domingo, 16 de julio de 2017

Serpientes de verano: Lo que Baroja nunca contó


El pacto de agosto del 39 entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin sorprendió a todo el mundo menos a Pío Baroja.
            En un artículo de octubre de ese año publicado en La Nación, cuenta el motivo. Había ido de Vera a San Sebastián para una reunión de la Academia Española que iba a celebrarse en el Museo de San Telmo. Al salir de una droguería de la plaza de Guipúzcoa, le saludó un hombre joven, de buen aspecto. Por la manera de hablar, le pareció un donostiarra típico. “¿A dónde va usted?”, le preguntó el joven. “Voy al Museo de San Telmo, donde me han citado”. “Yo también voy para allá”. Le hizo una señal al chófer de un automóvil estacionado cerca y los dos se fueron caminando.
            Hablaron de etnografía e historia y de varios asuntos que interesaban al novelista. Pasaron después a los asuntos del día. El desconocido se expresaba con mucha libertad, Baroja con toda la cautela de quien había sido detenido por los requetés, había escapado a Francia y luego había vuelto a España sin tenerlas todas consigo.
            Se despidieron en la plaza de San Telmo, donde el desconocido, tras estrechar con fuerza la mano del novelista, subió a un automóvil, que se alejó a toda velocidad. “Por la cara del chófer, rubia dorada, cara de soldado germánico; por la matrícula del coche, que no era española ni francesa, pensé que aquel señor no era de San Sebastián ni mucho menos. Debía ser un alemán”, escribió Baroja en el citado artículo.
            Lo volvería a encontrar algún tiempo después, ya terminada la guerra civil y recién comenzada la mundial.         

CANCIONES DEL SUBURBIO

Del segundo encuentro de Baroja y el desconocido no teníamos noticia hasta ahora. Baroja, antes de regresar definitivamente a España (en 1937 pasó seis meses en Vera del Bidasoa), se detuvo unos días en Bayona. Era en 1940, tras la caída de Francia, cuando la alegría de unos, que pensaban que los alemanes venían a poner orden en el desbarajuste del Frente Popular, se mezclaba con la desolación de tantos, que huían de los invasores llenando las carreteras.
            Allí conoció Baroja a una muchacha de Bilbao, de la que se enamoró un poco, según su costumbre, y para poder verla todos los días se le ocurrió alquilar una máquina de escribir y dictarle durante un par de horas. Lo que le dictó fueron los poemas de Canciones del suburbio, su único libro de versos, ripioso, destartalado, pero lleno de encanto. Se publicaría en 1944 y Pedro Salinas, lo consideró una ofensa a la poesía.
            A mí me gustan mucho algunos poemas, como “Bayona de noche”, cuyos versos me vienen siempre a la memoria al acercarme a esa ciudad: “Por el puente de piedra / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.


UN LIBRERO DE VIEJO

La última vez que estuve en Bayona, hace pocos meses, caminando al azar  me encontré en una calle del barrio de Saint-Esprit, muy cerca de la neoclásica sinagoga, una librería de viejo que estaba escondida, tras un portal oscuro, al final de un largo pasillo. Los libros llenaban una especie de covacha, sin apenas luz natural, con una bombilla encendida que le daba no sé por qué el aspecto de cueva de alquimista.
            El librero, un viejo encorvado, de nariz ganchuda, tenía el aspecto de judío de caricatura, de los que aparecen a menudo en las páginas antisemitas de Baroja.
            Las librerías desordenadas me parecen las más propicias al hallazgo y al buen precio. No vi, sin embargo, en una primera ojeada, nada interesante en aquella: manoseadas ediciones de Pierre Loti, de Anatole France, mucho Maigret, aburridos best-seller, libros de esos que se amontonan en un cajón en la calle y se venden por un euro.
            Me iba a marchar, desilusionado, cuando el librero, que hasta entonces ni me había mirado, absorto en lo que parecía un manojo de facturas, alzó la vista y con un gesto me pidió que esperara. Entró en un zaquizamí y salió con una abultada carpeta de cartón sujeta con gomas.  Estaba llena de folios mecanografiados. La mayoría copias borrosas, de esas que se hacían con papel carbón. Eran poemas y algunas páginas en prosa. Estaban escritos en español. Quizá por eso el librero pensó que podrían interesarme (le había saludo en francés, pero reconocería mi acento).
            Puse un gesto que denotaba poco interés. De pronto comencé a leer un poema sin título y reconocí de inmediato al autor: “Son las diez de la noche, / el pueblo está desierto: / no hay un alma en las calles, / ni el menor movimiento. / Por el puente de piedra, / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.
            En el prólogo a Canciones del suburbio, escribe Baroja: “Al marcharme de Bayona dejé los papeles y algunos libros en casa de una familia casi desconocida, y pensé que unos y otros se perderían y ya no me ocuparía de ellos; pero todos me han seguido como perros fieles al amo”.
            Los textos que le dictó a la muchacha de Bilbao le fueron devueltos, pero algunas copias debieron quedar por allí y ahora estaban en mis manos. Los poemas me resultaban todos familiares, pero las prosas no. Quizá fueran inéditas.
            Junto a uno de los poemas, alguien había dibujado a lápiz un corazón atravesado por una flecha, quizá la propia mecanógrafa. El sentimentalismo de los versos me recordaba al cuento de Mari Belcha: “Adiós, amiga mía, / no nos veremos más; / el sino nos arrastra / a cambiar sin cesar. / Yo tengo que ausentarme, / usted se casará. / La suerte y la distancia / nos van a separar / impidiendo que siga / nuestra dulce amistad”.
            Se me ocurrió pensar que aquel anciano tímido y enamoradizo, que había visto derrumbarse su mundo, tenía en los primeros meses de 1940, cuando le dictaba sus versos a una muchacha de Bilbao la misma edad que yo tengo ahora.
            El librero había notado mi interés. Me miraba con ojos codiciosos. Le pregunté el precio y me respondió con cifra astronómica, seguramente para empezar el regateo. Pero a mí nunca se me ha dado bien regatear.
            No dije nada, me puse a hojear las páginas de prosa. Todo me resultaba familiar, seguramente eran copias de artículos que luego iría publicando. Pero de pronto unas líneas me llamaron la atención. En Bayona, había vuelvo a encontrarse con el desconocido de San Sebastián. Y lo que esta vez contaba me dejó estupefacto.
            Tenía que hacerme con aquellos papeles. Traté de regatear, contra mi costumbre, pero contra lo que me esperaba el librero, seguro de mi interés, dijo que el precio era fijo.
            Al ir a pagarlo, resulta que no aceptaba tarjetas de crédito. ¿Dónde iba a conseguir yo esa cantidad? Del cajero solo podía sacar seiscientos euros. Se encogió de hombros, me quitó la carpeta de las manos y volvió a sus ocupaciones sin mirarme ni responder a mi saludo cuando salí de la librería.
            En el hotel en que me alojaba, pensé que había tenido suerte, que mejor no gastarse una fortuna en copias borrosas de textos ya conocidos, que el que tanto me había llamado la atención quizá ni siquiera fuera suyo.
            Pero, en el fondo, yo sabía que lo era. Y que alguna alusión a ese asunto hay en las páginas de Juan Benet o de Marino Gómez Santos sobre las tertulias de los años cincuenta en la calle Ruiz de Alarcón, cuando Baroja tenía ya un poco ida la cabeza. Quizá por eso no dieron ninguna importancia a aquella historia.
            De la que yo anoté lo que recordaba aquel mismo día, tratando de ser lo más preciso posible en los detalles, y que resumo ahora a la espera de que quien se hizo con la carpeta (volví meses después a Bayona y ya se había vendido) se decida a publicar unas páginas que, sin duda, serán noticia de primera página.


