domingo, 18 de febrero de 2018

Acción de gracias: Fuenteovejuna, señor


Sábado, 10 de febrero
TEOLOGÍAS DEL FIN DE SEMANA

Dios es como el gato de Schrodinger de la física cuántica: existe y no existe, está vivo y muerto al mismo tiempo.
            Dios creó el mundo de la nada, pero ¿quién creó la nada?
            Dios no sabe lo que quiere, pero nosotros somos conscientes de lo poco que nos quiere.
            La más majestuosa de todas las catedrales, la única digna de Dios, es el Universo.
            Presume mucho el Papa, pero para Dios, si es que existe, no vale más que cualquier andrajoso emigrante en su patera.
            Qué curioso resulta pensar que Hítler, con ser Hitler, recibió tras la muerte el mismo premio, o el mismo castigo, que cualquiera de sus millones de víctimas.
            (Los sábados suelo comer en el Atrio con mi amigo José Manuel Feito, que a sus ochenta y tantos años sigue conservando todo su interés por las cosas de este mundo y del otro, y siempre, no sé cómo, acabamos hablando de ciencia ficción, o sea, de teología; yo disfruto mucho poniéndole en apuros con la apisonadora de mi racionalismo, pero él pide ayuda a San Pablo o a Lutero y la partida de dialéctico ajedrez suele quedar en tablas.)


Domingo, 11 de febrero
UN VERSO DE MACHADO

Antonio Machado es para mí algo más que un poeta, una persona de mi familia. Son muchos los poemas suyos que me sé de memoria, entre ellos su “Retrato”, que aprendía cuando tenía trece o catorce años y que me ha acompañado desde entonces. Pero hay un alejandrino en ese poema con el que cada vez me siento más en desacuerdo: “Y al cabo nada os debo, debéisme cuanto he escrito”.
            El resto de la estrofa me lo aplico gustosamente: “A mi trabajo acudo, con mi dinero pago / el traje que me cubre y la mansión que habito, / el pan que me alimenta y el lecho en donde yago”.
            Yo le debo mucho a mucha gente y lo que he escrito no me lo debe nadie. Un poema es un regalo que solo adquiere valor cuando el lector lo hace suyo.  Son los lectores quienes hacen un favor al poeta al aceptar sus versos y darles vida. Solo ellos nos garantizan que no hemos perdido el tiempo al escribirlos, que no son un mero pasatiempo o un desahogo personal.
            A mí me gusta parafrasear a Machado contemplando los libros de mi biblioteca: “Os debo la mitad de lo que he escrito”. La otra mitad se la debo a amaneceres, ríos, trenes, sonrisas, gatos, gente, noches de luna y, sobre todo, a quienes me rompieron el corazón.


Lunes, 12 de febrero
PARA UN AUTORRETRATO

Todos necesitamos sentirnos superiores a alguien; yo me siento a veces superior a mí mismo (y casi siempre, muy inferior).
            Si supiera lo que quiero, no lo querría.
            Cómo me aburre divertirme.
            No hay cerradura de seguridad que me proteja de mí mismo.
            Yo, cuando no tengo nada que hacer, es cuando más cosas hago.
            Si pudiera estar callado, no escribiría.
            No me gusta obedecer ni cuando me ordenan que haga lo que estoy deseando hacer.
            Los pillos me divierten, los tontos me aburren; en eso soy como todo el mundo.
            Me gusta que me lleven la contraria, así me ahorro el trabajo de tener que llevármela yo.
            Un buen rival es un regalo del cielo.
            Solo me interesan dos cosas: yo y el resto del mundo. Lo demás me tiene sin cuidado.
            El único regalo que nunca me canso de recibir es el de cada amanecer.
            Me gusta tanto mandar como obedecer; mandar en general y obedecerme solo a mí mismo.
            ¿Qué tontería habré dicho o hecho hoy?, acostumbro a preguntarme antes de dormirme y, si no recuerdo ninguna, me parece que ha sido un día perdido.
            Por miedo a perderlas, no querría tener ninguna de las cosas que quiero tener.
            Lo que más me fastidia de los demás –lo he repetido más de una vez– es lo mucho que se me parecen.

Martes, 13 de febrero
POR QUÉ NO TENGO AMIGOS

De vez en cuando, me gusta hacer recuento de amigos perdidos y averiguar la causa. No siempre es fácil, pero si se trata de escritores suele resultar demasiado fácil. ¿Por qué, después de tantos años de creativos encontronazos, he dejado de tener contacto con mi siempre admirado y denostado Andrés Trapiello? Pues porque él es un escritor profesional y yo (aparte de otras cosas) un crítico vocacional. Mi trabajo no es ayudar a la promoción de un producto concreto, sino orientar al lector que confía en mi criterio.
            ¿Mi trabajo? La verdad es que no es mi trabajo, que me gano la vida de otra manera, que mejor me iría –si quiero hacer carrera en esto de la literatura– cultivando las buenas amistades y ejerciendo, en lugar de la crítica, la publicidad por otros medios cuando se trata de las publicaciones del grupo Planeta o de Random House, que son quienes cortan el bacalao. Pero a mí, qué le vamos a hacer, me divierte más ser Pepito Gillo que un Manuel Rico de Babelia o un Irazoki en El cultural (si me apuran, incluso diría que me gusta más ser Pepito Grillo que Premio Planeta o incluso Premio Nobel, ese Planeta con pretensiones).


Miércoles, 14 de febrero
DEL AMOR

Me gusta que me quieran siempre que no me quieran demasiado.
            En cualquier pareja siempre hay alguien que falta y alguien que sobra.
            Dejar de estar enamorado es como quitarse un buen peso de encima.
            Hay amores que son como una mala gripe. 
            Del amor nadie sale indemne.
            Aprender a vivir sin amor es el principio de la sabiduría.
            No me gusta tener a nadie demasiado cerca, ni siquiera cuando me acaricia.
            Me gusta que me quieran, pero guardando las distancias.
           

Jueves, 15 de febrero
DE UN PAÍS IMAGINARIO

En política, prefiero ser del partido de los encarcelados a serlo del de los que encarcelan.
            Defender la ley saltándose la ley suele ser una mala costumbre de los defensores de la ley.
            Seas rey o seas Ceaucescu, no te fíes demasiado del cariño de tu pueblo; los que hoy te aplauden son los mismos que te apedrearán mañana.
            Si nunca te has avergonzado de ser español, es que no eres español.
            (He hecho la firme promesa de no hablar de política, y procuro cumplirla, pero a veces me puede mi tozudo racionalismo. Cada día leo en los periódicos que la guardia civil han encontrado nuevas pruebas –llamadas telefónicas, correos electrónicos– para determinar quienes fueron los autores del referéndum “ilegal”. ¿Pero es que hay alguien en España o en el mundo que no lo sepa? ¿No es malversación dedicar tantos medios y tantos esfuerzos a averiguar algo que es público y notorio?
            Me imagino el interrogatorio del juez a los integrantes del anterior gobierno de la Generalitat: ¿Quién mató al gobernador? /¡Fuenteovejuna, señor! /¿Y quién es Fuenteovejuna! /¡Todos a una!).


Viernes, 16 de febrero
OTRO COMIENZO DE AÑO

En el arroyo transparente, / una barca solitaria; / en las tiernas hojas de loto, / zumbido de libélulas. / Aún no se fue el invierno / y ya está aquí la primavera. / Colinas azules, nubes blancas. / Bebo té y escucho / una flauta que suena / en la distancia / (o quizá tan solo / en mi anciana memoria). / Es la voz de Dios / que llora sobre un mundo / reducido a cenizas. / Al otro lado del cristal, / el jardín sin nadie, / la huella de unos pasos / que no borrará el tiempo. / Sobre el papel de arroz, / con el pincel dibujo /
arroyo, barca, hojas / de loto, las libélulas / y el leve temblor / de la flauta / que de niño escuchaba, /la mejilla en la mano / y la mirada ausente.
            (Comienza el nuevo año chino, el año del perro, y yo lo celebro componiendo un poema a la manera de mis admirados Li Po y Wang Wei.)


