, por cierto, de una famosa cárcel de San Petersburgo). Luego las cosas no salieron como esperaba el autor, pero Sánchez Cuenca no se hizo el harakiri, que habría sido el único gesto honorable en su indecente vida de soplona”.
            Otro parrafito: “Pero lo que parece ya verdaderamente escandaloso es la permanencia de semejante membrillo al frente de un instituto financiado por la Universidad Carlos III y la Fundación Juan March, desde donde ejerce de turbina en estercolero. Ni una ni otra institución necesitan seguir pagando impuesto revolucionario a un detrito tóxico del zapaterismo. Por mi parte, suspendo cualquier relación personal con ambas hasta que cierren el grifo de las subvenciones al chiringuito de marras, e invito a los demás insultados por Sánchez Cuenca (y a la gente decente en general) a hacer lo mismo”.
            Sobran los comentarios. Solo una aclaración para quienes no hayan leído La desfachatez intelectual: los insultos del autor, las delaciones que le permiten a Juaristi hablar de “su indecente vida de soplona”, se limitan a citar párrafos de los artículos de Savater, Azúa, Prada, o Juaristi (el que a menudo resulten sonrojantes no es culpa de Sánchez Cuenca).


Miércoles, 8 de febrero
APRENDO A SER COMEDIDO

Comento el artículo de Juaristi con un amigo y a él no le parece tan grave. “Más o menos, eso mismo es lo que haces tú con el bueno de Javier Fernández. Pero todos vemos la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio. Afortunadamente, la mayoría no piensa como tú, que de literatura sabrás mucho, pero que en política no das una en el clavo. Mira lo que dicen hoy los periódicos”. Y me alarga El País, últimamente mi monstruo favorito, abierto por una página en la que, en la parte superior, se lee en grandes letras: “El PSOE es el único de los grandes partidos que sube”. Y en La inferior, a la derecha: “Javier Fernández se estrena con nota al frente de los socialistas”.
            “Lee, lee, y cuando vuelvas a hablar de Javier Fernández en tu diario pide disculpas por el mal trato que le diste cuando por el bien de España dio una patada en el trasero al guaperas al que unos cuantos millones de despistados aupasteis con vuestro voto”.
            Y yo leo, leo y me entero de que los cuatro grandes partidos siguen manteniendo, más o menos, el mismo porcentaje de votos que en las últimas elecciones, salvo el PSOE, que del 22.7 ha pasado al 18,6 que le dan ahora las encuestas y de encabezar la oposición a ocupar el tercer puesto. Y este batacazo se debe a una operación –Cebrián y González de por medio– supuestamente motivada por el mal resultado electoral. Parece que les ha salido el tiro por la culata. Los de Podemos hicieron todo lo posible por superar al PSOE en las elecciones y no lo consiguieron. Pero en esto llegó Javier Fernández, y sin que ellos tengan que hacer ningún esfuerzo (están enredados en la guerra interna) les regala ese codiciado sorpasso. No me extraña que esté entre los preferidos por los votantes (salvo los de su partido, por cierto). Ocupa el puesto que durante varios años ocupó Rosa Díez. Pero yo no pienso hablar mal de él. Me respeto demasiado como para convertirme en un insultante Juaristi o en un Azúa. Me limitaré a expresar mi deseo de que cuando, más pronto que tarde, se vaya como Rosa Díez al rincón de los juguetes rotos no se lleve con él, como hizo ella, a su partido.


Jueves, 9 de febrero
EN PIAZZA DEL DUOMO

No sé por qué me acordé de aquel domingo, sin nada que hacer, en la vieja ciudad provinciana, dándole vueltas a la Piazza del Duomo, sentándome algún rato al sol en la gradas de la Fontana dell’Elefante. Se me acercó un hombre que me dijo algo en una lengua que no entendí, luego cambió al italiano. Al parecer había perdido un manojo de llaves. "Debieron caérseme por aquí. Estuve sentado ahí al lado. ¿No las ha visto usted?" Las vi entonces, medio escondidas por un viejo periódico. Se las señalé y, para demostrarme su alegría, quiso invitarme a tomar algo. Se notaba que estaba solo y tenía ganas de charlar. Pero yo me encontraba en uno de esos momentos de misantropía en que no me apetece hablar con nadie, ni siquiera conmigo. Me disculpé amablemente y seguí allí, medio aletargado, como si no hubiera ayer ni mañana. Y entonces ocurrió lo inesperado. Recordé el título de André Maurois: Siempre ocurre lo inesperado. El mimo que con sus aros y su bombín había estado haciendo una función de circo callejero al otro lado de la plaza terminó su función, recogió sus trastos y, cuando me quise dar cuenta, lo tenía plantado ante mí. "¡Quién me iba a decir que le iba a encontrar aquí, profesor!" Llevaba la cara pintarrajeada de blanco. Aunque no la llevara, seguro que no le habría reconocido. No soy muy buen fisonomista. Pero no era un alumno y no tardé en reconocerle. Vivía en un piso compartido en la parte alta de la ciudad. Le acompañé hasta allí y mientras se quitaba el maquillaje y se vestía de civil, yo me dediqué a curiosear los libros que llenaban una de las paredes. Me entretuve hojeando un volumen de cuentos de Giovanni Verga (había estado en su casa-museo, en Vía Santa Anna, muy cerca del Duomo) y al ir a devolverlo a su sitio algo me llamó la atención, medio escondido tras los libros. Era una pistola, o un revólver, yo no sé la diferencia, y no parecía de juguete. Lo tomé en las manos, inconscientemente, sin saber muy bien lo que hacía, y en ese momento apareció Marco en la habitación, recién duchado. La sonrisa que yo conocía tan bien desapareció de inmediato. Con un grito se abalanzó sobre mí y me quitó la pistola. Luego los dos nos quedamos callados, sin saber qué hacer ni qué decir. "La encontré sin darme cuenta", dije yo. "Debe de ser de algún compañero de piso", dijo él. "Aquí es rara la gente que no guarda un arma en casa, declarada o sin declarar, por lo que pueda ocurrir". No se volvió a hablar del tema, pero yo no me encontraba a gusto. Comimos en una trattoria cercana y luego yo tenía que pasar por el hotel, no le dije cuál era, no quise que me acompañara y no le volví a ver. A veces lo lamento.