EL SEGUNDO ENCUENTRO

“El insomnio es un antiguo compañero mío. Me quedo leyendo hasta tarde y luego me entretengo en fantasías hasta que llega el sueño o llega la mañana. Pero hay veces en que esas imaginaciones se vuelven desagradables, uno da vueltas sin encontrar una postura cómoda, y entonces salta de la cama, se viste de cualquier manera y sale a la calle a tomar el aire.
            En Bayona, donde esperaba el momento de poder volver a España, yo había tenido suerte. Había salido de París poco antes del gran éxodo y pude viajar con cierta comodidad. El cuarto que alquilé, a un precio no excesivo, era bastante bueno, con una gran ventana que daba sobre un jardín de una villa vecina. Estaba en el camino de Marrac, muy cerca de los negros muros ruinosos donde los Borbones se entrevistaron con Napoleón. Había pagado dos meses por adelantado, pero pronto, con la gran afluencia de refugiados, los precios se multiplicaron tanto que el dueño buscó un pretexto para echarme. No sabía dónde ir.
Salí a dar una vuelta aquella última noche. Cuando quise darme cuenta, los pasos me había llevado delante de la casa donde se alojaba una amiga mecanógrafa. Parece que tampoco podía dormir porque, a través de una ventana abierta, creí oír su voz cantando una canción vasca: “Uso zuriya errazu”. En español dice así: “Paloma blanca, / di a dónde vas. / Los montes de España / están llenos de nieve, / esta noche tu albergue / tienes en mi casa”.
            Se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé por qué. Verdad es que los viejos tenemos dentro del pecho corazón de niño. Y fue entonces cuando noté una mirada fija en mí. Me limpié las lágrimas avergonzado.
            Lo reconocí cuando me tendió la mano, sonriente. Era el desconocido de San Sebastián. Se puso a hablar conmigo como si siquiera la conversación de entonces, como si no hubieran pasado tres años terribles. Yo, recordando su atinada profecía de entonces, le escuchaba con mucha atención. Me dijo que los alemanes iban a poner orden en el mundo, que la guerra duraría unos meses, que los judíos dejarían de ser un problema. “Pero lo seguirán siendo los comunistas”, dije yo. “Pronto dejarán de serlo. Alemania invadirá Rusia y de la noche a la mañana aquello se convertirá en un feliz protectorado”.
            Me atreví a preguntarle quién era, cómo sabía esas cosas, por qué me las contaba. Sonrió, tenía una sonrisa seductora, como de galán de cine. “Da igual que en ayuda de Francia vengan Inglaterra e incluso Estados Unidos. A Alemania la estamos enseñando a preparar armas que no han sido vistas nunca en este planeta”.
            Caminando habíamos llegado hasta la gran plaza del teatro, donde se juntan los dos ríos. En el centro había un vehículo oscuro, con las luces apagadas. El desconocido, que me dijo era ingeniero, y que sonrió cuando le pregunté cómo hablaba también español siendo alemán, se despidió de mí. Luego entró en lo que yo creía un raro automóvil, pero que de pronto se elevó en vertical, giró hacia la derecha y desapareció como una exhalación. O estaba soñando o acababa de ver una nave de otro planeta, como en una novela de H. G. Wells”.


sábado, 8 de julio de 2017

Serpientes de verano: Borges en Taormina



Había estado yo leyendo la noche antes un libro de Borges que desconocía, Veinticinque Agosto 1983, publicado en Italia (ignoro si hay edición española) en 1979, cuando cumplió ochenta años, y en el que anticipaba su suicidio, y de pronto me sorprendió su silueta inconfundible, apoyado en el bastón, la cabeza alta, como observando atentamente la silueta nevada del Etna que se alzaba frente a él.
            Era a comienzos de 1984, yo había estado los últimos meses un tanto retirado e ignoraba si aquella profecía se había cumplido o no. Cerré un momento los ojos, como ante una imagen ilusoria. ¿Qué iba a hacer Borges solo en una plaza de Taormina aquella desapacible mañana de invierno?
            Me acerqué cauteloso. Inmóvil, parecía una de esas estatuas hiperrealistas que por entonces comenzaban a ponerse de moda. Sorprendentemente, como si su ceguera fuera fingida, notó mi presencia y me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Comenzó a hablar muy despacio, con un borroso tartamudeo. Me costó al principio entender lo que decía.
            ––¿Tiene usted papel y lápiz? Acabo de recordar una historia que leí hace tiempo en los Anales de primavera y otoño, de Lu Bu We , y que me olvidé de dictarle a Adolfito cuando preparábamos la antología Cuentos breves y extraordinarios.
            Por un momento pensé que no era Borges, que era un actor que hacía el papel de Borges, como me ocurrió una vez en el Chiado lisboeta con Pessoa. Pero saqué mi moleskine, el bolígrafo y me dispuse a escribir.
            Pronunciaba cada frase muy despaciosamente, repitiéndola varias veces. Me recordó a los dictados que hacíamos en la escuela.

ENTRE DOS DEBERES

            Un noble señor se paseaba a caballo por el bosque. Al llegar a un puente, su caballo se espantó y no quiso seguir adelante. El noble le dijo entonces a Tsing Ping, su criado:
            ––Ve a ver qué pasa. Parece que hay un hombre escondido.
            Tsing Ping avanzó unos cuantos pasos y vio a su amigo Yu Yang al acecho, con un arma en la mano.
            ––Abandona a tu amo, tengo una cuenta que ajustar con él.
            ––De jóvenes fuimos los mejores amigos y me hiciste grandes favores. Si algo tramas y yo lo delato, falto a mi deber de amigo. Pero quieres causarle un daño a mi señor. Si no le advierto, falto a mi deber de sirviente. Un hombre en mi situación no tiene más remedio que morir.
            Dicho esto, se retiró y se suicidó.



REMORDIMIENTO

            ––¿Usted cree que yo debería suicidarme, como ya conté en un cuento? Apoyé el gobierno de unos caballeros que venían a poner orden en mi país, enfangado por las hordas peronistas. Luego resulta que no lo eran tanto y robaron niños y torturaron inocentes. ¿Tengo yo las manos llenas de sangre por haberlos aplaudido y no haber hecho nada cuando a mi apartamento de la calle Maipú comenzaron a llegar los siniestros rumores? Alguna vez asistió a mis conferencias algún coronel o general y yo le di la mano y lo consideré un gran honor. Y seguramente se iba después a la Escuela de Mecánica de la Armada, o a cualquier otra sucursal del infierno, a disfrutar con sus fechorías. No sé por qué le cuento esto, que nunca he contado a nadie. Pero a veces, ¿recuerda usted la película de Hitchcock Extraños en un tren?, le contamos a un desconocido lo que no nos atreveríamos a contar a nuestro amigo más íntimo.
            Luego se quedó en silencio, como admirando el panorama. Al frente, la mole del Etna, blanca y rosa, con una fumarola en la cumbre que se difuminaba en el azul del cielo; a un lado, las villas que escalaban la ladera de la montaña; al otro, el hondo valle y la bahía surcada por algún velero.
            Iba ya a despedirme, cuando comenzó de nuevo a hablar.

CONFIDENCIAS

            ––¿Está usted casado? Yo lo estuve y preferiría pegarme un tiro antes de volver a cometer semejante estupidez. Afortunadamente ya soy viejo, muy viejo, y eso trae muchas desventuras pero también nos aleja de ciertos peligros. Para nosotros los argentinos, ¿sabe usted?, la amistad es quizá más importante que el amor.
            ¿Le gustan a usted las historias de Sherlock Holmes? Yo ahora ando dándole vueltas en la cabeza a un poema que quiero dedicarle: “Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido. / Ese hombre tan viril ha renunciado al arte / de amar. En Baker Street vive solo y aparte”.
            Digo que vive solo, pero no es verdad. Vive con John Watson. A mí siempre me ha gustado vivir de la misma manera. Tuve diversos Watson, que alguna vez fueron mujeres. Pero con una mujer la amistad siempre está a punto de echarse a perder. Suelen acabar buscando el contacto físico, que a mí me parece poco higiénico y nada desagradable. Con la amistad viril no se corre ese riesgo.
            En el peor momento de mi vida, cuando me sentía más desdichado, cuando había cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, casarme, y no sabía cómo escapar de aquella trampa, encontré en Massachusetts a uno de mis Watson. Gracias a él volví a escribir cuentos. Recuerdo, como uno de los momentos más felices de mi vida, las tardes que pasábamos en el despacho de la Biblioteca Nacional traduciendo conjuntamente mis libros al inglés o escribiendo a dos manos mi autobiografía.
            Cuando yo me escapé de casa, como un delincuente, ¿se lo podrá usted creer?, él estaba allí, apoyándome. Los dos estuvimos escondidos durante toda una semana, primero en Córdoba, luego en Coronel Pringles, mientras los abogados tramitaban la separación. Recuerdo cómo temblaba yo en el aeropuerto, al retrasar el vuelo el mal tiempo. De un momento a otro, temía ver aparecer en la sala de embarque a la mujer con la que me había casado, gritar mi nombre, tomarme de la oreja, llevarme a casa a empujones como a un niño malcriado. Me trataba así.