Sábado, 17 de febrero
MENOS ES MÁS

Una noche sin estrellas es como un día sin pan.
            Lo que no necesitamos es lo que más necesitamos.
            A quien le gusta la poesía, qué poco le gustan los poetas.
            A veces, al cerrar la puerta de casa, me doy cuenta de que me quedado fuera.
            De los mejores amigos se hacen los peores enemigos.
            Los viajes en tren son en verso, los de avión en prosa.
            Sin los vivos los muertos no son nada.
            Escribir es hablar solo para que nos escuche el mundo.
            Has administrado bien tu fortuna si no dejas más que lo necesario para pagar tu entierro.
            Un hombre y una mujer nunca son dos hombres por mucho que peroren los gramáticos sobre el masculino como el género no marcado del lenguaje.
            La memoria es bastante olvidadiza.
            Era tan formal que hasta se ponía corbata para hacer el amor.
            Nadie es tan poderoso que no le tema a un dolor de muelas.
            Si Cervantes hubiera sospechado el éxito que iba a tener el Quijote habría puesto más cuidado al escribirlo.
            Hay muertos tan rencorosos que se pasan la vida dándonos la tabarra.
            No te creas casi nada de lo que te cuentas..
            El pasado es como es, no como fue.
            La tierra da tantas vueltas que no es extraño que todo el mundo ande un poco mareado.





           





domingo, 11 de febrero de 2018

Acción de gracias: De amores y naufragios




Domingo, 4 de febrero
PROTEGER LA INTIMIDAD

“Ahora que tanto se habla de la defensa de la intimidad, ¿quién se ocupa de la intimidad de los grandes hombres?”, pienso al leer los nuevos descubrimientos sobre la vida sentimental de Fernando Pessoa.
 Menos mal que yo –que tanto me esfuerzo por ocultar ciertas sombras de mi pasado y mi presente– he tomado la precaución de no ser importante. Pasar inadvertido: no hay mejor protocolo de seguridad para que nuestras miserias se vayan con nosotros a la tumba y allí se queden para siempre.


Lunes, 5 de febrero
Y BEBO AGUARDIENTE

La familia de Pessoa rompió con Joao Gaspar Simoes porque en la biografía que le dedicó y que sirvió para cimentar la gloria póstuma del escritor, publicó una foto en la que aparecía ante el mostrador de un bar. Se trataba de la famosa fotografía que Pessoa le había enviado a Ofélia en la época de su noviazgo y en la que se presentaba “en flagrante delitro”. Un caballero –y Pessoa lo era– no aparecía nunca en público en esa actitud.
            Ahora la propia familia –pero ya no queda nadie que le conociera– facilita unas cartas íntimas que demostrarían que Pessoa pasó su último año muy enamorado de una joven inglesa: la hermana de su cuñada.
            Leo la noticia en el diario ABC y de inmediato busco la fuente: un artículo de José Barreto en Pessoa Plural, la revista publicada por la Brown University, en Rodhe Island.
            El último poema que escribió Pessoa, el 22 de noviembre de 1935, una semana antes de morir, era un poema de amor con esa ingenuidad, que no teme al ridículo, de quien está verdaderamente enamorado: “El sol brilla feliz, / el campo está verde y alegre. / Pero mi pobre corazón padece / por algo que está lejos. / Anhela solo por ti, / anhela tus besos. / Solo me importas tú”. Nadie diría que son versos de Pessoa, sino de cualquier aficionado. “Solo me importas tú”, repite como estribillo al final de cada estrofa.
Por las mismas fechas en que abría su corazón en ese y en otros poemas igualmente sensibleros, se escribía con Madge Anderson, la hermana de Eileen, casada con Joao María Nogueira Rosa, uno de sus hermanos.
En la primavera de 1935, Madge, que había viajado con cierta frecuencia a Portugal hasta el punto de despertar los celos de Ofélia, quiso encontrarse con el poeta y charlar detenidamente para aclarar su situación. Ella estaba casada, pero su matrimonio no era feliz. Luego se volvería a casar con Frederick Winterbotham, jefe en los momentos claves de la Segunda Guerra Mundial de la sección aérea de los Servicios de Inteligencia (el MI6 de las películas de James Bond).
Madge, que conocía muy bien el alemán, trabajó con él. Winterbotham se haría famoso en los años setenta publicando un libro, The Ultra Secret, en el que contaba, hasta donde era posible, su experiencia al frente del servicio de descodificación de comunicaciones de Bletchley Park. Para entonces ya no estaba casado con Madge Anderson, que murió en 1988, cuando el centenario del poeta. Nunca quiso hablar de aquella relación.
            Ofélia Queiroz sí lo hizo y yo tuve ocasión de verla en 1985, a los cincuenta años de la muerte de Pessoa. El escritor portugués que me acompañó hasta su casa me confidenció que, cuando ella quiso reanudar el noviazgo y él se mostró distante y reticente, de quien Pessoa estaba enamorado era de Carlos Queiroz, un joven contertulio de A Brasileira, sobrino de Ofélia. Pero la fuente de información era António Botto, una especie de Villena de la época, muy poco fiable en estos asuntos.
            Lo cierto es que, aparte del largo poema dedicado a Antínoo, el amante de Adriano, publicado en vida, se conservan varios poemas de amor escritos en primera persona y con destinatario masculino. “Son –escribe José Barreto– poemas de amor soñado o frustrado, versos elegíacos o nostálgicos de algo que pudo haber sido y no fue. Nada indica que, en esa materia, Pessoa haya ido más allá de la palabra escrita, aunque aparentase, de hecho, haber padecido en su soledad tales pasiones”.
            Tampoco con sus amadas femeninas parece haber ido mucho más lejos, aunque con Ofélia jugara a ser un casto enamorado convencional. Madge Anderson, en la primavera de 1935, no pudo tener los encuentros con el poeta con los que había soñado en el frío invierno londinense en que su matrimonio hacía aguas.
Nada más llegar a Lisboa, Pessoa desapareció. En la primera de las cartas conservadas le pide disculpas. “Mi querida Madge, hace mucho tiempo que intentaba escribirte. Esta carta mía es solo una petición de disculpas. Llegaste aquí cuando yo me estaba hundiendo y hundido estuve todo el tiempo que aquí estuviste. He vuelto a la superficie, aunque no tengo muy claro de qué superficie se trata. Lamento mucho todo lo que pasó, esto es, mi descortesía al desaparecer, pero no perdiste nada con ello; fue la mejor acción que algunos restos de decencia permitieron a un hombre prácticamente perdido para todo eso. Aunque haya vuelto a la superficie, estoy listo para hundirme de nuevo y esta vez creo que definitivamente. Me gustaría que me recordaras con caridad cristiana y no con simple desprecio humano, aunque ese sea el sentimiento apropiado en el mundo tal como es”.
            No conocemos la respuesta de Madge, salvo por lo que de ella dice el propio Pessoa en una carta posterior. Sabemos que le llamó –suponemos que en broma– “viejo tonto dramático” (dramatic old silly) y Pessoa responde que eso es exactamente lo que le llama su hermana, salvo que ella suele omitir lo de “dramático” y lo de “viejo”. Con la carta va un poema que escribió en abril, cuando ella llegó a Portugal, poco antes de hundirse en una de sus crisis habituales. El poema se titula “D. T.”, abreviaturas de “delirium tremens”, y es quizá un intento de explicación: “Tu amor podría / volverme mejor de lo que yo / puedo ser o intentar ser. / Mas eso nunca lo podremos saber. / Dejo al corazón con su dolor / y bebo aguardiente”.


Martes, 6 de febrero
CONFIESO QUE NO HE VIVIDO

¿Por qué me fascinó desde siempre la figura de Fernando Pessoa? Quizá porque su secreto es mi secreto, pero sin aguardiente.