domingo, 5 de febrero de 2017

Sin trampa ni cartón: La realidad y otras novelas


Sábado, 28 de enero
MUERTE EN PALACIO

Empezar a leer una novela y encontrarse uno en el primer capítulo no ocurre todos los días. El informe Casabona, de Sergio Vila-Sanjuán, comienza en el Palacio Real durante la recepción de cada 22 de abril. Ese día los reyes ofrecen una comida a diversos representantes del mundo cultural en la que es invitado de honor el premio Cervantes, que se entrega al día siguiente. Vila-Sanjuán caricaturiza a unos cuantos invitados y entre ellos al “Dietarista de Provincia, de aspecto funcionarial, cáustico y atento a la minucia, que sobre todo si es malvada reproducirá muy pronto en su blog”.
            No me parece que haya muchas dudas sobre a quién se refiere. En la primera de esas comidas, en 2015 (se trata de una costumbre iniciada por Felipe VI), me colocaron junto a Vila-Sanjuán en una esquina de la gran mesa del comedor de gala. Apenas nos sentamos, comenzó a echarme en cara lo que yo había dicho de él en mi blog a propósito de ya no recuerdo qué. Tras el desahogo, quedamos tan amigos. Es buena persona, sospecho que mejor persona que novelista.
            El invitado de honor, que no es el premio Cervantes, como en la realidad, sino un destacado empresario, mientras el rey lee su discurso se desploma sobre la “crema de guisantes a la menta” que constituía el primer plato. ¿Pero dónde se vio que el rey se ponga a discursear con la comida servida y enfriándose?
            En nota final, nos indica el autor que ha modificado detalles del protocolo “por necesidades narrativas”. No veo esa necesidad por ninguna parte. La comida comienza a servirse una vez que el rey ha leído su breve discurso.
            Luego el “diaterista” (qué palabreja) ya no pinta nada en la novela, una novela realista que sin embargo no parece cuidar mucho los pequeños detalles que hacen verosímil la ficción.  A mí me habría gustado ser el detective que aclara el enigma tras averiguar que la mayoría de los invitados, comenzando por los reyes, estaban interesados en la muerte del empresario Casabona. Me divierto tras leer los primeros capítulos imaginando esa otra novela que estaría a medio camino entre Asesinato en el Orient Express de Agatha Christie y Asesinato en el Comité Central de Vázquez Montalbán.


Domingo, 29 de enero
SAN PEDRO Y LA CALAVERA

Lo he contado tantas veces que a mí mismo ha acabado pareciéndome una historia inventada. Allá por 1970, durante un curso, di clases como profesor en prácticas en el colegio de San Pedro de los Arcos (guardo todavía un ejemplar de Naranco, la revista que editada con los niños en borroso ciclostil). Situado junto a la iglesia de la que tomaba el nombre, el patio del colegio, todavía a medio construir, carecía de muro y más de una vez los niños se iban a corretear entre las tumbas del antiguo cementerio. Un día me dijo uno de ellos: “Maestro, maestro, están jugando al fútbol con una calavera”. Y efectivamente, como en una parodia de Hamlet, me encontré a varios niños dándole patadas a una. 
            En el diario El Comercio dedican un reportaje a conmemorar los cincuenta años de ese colegio. Entrevistan al primer alumno matriculado, José Vázquez, y resulta que él es, si no el que me avisó,  sí uno de los niños que jugaban con la calavera: “Rememora también cómo, hace cincuenta años, entre el antiguo cementerio de San Pedro de los Arcos y el patio, había una pared que muchos escolares saltaban cuando tenían un rato libre.  En el recreo, algunos de ellos traspasaban esa barrera para jugar con los huesos que desenterraban. Tal era la afición que tenían que un día lanzaron una calavera desde el otro lado y cayó a los pies de Vázquez”.