LA PAREJA PERFECTA

            ––¡Sherlock Holmes y John Watson, esa sí que es una pareja perfecta! ¡Trabajar juntos en ejercicios de inteligencia y tener cerca a la señora Hudson o a la fiel Fanny para las tareas domésticas!
            ¿Se ha dado usted cuenta de que, en las historias de Conan Doyle, lo que menos nos importa es la solución del enigma? Es el defecto de las novelas policiales, a las que en un tiempo fui tan aficionado. Demasiadas páginas para resolver un acertijo. Lo que nos interesa es la relación entre Holmes y Watson, su desinteresada amistad, su complementariedad. Algo así ocurre con el Quijote, escrito un poco a la diabla, lleno de páginas tediosas (que me perdonen los cervantistas), pero que se salva en cuanto el hidalgo y Sancho se ponen a hablar. No nos cansamos de escucharles. Lo que les pase nos da un poco lo mismo, siempre que les pase a ellos. Por eso Holmes y Watson siguen vivos, pueden aparecer en el cine, en el teatro o en la televisión, protagonizar modernas aventuras. Como el mito, son de todos los tiempos, no de la Inglaterra victoriana.

PESADILLA

            Yo escuchaba todo con mucha atención, pero no tomaba notas. La hoja con el texto que Borges me había dictado la arranqué del cuaderno y se la entregué. La guardó, arrugada, en uno de sus bolsillos. No sé hasta qué punto soy fiel a lo que le escuché entonces.
            ––Rubén Darío contó en un artículo cómo se encontró con Sherlock Holmes en Venecia y la aventura que le ayudó a resolver. No sé si conoce usted esa historia. Apareció en una de las crónicas de La Nación, pero luego no en ninguno de sus libros. Adolfito (perdone, yo siempre le llamo así, quiero decir Bioy Casares) me pasó la página amarillenta. El poeta sufrió persecución toda la vida por parte de una mujer con la que había cometido el error de casarse. Bueno, fue un crimen, no un error. Los primos o los hermanos de ella, no sé bien, le emborracharon y le obligaron a casarse a punta de pistola. La mujer se llamaba Rosario Murillo y, al parecer, cuando se encontró con Sherlock en el Florian llevaba una de sus cartas en el bolsillo. Me han leído esas cartas, llenas de insultos, amenazas y faltas de ortografía: “El hijo de tu querida no es tuyo porque dicen que corresponde a la fecha en que ella estuvo sola en París. A ella no la envidio, tener un amante que comete adulterio y estar expuesta a que a las seis de la mañana me presente yo con un comisario para constatar el adulterio y que la envíen a la cárcel no es ser feliz”. La vida de Rubén, por culpa de esa mujer, fue un cuento de terror. Como estuvo a punto de serlo la mía.
            Si tardé en separarme, si aguanté tanto, una eternidad, casi tres años, fue porque me temía que si la dejaba la tendría luego el resto de mi vida persiguiéndome, interrumpiendo mis conferencias, castigándome al cuarto oscuro como a un niño malcriado.
            La aventura de Sherlock en Venecia tenía que ver con el pretendiente carlista, que cometió el error de volverse a casar con una mujer más joven, una mujer que puso todo su empeño en enemistarle con los hijos y apartarle de la causa. Valle-Inclán, con quien coincidí una vez en el Regina, la llamaba  “el ángel malo del carlismo” y también otras cosas malsonantes que prefiero no repetir. En cuanto murió don Carlos, vendió a mejor postor todas las reliquias que guardaba en el palacio de Loredán.
            Yo cometí el error de casarme una vez y en mis pesadillas vuelvo a hacerlo. Mi Watson de estos años se quita la careta en el sueño y es una ambiciosa mujer que, una mañana, sin avisar a nadie, ni a mí siquiera, me cambia de casa, de ciudad, de país. Me impide comunicarme con cualquiera de mis amigos, echa a Fanny del apartamento donde convivió treinta años conmigo y con mi madre, se queda como un cancerbero a la puerta de mi celda mientras yo agonizo. Pero también tengo sueños más agradables, con final felia. Suena una música, como en las películas que veíamos de niño, y aparece Adolfito o Di Giovanni o Alifano la apartan de un empujón y me devuelven de nuevo a las calles de Buenos Aires.

CASTIGADO     

            Volvió a callar y a contemplar fijamente, o eso me pareció a mí, la mole cercana, casi a alcance de la mano, del volcán.
            ––¿Recuerda la historia de Empédocles? Se arrojó al Etna para que no se encontrara su cadáver y le creyeran un dios. Pero aparecieron sus sandalias y se vio que era solo un pobre hombre con ansias de gloria. Si yo decidiera ahora arrojarme al cráter, como el filósofo, ¿me ayudaría usted a llegar hasta allí?
            Yo me quedé mirándole, muy serio, pero él soltó una carcajada. “No haga caso, estaba bromeando”.
            Una mujer joven, de rasgos orientales, apareció de pronto y se lo llevó a empujones, sin mirarme, sin decir una palabra. Borges, antes de alejarse, tuvo tiempo de susurrar: “Cuando se enfada porque salgo sin ella, luego para castigarme no me habla”.


domingo, 2 de julio de 2017

Serpientes de verano: Sherlock Holmes en Venecia



 En los veranos de antes, cuando las vacaciones duraban tres meses, la actualidad también se iba de vacaciones. No ocurría nada importante, pero los periódicos tenían que seguir llenando páginas. En su ayuda solía venir un monstruo entrevisto en el lago Ness, una oleada de avistamientos Ovnis, un crimen misterioso con marqueses y mayordomos implicados.
            El verano de 1967 se habló mucho de un artículo perdido de Rubén Darío que refería el robo en Venecia de unas joyas de la familia real española y la intervención de Sherlock Holmes. Una de esas joyas, por cierto, ha vuelto a ser usada recientemente por la actual reina de España.
            Fue Amando Lázaro Ros, editor en España de la aventuras de Sherlock Holmes, quien dio noticia de ese artículo inédito que contaba el encuentro de poeta y detective en la ciudad de Venecia.
            Estaba destinado al libro Tierras solares, de1904, en principio dedicado a un viaje por tierras andaluzas. Como al editor, Gregorio Martínez Sierra, le pareció que quedaba un volumen de pocas páginas, se le añadieron otros artículos viajeros, entre ellos dos sobre Venecia. Pero en la edición final solo aparece uno; el otro fue retirado en el último momento para no herir sensibilidades. Lázaro Ros lo resumió en una tercera del ABC, pero no lo publicó íntegro, por lo que algunos –Pere Gimferrer entre ellos– lo consideraron apócrifo. Pero el artículo existe –pronto aparecerá en Ínsula– y, si lo que cuenta es ficción, fue el propio Rubén Darío quien la dio como cierta.

UN ENCUENTRO EN EL LIDO

Antes de encontrarse con el detective, se tropezó Rubén con los otros protagonistas de la historia: don Carlos de Borbón, el pretendiente carlista, y su esposa, doña Berta de Rohan. Fue en el Lido, a donde llegaron en “una especie de automóvil marítimo”, uno de los primeros barcos con motor que circularon por la laguna. Aquella modernidad le pareció al poeta una profanación al recuerdo ilustre de Lord Byron, que se llegaba hasta allí a nado para luego cabalgar incansable de un extremo a otro de la alargada isla. La pareja real parecía una pareja de acomodados turistas a la moda: “ella muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso entre la correcta gente británica”. Con ese aspecto desentonaba la bandera española en la popa de la lanchita automóvil y los marineros “vestidos como comparsas de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y sombreros”. Al poeta le pareció un espectáculo lamentable. No sabía cuando escribió el artículo en que lo cuenta, publicado en La Nación, como casi todos los suyos, que pronto iba a tener ocasión de saludar al monarca proscrito en su palacio de Loredan, junto al Canal Grande, y acompañado del detective que por entonces –eran los primeros años del siglo XX– causaba sensación en toda Europa.