 Miércoles, 7 de febrero
UN AUSENTE MUY PRESENTE

¿Qué es lo que necesito yo para pasar un buen día? Muy pocas cosas, la verdad. Que no ocurra nada que interrumpa mis rutinas es una de ellas. Otra, al menos un libro nuevo y apasionante.
Esto último no siempre resulta fácil, por eso, previsor como soy, los voy racionando para no encontrarme, cuando por la mañana tomo mi café en Los Porches, sin productos frescos que hojear, acariciar y en ocasiones leer de un tirón antes de volver a mi despacho en el Milán.
Pero hay días en que uno se queda sin nada. Como hoy, en que busco y rebusco sin suerte. Afortunadamente, el azar suele venir en mi ayuda. En el momento en que salgo, me entregan un paquete de correos. Es el epistolario de Valente con sus compañeros de generación.
Erudición y chismografía forman uno de mis cócteles favoritos. A José Ángel Valente, al repelente niño Valente, como le llamaba Celaya (a quien él caricaturizó cruelmente en algún poema), le gustaba en sus últimos años jugar a ser único, abominar de su generación, la del cincuenta. Por eso este epistolario, preparado por Saturnino Valladares, se titula Retrato de grupo con figura ausente. Pero pocas figuras más presentes: estaba en la famosa foto de Colliure, fue el primer antólogo generacional e intrigó con unos y con otros para hacerse un hueco en el panorama literario. En 1953 le pide a José Agustín Goytisolo que interceda por él en el premio Boscán: "No sé cómo podrás hacerlo, pero algo podrás hacer. Tal vez por medio de Gutiérrez, en fin tú verás. Entérate cómo van las cosas, qué clima hay".
En sus últimos años, Valente se burlaba de la poesía de Goytisolo, le consideraba un simple coplero, pero durante décadas lo tuvo como uno de los poetas más cercanos (se alojó en su casa a menudo, a veces acompañado de toda la familia) y a cada uno de sus libros le dedica encendidos elogios. Luego trató de reescribir su pasado, pero estas cartas lo desmienten. Tan íntimos eran que Goytisolo no duda en fotocopiar y enviarle una carta que ha recibido de Ángel González en la que este, tras quejarse de lo aburrida que es su vida en América y de unas cuantas nimiedades, añade al final como quien se olvida algo sin demasiada importancia: "¿Sabías que me he casado? ¡Pues lo hice!"
Valente al parecer ya estaba al tanto de la noticia: "Ángel se casó, en efecto.  Qué frenesí tardío. Ahora me gustaría a mí refugiarme en la Iglesia y tengo gran nostalgia del celibato y la tonsura perdida. De casarme, me gustaría casarme con Lezama Líma solamente".
            Pero no sólo hay chismografía y bromas en este epistolario (aquel matrimonio de Ángel González, en 1973, no resultó del todo infecundo: nos dejó un excelente libro que escribió él y firmó ella). Qué espléndida, como suya, la primera de las cartas de Jaime Gil de Biedma, ese escritor que vivió hasta los sesenta años, pero que a los cuarenta decidió no sólo dejar de escribir poemas sino también echar el cierre a su prodigiosa inteligencia y dedicarse a una minuciosa autodestrucción.
            Historia e intrahistoria en unas cartas que nos ayudan a entender una época y que dicen tanto de la condición humana (cuando Valente rompe con sus antiguos compañeros, ahí está Gamoneda jaleándole) como cualquier novela de Dostoyevski.


Jueves, 8 de febrero
SER LA CENIZA

En 1913, Vicente A. Salaverri, un riojano que emigro a Uruguay, vuelve a España para entrevistar a sus figuras ilustres. El libro en que reunió esas conversaciones se publicó en 1918 y lleva al frente una conmovedora carta abierta a Juan Mas y Pi, que murió en el naufragio, tan dramático como el del Titanic pero menos conocido, del vapor Príncipe de Asturias (en su lujosa primera clase, con biblioteca y salón de baile, podían viajar ciento cincuenta personas; en el sollado de los emigrantes, de aproximadamente la misma extensión, mil quinientas).
            El periodista de 1913, al que Juan Mas y Pi adivina en el prólogo un glorioso porvenir, ya no existe: "Ahora escribo no lo que a la gente le interesa oír, sino lo que me interesa a mí decirle a la gente". Y añade: “Si usted ha ido al limbo, en gracia a su ingenuidad, yo iré al infierno por haber perdido aquel candor intrépido que tanto me obligó a prodigarme en otro tiempo”.
            Yo no he perdido del todo ese candor y por eso sigo prodigándome para parar las aguas del olvido, aunque de sobra sé que la vida (la mía y la de todos) no es más que una red de triviales miserias y que no hay nada mejor “que ser la ceniza / de que está hecho el olvido”.




domingo, 4 de febrero de 2018

Acción de gracias: Un Cristo, dos pistolas


Domingo, 28 de enero
DEBUSSY EN BICICLETA

A la salida del Campoamor, donde acabo de aburrirme con Pelléas et Mélisande, de Debussy, me encuentro a Javier Almuzara en su estado natural, o sea, rebosante de entusiasmo.
            ----Qué maravilla, qué maravilla. La orquesta lo dice todo, casi no hacen falta las palabras.
            ----Lo que no hacen falta son las bicicletas.
            ----Bueno, pero tampoco molestan.
            ----¡A qué extremo de sometimiento ha llegado el público de la ópera, que soporta cualquier majadería sobre la escena con tal de que no resulte demasiado ofensiva o agresiva!
            ----¿No me dirás que no te ha gustado? ¡No me lo puedo creer!
            ----No podía no gustarme, soy un admirador de Maeterlinck y su estética evanescente tan fin de siglo. Escuchando a Debussy me venían a la memoria los versos de Verlaine y Manuel Machado. Pero a pesar del susurro subyugante de la orquesta, me alegro de no haber renovado mi abono y de reincidir lo menos posible. No soporto la tontería gratuita y en la ópera, al menos en la de Oviedo, pero sospecho que no solo, resulta habitual. Los directores de escena tienen por costumbre no leer el libreto o tomarlo como pretexto para lucir sus ocurrencias. Pelléas et Mélisande transcurre en el país, fuera del mapa y el calendario, de los cuentos de hadas. Hay un bosque y una fuente y una mujer que huye, no sabemos de qué, y un príncipe cazador que la ve y de inmediato se enamora de ella. ¿Y qué hace el bueno de René Koering? Pues monta en bicicleta a la doncella y al príncipe. ¿A quién se le ocurre ir de caza en bicicleta? ¿Qué doncella sin fuerza y sin memoria se pierde entre la fronda de un bosque en bicicleta? Claro que peor es lo de la escopeta del final. Como ponerle a un Cristo dos pistolas. La obra de Maeterlinck es toda sugerencia, los silencios valen más que las palabras, pasa sin balidos un rebaño de corderos, símbolo del destino humano, y el pastor nos dice que no vuelven al redil (van al matadero, pero eso tenemos que imaginarlo nosotros). La obra termina sin gritos, sin aspavientos, muere Mélisande sin haber tenido en brazos a su hija, sin un grito, sin un lamento; Golaud, su celoso y duditativo marido, solloza y el rey le dice: "Ahora debemos guardar silencio. Es terrible, pero no es tu culpa. / Era un pequeño ser / misterioso como todo el mundo."
La obra termina así, con los sollozos contenidos de Golaud, con Mélisande muerta como dormida. Pero al director de escena, ese final, tan Maeterlinck, tan Debussy, le parece insulso y hace salir a Golaud en busca de una escopeta, ponérsela bajo la barbilla y... Por lo menos tiene la delicadeza de hacer bajar el telón antes de que oigamos el disparo. Y por hacer ese destrozo, por emborronar con sus brochazos la sutileza de la obra, encima le pagan. Qué cosas. Y otro detalle, amigo Almuzara, en el que tú, con tu entusiasmo acrítico, no has reparado. Pelléas et Melisande tiene cinco actos, divididos en quince cuadros. En este montaje los tres primeros se nos dieron todos juntos. Díez sutiles cuadros, más de hora y media de duración, sin un respiro. Pero eso va en contra de la intención del compositor, que quería actos breves, no las interminables tabarras wagnerianas. Entre acto y acto debería haber un intermedio, aunque solo fuera de cinco minutos: se encienden las luces, el público relaja su atención, tose si es menester, deja que la emoción repose y luego vuelve a escuchar y a atender a la escena con renovada atención. No me fío mucho de los que dicen que disfrutaron con esa primera parte. Como estaba en el palco municipal, más adecuado para contemplar la sala que el escenario, a la vez que escuchaba música y voces y procuraba no ver los disparates de la puesta en escena (Mélisande se asoma a la ventana de la torre, pero en la "modernización" de Koering se pone de rodillas sobre una mesa), me entretenía contando las pantallas de los móviles que se encendían: poco antes del final de la primera parte parecían un reguero de luciérnagas. Me acordé mucho de aquella frase de Peter Ustinov que te gusta citar: los matrimonios decentes solo duermen juntos en él palco de la ópera. ¡Qué diferencia con la Tosca del Metropolitan que vi ayer en Los Prados! Claro que en Nueva York son tan antiguos que, si el primer acto transcurre en una iglesia de Roma y en tiempos de Napoleón, no se les ocurre, como harían en Oviedo, situarlo en una peluquería o en tiempos de Mussolini, presuntamente para “actualizar” la historia. Claro que para eso, si me permites la broma, lo que debían haber hecho, cuando entra Cesare Angelotti, huido de los esbirros del poder central tras el fracaso de la fugaz República, era haberle puesto la careta de Puigdemont. Fue en quien yo pensé de inmediato.