Lunes, 30 de enero
MIS LIMITACIONES

No soy la única persona que lee todos los días el horóscopo en el periódico, pero debe ser la única que lo reconoce. Me divierte. Y a veces me da buenos consejos. “Trate de sacar todo el partido posible a sus limitaciones”, leo esta mañana. Es lo que llevo haciendo desde hace bastantes años.


Miércoles, 1 de febrero
PERIODISTAS SUICIDAS

Los periodistas ya no saben qué hacer para denigrar los periódicos. El último en sumarse a la campaña ha sido mi admirado Manuel Jabois. Sospecho que a partir de ahora le admiraré un poco menos. Y no por sumarse a esa campaña suicida para su oficio, sino por el poco ingenio que ha demostrado al hacerlo.
            Así comienza su columna de este miércoles el columnista estrella del diario antaño de referencia: “Hoy entré en un bar a comer, pregunté por pura melancolía si tenían prensa y tras la respuesta salí a la calle a buscar periódicos, no sin antes dejar encargados espaguetis con carbonara”.
            Amigo Jabois: si en un bar no hay prensa, es la excepción, no la regla. Nada le gusta más al personal que hojear gratis el periódico. Donde puede no haberla es en los restaurantes, sobre todo si son de alguna categoría. Sentarse a comer leyendo el periódico es una estampa de otro tiempo, de viajantes llenos de caspa y melancolía.          
“No era la primera vez que me ocurría”, continúa. Pues si no es la primera vez que te ocurría y te gusta comer leyendo el periódico, ¿no se te ha ocurrido comprarlo? Por un euro y medio (que es lo que cuesta en el que tú escribes), te ahorrarías el tener que estar pendiente, no solo de si hay o no prensa en el bar, sino de si está ocupada, porque me imagino que no esperarás que tengan un ejemplar para cada cliente.
            Su mala costumbre es heredada: “Yo como delante de un periódico de papel de la misma manera que come mi padre y comía mi abuelo”. No nos dice si son viudos o están divorciados o si su madre y su abuela eran unas santas de infinita paciencia. ¡Debe de ser duro comer día tras día con un señor que se tapa la cara con el periódico!           
Continúa la historia: sale a la calle, camina quince minutos y no encuentra un quiosco. Y podía haber caminado una hora. Los quioscos no son como las farolas que se colocan cada pocos metros. Debería haber preguntado primero dónde había uno. O mejor, haber comprado el periódico antes, si es que le gusta leerlo mientras come.           
            La columna es breve, pero a Jabois no se le ha acabado el catálogo de tonterías. En lugar de disfrutar de los espaguetis a la carbonara, pide algo atrasado que tuvieran por ahí, como si estuviera en la consulta del dentista o fuera a ir al baño. Le traen una revista de 2015 y aprovecha para hacer un chiste: cree reconocer a Donald Trump y resulta que es Terele Campos.
            Tras comerse los espaguetis mirando una revista atrasada (y no la televisión como se hace en los restaurantes cutres), regresa al hotel, escribe el primer párrafo de su artículo y se pone a leerlo “con el consiguiente pitillo y la consiguiente alarma, que me obligó a dar explicaciones penosas en pijama al resto de clientes”. O sea que Jabois. después de comer, se pone el pijama, escribe unas líneas en un folio, enciende luego un cigarrillo y automáticamente todos los clientes del hotel entran en su habitación para pedirle explicaciones (suponemos que llamarían antes).    
            ¿Vale la pena seguir? Sigamos: “La evolución del negocio, su traslado general a la pantalla, me ha llevado a situaciones que hace años serían surrealistas”. Antes, cuando veía a alguien en la calle con un periódico bajo el brazo pensaba: “Ahí va un lector”. Ahora: “Ahí va un periodista”. Cito: “La imagen del diario bajo el brazo me resulta tan llamativa que la explicación es que esa persona viene –o va– a su Redacción; nunca he preguntado por si me responde que sí”.
            Pues pregunta, pregunta antes de hablar. ¿Desde cuándo los periodistas compran un ejemplar del diario en que trabajan y lo llevan a la redacción?
            Claro que el artículo no es autobiográfico, pero inventarse algo así para decirle a quien lee esos disparates “qué haces, eres un dinosaurio, alguien a extinguir, deja de comprar en el quiosco el periódico para el que trabajo”, me parece todo un penoso autorretrato intelectual.
            Pero como la historia de la comida sin periódico se le acaba y aún no ha terminado la columna, cuenta una anécdota: “Mourlene Michelena llegó un día de invierno al Café Comercial y le dijeron al entrar: ‘¿Ha visto qué frío, don Pedro?’. ‘Si’, contestó, ‘lo he leído en el Ya’. Hoy don Pedro, si lee eso antes de salir de casa, baja en bañador”.
            ¿Qué tendrá que ver el que se lean o no los periódicos en papel con su credibilidad? ¿Un periódico es menos creíble en versión digital?
            ¡Cuántas tonterías tienen que escribir los columnistas para ganarse la vida! Afortunadamente, y a pesar de todos los Jabois de este mundo (o del Cebrián que los mande), los periódicos y los libros en papel siguen teniendo (como siempre han tenido) una mala salud de hierro. Todavía hay mucha gente que disfruta con ellos y que está dispuesto a pagar por ellos. Sin que eso suponga negar que las noticias también se escuchan en la radio (yo, si estoy en casa, como siempre a las dos y escuchando las noticias de Radio Nacional), se ven en la televisión, se leen en el teléfono (yo, los titulares y poco más), en el ordenador o en la tablet. Medios complementarios, cada uno con sus ventajas y sus inconvenientes, cada uno el mejor de todos si es al que estamos acostumbrados. (Pido disculpas por estas obviedades: yo no podría ser columnista, amo más la sencilla verdad que la apocalíptica tontería,)