CAFFÈ FLORIAN

A Sherlock Holmes lo reconoció de inmediato tras los ventanales del Café Florian. Fumaba abstraído, inmóvil, y así enmarcado tras el cristal parecía la ilustración de una de sus aventuras. Se le quedó mirando fijamente, quizá más tiempo de lo que permite la cortesía, pero el detective no hizo un gesto de fastidio. Todo lo contrario. Con un leve movimiento de mano, le invitó a pasar.
            –-Sé que tiene usted un problema, sé qué se siente perseguido, sé que quien le persigue es una mujer, quizá una prometida con la que ha renunciado a casarse en el último momento –-le dijo en inglés, pero ante la respuesta titubeante del poeta cambió de inmediato al español–. No sé preocupe, puedo hablarle en su lengua y en otras cuarenta y cinco lenguas vivas, además de quince muertas y alguna moribunda, como el dálmata, de la que ya solo quedamos tres hablantes. En español está escrita la carta que asoma de su bolsillo, leída una y otra vez, arrugada, que no se ha atrevido a destruir, aunque ha estado tentado, y la caligrafía nerviosamente femenina me dice que no es una carta de negocios. Pero usted no es español, de Centroamérica tal vez, tiene rasgos mestizos y unas manos delicadas, usted es periodista, poeta tal vez, le he visto pasear abstraído por la plaza y tomar alguna nota, quizá escribir un  verso. ¿Se preguntará usted qué hago tan lejos de Baker Street y sin mi fiel Watson al lado?

EL PRETEXTO DEL DOCTOR WATSON

––Debo reconocer que sin Watson me siento como pez fuera del agua. Mi inteligencia necesita del contraste de su romo sentido común para brillar en todo su esplendor. Pero resulta que, en uno de los más dificultosos retos, no podía acompañarme. ¿Y sabe usted cuál es el pretexto? Pues que su mujer ha salido de cuentas y dará a luz uno de estos días. ¿Se da cuenta de qué pretexto más trivial? ¿Qué tiene que hacer él allí? Pero si un hombre comete la debilidad de casarse ya todo va cuesta abajo. Hasta ahora, siempre que lo necesitaba, bastaba que le enviara un mensaje para que dejara lo que tenía entre manos y se presentara de inmediato en el lugar y en la hora indicados. “¿Puede usted disponer de un par de días?”, recuerdo que le escribí cuando el asunto del valle de Boscombe. “Acaban de telegrafiarme desde el oeste de Inglaterra y me gustaría que usted me acompañara. Salgo de Paddington en el tren de las 11.15”. Y a las 11.14 allí estaba él, dejando a su esposa terminar sola el desayuno. Y ahora, cuando la aventura es en Venecia y el reto viene de mi enemigo mayor, que no es Moriarty, sino una mujer, Irene Adler, me dice que no con la excusa de que tiene que asistir al nacimiento de su primer hijo. ¿Querría usted sustituirle por esta vez? Usted es corresponsal de algún periódico americano, de lo contrario no podría estar aquí, se adivina que no es hombre de fortuna. Podría quizá hacer de cronista en esta insólita aventura, la más extraña que me ha ocurrido nunca.

ENIGMA CON DIAMANTES

––Todo ocurrió cuando recibí una cajita con un diamante y una tarjeta en la que Irene Adler había escrito su nombre y dibujado una flor de lis. Nada más. En seguida adiviné que quería ponerme tras la pista de unas joyas robadas. La flor de lis es el símbolo de los Borbones, que actualmente solo reinan en España. El rey actual es un jovenzuelo tarambana que entretiene su soltería dando tumbos por los cabarets de París. Como comprenderá usted, aquel reto parecía superior a mis fuerzas. Pero entonces leí en The Times un suelto que hablaba del robo de joyas a un pretendiente al trono español, el infante don Carlos, que vivía en Venecia. Y aquí vine con el diamante, pero solo, porque Watson, ¿se lo podrá usted creer?, se negó a acompañarme.
            Me alojé en el hotel Europa, frente a la iglesia de La Salute, y al día siguiente de mi llegada me presenté en el palacio de Loredan, un decrépito caserón que se cae a pedazos, como todo en esta ciudad tan pintorescamente maloliente.
            Al ver el diamante don Carlos lo reconoció de inmediato, era la pieza central de una de las joyas que le faltaban, y ¿lo querrá usted creer? pensó que yo era un chantajista, que venía a pedirle dinero para que pudiera recuperar aquellas joyas familiares, las pocas que su antepasado había logrado quedarse cuando le fue arrebatado el trono de España, que le correspondía legítimamente, para dárselo a su sobrina, una niña de pocos años.
            Pero de esos asuntos de la historia de España sabrá usted más que yo. No ignoraba yo que el hombre que tenía ante mí había entrado en su país al frente de un ejército y, tras luchar valerosamente, había escapado con riesgo de su vida. Le expliqué que yo era el famoso Sherlock Holmes y de inmediato me pidió disculpas por no haberme reconocido.
            No solo habían desaparecido joyas, sino también documentos de la causa carlista que comprometían a gente importante. La caja fuerte estaba en su dormitorio. No había sido forzada. Solo él conocía la combinación. Respondía de la lealtad de cada uno de sus servidores.
            Lo más extraño, y lo que me llevó a la resolución del asunto, es que en la caja había otras joyas, además de dinero en efectivo, pero los ladrones solo se había llevado, desdeñando el dinero, aquellas que habían sido heredadas y habían lucido tradicionalmente las reinas de España. Y los papeles comprometedores desaparecidos, según me dijo, eran solo los que tenía que ver con gente muy cercana a la que había sido reina-regente, doña María Cristina.
            Un asunto peliagudo, como podrá usted ver. Digno de mi talento. Pero tardé en resolverlo más de lo conveniente, echaba de menos las sugerencias de Watson, disparatadas casi siempre, pero que tenían la virtud de ponerme en el buen camino.
            ¿Y qué papel jugaba en todo esto Irene Adler? De París me llegó una carta suya, que no contenía más que un recorte periodístico en el que podía leerse que una guapa bailarina denunciaba la desaparición de un collar de diamantes que le había regalado un amigo. Sospechaba que el collar se lo había robado una mujer, que se había ganado su amistad y a la que había cometido el error de llevar a casa y dejarla compartir cama. ¿Era el propio don Carlos quien, a pesar de su venerable barba y aire patriarcal, perdía la cabeza por alguna pelandusca llegando incluso a regalarle las joyas de la corona?
            En cuanto me presentó a su actual mujer, doña Berta Rohan, comprendí que esa no podía ser la solución porque estaba completamente enamorado de ella. ¿Lo estaba ella de él? Don Carlos de Borbón, como tantos otros, como seguramente usted, y de ahí esa carta que le atormenta y que tiene en el bolsillo, podía dormir con su peor enemigo. Me bastó intercambiar cuatro banalidades con ella para dar con la solución. Irene Adler había fracasado una vez más en su intento de probar que es más inteligente que yo.
            Esta tarde me acompañará usted al palacio Loredan. Le pediré a don Carlos que no esté presente nadie más, ni su secretario ni su mujer. Usted será el único testigo de ese encuentro y dejará constancia para la posteridad.