Lunes, 29 de enero
UNA POSIBLE EXPLICACIÓN

Leo Antes del gran silencio, de Maurice Maeterlinck: “La clave de las desgracias de los pueblos es su estupidez. Todas las explicaciones políticas o económicas no son más que ornamentos literarios en torno de esa estupidez profunda, casi incurable, y que no se  ha enmendado desde los tiempos prehistóricos”.


Martes, 30 de enero
LA FUNDACIÓN

Llega un momento en la vida en que el tiempo nos alcanza, afirmaba Cernuda. A mí me ha alcanzado este año en que cumplo sesenta y ocho, una edad razonablemente adulta. El gran viaje puede tener lugar mañana mismo, como a cualquier edad, o dentro de cinco, diez o veinte años, pero en cualquier caso conviene tener listas las maletas, o mejor –para ese viaje no hacen falta maletas--, dejar la casa en orden.
No ser rico tiene sus ventajas: hay poco que repartir y sin apenas valor económico. Pero no me agrada demasiado pensar que mis libros, fotos, papeles personales van a andar por ahí en cualquier mercadillo, como los de uno de mis profesores en la Facultad, encontrados en el rastro de Gijón.
            Ya sé que yo no soy Aleixandre ni Ángel González, que dejo bien poco botín por el que disputar, pero no me gustaría que el piso en el que vivo desde hace treinta años, el único propio que he tenido, se vaciara para venderse o alquilarse y los libros que valen algo fueran a una librería anticuaria y el resto a cualquier trapero. Y menos gracia me hace que los derechos de mis libros queden al arbitrio de quien pueda utilizarlos a su capricho y para satisfacer rencillas personales.
            He pensado por eso en crear una Fundación. Quién me lo iba a decir a mí que detesto tanto todo lo que tenga que ver con el papeleo burocrático.
            Ya he leído la legislación al respecto. Sería una fundación privada que no aceptaría en ningún caso ayudas públicas. Su patrimonio: mi piso de la calle Murillo, libros, papeles y los derechos de autor que pueda devengar cualquiera de mis obras. Un patrimonio escaso, bien lo sé, pero suficiente para sus fines: preservar el legado de José Luis García Martín (qué raro resulta esto de hablar de uno mismo en tercera persona) y facilitar el trabajo a quien quiera estudiar o editar su obra. Nada más. No creo que diera mucho trabajo a los patronos, que tendrían que hacer su labor gratis.
            Como soy una persona bastante obsesiva, ando estos días aburriendo con el fúnebre tema a mis amigos.
            ---¿Pero no has donado ya cartas y libros a la Biblioteca de Asturias?
            ----Sí, ya tienen fichados más de cuatro mil documentos, que pueden ser de alguna utilidad para el estudio de la poesía española del siglo XX. La fundación sería complementaria y con material que interesa solo a quienes se interesen por mi obra.
            ----¿Crees que los habrá?
            ----Tengo mis dudas, pero me quedo más tranquilo con todo dispuesto para servir de la mejor manera posible a los lectores del futuro.
            ----¡Se van a enfadar contigo tus sobrinos!
            ----No creo. En dinero, lo que dejan de repartirse es poco; más bien les quito dolores de cabeza.
            ----Y se los das a los amigos que escojas como patronos.
            ----Del desafortunado caso de Ángel González he aprendido mucho. A mí me gustaría crear la fundación en vida para que luego todo fuera rodado, sin polémica alguna. Y poner como condición no aceptar dinero público ni homenaje con políticos de por medio. Cada uno es vanidoso a su manera. La mía, lo mismo ahora que dentro de cien años, queda plenamente satisfecha con un puñado de lectores interesados en lo que escribo. Y que quien quiera publicarlo, reproducirlo, difundirlo, incluso parodiarlo o copiarlo sin citar el nombre del autor, pueda hacerlo; la fundación serviría solo para facilitar esa labor.



Miércoles, 31 de enero
LA GRAN DECEPCIÓN

Cada día entiendo menos lo que pasa en España. Hablo poco de política; voy a hablar menos. Que esté tranquila mi amiga Rosa, que siempre me riñe cuando lo hago.
Últimamente, en todos los discursos del jefe del Estado --en Davos o ante el cuerpo diplomático--, le oigo vanagloriarse de haber evitado gracias a la constitución y la aplicación de las leyes el más grave ataque a las instituciones que ha tenido nuestro país.
¿Pero lo ha evitado? El problema sigue ahí, cada día más grave. Y no lleva trazas de solucionarse a corto plazo. Que Rajoy, un notario hábil en el día a día pero sin visión de futuro, piense que la victoria de los "constitucionalistas" consiste en lograr que Puigdemont no sea presidente de la Generalitat (como no lo fue Mas), se comprende, pero no que piense lo mismo Felipe de Borbón. Yo le creía con otra capacidad intelectual. Quizá está mal aconsejado, pero es él quien escoge a sus consejeros. Y sus discursos se los escribirán otros, pero por lo que yo sé siempre dicen lo que él quiere decir y la última palabra y cualquier delicado matiz son cosa suya.
            A mí me parece que desde el momento en que quiso sustituir la inacción del presidente del gobierno, puso en grave riesgo a la institución que representa. Puedo estar equivocado, por supuesto. Y a veces pienso (con los años se va haciendo uno cada vez más realista) que sería bueno que lo estuviera.


Jueves, 1 de febrero
NO EN VENEZUELA

Escucho al ministro de Justicia (¡de Justicia!) de un país de cuyo nombre no quiero acordarme que a un político, por su actividad política, se le puede encarcelar e inhabilitar antes de que un tribunal lo juzgue.
            Y pienso que, por muy mal que estén las cosas, nunca están tan mal que no puedan ponerse peor.