Jueves, 2 de febrero
REPÚBLICA BANANERA

No hablo de política, ¿para qué? Ya se habla demasiado. Pero me extraña que nadie haya dicho que Estados Unidos, que se ha pasado la historia dando lecciones de democracia, no es más que una república bananera. Y no lo digo porque hayan elegido a un impresentable (podía ser un nuevo Lincoln y daría igual), sino porque en ningún país democrático se aceptaría que, si se presentan dos candidatos para un cargo, lo obtenga el menos votado. Vamos a suponer que Maduro, en las elecciones presidenciales de Venezuela, obtiene dos o tres millones de votos menos que el candidato de la oposición, pero que sin embargo es nombrado presidente porque según la constitución son los departamentos los que deciden y da la casualidad de que los de mayor fidelidad al bolivarismo cuentan con más peso electoral. Nadie reconocería a un gobernante así. Y Felipe González sería el primero en justificar una intervención armada para derrocarle.
            Estados Unidos, en lo que se refiere a la elección de su presidente, no puede darle lecciones de democracia, no ya a la Rusia de Putin o a China, sino ni siquiera a la República de Guinea.




domingo, 29 de enero de 2017

Sin trampa ni cartón: El desconocido de Turín


Viernes, 20 de enero
EN EL PARQUE LEZAMA

El momento que yo prefiero de la tertulia es a última hora, en el Chelsea, cuando quedamos solos los más fieles y llega el momento de las confidencias. Más de una vez, yo mismo, que nunca suelo hablar de cosas personales, he estado a punto de mostrar mi corazón al desnudo, aunque siempre he sabido contenerme en el último momento y he dejado que los que se desnudaran –metafóricamente– fueran otros.
            La noche de este viernes ya solo quedábamos tres en aquella confortable penumbra, como de club inglés para hombres solos, y cuando, tras un rato de silencio, iba yo a comenzar hablar y a pedir consejo sobre un asuntillo que me trae a mal traer, un desconocido se acercó a nosotros desde la barra con una copa en la mano.
            “¿Les molesta que me siente un momento? Soy amigo de Xuan Bello y él me ha dicho en alguna ocasión que por qué no paso por vuestra tertulia. No acabo de decidirme, pero hoy les he oído hablar del librero Abelardo Linares, que al parecer ha estado en Asturias, y resulta que yo le conozco. Compró la biblioteca de mi abuelo en Buenos Aires. Una biblioteca espléndida, quizá no debería haberla vendido, pero qué iba a hacer con ella. Todo el que podía salía pitando de aquella Argentina que hacía agua por todas partes. Mi abuelo no tenía estudios, apenas si había ido a la escuela, pero era un gran lector. Había nacido en una aldea de Somiedo y había escapado a América a los trece o catorce años. Era un gran lector, ya dije. Primero recortaba los artículos de Unamuno, de Azorín, de Pérez de Ayala, en los diarios de allí, en La Prensa o en La Nación y luego fue comprando los libros de los escritores españoles que admiraba tanto. Don Abelardo –así le llamábamos allí– se quedó por cuatro pesos con primeras ediciones de los más grandes. Cuando me vine a España, viví primero en Córdoba, donde tenía familia mi exmujer, y el director de un suplemento literario, Antonio Rodríguez creo que se llamaba, dijo que eso había que denunciarlo y quiso que yo hablara mal del librero que, en realidad, nos había permitido sacar el billete para España. Él hizo un buen negocio, pero no creo que yo pudiera haberlo hecho mejor. Entonces se vendían muchas bibliotecas. Quería que yo escribiera un artículo o entrevistarme, pero ni una cosa ni otra. Me habría gustado saludar ahora a don Abelardo. Siento no haberme enterado antes y haber asistido a la presentación en Cervantes. Conozco además a Ana Vega, de alguna noche en El Olivar. Mi abuelo era muy tímido, leía y admiraba también a muchos escritores argentinos, pero nunca se atrevió a acercarse a ninguno. Sin embargo, conoció a Borges. Le gustaba repetir la historia, un poco como la gran aventura de su vida, aunque toda su vida estaba llena de hazañas, no se llega a la Argentina todavía casi niño, con una mano atrás y otra delante, y a los cuarenta años se es dueño de una pequeña fortuna, que luego despilfarró mi padre, pero esa es otra historia. Mi abuelo conoció a Borges antes de que se convirtiera en la figura popular, una especie de Maradona de las letras, que sería después. Creo que todavía eran los tiempos de Perón y Borges no estaba completamente ciego. Al menos, todavía salía solo de casa, y sin bastón. Mi abuelo, al cruzar cierta noche el parque Lezama, vio de lejos, en medio de una apartada glorieta, una figura que le resultó vagamente familiar. Se acercó y enseguida reconoció a Borges por las fotografías de sus libros, que coleccionaba cuidadosamente. Estaba inmóvil, como esperando a alguien, en aquella noche de principios de otoño, ya un poco fría. Mi abuelo dudó mucho si acercarse o no. No quería molestar, pero aquel parque, cercar de La Boca, se convertía de noche en un lugar peligroso, como todos los parques. “Disculpe que le moleste, señor Borges, ¿puedo ayudarle en algo?”. El escritor se sobresaltó, abstraído en sus pensamientos, no le había sentido llegar. “Tenía una cita, pero ya no creo que venga. Si me acompaña a casa, se lo agradecería. Vivo en Maipú, muy cerca de la plaza San Martín”. Mi abuelo le acompañó a casa y allí conoció a la madre, una enérgica anciana, que estaba muy preocupada y le riñó como a un niño. “¡A quién se le ocurre, Georgie, andar por ahí solo a estas horas!”. Varias veces pensó en llamar a la policía, pero se fiaba menos de ella que de los malevos. Alguna vez vio después mi abuelo al escritor, cuando ya era muy famoso, paseando por Florida o en alguna confitería, pero nunca se atrevió a acercarse a él. Ni siquiera le pidió que le dedicara un libro. Yo se lo reprochaba siempre que me contaba esta historia”.