EL ENEMIGO EN CASA

––Le adelanto la solución, pero no los pasos que he dado para llegar hasta ella, pasos que la convierten en evidente, sin necesidad de más pruebas. Solo una persona tenía acceso a la caja fuerte, además de don Carlos, su esposa, Berta Rohan. Una mujer que se convirtió en ladrona y en traidora por un exceso de sentido del deber. Esta paradoja parece propia de ese desdichado de Oscar Wilde, ¿no cree? Berta Rohan llegó a la conclusión de que en el pleito dinástico que enfrentaba a su marido con la familia reinante en Madrid la razón estaba de la otra parte y por eso quiso restituir las joyas a sus legítimos propietarios y poner alerta al joven rey de los traidores que tenía a su alrededor. O eso fue lo que ella quiso creer. Algo tuvieron que ver los celos de la anterior esposa, la difunta princesa Margarita de Borbón-Parma, y el odio a los hijos que tuvo con ella, especialmente al infante don Jaime ¿Conoce usted la historia de Fedra e Hipólito? El doctor Freud, buen amigo mío, algo tendría que decir al respecto.
            Pero el rey español es un “viva la virgen”, como se dice en su país, y una noche de juerga le regaló el collar a una francesita. E Irene Adler, que también tuvo algo que ver con ella, me puso sobre la pista de ese inverosímil enredo para darse el gusto de verme fracasar. No he fracasado, como usted contará en toda la prensa. Tendrá el honor de ser la primera persona en seguir los pasos que llevan a la solución, más apasionantes que la solución misma. La solución de un misterio siempre es trivial y desilusiona un poco. Lo que importa son los chispazos de la inteligencia que nos llevan a ella. Pero el doctor Watson, que goza del privilegio de ver a Holmes en acción, esta vez ha preferido quedarse en casa para asistir a algo tan trivial, tan doméstico, tan sin importancia, como el nacimiento de su primer hijo. Gracias a ello tendrá usted, ¿cómo me dijo que se llamaba?, el honor de sustituirle.


sábado, 24 de junio de 2017

Sin trampa ni cartón: Fuera de casa, pero en casa


Viernes, 16 de junio
VOLVER

Soy una persona con bastantes limitaciones, pero creo que los años me han ido enseñando a sacarles partido. La principal, mi amor a la rutina. Si por mí fuera, me pasaría la vida haciendo las mismas cosas, las que me gustan.
            El primer día en un lugar nuevo me encuentro perdido, como en medio de la jungla; el segundo ya voy haciendo caminos; el tercero me encuentro como en casa. Y guardo esas rutinas en la memoria, para cuando regrese (volver es mi deporte favorito). Tengo así pequeños rincones familiares dispersos por el mundo.
            Uno de ellos es este, el Campo Santi Apostoli, una plaza siempre animada y a la vez recoletamente provinciana. Alguna vez me alojé en el hotel frente a la iglesia, un viejo palacio. Esta vez lo hago en un apartamento del Campiello del Lion Bianco, escondido a la derecha de los arcos que lleva que lleva a Rialto, uno de esos rincones típicamente venecianos que solo pisan los que en ellos viven.


            En medio del Campo, hay un colorista quiosco. Ahí compro Il Gazzetino y La Reppublica. Los hojeo mientras desayuno en el Blubar, en la esquina de la Salizada del Pistor, frente a la iglesia luterana, con su ángel custodio en la fachada neoclásica. Como me gusta madrugar, asisto al desperezarse de la ciudad sin el ajetreo turístico, al saludo y a las conversaciones de los vecinos en buen veneciano.
            Acabo de llegar y ya me encuentro como en casa, hasta he ayudado a una señora mayor a subir la compra por la empinada escalera, una de esas escaleras que parecen multiplicar los pisos dentro de los viejos caserones, casi todos sin ascensor.
            Por eso procuro no ir a ningún lugar por primera vez. Por eso me gusta tanto regresar. Soy la persona menos aventurera del mundo. Si por mí fuera, no saldría nunca del barrio. Afortunadamente, poco a poco he logrado que mi barrio, esas pocas calles en las que me estoy a gusto, se encuentre disperso por el ancho mundo.


Sábado, 17 de junio
UN DÍA CUALQUIERA

No me disgusta cumplir años, todo lo contrario. Lo considero un regalo más, el mejor que todos. ¡Sesenta y siete ya! Esto hay que celebrarlo.
            Y lo celebro con la mejor de mis rutinas. Me levanto pronto (pero el sol se ha levantado antes); bajo a la plaza (siempre me sorprende el esbelto campanile que parece inclinar la cabeza para saludarme por debajo de los arcos que bordean el canal); cruzo el puente, saludo al quiosquero que acaba de abrir; tomo mi capuchino y mi cruasán mientras me entero de las minucias de la ciudad y de los desastres del mundo; voy luego hasta Ca’ d’Oro para tomar el vaporetto; desciendo en Arsenale; camino sin prisa hasta el Campo della Tana; recorro la Biennale como un divertido, sorprendente, algo fatigoso parque de atracciones; vuelvo al vaporetto para comer en Casa Mia, muy cerca de la que es ahora mi casa; descanso y leo durante un rato en el apartamento del Lion Bianco; asisto, un año más, en Ca’Foscari a la inauguración de la Art Night Venezia, la noche en que Venecia abre gratuitamente las puertas de la mayoría de sus museos e instalaciones; me uno a una visita guiada a los palacios de la Universidad: admiro la antigua aula magna reformada por Carlo Scarpa, un antecesor de Siza en la arquitectura sabiamente sigilosa; saludo al pintor Elías Benavides; callejeo hasta la Punta della Dogana para admirar los pecios prodigiosos que Damien Hirst ha rescatado del naufragio de una gigantesca nave; me entretengo con el espectáculo de una gaviota que, tras posar largo rato en uno de los postes de la laguna, frente a San Marco, se lanza al agua, atrapa a un pez y lo sube al muelle para irlo devorando poco a poco, rodeada de turistas que la fotografían mientras ella alza de vez en cuando la cabeza orgullosa de la expectación que despierta… El sol, al ponerse, copia celajes que ha admirado en Turner.
            El día de mi cumpleaños nunca doy ninguna fiesta. ¿Para qué? Cualquier día, si la salud y el buen ánimo acompañan, ya es una fiesta.


Domingo, 18 de junio
JARDÍN Y REFERENDUM

Paso la mañana en Giardini, la otra sede de la Biennale y sigo con el mismo ánimo curioso y juguetón que un niño en un parque de atracciones. No ser un experto, no ser un crítico, no ser un entendido le deja a uno mucha libertad.
            Al pabellón de España, el primero que me encuentro, no le dedicó más de medio segundo. No me apetece pararme a ver sus vídeos, no me atraen sus grises maquetas de hojalata. “¡Únete!”, me pide en grandes letras. Que se una otro, Jordi Colomer.
            En el Pabellón Central, sección “degli Artisti e dei Libri”, se me ocurre pensar que resultaría difícil decidir quién ha destruido más libros si Hitler o los artistas contemporáneos. El gusto por destrozar libros o hacerlos ilegibles debe refleja un trauma infantil en mucho creadores, seguro que tuvieron que padecer más de una lectura obligatoria. Yo prefiero la peor edición de bolsillo al mejor libro de artista.
            Algunos se toman demasiado en serio lo del parque de atracciones. ¿Es Australia o es Austria, ahora no lo recuerdo bien, quien pone un camión haciendo el pino frente al pabellón? Y luego dentro una caravana con agujeros por los que los visitantes pueden sacar la cabeza o una pierna para que les hagan fotos, como si fuera las víctimas de un accidente. A mi no me hace ninguna gracia. Prefiero el pabellón del Canadá, destruido por una potente fuga de agua.
            No faltan los que  hacen realidad algún viejo chiste: en el pabellón del Japón, una de las instalaciones consiste en una fregona y un trapo, de los que se usan para dar lustre al suelo, y el frasco de cera correspondiente. “Out of disorder”, creo que se titula. A veces lo mejor del pabellón es el propio pabellón, como ocurre con el de Venezuela. Pero si lo que está dentro te defrauda, nunca lo hace lo que está fuera, los sombreados jardines a los que se asoma el azul deslumbrante de la laguna.
            Hoy se celebra el “referendum popolare” para que las grandes naves, los bulímicos cruceros, no atraviesen la laguna. La fiesta final se celebra en el Campo de S.  Margherita. Y allí estoy yo, no faltaría más, es mi Campo favorito. Asisto al recuento, con los voluntarios sentados en corro en el suelo abriendo las cajas de cartón y amontando en dos grupos las papeletas, y luego a la actuación del grupo Pharmacos. Es un referéndum sin demasiada intriga: todo el mundo está en contra, salvo los que hacen dinero con esos hoteles flotantes que destrozan la laguna y cualquier día un despiste como el del Costa Concordia hará lo mismo con la ciudad.