sábado, 27 de enero de 2018

Acción de gracias. Reflexiones de un alienígena



Sábado, 20 de enero
POR QUÉ NO HABLO DE POLÍTICA

Hace cuarenta años fui a votar por primera vez con toda la ilusión del mundo; desde entonces, con mayor o menor entusiasmo, no he dejado jamás de hacerlo. Pero si mañana hubiera elecciones no sabría a quién votar.
            Me avergüenzan todos los partidos españoles, y muy especialmente los más afines a mí, los de la izquierda.
            No voy a decir por qué. Pero voy a contar una historia. Durante el reinado de su católica majestad, Isabel II, la esclavitud seguía siendo un gran negocio. El comercio de esclavos estaba prohibido, y barcos ingleses vigilaban el territorio de Fernando Poo para evitar que partieran cargamentos de tan lucrativa mercancía. Pero los cristianísimos súbditos de la corona española seguían haciendo de la suyas. La propia corona daba ejemplo y buena parte de la inmensa riqueza de la madre de la reina, la ex regente María Cristina, de ahí procedía.
            ¡Y pobres de los abolicionistas! Iban contra el más sagrado de los derechos, el de la propiedad. La esclavitud estaba reconocida por todas las leyes, tratar de acabar con ella era subvertir el orden público. Ahí estaban los jueces –el Tribunal Supremo como máxima autoridad– para defender el derecho de los propietarios. “La ley es la ley”, decían entonces los buenos españoles cuando se metía en la cárcel a quienes ayudaban a un esclavo huido.
            Yo estoy orgulloso de Blanco White, de Carolina Coronado, de Emilio Castelar y de los otros políticos republicanos que se opusieron a leyes injustas; estoy avergonzado del resto de los españoles de entonces, comenzando por la reina, siguiendo por los obispos, los políticos liberales o moderados, los buenos padres de familias, las señoras de misa diaria.
            ¿De quién podría sentirme orgulloso hoy? No de los patriotas de la banderita en los balcones ni de los del tricornio y tente tieso, por supuesto, pero tampoco de quienes más me han decepcionado en menos tiempo, Pedro Sánchez o Pablo Iglesias, pactistas, componedores, temerosos de que declarar claramente que están a favor de la abolición de la esclavitud (del primero no estoy tan seguro de que lo esté) les haga perder votos.
            Esa es la razón de que no hable de política. Me siento un extraterrestre en una España de la que, hasta hace bien poco, me sentía orgulloso. Hoy, leyendo los titulares de los periódicos nacionales, escuchando las declaraciones de sus líderes presuntamente de izquierda, siendo vergüenza. ¿Seré el único? No me puedo creer que el miedo a dar libertad a los esclavos (o a dejar decidir libremente a siete millones de ciudadanos su destino político) haya hecho perder por completo la dignidad a mis compatriotas.
            No me lo puedo creer, pero temo que me lo hagan creer a golpe y porrazo. Por eso no hablo de política.


Domingo, 21 de enero
NUESTRO TOM HANKS

Si en España algún día se rueda una película como Los archivos del Pentágono sobre el actual conflicto político, de algo estoy seguro: el protagonista, no será el director de El País ni mucho menos Juan Luis Cebrián.
            Al maravilloso Tom Hanks le veo más bien interpretando al sufrido, paciente y sabio Oriol Junqueras.


Lunes, 22 de enero
POR QUÉ NO ME DEDICO A MIS VERSOS

Con qué poco se conforma la literatura cuando es solo literatura.
            Un libro o es algo más que un libro o no es nada.
            Un poeta al que solo le interesa la poesía no es un poeta que pueda escribir algo que merezca la pena.


Martes, 23 de enero
ALGO HUELE A PODRIDO

Cada vez estoy más convencido de que soy un ser de otro planeta. Tengo dudas de mi españolidad. Solo así se explica que resulte inmune al virus que parece haber entontecido a mis compatriotas, sea cual sea su nivel cultural.
            La última doctrina del Tribunal Supremo, según leo hoy en la portada de los periódicos, me deja estupefacto. ¿Sentará jurisprudencia? En ese caso, pondrá patas arriba todo el sistema judicial. La noticia es la siguiente: el fiscal pide se reactive la orden de arresto contra un presunto delincuente huido de la justicia; el juez encargado del caso dice que de ninguna manera, que eso es lo que quiere el presunto delincuente y que él no está para darle ese gusto.
            Me froto los ojos, vuelvo a leer la noticia. O sea que, a partir de ahora, si un delincuente comete un delito y al juez le da por pensar que lo que en realidad quiere es ser detenido, pues automáticamente queda libre.
            ¿Y a nadie más que a mí le parece rara esa decisión judicial? Tan rara, al menos, como el presunto delito: tratar de cumplir su programa electoral. Y tan rara como el “delito” que piensa evitar el juez no deteniéndole: que pueda votar y ser votado en el Parlamento para el que fue elegido en unas elecciones algo anómalas, pero legítimas..
            En fin, yo me limito a manifestar mi extrañeza. No entro en política. Pero algo me huele a podrido, y no precisamente en Dinamarca.


Miércoles, 24 de enero
LOS DEPORTADOS DE FERNANDO POO

¿Quién fue Juan Pablo Soler? Un demócrata de la época de Isabel II. Sus ideas le llevaron a Fernando Poo. Hoy ya no te llevan tan lejos: solo a Bruselas o a Estremera. Le escucho contar su historia en el Anuario republicano federal publicado por J. Castro y Compañía, en Madrid, allá por 1870.
            No se creerá en estos tiempos de democracia, ahora que tanto se habla de derechos individuales y de libertad, pero pocos días hace que solo por sus opiniones eran encarcelados y conducidos como fieras a una playa inhospitalaria, a un lejano cementerio, hombres llenos de vida, sin más motivo que amar una idea.
            Fernando Poo guarda los cuerpos de algunos de estos infortunados, y en la Península se conservan los demás, macilentos y abatidos todavía, porque no es posible que se curen las heridas que les abrieron los malos tratos, aquel clima insano.
            Cubierta de frondosos y espesísimos árboles, Fernando Poo se levanta en medio de los mares como un bosque que encanta por su hermosura. La isla apenas mide doce leguas de extensión por ocho de anchura. Difícilmente halla espacio para posarse la planta europea. El bosque lo llena todo, bosque en el que solo pueden habitar los indígenas. Un alto pico, elevado en el centro, la domina.
            Los pocos europeos que allí residen se encuentran congregados en la capital, única población civilizada. Pero qué población. Las casas son de madera, las calles se hallan cubiertas de hierba y ni una mujer blanca se pasea por ellas. Aquellas barracas no albergan sino a los empleados del gobierno, a ocho o diez especuladores ingleses, a dos comerciantes españoles, y a una veintena de africanos que han recogido en las colonias inglesas un tinte de civilización que les da cierto realce sobre los otros.
            Ni un café ni una casa de huéspedes se encuentra en la isla. Si algún viajero llega a aquellas latitudes, como no encuentre un alma misericordiosa que le recoja en su morada, se ve precisado a habitar su barco.
            Multitud de culebras monstruosas, algunos puerco espines y antílopes son los animales que pueblan el bosque. La hormiga es abundantísima y tan fiera que causa estragos en las plantas y gran incomodidad en las personas. Las inextinguibles arañas y las cucarachas que vuelan son compañeras inseparables del hombre.
            No hay industria en el país, apenas si se explota nada, pues los comerciantes ingleses se limitan a levantar almacenes para distribuir en islas cercanas los géneros que exportan. Las comunicaciones con España son raras. De tres en tres meses acostumbra a ir un vapor con provisiones y dinero para los empleados; lleva también la correspondencia. De Inglaterra va un barco mensual, que es el verdadero correo. Alguna escuadrilla extranjera que vigila nuestros buques para impedir la trata de negros es lo que generalmente completa el número de viajeros que por allá llega.
            A este lugar fueron conducidos treinta y un patriotas después de la sublevación de Loja, diecinueve después de los sucesos de junio de 1866 y ciento cincuenta de La Habana en la misma época.
            Yo fui uno de los allí enviados después del 22 de junio. Cogidos a media noche, sin haber tomado parte en sublevación alguna, fuimos entre guardias civiles, atadas las manos con esposas y los brazos con cuerdas. Maniatados, en tren de tercera, llegamos a Barcelona sin tolerarnos comunicación ninguna. Paseados por sus calles y expuestos a la vergüenza pública, nos llevaron por fin a un pontón hediondo, el bergantín Alsedo.
            Nos metieron en el sollado, inhabitable; escaseaba el aire y sofocaba el calor del mes de julio. Nos incomunicaron, nos pusieron un centinela de vista a cada uno y nos colocaron con grillos, sujetos los pies a una enorme barra de hierro que pesaba sobre nuestros tobillos. Una tabla, suspendida de dos cuerdas atadas al techo nos servía de asiento. Desde las cuatro de la mañana hasta las ocho de la noche, esa era nuestra situación. Sin poder hablar ni escribir ni leer, presos en aquel tormento, pasábamos una vida fatigosa. Para descansar retiraban la tabla, nos arrojaban al suelo y con el hierro en los pies quedábamos a él amarrados sin poder movernos.
            Después de mes y medio de nuestra salida de Zaragoza, tras pasar por las mazmorras de Alicante y Cádiz, una mañana el capitán de la urca Mari-Galante se presentó para decirnos que nos preparáramos para partir con rumbo a Fernando Poo.
            En el sollado nos hacinaron. Para comer nos daban galleta podrida, para beber agua corrompida y llena de gusanos. Ni mezclada con vinagre podíamos beberla. El agua del mar, introduciéndose por las grietas, bañaba nuestra miserable cama. Lo mal unidas que estaban las tablas que cerraban nuestro calabozo hacían que con el balanceo se produjese un chirrido tan estridente, agudo y continuo que nos quebrantaba el alma.
            Dos días antes que los peninsulares, habían llegado a Fernando Poo los deportados de La Habana. A los cubanos los arrojaron a la intemperie. Por comida les suministraban algunas onzas de arroz, un poco de tocino lleno de gusanos y escasa parte de galleta podrida. Apenas uno espiraba los restantes se apoderaban de sus harapos para cubrir las carnes. Decían que eran grandes criminales, pero no se les había formado causa siquiera. Uno de ellos aseguraba y probaba con cartas de su mujer, que el haber resistido esta exigencias brutales de un inspector de policía en La Habana era la causa de su deportación. Habían venido en el barco como negros.
            A los de Loja se les había tratado como facinerosos y con la cadena al pie se les obligaba a trabajar. Habían tomado parte en una conspiración inocente, que no causó daño más que a ellos.
            A los de junio de 1866 no se nos había formado causa alguna y de los expedientes gubernativos solo resulta que éramos demócratas, es decir que teníamos una idea que poco después aclamó la nación y que fue inscrita con letras de fuego en el palacio de la Asamblea Nacional.