Sábado, 21 de enero
SOY EL CUERVO

Mi vida se puede compendiar en dos de las fábulas que leíamos cuando niños. Una es la de la zorra y el cuervo, y en ella yo soy el cuervo; otra, la de la zorra y las uvas.
            Un cuervo estaba en lo alto de un árbol con un queso, que acababa de robar, en el pico. Una zorra pasó por allí y se le hizo la boca agua ante aquel apetitoso manjar. “Qué gusto encontrarle, señor cuervo. Qué hermoso plumaje y, sobre todo, qué maravillosa voz. El ruiseñor tiene mucha fama, pero cuando cante el cuervo que se callen todos los ruiseñores”.
            Y siguió elogiándole y  elogiándole hasta que el cuervo, cada vez más orondo, no pudo resistir la tentación de ponerse a cantar para que todo el mundo le admirara. Y entonces el queso se le cayó del pico y mientras el cuervo seguía dando al viento su graznido con los ojos entrecerrados de gozo, la zorra escapaba con el manjar relamiéndose de gusto.
            ¡Cuántas veces me habrá pasado a mí lo mismo! Y no escarmiento.


Lunes, 23 de enero
NUNCA MIENTO

“Gabriel García Márquez situaba el origen de su literatura en el viaje que hizo con su madre a Arataca para vender la casa de sus abuelos en la que había pasado la niñez. Decía que había tenido lugar en 1950, antes de comenzar a escribir La hojarasca. Un biógrafo demostró que había sido en 1952, cuando ese relato ya estaba escrito. García Márquez no solo no rectificó, sino que quiso obligar al biógrafo a cambiar la fecha. También decía que había llegado a México el 2 de julio de 1961, el mismo día en que Hemingway se pegaba un tiro, pero se conservan cartas enviadas desde México antes de esa fecha. ¿También tú mientes al contar tu vida? ¿También tú la arreglas para que resulte más interesante?”
            (Enrique Bueres me está haciendo una entrevista por etapas y de vez en cuando me encuentro en el móvil con una larga pregunta que suelo responder brevemente.)
            “Yo no miento jamás. Pero si alguna vez mintiera procuraría hacerlo en aspectos de mi vida en que no hubiera testigos o documentos que pudieran desmentirme. Tengo más respeto por la verdad que el fantasioso Nobel, o no soy tan ingenuo.”