Lunes, 19 de junio
LA ÚLTIMA CENA

Hoy Il Gazettino me mancha de sangre el desayuno. Aquí al lado, en Mestre, un profesor de inglés invita a cenar a su antigua novia –lo habían dejado hacía un año– con su actual pareja. Tras la cena, que transcurrió de la manera más amical posible, les puso un somnífero en la última copa y luego la estranguló a ella y le destrozó la cabeza a golpes a él. Ella, la rusa Anastasia Shakurova, tenía treinta años (veinte menos que el profesor), había sido alumna suya; la misma edad tenía, Biagio Buenomo, el nuevo prometido.
            El profesor era un buen profesor, muy querido de sus alumnos. Comenzaba sus cursos de verano en el F30 Coffee Bar, a dos pasos de la estación de Santa Lucia. “Do you spritz English?”, se titulaba la primera lección.
            “Es lo mejor que me ha ocurrido en la vida”, cuentan los amigos que decía después de conocer a Anastasia. Luego la relación se enfrió, ella encontró a otro, un brillante ingeniero napolitano; él no pareció tomarlo demasiado mal. Se saludaban, se veían de vez en cuando, les invitó más de una vez a cenar a su casa y ayer domingo finalmente aceptaron.
            Parece que trató de ocultar los cuerpos, de limpiar la sangre, pero se cansó y él mismo llamó a la policía. Los vecinos avisaron a la madre del profesor, que fue una de las primeras en llegar.
            No sé por qué esta tragedia, de la que el periódico local da todos los detalles como hacía El Caso, me conmueve especialmente, más que el atroz incendio portugués.
            El profesor ejemplar, brillante, apasionado de su trabajo que un día se enamora de una de sus alumnas. Y ella se deja querer, pero se cansa pronto: lo suyo es más admiración que amor.
            No puedo dejar de pensar en esa cena, minuciosamente preparada, los platos exquisitos, los mejores vinos, la cena de los condenados a muerte.
            ¿Qué pasó por la cabeza del viejo profesor, juez y verdugo, mientras sus invitados reían felices, se miraban de vez en cuando a los ojos, le confesaron –aún no lo sabía prácticamente nadie– que ella estaba embarazada?
            Somos una caja negra para los demás y para nosotros mismos. El profesor ejemplar, el hijo ejemplar, el amigo ejemplar va regando a escondidas la semilla del crimen. Me aterra pensar que cualquiera de nosotros puede ser la víctima o, peor aún, el asesino.
            Qué cerca están infierno y paraíso.


Martes, 20 de junio
MENTIRAS VERDADERAS

Más que una exposición la de Damien Hirst en la Ponta della Dogana y en Palazzo Grassi es una superproducción, un fascinante espectáculo de Hollywood. Después de visitarla, en el Cinema Rossini vi el documental Michelangelo. En otra de las salas, proyectaban The mummy. Se podría pensar que Hirst tiene más que ver con Tom Cruise y su sentido del espectáculo que con Miguel Ángel. El escultor se encerró con un inmenso bloque de mármol y durante varios años, sin ayudantes, sin que nadie viera lo que hacía, esculpió el David. Damien Hirst, como un gran productor, contrata a un inmenso equipo, les explica su idea y durante varios años prepara su exposición como quien monta una película. Le da titulo y argumento: “Los tesoros del naufragio del Increíble”. Pero lo más increíble es que esa mentira se hace verdad. Y que entre las doscientas obras que llenan las dos sedes hay muchas impactantes y un puñado de obras maestras. Algunas bordean el pastiche, pero que la mayoría escapan de él con humor y desmesura, como el Demonio con un cuenco –más de dieciocho metros de altura– que parece enjaulado en el patio central del Palazzo Grassi.
            También la verdad se inventa parece decir Hirst parafraseando a Machado. Y él ha inventado una deslumbrante verdad, una superproducción que nos hace abrir los ojos asombrados como las películas de romanos que veíamos de niños.


Miércoles, 21 de junio
DIGO LO QUE PIENSO

Como ya todo el mundo sabe que siempre digo lo contrario de lo que pienso, ahora cuando quiero que no se sepa lo que pienso digo lo que pienso.




domingo, 18 de junio de 2017

Sin trampa ni cartón: Doy las gracias


Sábado, 10 de junio
LAS PERSONAS NORMALES

Las personas normales son aquellas a las que hemos tratado poco. Basta establecer una relación de cierta intimidad  para darse cuenta de que no hay nadie que no sea peculiar.
            Esas peculiaridades unas veces nos hacen gracia y otras resultan insoportables. Para llevarme bien con cualquiera (también conmigo), hay un remedio infalible: frecuentarlo poco.
            Por la tertulia de los viernes ha pasado una buena colección de tipos curiosos (no en vano comenzó allá por 1980), que darían para un destartalado y barojiano anecdotario. Nunca se le cerró la puerta a nadie. Los tipos más vanidosamente insoportables terminaban pronto enfadándose conmigo, que no prestaba suficiente atención a sus versos y a su prosa, y desaparecían.
            Lo que más he temido siempre –en la tertulia oficial de los viernes y en cualquiera de las otras que acaban improvisándose donde me siento a tomar un café– son los admiradores incontinentes. Que ni siquiera halagan tu vanidad, porque lo mismo que te admiran a ti, admiran a cualquier poetastro que se prodiga en Internet, a Félix de Azúa o a cosas peores.
            Por suerte soy de esos escritores picajosos e impertinentes que tienen más detractores que admiradores. No sé qué sería de mí si yo fuera un escritor de éxito.
            ¿Cómo librarse del acoso de las buenas personas sin hacerles demasiado daño?
            Anoche, tras la tertulia, mientras pensaba en estas cosas, volví a ver un capítulo de Perception, la serie en la que un catedrático de neuropsicología ayuda al FBI a resolver enigmas. Ese catedrático, el doctor Daniel Pierce, es esquizofrénico, padece alucinaciones, pero eso no le impide dar clases ni resolver casos complejos. El episodio que vuelvo a ver se titula “Asilo”; la pregunta que el profesor plantea a sus alumnos es “¿Puede el cerebro curarse a sí mismo?” y la trama tiene que ver con el trastorno obsesivo-compulsivo.
            Aprendo mucho de doctor Pierce, pero todavía no he aprendido cómo librarme de quien agobia y no deja espacio para respirar con la mejor intención del mundo.
            No soy precisamente yo, con mi obsesión por el orden y la puntualidad, con mi alergia al más mínimo cambio, quien puede dar lecciones de normalidad a nadie. A fin de cuentas, sé algo de muchas cosas, pero experto, lo que se dice experto, solo lo soy en una, en la misma que casi todo el mundo: en ver la paja en el ojo ajeno y no la viga en el propio.


Domingo, 11 de junio
AMARILLISMO

Creo que está en desuso el término amarillismo para calificar a ciertas prácticas periodísticas. Pero no se me ocurre otro  más preciso para referirme al reportaje sobre Juan Goytisolo que hoy coloca cierto diario –antaño de referencia y todavía una costumbre (¿una mala costumbre?) para muchos españoles de mi edad– en su primera página. Parece que quiere emular a la denostada televisión basura.
            A pocos días del entierro, Francisco Peregil nos cuenta que “el escritor Juan Goytisolo vivió sus últimos años aquejado de enfermedades y acuciado por la depresión y la falta de dinero”.
            Otra vuelta de tuerca al mito del escritor un tiempo célebre que muere en la miseria olvidado de todos. Pero Juan Goytisolo no era un escritor olvidado y lo que de sus finanzas nos revela el indiscreto Peregil no avala precisamente la tesis de la miseria: desde 2007 cobraba por parte del diario que ahora exhibe su cadáver tres mil euros mensuales (escribiera o no escribiera); en 2004, cuando al parecer comenzaron sus dificultades económicas, el ministro de Cultura le organizó una gira por los Institutos Cervantes y pidió por favor a las distintas universidades que le encargasen cursos de verano; en 2014, le concedieron el Premio Cervantes, dotado con 125.000 euros; además seguía cobrando regularmente la liquidación de sus derechos de autor (varios de sus libros eran lecturas obligatorias y se reeditaban con frecuencia). Una miseria semejante resulta envidiable para la mayoría de los españoles (y no digamos de los marroquíes).
            El poco elegante reportaje (y tan falaz en el asunto de la pobreza) nos desvela detalles que habría sido piadoso no airear. Y deja en el aire un interrogante aterrador: ¿Dependían solo de sus ingresos las seis personas, todas ya adultas, con las que vivía? ¿Era la gallina de los huevos de oro en “la tribu”, así la llamaba él, que ocupaba el antiguo hostal que había comprado en Marrakech? ¿Toda historia de amor acaba convirtiéndose en una historia de terror?
            Cómico en cambio resulta que el susodicho diario que dedica portada y dos páginas a la presunta pobreza y a las enfermedades del escritor, se ocupe en el editorial de recordarles a los socialistas que “no es no” y por lo tanto no deben abstenerse sino votar “no” en la moción de censura que presenta Podemos el próximo martes. La historia de la manipulación periodística se repite dos veces: una como tragedia y otra como farsa.    