domingo, 21 de enero de 2018

Acción de gracias: Las orejas del lobo


Sábado, 13 de enero
MALA NOCHE Y BUENOS PROPÓSITOS

Hay dos clases de problemas: los importantes y los de los demás.
            Anoche pasé una mala noche: sudores, fiebres, la gripe –que siempre había sido respetuosa conmigo– en todo su esplendor.
            ¿A quién llamar? ¿A quién molestar? No sabía qué hacer, así que no hice nada, y al final me quedé dormido. Me desperté algo más tarde de lo habitual y con la sensación de que lo peor había pasado.
            Vivir solo es lo mejor del mundo cuando se tiene salud; cuando no se tiene… Me sobró tiempo, en esa noche insomne, para hacer recuento de amigos. Me di cuenta de que no tengo ningún hombro en el que reposar la cabeza, ningún paño de lágrimas. Soy demasiado orgulloso para las exhibiciones de debilidad. Lo mío es dar consejos, debatir, tener razón, nunca reconocerme necesitado de afecto o de unas palabras de ánimo.
            Lo que a mí más me gustaría, cuando necesito ayuda, es no tener que pedirla. Que lo demás lo adivinaran y la ofrecieran como una ocurrencia suya.
            Ese era yo hasta la pasada noche. Un hombre que creía que la buena salud y la suerte le iban a durar toda la vida.
            La gripe no es solo una enfermedad. Es también una metafísica. A mí me ha hecho ver el mundo de otra manera. Me ha llenado de buenos propósitos.
             Soy demasiado egoísta para seguir mostrándome tan egoísta. A partir de ahora, voy a procurar mostrarme más tierno y sensible con los demás.
            Juan Gil-Albert decía que era difícil envejecer sin un poco de gloria o un poco de amor. Yo, la verdad, y aunque me esté mal el decirlo, gloria tengo toda la que necesito (como soy más orgulloso que vanidoso, aunque finja lo contrario, el aplauso externo los homenajes, municipales o no, los necesito poco), pero amor…
            El amor tampoco lo necesito demasiado, si he de ser sincero. ¿Y para qué voy a fingir si estoy hablando solo? Salvo cuando estoy enfermo y necesito mimos; luego, si te he visto, no me acuerdo.
            ¿Cambiaré a partir de ahora? No estoy demasiado seguro. Los buenos propósitos que hacemos cuando nos encontramos en el fondo de un pozo, los olvidamos de inmediato cuando de un salto nos vemos fuera y bajo el esplendor del cielo. Y yo, hasta ahora, siempre he sido buen saltarín. A ver si consigo conservar la agilidad al menos algunos años más.


Domingo, 14 de enero
QUÉ PASÓ EN SIRACUSA

Cuando era niño, siempre estaba disponible para la aventura. Y no había día en que no se presentara. ¿En qué momento dejó de hacerlo? Pasó el tiempo, demasiado tiempo, y he dejado de lamentarlo. Ahora lo que más sentiría es que apareciera. He aprendido a taponar con la costumbre las grietas del mundo. Pero a veces…
            Tomaba un café, como cada tarde, en mi rincón habitual de Los Prados, garabateando unas cuantas ocurrencias (el libro que había llegado conmigo había dejado de interesarme a las pocas páginas), cuando de pronto una joven sonriente se me acercó sorteando las mesas.
            ––Me alegra encontrarle aquí.
            Parecía conocerme, pero a mí su cara no me sonaba de nada; quizá fuera una antigua alumna.
            ––¿Puedo sentarme un momento? Gracias. Tengo muy pocas personas en las que confiar y usted es una de ellas, yo diría que la única. Le estoy muy agradecida.
            Y antes de que yo pudiera hacer nada por impedirlo, se me acercó y me dio un beso. Aquello comenzó a ponerme de mal humor.
            ––Perdona, pero no recuerdo su nombre. ¿Está segura de que no me confunde con otra persona?
            ––¡Siempre tan bromista! Nos conocimos en Siracusa, hace ahora un año. Yo salí de casa dando un portazo, acababa de reñir con mi novio, y usted pasaba por allí y chocamos y estuvimos a punto de ir los dos al suelo. Como soy española, me pareció una buena señal aquel encontronazo con otro español. Acabamos tomando algo en una terraza frente a la catedral y luego… Noto que se ruboriza. Seguro que ya lo recuerda todo.
            ––¡No recuerdo nada!
            ––Si he de serle sincera, no se debe del todo a la casualidad este encuentro de ahora. Quería encontrarle. Leyéndole, no resulta difícil. He vuelvo con mi novio de entonces, que es muy celoso pero adorable. Cuando yo le conocí estudiaba y trabajaba como guía turístico. Ahora da clases de italiano aquí en Oviedo, donde yo también trabajo. Es muy siciliano de película en apariencia, pero en realidad incapaz de matar una mosca. Está obsesionado con lo que pasó aquel día en que lo dejé. Nos reconciliamos al día siguiente, así que tampoco pudo pasar gran cosa. Pero fue la única noche que no hemos estado juntos desde que nos conocimos. El que viniéramos a Asturias, el que le reconociera leyendo el periódico, puede ser una gran suerte o lo contrario. ¿Y si le da por pensar que todo fue una artimaña mía para que siguiéramos cerca? Por eso he pensado que mejor encontrarnos los tres y que le vea y que le diga que no pasó nada y que le haga sentirse un poco ridículo sintiendo celos, a sus treinta años, de alguien que tiene por lo menos setenta, aunque sospecha que yo tengo cierta debilidad por los hombres mayores.
            ––¡Qué absurdo! Yo no recuerdo nada porque no pasó nada, no pienso participar en ningún encuentro.
            ––Pues Salvatore por las buenas es muy bueno, pero como se le crucen los cables… Un profesor mío, en Catania, tuvo que pedir urgentemente el traslado a Milán.


Lunes, 15 de enero
SAN PABLO Y YO

Viendo un documental de National Geographic sobre la construcción de la catedral de San Pablo, se me ocurrió pensar que podría considerarse como un símbolo de mi vida, de cualquier vida.
            Es obra de la tenacidad y del ingenio. Los suelos arcillosos no podían sostener semejante edificio, los arcos se vinieron abajo varias veces, no había manera de levantar la inmensa cúpula que debía superar a la de San Pedro en Roma… Chistopher Wren se pasó la mayor parte de su vida tratando de hacer realidad su sueño, convirtiendo cada fracaso en un reto a superar, cambiando una y otra vez su proyecto inicial precisamente para que se pareciera más al que siempre había soñado.
            ¿Qué importan los trampantojos, las falsas ventanas. los arbotantes ocultos, la fea estructura de ladrillo que sostiene la esbelta linterna?
            Conseguir que tu vida sea una obra de arte, asombro del tiempo, que la oscuridad y las caídas contribuyan a realzar la perfección final del resultado: ese debería ser el empeño.
            En estas megalomanías me entretengo mientras veo la televisión antes de irme a la cama.