Jueves, 26 de enero
EN EL PRETIL DEL PUENTE

¿Quién no ha sentido alguna vez que la vida en general, y la suya en particular, carece de sentido? A mí me ocurre muy de tarde en tarde, pero me ocurre, y siempre cuando menos lo espero. Mi remedio es seguir maquinalmente con las costumbres habituales (soy de esas personas que tienen previsto, minuto a minuto, lo que han de hacer cada día), hasta que de pronto cualquier aparente nimiedad --un libro en el escaparate de la librería, una mirada al vuelo, una sonrisa que ni siquiera era para mí-- me devuelve la alegría y me llena de gratitud por estar vivo. Pero a veces esos tropezones, ese meter el pie en alguno de los socavones de la realidad, me sorprende fuera de mi rutina habitual, en algún viaje.
            Lo que voy a contar ocurrió en Turín, hace tres o cuatro años, en el Turín en que se volvió loco Nietzsche y se mató Pavese, un día de enero en que las calles aparecieron cubiertas de nieve. Yo había ido a Turín con el pretexto de una vaga cita amorosa que luego quedó en nada. El billete de regreso era para unos días después y no tenía nada que hacer ni ganas de hacer nada.
            Estaba apoyado en el pretil de uno de los puentes sobre el Po, uno muy historiado y con estatuas del que no recuerdo ahora el nombre, mirando las aguas oscuras, sin sentir la nieve que había comenzado a caer y que comenzaba a empaparme y a cubrirme de blanco, cuando sentí una mano sobre mi hombro.
            "¿Qué hay, amigo? ¿No estará pensando en hacer alguna locura?"
            Me di la vuelta avergonzado. "No, no". Debía de tener un aspecto tan deplorable que hasta suscitaba la compasión de un transeúnte; sin duda temió que pensara suicidarme arrojándome al agua, como en las malas novelas, esas a las que les gusta parecerse a la vida misma. Aquel inesperado samaritano debía tener entre cincuenta y sesenta años, pelo blanco, barba blanca muy bien arreglada, por debajo del abrigo se adivinaban las solapas de un esmoquin. Solo le faltaba un bastón con puño de plata y un sombrero de copa para parecer uno de esos magos que actúan en los circos. Sombrero no llevaba, pero sí el bastón. Me miraba muy serio, sin sonreír, y yo tras el primer momento de vergüenza sentía un poco de miedo.
            "Voy a una fiesta. Si no tiene nada mejor que hacer, le invito a acompañarme. No está el tiempo como para andar dando paseos por la calle".
            Me excusé como pude. "Regreso a mi hotel. Está aquí muy cerca". Y le dije el nombre, no quería que pensara que yo era un vagabundo, un sin techo, aunque así es como yo me sentía en aquel momento.
            "No hay más que hablar", dijo cogiéndome del brazo. "Hay bebidas, música, buena calefacción y mujeres bonitas". No me vio muy entusiasmado. "Mujeres o lo que usted prefiera, si prefiere otra cosa, que yo en eso no me meto".
            No estaba mi ánimo precisamente para fiestas, pero tampoco tenía voluntad para oponerme a nada, así que me dejé llevar. Cruzamos una calle con anchos soportales, luego otra y por fin entramos en un palazzo con un gran portalón muy historiado y una rechinante escalera. "El ascensor no funciona", me dijo. La puerta del piso se abrió sin necesidad de que llamáramos. Dentro estaba muy oscuro, no parecía haber nadie. Pero en un gran salón de techo abovedado y con frescos mitológicos unas diez o doce personas estaban sentadas en torno a una mesa. Nos miraron en silencio. Uno de ellos señaló con la mano dos asientos vacíos, uno a la cabecera de la mesa y otro a su izquierda. Yo quise bromear: "No parece muy animada la fiesta...". "Aún no ha comenzado, no se preocupe que se va a divertir". Alguien sopló las velas que iluminaban tenuemente la habitación y quedamos completamente a oscuras.
            Cuando regresé a mi hotel, ya había amanecido. Me tumbé en la cama y quedé dormido sin siquiera quitarme la ropa. Desperté con mucha hambre, devoré el menú en un restaurante cercano y regresé al puente para ver si volvía a aparecer el misterioso anfitrión. No apareció y no fui capaz de encontrar de nuevo el palazzo.
            ¿Que qué ocurrió allí? Resulta fácil de imaginar, no voy a entrar en detalles. A mí me sirvió para sacar el pie del desgarrón en que lo había metido y para devolverme las ganas de vivir. Ahora vuelvo siempre que puedo a Turín y siempre que vuelvo me entretengo un rato contemplando las aguas del Po, apoyado en el pretil del mismo puente, con la esperanza de que vuelva a aparecer aquel desconocido.


domingo, 22 de enero de 2017

Sin trampa ni cartón: Ni vuelve ni tropieza


Viernes, 13 de enero
UN HOMBRE PRECAVIDO

Soy un hombre muy precavido, demasiado. Me dijeron que la sal y el enamorarse eran malos para el corazón y desde entonces he dejado de cocinar con sal.