Lunes, 12 de junio
OLVIDOS

Una estudiante de La Universidad de las Islas  Baleares, que está haciendo un Trabajo de Fin de Grado sobre los mitos clásicos en la poesía española, me pregunta que dónde publiqué el poema “Odisea”, que ha encontrado en varias páginas Web sin indicación de la procedencia.
            Como no recuerdo haber escrito ningún poema con ese título, le digo que me lo envíe. Son seis versos que no me suenan de nada. Compruebo que aparece con mi nombre comentado en varios blogs. Busco mis libros de poemas, reviso índices, no lo veo por ninguna parte.
            Me siento como el regador regado. Yo, que presumo de haber escrito apócrifos de tantos poetas –Brines, Sandro Penna, Eugénio de Andrade– y de haberlos visto citados como auténticos, ahora resulta que también he sido objeto de un “homenaje” semejante.
            No me hace ninguna gracia, la verdad. Releo el poema:
            “Hay una casa abierta con balcones dorados / y mujeres que venden el placer. / Hay un perro en la puerta de la casa / y hay un hombre que viene de muy lejos. / Pronto será de noche. Ulises, muy cansado. / manda callar al perro y sigue su camino”.
            Me gusta el final, que podría ser mío. ¿Quién habrá sido ese aplicado imitador que conoce bien mi estilo? Y entonces me da por hojear Al doblar la esquina, un libro mío de 2001, y allí lo encuentro. No aparece en el índice porque se incluye en “Márgenes”, una serie de diez poemas de seis versos cada uno. Están escritos de manera casi automática, de un tirón, y por eso no los guardé en la memoria. Creo que no los volví a leer desde que apareció el libro. Lo hago ahora. “Amantes” me parece que tiene la concisión de un epigrama clásico: 
            “De niño nos bañábamos y jugábamos juntos, / hoy me mira y aparta la mirada, / ella es hija de un dios, yo de un mendigo, / hay en su rostro estrellas, pústulas en mi piel, / pero antes de estar en otros brazos, / derramó su hermosura entera entre los míos”.
            Envejecer, y no preocuparse nada de lo que uno ha escrito, sino de lo que queda por escribir, aparte de ayudar a mantenerse joven, tiene estas sorpresas.


Martes, 13 de junio
A LOS LECTORES DEL FUTURO

Me hago la ilusión de que escribo, no solo para los lectores de hoy, sino para los de dentro de veinte, cuarenta o cien años. ¿Qué les diría de lo que ha ocurrido en el Congreso este día de Santo António, patrono de Lisboa, en que yo siempre celebro el cumpleaños de Fernando Pessoa?
            Que se ha celebrado una moción de censura, perdida de antemano (como todas las mociones de censura: ganarlas es prácticamente imposible), en la que el partido del gobierno, según lo previsto, ha puesto una vez más de relieve su catadura moral, mientras que el líder de Podemos ha sorprendido (me ha sorprendido a mí al menos) con un discurso cuyo rigor intelectual solo encuentra parangón en los de Manuel Azaña.
            ¿Quién era entonces el presidente del Gobierno?, se preguntarán los lectores de dentro de veinte, cuarenta o cien años (quién era el líder de Podemos me parece que no necesitarán preguntárselo).
            ––-Bah, no vale la pena recordar su nombre. Era el líder de un partido que se financiaba ilegalmente y estaba en el poder gracias a un torpón golpe de mano que, tras descabezar al principal partido de la oposición, obligó a sus diputados a votar en contra del compromiso que tenían con los electores. Luego las aguas volvieron a su cauce, gracias al esfuerzo de los militantes de base –que no eran el paciente rebaño que se imaginaban los banqueros, la prensa y los jarrones chinos–, pero el mal ya estaba hecho y resultaba difícil (aunque no imposible) de deshacer..
            Los folios que leyó, trabucándose, ese borroso presidente respetaron el máximo común divisor de los discursos de su partido cuando se refieran a Podemos: cuatro gracietas más o menos machistas, dos infamias y una referencia a Venezuela.
            Del discurso de Pablo Iglesias me emocionaron especialmente sus alusiones a España, una España que nada tiene que ver con la de un Monarca, un Imperio y una Espada ni con la de garrote y tente tieso a golpes de Constitución en la cabeza.
            La España de los reaccionarios españoles, la España unitaria y monocolor que tratan de imponer, no es más que un invento francés poco respetuoso con nuestras tradiciones. Sospecho que incluso Felipe II entendería mejor que el legal pero ilegítimo presidente actual del Gobierno español lo que es una España plurinacional.


Miércoles, 14 de junio
INFAMIA Y GLORIA

Siento vergüenza ajena al escuchar al portavoz del partido del gobierno en el epílogo de la moción de censura. Sólo le soporto unos minutos, la verdad. Él no utiliza en su discurso el máximo común divisor del argumentario contra Podemos, sino el máximo común múltiplo de la babeante infamia.
            Sospecho que con ello multiplica las simpatías hacia ese partido. ¿También los votos? Me imagino que también, aunque el mío sigue siendo para Pedro Sánchez.
            Pero para un Pedro Sánchez que tenga muy en cuenta todo lo válido que hay en Podemos, un partido rejuvenecedor y vigorizante que ha llegado para quedarse.
            Con ellos en el Congreso, se respira mejor. No les voto, pero les doy las gracias.

domingo, 11 de junio de 2017

Sin trampa ni cartón: Mi vocación frustrada


Sábado, 3 de junio
UNA CURA DE HUMILDAD

Hace algún tiempo colaboraba, invitado por Luis María Anson, en el ABC verdadero, como diría él. Por entonces aún no existía, o no se había generalizado, la prensa digital, solo leían mis artículos quienes compraban el periódico. Ninguno de mis conocidos lo hacía, así que nadie me los comentaba.
            Un día me equivoqué y atribuí a Horacio unas palabras de Virgilio: “tempus irreparabile fugit”. De inmediato me llamó un amigo para señalarme el error
            ––¿Pero tú lees ese periódico?
            ––Lo hojeo todos los días, lo compran en casa. A ti te leo siempre.
            Me leía siempre, pero había esperado para decírmelo a que metiera la pata.
            Me ha venido ahora a la memoria esta anécdota porque desde hace algunos años (desde 1999, creo), he sido Jurado del Premio Príncipe de Asturias de las Letras. Este año he quedado fuera porque al parecer, según las nuevas normas, no se puede repetir más de cuatro veces seguidas.
            Nunca he pintado mucho, la verdad. Mi candidato caía siempre derrotado en las primeras votaciones (solo hubo una excepción: Muñoz Molina) y la reunión con la prensa antes de que comenzaran las deliberaciones constituía una reiterada lección de modestia: jamás ningún periodista quiso saber mi opinión. A veces veía acercárseme a uno sonriente, seguido del cámara. Pero la sonrisa no era para mí, sino para Sánchez Dragó o Rosa Navarro Durán o Víctor de la Concha, que se encontraban detrás. Y eso que yo, inasequible al desaliento, siempre llevaba preparaba alguna frasecita que podría servir de titular. “¿Cree que este año obtendrá el premio por fin Antonio Gamoneda?”, le preguntaban por ejemplo a unos y a otros (por entonces el poeta astur-leonés tenía ya todos los galardones oficiales de algún relumbrón). Pero no a mí, que me quedé sin poder utilizar la respuesta: “Ni está ni se le espera”. (No figuraba siquiera entre los candidatos.)
            No pintaba yo nada como jurado, ni nadie se acordaba de que lo era, pero ahora que no lo soy la mayoría de mis amigos y conocidos se han apresurado a llamarme para darme una especie de pésame. “Lo siento mucho, qué pena”, se limitan a decir la mayoría. Pero hay algunos otros con peor intención: “He oído a la directora de la Fundación que están echando fuera a los de siempre para darle otro aire a los premios, que se iban quedando obsoletos por el envejecimiento del jurado”, “Muy bien esa idea de traer caras nuevas, no está bien que los mismos premien siempre a los mismos”, “O te jubilas o te jubilan, es ley de vida”.
            Y yo, que no pensaba en ello, tengo que repetir una y otra vez que no tiene importancia y que dudo que Teresa Sanjurjo, tan gentil siempre, haya dicho eso que le atribuyen para fastidiarme.
             