Miércoles, 17 de enero
NO HAY CASO

––¿Y no estás ya cansado de esa polémica en torno a la nonata Fundación Ángel González que un día sí y otro también mancha los periódicos asturianos? ¿No crees que ya huele un poco?
            ––Huele, no: apesta. Y tan cansado estoy que, en cuanto la veo venir, paso página.
            ––¿Y no cree que la razón, como siempre, está entre unos y otros, que nadie la tiene del todo?
            ––No, no lo creo. Como mi opinión puede ser parcial, le he pasado un amplio dossier del asunto a un conocido que es abogado del Estado y experto jurista, además de buen lector de poesía. Conocía el asunto de referencias; al estudiarlo, se ha quedado sorprendido. “No hay caso –me dijo–, no hay conflicto. El testamento reconoce una heredera y nadie ha impugnado ese testamento (podían haberlo hecho sus sobrinos o esos otros familiares que al parecer existen); por lo tanto es válido a todos los efectos y no hay nada más que hablar. Veamos ahora que pasa con la polémica Fundación. Por razones en las que no vamos a entrar, parte de los patronos nombrados por el poeta dimitieron de su cargo. Ante eso, lo más lógico es que la heredera universal y presidenta de la Fundación nombre otros patronos y la ponga en marcha. Nadie ha discutido esa capacidad suya. Pero hay otra opción: si, como ella ha afirmado varias veces, crear una Fundación no era deseo verdadero del poeta, sino que le fue “impuesta”, puede disolverla. Nadie ha mostrado la más mínima intención de oponerse a cualquiera de las dos opciones. No hay, pues, ningún conflicto en relación con la herencia del poeta”.
            ––La heredera habla de unos derechos de autor cobrados indebidamente.
            ––Si tiene constancia y pruebas de ello, debe denunciarlo, pero no en los periódicos, sino en el lugar correspondiente. Esto no lo dijo mi amigo, lo digo yo y cualquiera con dos dedos de frente.
            ––Y si todo está tan claro, si nadie discute los derechos de la heredera, ¿a qué vienen todas estas polémicas?
            ––A que la heredera, extralimitándose en su papel, quiere controlar no solo los derechos de autor del poeta, sino también quiénes pueden ser admiradores suyos y quiénes no, quiénes han sido de verdad amigos y quiénes mienten al afirmarlo. Ignora que, para leer a un escritor, admirarle, estudiarle, no hace falta pedir permiso a nadie. Y que el cobro de los derechos de autor no va acompañado del derecho a decidir quiénes deben participar en un homenaje a él dedicado y quiénes no.
            ––¿Y qué crees que busca con esas declaraciones permanente ofensivas?
            ––Yo no entro en las intenciones ajenas. Por mi parte, el asunto ha terminado. Quedémonos con la poesía de Ángel González y hagamos un esfuerzo por olvidar ciertas grimosas, pringosas, penosas circunstancias que tratan de oscurecerla en los últimos años. De ciertos espectáculos, propios de la televisión basura, conviene no formar parte.


Jueves, 18 de enero
EN CAPRI

Veo el documental de Mary Beard sobre Calígula, o sobre Patucos, como le llama ella (su nombre es un diminutivo del calzado de los soldados romanos, que sus padres le pusieron ya de niño, como a una especie de mascota del regimiento) y no puedo por menos de sentir simpatía por ese símbolo del mal. En realidad, un desdichado joven que fue asesinado a los veinticuatro años y cuya historia nos fue contada por sus enemigos.
            Me lo imagino en Capri, al cuidado de quien había mandado matar a su padre y a la mayor parte de su familia. ¿Qué sentiría al caminar junto a Tiberio por aquellas abruptas soledades?
            Calígula quería ser adorado como un dios, pero era solo un pobre hombre. Un niño asustado. Como yo, como tú, como todos.


Viernes, 19 de enero
NINGUNA PRISA

“La meta es el olvido”, me repito con Borges a menudo. Pero yo, que soy poco ambicioso, no tengo ninguna prisa por llegar a la meta.




domingo, 14 de enero de 2018

Acción de gracias: Fuera de casa


Jueves, 4 de enero
REGALO DEL AZAR

Los días fuera de casa no tienen veinticuatro horas, tienen al menos cuarenta y ocho. He paseado por el Foro y por el Lungotevere, bajo un cielo espléndido y una temperatura veraniega; he visitado la exposición “Trajano. Construire l’Impero, creare l’Europa”, dispersa entre los restos de lo que fueran sus mercados, el primer gran centro comercial del mundo; he admirado los tesoros de la antigüedad de Roma que en homenaje a Winckelmann se exponen en los Museos Capitolinos; he visitado media docena de librerías, docena y media de iglesias; me he perdido en no sé cuántas callejuelas, y de pronto me encuentro que todavía son solo las ocho, demasiado pronto para cenar e irse al hotel.
            No sé qué hacer para evitar la melancolía. Sin mis rutinas, estoy  perdido. Ahora sería el momento de irme al café de siempre, con uno de los libros recién comprados y esperar a que llegue algún amigo. Pero aquí estoy solo conmigo mismo y temo que del sótano donde encierro todo aquello en lo que no quiero pensar empiecen a rezumar las aguas negras y acaben empapándome por completo.
            Me encuentro en la plaza Barberini, junto a la fuente del Tritone, rodeado de gente, pero sin una cara conocida. Recuerdo vagamente que por aquí había un cine. En efecto, ahí está. Y entre las películas hay una que se titula Napoli velata y que comienza dentro de pocos minutos. El azar, que suele jugar a mi favor, me ha resuelto en problema.
            La película, de Ozpetek, una especie de Almodóvar turco-italiano, comienza bien, con las escaleras de un decimonónico palazzo napolitano que se retuercen hipnóticamente sobre sí mismas. El guion, lleno de descosidos, no tiene ni pies ni cabeza: en una fiesta, una doctora cuarentona cruza un par de miradas con un joven y poco después se van los dos a casa de ella y se pasan la noche haciendo el amor (y lo sé porque, durante al menos un cuarto de hora, Ozpetek filma minuciosamente todos sus encontronazos, caricias y jadeos). Lo pasan muy bien y quedan para verse al día siguiente. ¿Dónde? En el Museo Arqueológico Nazionale (como si dos madrileños que acaban de ligar quedan para verse en el Prado). Un pretexto para que el director nos muestre a la protagonista, una maravillosa Giovanna Mezzogiorno, paseando de una sala a otra, deteniéndose en el Gabinete Secreto, superponiendo en su imaginación las imágenes eróticas que contempla con las que guarda de la noche anterior. El joven no aparece, no responde a las llamadas. Al día siguiente, la doctora tiene que reconocer un cadáver y resulta que es el del joven con el que estaba citado, al que luego cree ver en diversos lugares, como en Vértigo de Hitchcock (se trata al parecer de un hermano gemelo del que nadie sabía nada). Pronto me olvido del argumento y me entretengo con los escenarios: la Piazza del Gesù Nuovo, con la columna de la Inmaculada, cruzada varias veces; las nuevas estaciones del metro (que aún no conozco); el claustro de San Martino (donde se juega al bingo); el puerto de Mergellina; la silueta virgiliana del Castel dell’Ovo… También aparece, claro, la capilla de Sansevero, con su fascinante Cristo Velato, que ha inspirado el título.
            Ozpetek pasó dos meses en Nápoles dirigiendo la Traviata en San Carlo. Su visión no deja de ser la de un pretencioso turista.
            A mi me divierte este paseo fantasmagórico por una ciudad que amo, me cambia el humor. Mañana a primera hora tomo el tren para Nápoles. La coincidencia me parece un regalo del azar.