Sábado, 14 de enero
AQUELLA MUJER

En Catania, a las cinco de la tarde, ya era de noche y la temperatura, agradable durante las horas de sol, se desplomaba súbitamente. No me apetecía volver al hotel, las cafeterías, sin apenas mesas en el interior, estaban llenas.
            Yo pasaba un rato leyendo y luego me ponía a caminar rápidamente de un lado para otro, por calles mal iluminadas, sintiéndome como un desterrado sin casa ni hogar en una ciudad ancha y ajena.
            Veía a la mendiga con su bebé a la puerta de una iglesia, a los vendedores de baratijas, a los inmigrantes oscuros agrupados en cualquier esquina y se me llenaban los ojos de lágrimas. Me sentía como un personaje de Dostoievski, pobre gente en las noches blancas de San Petersburgo, perpetuamente “humillado y ofendido”.
            Una de esas tardes, se me acercó una joven a preguntarme algo. “No soy de aquí”, me excusé. Se lo dije en italiano, pero ella notó mi acento español y pasó a hablarme en esa lengua. Quería saber una dirección. Conocía la calle, había pasado varias veces por allí y me ofrecía a acompañarla. Sin yo preguntarle nada, me contó su historia, una historia bastante confusa y que cada vez me hacía sentir más incómodo. Un marido italiano, con diversos negocios que no me aclaró bien, una separación traumática, unos hijos que el juez le había prohibido visitar, un largo tratamiento psiquiátrico, la decisión de presentarse sin avisar en la casa en que su exmarido y su nueva mujer vivían ahora… Todo eso me lo contó, sin que yo tuviera prácticamente ocasión de decir palabra, mientras caminábamos hacia una calle próxima al inmenso palacio de Justicia, un mamotreto comenzado a construir en 1937 y no terminado hasta casi veinte años después, aunque siguiera fiel a la estética fascista.
            No era tan joven aquella mujer como me había parecido en un principio. Muy maquillada, casi como una actriz antes de salir al escenario, debía de tener cerca de cincuenta años.
            Yo estaba un poco asustado. Debería haberle indicado el camino, sin acompañarla, pero estaba tan solo y tan aburrido… Desde una esquina con el Corso Italia, le señalé la calle el lugar donde se encontraba aproximadamente el portal que buscaba. Quise despedirme. “Espere, espere”, me pidió. “Venga conmigo. Espere a que me abran”.
            Llamó una vez y otra vez, nadie respondió. Sin duda en aquel piso no había nadie. O le habían dado una dirección equivocada o la familia estaba fuera.
            “¿Y ahora qué hago?”, “Vaya a su hotel, descanse y vuelva mañana”, “No tengo hotel, acabo de llegar de Barcelona”. Aquello me asustó más, la mujer no parecía estar en sus cabales. Decidí acompañarla hasta uno de los centros de información turística, cerca de la plaza Stesicoro. Allí podrían encontrarla un hotel. Ella me cogió de la mano, me apretó fuerte. “No sé qué habría sido de mí si no le hubiera encontrado”.
            Yo estaba cada vez más asustado. Entré con ella en el local, pero mientras atendía al empleado, que buscaba en la pantalla diversas posibilidades y le indicaba precios, en un momento de distracción, salí a la calle y me alejé de allí rápidamente, casi corriendo.
            Al doblar una esquina, creí escuchar su nombre llamándome. Afortunadamente no le había dicho dónde me alojaba. Ya en la habitación del hotel, tras respirar aliviado, sentí un poco de remordimiento. “Por lo menos podría haberme despedido”.
            Pasé una mala noche. Aquella mujer se aferraba a mí y los dos rodábamos juntos por no sé qué oscura pendiente, las aguas rugidoras al fondo y arriba unos hombres que nos tiroteaban, como en una mala película.
            Al día siguiente lucía el sol, el cielo era de un azul espléndido, comencé la mañana, como cada día, saludando al Etna desde el Giardino Bellini y no volví a acordarme de aquella mujer. Hasta hoy.
           

Domingo, 15 de enero
PUÑAL Y MANOTAZO

A veces nos asalta a traición y nos clava un ferruñoso puñal en la espalda. En mi caso, suele aprovechar los momentos felices. Cuando tengo una preocupación, el inmediato problema lo llena todo, no deja lugar para la angustia sin causa. Pero cuando, a media mañana, tomo un café, hojeo los libros que acabo de recibir, un amigo al que hacía tiempo que no veía se acerca a saludarme a la gran mesa redonda de Las Salesas; cuando me esperan luego los alumnos en el Milán y las pruebas del nuevo número de Clarín y los correos que he de contestar y los amigos de Facebook; cuando siento que el mundo, que mi mundo, está bien hecho y se desliza suavemente sobre los engranajes, entonces siento de pronto el topetazo brutal de la melancolía.
            Estoy de paso, vivo en un castillo de arena, todo esto se desmoronará poco a poco o de un imprevisto manotazo. Y no solo eso: vuelven de pronto, con su sonrisa triste, todos los que se han ido yendo a lo largo de los años para no volver nunca. Vuelves tú, rostro más querido que ninguno y que se va desvaneciendo, como todos, en la niebla.