Domingo, 4 de junio
QUIEN MANDA MANDA

Sabía de sobra que La promesa, la película que Terry George ha dedicado al genocidio armenio, no era precisamente una obra maestra, pero quería ver cómo contaba esa masacre que todavía Turquía se niega a aceptar. No es que niegue que murieran más de un millón de armenios en tiempos de la Gran Guerra, algo que ni siquiera se pudo ocultar cuando ocurría, solo que habrían sido “efectos colaterales” del conflicto, no el resultado de la decisión de exterminar a todo un pueblo.
            Un pueblo de traidores según el gobierno turco, de potenciales o reales aliados de otros países en conflicto, especialmente Rusia.
            La película, que quizá debería llamarse El compromiso (es un compromiso matrimonial con dote anticipada lo que sirve de punto de partida) vale tan poco como me esperaba. Pasa sin transición de un idílico Estambul muy belle époque, con los comerciantes y los profesionales armenios perfectamente integrados en la alta sociedad, a una especie de “noche de los cuchillos largos” en que toda la furia popular se desencadena contra ellos sin que se nos ofrezca justificación alguna. "Los imperios caen, el amor sobrevive", leemos en el cartel: del intento de solución final para los armenios, ni palabra.
            Qué consolador pensar que los genocidas –los nazis, los turcos de entonces– son unos monstruos que nada tienen que ver con nosotros.
            Pero tienen que ver, somos nosotros o podemos serlo en cualquier momento.
            La Turquía de 1915 estaba en guerra, luchaba por su supervivencia como Imperio al lado de Alemania. Dentro de su territorio tenia a quienes pedían ayuda al enemigo e incluso, en algunos casos aislados, tomaban las armas para luchar junto a él.
            El enemigo del tambaleante imperio democrático es hoy el Estado Islámico, simpatizantes suyos cometen atentados estúpidamente crueles en París o Londres (y en países árabes, pero ahí no cuentan). Esos terroristas son de religión islámica. Al presidente de los Estados Unidos se le ocurre que la mejor defensa es prohibir la entrada a quienes proceden de países musulmanes, aunque los terroristas no vienen de esos países: ya estaban aquí en la mayor parte de los casos.
            ¿Cuál sería el siguiente paso, encarcelar a todos los musulmanes que viven en Europa o en Estados Unidos? Theresa May, tras ahorrar en policías, dice que hay que dar más poderes a la policía y respetar un poco menos los derechos humanos. ¿Solucionaría el problema disparar a matar a cualquier sospechoso, torturar para obtener información?
            Los turcos del imperio se nos parecen demasiado: también hoy sería posible un genocidio, si no aplaudido, sí justificado por la buena gente a la que se le ha hecho creer que el Islam es el mal absoluto. Y también impediríamos, con la ley en la mano, que fuera considerado como genocidio.
            A la vez que la muerte de una treintena de inocentes al salir de un concierto llena todas las primeras páginas de los periódicos y despierta la indignación mundial (con toda razón), unas pocas líneas escondidas informan de que en no sé qué ciudad siria, al parecer controlada por el Estado Islámico, han muerto ochenta personas, la mayoría mujeres y niños, a consecuencia de una bomba de los países aliados. Lamentable, si, pero la noticia ni siquiera aparece en todos los periódicos y cuando lo hace es en letra pequeña: son solo daños colaterales.
            Pienso en estas cosas mientras veo el convencional melodrama de La promesa. Me distrae reconocer a Albarracín en la supuesta Anatolia. Y al ver la escena del tren, tan peliculera y falsa,  recuerdo la fotografía que sirvió de pretexto para esas imágenes a lo Indiana Jones. Las fotografías, tomadas clandestinamente, exponiendo su vida los fotógrafos, permitieron visibilizar la catástrofe. Pero sirvieron de bien poco.      
           Turquía sigue negando un genocidio que no fue capaz de ocultar cuando ocurría. Si Alemania hubiera ganado la guerra, tampoco el holocausto habría sido un holocausto: habrían muerto muchos judíos, quizá millones, pero eso no sería sino una más de las inevitables consecuencias del conflicto.
            Los hechos, los desnudos hechos, son cosa de los historiadores. Pero la calificación de los hechos –terrorismo, crimen contra la humanidad o simples daños colaterales– la decide el que manda.


Lunes, 5 de junio
NON OLET

Le pregunto a una amiga si fue a la presentación del libro España en mí y otros poemas, editado por Renacimiento y prologado por Luis Alberto de Cuenca, el pasado miércoles en el hotel Reconquista y ella me dice que no, aunque estaba invitada.
            ––¿Y por qué no? Pocas veces la poesía se promociona tan suntuosamente. Me cuentan que parecía una fiesta organizada por el Hola. Estaba el todo Vetusta, no faltó ni nuestra Isabel Preysler.
            Por toda respuesta me alarga la fotocopia de un artículo de Rosa Montero (“Consumidores engañados y cautivos”), en el que ha subrayado unas líneas: “los laboratorios farmacéuticos dedican el 90 % de su presupuesto a enfermedades que solo padece el 10 % de la población mundial, inventan dolencias para medicalizar a la gente (convertir a los tímidos en fóbicos sociales); crean alarma para forrarse (el Tamiflú y la gripe A); tienen más beneficios que los bancos; ponen precios salvajes a los fármacos (el tratamiento contra la hepatitis C); dicen que esos precios son para costear la investigación, cuando Gobiernos y consumidores les pagamos el 84 %  de la misma y los laboratorios dedican el 13 % de su presupuesto a la investigación y un 30-35 % a marketing (fuente: Federación de Asociaciones para la Defensa de la Sanidad Pública)”.
            –-¿Y qué importa cuál sea el origen de la fortuna del poeta que se promociona de tan generosa manera? Recuerda la frase del emperador Vespasiano cuando le reprocharon que pusiera un impuesto sobre las cloacas y el acercó un puñado de las monedas así obtenidas a las narices de los críticos: “Non olet”. El dinero, venga de donde venga, no huele. Algunos de nuestros próceres más destacados del siglo XIX, todavía con estatuas de bronce plazas y jardines, hicieron su fortuna con el comercio de esclavos.
           

Martes, 6 de junio
SOY UN HIPÓCRITA

La verdad es que soy más falso que Judas, me gusta inventarme defectos muy humanos, como la vanidad, para tratar de caer mejor a la gente, mientras disimulo cuanto puedo los verdaderos, tan antipáticos como la mayoría de las virtudes.        


Jueves, 8 de junio
ABOGADO DEL DIABLO

El año pasado, en los premiso Príncesa de Asturias, el poeta polaco Adam Zagayewski, al que yo apoyaba, se quedó a unos pocos votos del premio; este año, que yo no estoy en el jurado, lo gana. Está visto que como abogado defensor valgo poco. A mí me va más el papel de fiscal. O el de abogado del diablo.


Viernes, 9 de junio
LO QUE A MÍ ME GUSTA

“¿Y si tú fueras heredero de una inmensa fortuna, como el poeta argentino que vino con Abelardo, a qué la dedicarías?”, me preguntan en la tertulia.
            ––A cumplir algunos de mis deseos frustrados. Por ejemplo, ser guía. Nada me gustaría más que invitar de vez en cuando a unos cuantos amigos –más que las gracias, pero menos que las musas, como quería Eugenio d’Ors– y enseñarles mi Perugia o mi Plovdiv o mi París o mi Palermo. Les pagaría el viaje, les buscaría un buen hotel y, temprano en la mañana, estaría en el hall para comenzar a mostrarles la ciudad. Tendrían que ser jóvenes, o estar en muy buena forma, para poder seguir mi ritmo, molto accelerato.
            ––¡Qué tontería! Puedes hacer lo mismo, pero cobrando.
            ––Ya, pero quien paga manda. Y a mí lo que me gusta –aunque lo disimule– es mandar. Esa es mi verdadera vocación frustrada. Tener mucho dinero ayudaría.