Viernes, 5 de enero
EN CASA

En Nápoles tengo casa. Es una librería, como no podía ser de otra manera. Tras tres o cuatro horas pateando la ciudad, entro en La Feltrinelli de Piazza dei Martiri, paseo entre las mesas de novedades, hojeo este libro y aquel, y me llevo dos a la cafetería: L’arte del viaggio, de Cesare de Seta (“Al contemplar una ciudad se termina por contemplar el propio rostro”), Il caso David Rossi, de Davide Vecchi.
            En cuanto abro este último, no puedo dejar de leer. Me recuerda el caso del fiscal argentino Alberto Nisman. También aquí se trata de un suicidio que para muchos encubre un asesinato. Una fascinante novela policíaca de la vida real.
            David Rossi era el “manager” –así se le denomina en italiano– del Monte Paschi di Siena, el más antiguo banco del mundo, el orgullo de la ciudad de Siena. Él se encargaba de las relaciones con la prensa, de repartir prebendas y subvenciones, y lo hacía con generosidad. Pedid y se os dará, era su lema. La ciudad estaba encantada con su munificiencia; era el único sienés entre los dirigentes de la entidad, otro motivo de orgullo.
            Pero de pronto comienza los problemas: se han hecho negocios de dudosa legalidad, el banco entra en quiebra, varios de los dirigentes son detenidos. Es un escándalo nacional. David Rossi capea como puede el temporal, sigue en su puesto. El 6 de marzo de 2013 a las 19.02 telefonea a casa. Le dice a su mujer que llegará en media hora, que antes pasará a recoger la cena, que tiene encargada. A las 9.10, su mujer lo llama para recordarle que pase por la farmacia, que necesita unas medicinas. No contesta. Le manda un mensaje. Vuelve a llamarle. A las 19.32 le escribe “estoy comenzando a asustarme”. Entre las 20.06 y las 20.16 le llama dieciocho veces sin obtener respuesta. Pide ayuda a su hija. Le llama ella y alguien descuelga el teléfono, pero no hay respuesta. A las 19.41, Gian Carlo Filippone, el jefe de la secretaría de David, ha recibido una llamada suya, pero colgaron antes de que pudiera responder.  Poco después, la mujer, la hija y el secretario van a buscarle a su oficina. La puerta del despacho está cerrada. Entra solo el secretario. La ventana está abierta. Se asoma. Allí abajo, en un callejón, ve el cuerpo de David.
            La tesis del suicidio es aceptada de inmediato, pero deja muchos cabos sueltos. Davide Vecchi los va señalando uno a uno. Ninguna novela policíaca más apasionante que este caso de la vida, reabierto tres años después y vuelto a cerrar porque había desaparecido todas las pruebas que podrían llevar a los presuntos asesinos.
            Se descubre que, dos días antes de morir, David Rossi le había enviado al administrador delegado del banco, el siguiente correo: “Tengo miedo. Quiero hablar con los magistrados… ¡Ayudadme! Mañana podría ser demasiado tarde”.
            Pero ese correo no reabre las investigaciones, sino que lleva al procesamiento de Davide Vecchi por publicarlo en el diario en que colabora.
            Si me descuido, termino el libro en mi rincón favorito napolitano, La Feltrinelli de Piazza dei Martire. Pero la ciudad me espera. Me acerco al Lungomare, ahora un paseo peatonal, al fondo la silueta difuminada de Capri. Camino sin prisa, paso delante de los hoteles –el Vesubio, el Excelsior– donde se alojaron Oscar Wilde y González-Ruano y tantos otros viajeros ilustres de finales del XIX y principios del XX. Saludo a la estatua de Augusto que aparece en la cubierta de Rosa rosae, la novela de Víctor Botas. Me llego hasta la plaza del Plebiscito, la fachada de las Galerías está cubierta por un inmenso velo (¿Napoli velata?). En la plaza del Municipio subo al metro. Se anuncia como el más bello metro del mundo, pero está parada está en medio de un descampado perpetuamente en obras. Me bajo en Universitá, simplemente para seguir la ruta de Giovanna Mezzogiorno tras su fantasma. Aún tengo tiempo, antes de volver a la estación, de recorrer San Gregorio Armeno, la calle de los belenes, y de tomarme un café en el bar Nilo, frente a la estatua Corpo di Napoli.


Sábado, 6 de enero
EL CASO MATTARELLA

Los días fuera de casa, ya lo dije, no tienen veinticuatro horas, sino cuarenta y ocho. Dejan demasiado tiempo para pensar en lo que uno no quiere pensar. Subo hasta lo algo del Vittoriano y tengo toda Roma a mis pies. Voy reconociendo las plazas y las cúpulas, la silueta del río, las siete colinas.
            La vida de cada uno es también una novela de misterio, con final abierto y nunca feliz. Soy un hombre afortunado: tengo a mis pies la ciudad tantas veces soñada y en lo alto el azul purísimo del cielo. He terminado por hacer, contra viento y marea, siempre lo que quise, soy lo que quiero ser.
            ¿Por cuánto tiempo? Las vigas comienzan a crujir, el desgaste de la edad a hacer de las suyas. Pronto empezarán las visitas al taller. Me creía Supermán y soy solo una frágil criatura, como todos. Siempre vivimos de milagro, pero llega un momento en que somos más conscientes de ello, A mí esa sensación de que debemos ir dejando lista la casa porque en cualquier momento puede llegar la hora de la partida, me ha llegado en Roma.
            Busco refugio en la Feltrinelli del Largo di Torre Argentina, frente a los restos del antiguo senado donde asesinaron a Julio César. Me gustan especialmente estas ruinas porque un cártel advierte que en ellas los gatos son bienvenidos. Esta vez veo pocos, solo dos o tres. Antes eran docenas y María Zambrano acostumbraba venir a alimentarlos.
            Compro la Repubblica. Nada como echar una hojeada a los males del mundo para olvidarse de los propios. Hace exactamente treinta y ocho años, un 6 de enero de 1980, fue asesinado en Palermo el presidente de la región siciliana, Piersanti Mattarella (su hermano es el actual presidente de la República). Una crónica enviada desde Palermo añade nuevos datos a aquel crimen, por el que fueron condenados algunos mafiosos menores. Al parecer, la extrema derecha colaboró activamente. En un registro, se encontraron parte de las matriculas utilizadas para falsificar la del vehículo del crimen. Esta pista fue desechada de inmediato porque a alguien no le interesaba seguirla. Ahora se reabre, pero no llevará a nada. En las novelas negras de la vida real, al menos en las que transcurren en Italia y tienen que ver con banqueros y políticos, nunca se aclara el misterio.


Domingo, 7 de enero
UNA ESPOSA EJEMPLAR

En una de las librerías de Port’Alba, en Nápoles, compré Testimone del tempo, un libro de crónicas de Enzo Biagi. Comienza así: “Tengo cincuenta años. La edad adecuada para intentar un balance. Siempre me gustó mi trabajo y todavía me agrada. Aun en los momentos más duros me ha hecho compañía”.
            Le parecían muchos años los cincuenta y vivió hasta los ochenta y siete. Nunca se sabe lo que nos queda por vivir. Pero sesenta y ocho, que son los que yo voy a cumplir, invitan a hacer balance. Yo trato de evitarlo viajando en el tiempo con este volumen de crónicas. “Cuando esperábamos el primer hijo –afirma Katia, la viuda de Thomas Mann–, siempre me decía que quería un varón porque las mujeres no sirven para nada”. Tanto ella como el periodista encuentran natural esa afirmación, Una esposa ejemplar, para Enzo Biagi: “Administraba los derechos de autor, corregía las pruebas, atendía al cuidado de los hijos y a incrementar la gloria de Thomas. Enseñó a los muchachos a renunciar al azúcar, porque le gustaba al escritor: de esa manera no se enteró jamás de las restricciones”.
            En 1970, esto era lo que se pedía de las mujeres. Que estuvieran siempre dispuestas a sacrificarse para mayor gloria del varón.


Miércoles, 10 de enero
EL ESPERPENTO NACIONAL


Leo en el  Corriere della Sera que el anterior jefe del Estado, ese que el otro día vimos orondo y uniformado junto al actual (que parece haber olvidado sus propósitos de regeneración), tiró por la borda un día a una modelo para que no le pillara la reina. Y la pobre no sabía nadar. ¿Será verdad o una de esas mentiras que según dicen propagan los rusos para desprestigiarnos?