Lunes, 16 de enero
BIEN QUE LO LAMENTO

"A menudo haces recuento de los amigos que has perdido, como el vaquero que recuenta las muescas en la culata de su rifle, como si estuvieras orgulloso de ello", le gustaba repetirme a uno de esos amigos que ya no es amigo mío.
            No, no estoy muy orgulloso de esas pérdidas. Creo que siempre he tenido mucho cuidado con mis amigos, un material escaso y especialmente valioso. Pero la palabra amigo se emplea de muy diversas maneras. Llamamos amigo no solo al horaciano "animae dimidium meae", sino también al simple conocido, al colega escritor con el que intercambiamos libros y poco sinceros elogios. Esos amigos son los que yo pierdo con facilidad.
            He aprendido a mentir, como cualquier adulto, pero no del todo. No me importa elogiar en privado el bodrio o la medianía de cualquier conocido literario. Pero en público soy incapaz; en público puedo disimular, tratar de ser diplomático, pero nunca lo consigo por completo.
            A quien valoro poco, en seguida lo nota, y eso no se perdona. Y a quien admiro de veras puedo no admirarle especialmente en algún libro, entretenerme enumerando las concesiones a la facilidad, las caídas. Y eso se perdona menos.
            "A veces pienso que es mejor ser enemigo tuyo; tratas con más cuidado y delicadeza los libros de quien no te tiene ninguna simpatía, como Gamoneda, que los de quien te admira y te quiere bien", solía decirme el mismo amigo que ya no es amigo mío.
            Es posible. Pero tampoco hay que darle demasiada importancia. Las relaciones literarias las debe cuidar quien quiera hacer carrera literaria. Y yo no es que no quiera, es que estoy incapacitado para ello. Y bien que lo lamento. Porque talento quizá no, pero falsa modestia tengo tanta como Javier Marías, Antonio Muñoz Molina o incluso Juan Goytisolo.


Martes, 17 de enero
ENCUENTRO EN LOS PRADOS

Le escuché contar una vez a Torrente Ballester que él se dio cuenta de que era viejo cuando pasó a saludarle un antiguo alumno y le dijo que era almirante. Yo, por supuesto, no tengo exalumnos que sean altos jefes de la Armada, pero…
            Me lo encuentro al dejar, como cada tarde, mi oficina de Los Prados (un rincón del McDonald’s). Le di clases cuando él tenía seis o siete años, allá por el curso 72-73, en el colegio de Ventanielles. Cuarenta años después, me escribió para saber si el “José Luis García” que firmaba un premio que había recibido por su buena conducta era yo. Era yo, y seguía dando clases a pocos pasos, en el Campus del Milán.
            Mi antiguo alumno, aquel niño tan formal, ahora es policía y jefe del servicio del 091 en Asturias. Me invita a visitarlo en su trabajo. “A lo mejor le interesa ver cómo funciona ese servicio”. Claro que me interesa. Ya comienzo a pergeñar en mi cabeza una serie televisiva policíaca y autonómica en la que cada episodio comienza con una llamada al 091 de la calle General Yagüe (ahora Juan Benito). Hablaré con mi amigo Xuan Bello para ver si su productora está interesada.


Miércoles, 18 de enero
PRIVILEGIOS

Transcurre manso, día a día, imperceptiblemente. ¡Cuántas veces he tenido la impresión de que, como en el título de Eduardo Mallea, era un río inmóvil! Pero hay días en que parece correr en tromba llevándoselo todo por delante. Hablo del tiempo, claro, del tiempo que ni vuelve ni tropieza.
            Hoy pasa por casa, a recoger unos libros y unas pruebas de imprenta, mi amigo Alfonso. Le acompaña Ernesto, que tiene ya once años y al que hacía algún tiempo que no veía. Busca los relojes de arena, la escultura de Pessoa, las pequeñas piedras pulidas por el Egeo o abrasadas por el Vesubio…
            Le entusiasmaba jugar con ellas cuando era pequeño y el padre pasaba por aquí en busca de algún libro o a hacer alguna consulta bibliográfica; también le acompañé muchas veces a recogerlo a la salida del colegio, que está junto al Milán, al lado mismo de mi casa. Qué lejos quedan ya esos días.
            No he tenido hijos, y nada me habría gustado más. Me fascinan los bebés, su manera de ir apropiándose del mundo, de crearlo de nuevo por entero en su cabeza. No he teñido hijos, si nos atenemos a la verdad de la biología y del código civil, pero creo que los tengo de todas las edades.
            El regalo de haber visto crecer, casi día a día, a Ernesto. El de tener en los brazos, ahora, a Martín. La vida, sin esa responsabilidad y ese prodigio, está incompleta. Yo no siento que la mía lo esté. Y encima no he tenido nunca que cambiar los pañales.


Jueves, 19 de enero
HACER ALARDE

“Le gustaba alardear de inteligencia para poder ocultar mejor su bondad”, leo en Arthur Schnitzler. Sonrío. Eso es lo que yo hago. Y la oculto tan bien que a veces dudo de que siga existiendo o incluso de que haya existido alguna vez.