domingo, 13 de agosto de 2017

Serpientes de verano: Luis Cernuda y el fantasma de Canterville


En el verano de 2002, unos cuantos amigos viajamos a Buenos Aires. Cada uno llevaba su plan de trabajo (yo, revisar los archivos de La Nación en busca del artículo de Rubén Darío en que habla de Sherlock Holmes y el robo de las joyas carlistas), pero la verdadera razón era pasar unos días juntos en una ciudad que parecía haber comenzado a salir de sus años peores.
            El cambio nos era muy favorable y pudimos alojarnos en un excelente hotel al comienzo de la Avenida de Mayo. Desde la terraza, teníamos la entera ciudad a nuestros pies: a un lado, las torres y las cúpulas; al otro, las aguas turbias del Río de la Plata.
            Nos dedicábamos más a callejear, citar a Borges, frecuentar librerías y locales con música en vivo que al trabajo que nos había llevado allí. Lo pasábamos bien juntos, a pesar de que algunas vez nos enredábamos en esas discusiones a las que soy adicto.
            Un día, Xuan Bello dijo: “Esta tarde voy a visitar a mi tío Vitorio. ¿Alguien quiere acompañarme?”
            Ni Silvia Ugidos ni Martín López-Vega estaban por la labor, pero yo me apunté de inmediato, aunque, como todo el mundo, nada deteste más que las visitas familiares. El tío argentino de Xuan era todo un personaje: había sido compañero de Cernuda en Cambridge. Yo siempre dudé de su existencia, como de la de tantos otros protagonistas de las líricas fantasmagorías de mi amigo. Al principio, oyéndole hablar de su tío fabuloso, creí entender que se trataba de un amante del poeta (el que aparece en los poemas de Vivir sin estar viviendo), pero él me explicó que no, que solo habían sido colegas en el Emmanuel College.



EL TÍO DE XUAN

El tío Vitorio, –Manuel Victorio Fernández Valiela– existía de verdad. A punto de cumplir noventa y dos años, se conservaba erguido y con la mente clara. Nos invitó a tomar un café o un mate y luego a dar un paseo por la Recoleta para mostrarnos algunos de sus árboles favoritos.
            A Cambridge había ido, becado por el gobierno argentino, a estudiar fitología y era uno de los mayores expertos mundiales en la materia. Hablaba de los árboles con el mismo entusiasmo que otros de sus hijos o de su mujer.
            Un añoso roble le recordó a otro que crecía frente a su casa de la infancia, en Paniceiros, y Xuan y él se dedicaron a evocaciones familiares de las que yo, como era de esperar, me sentía ausente.
            Cada vez más aburrido, no sabía cómo llevar la conversación hacia su amistad con Cernuda. Me daba la impresión de que se trataba de un producto de la imaginación, tan cunqueriana, de Xuan y que no quería que lo descubriera.
            Adivinó lo que pensaba, o se apiadó de mi aburrimiento, e interrumpió amablemente la explicación sobre el envejecimiento de los árboles: “Perdona, tío, pero mi amigo García Martín no se cree que fuiste amigo de Luis Cernuda. ¿Podrías hablarnos un poco del poeta antes de que marchemos? Creo que ya te hemos fatigado bastante”.
            El tio Vitorio sonrió y no tuvo inconveniente en cambiar de asunto: “Era un tipo raro, y bastante arisco. Salvo a mí, yo creo que a nadie más le caía bien. Yo le gustaba porque era joven y le hablaba de árboles y no de poesía, ni siquiera de la suya, que entonces no había leído. Los dos vivíamos un poco al margen, o muy al margen, del medio académico. Nos alojábamos en el Emmanuel College y nos concedieron el privilegio de cenar en la High Table, corriendo nosotros con los gastos. La comida no era precisamente buena (estábamos en 1943), pero el escenario merecía la pena. Una sala larga y oscura, conventual, con borrosos vitrales de escenas bíblicas. En la mesa principal, a un extremo, se sentaban los profesores; en otras tres, perpendiculares a ella, los estudiantes. No había sillas, sino incómodos bancos. La primera vez que entramos, nos sorprendió ver, presidiendo, un gran retrato al óleo de Felipe II. Pero no era Felipe II, claro, sino un prócer inglés cuyo nombre ahora no recuerdo. Cernuda, lector de español y no profesor, se sentaba conmigo, becario, y con los otros estudiantes; le estaba vedada la mesa principal”.
            “Seguiste en contacto con él cuando os separasteis en el 45. ¿No es cierto, tío? ¿Conservas sus cartas?”
            “Por algún sitio andarán. También alguna fotografía. Incluso me envió el original de un libro suyo para que yo intentara publicarlo en Argentina. Lo aceptaron en Losada, pero luego lo rechazaron. El poeta se llevó un disgusto. Apareció más tarde en otra editorial, gracias a Ricardo Molinari, también buen amigo”.
            Habíamos vuelto a su apartamento. Se le notaba fatigado. “No dejes de volver a pasar por aquí antes de regresar a España, Xuan. A ver si para entonces te he encontrado las cartas. Casi todas se referían a lo mal que se encontraba en Inglaterra y al libro que quería publicar. Pero había una que te gustaría leer. Era larga, hablaba de un castillo y un fantasma. Me extrañó su tono confesional, impropio de él, al menos en su trato conmigo. Le escribí preguntándole si era un capítulo más que añadir al libro de cuentos que le rechazaron en Losada. No me contestó o no me llegó su contestación. Eras unos cuantos folios mecanografiados. Creo que se los quedó Molinari”.


XURDE, EL LIBRERO DE LA NOCEDA

El pasado jueves, como todos los jueves, pasó por mi casa Xurde, el librero de La Noceda, a llevarse unas bolsas de libros para dejar sitio a los nuevos que entran cada día. Siempre procura compensarme con alguna rareza que encuentra en su almacén. Esta vez fueron unos fatigados volúmenes de Joaquín Gómez Bas, el escritor (también pintor) que nació en Cangas de Onís, y que acabó siendo miembro destacado de la Academia Porteña del Lunfardo.
            Dentro de las páginas de Barrio gris, había varias holandesas mecanografiadas. En una de ellas, reconocí versos de un poema de Molinari; en otras, creí encontrar la carta de Luis Cernuda de la que nos había hablado hace quince años el tío de Xuan Bello en Buenos Aires.

LA CARTA PERDIDA
  
Tardé en dormirme y, al poco de hacerlo, me despertó el estruendo de una ventana que golpeaba contra el muro. Al principio, no supe qué hacía allí y no en mi pequeña habitación alquilada, frente a la arboleda de Hyde Park.
            No soy hombre al que le guste aceptar invitaciones, como bien sabe usted, aunque desde que dejé mi piso en la calle Viriato de Madrid haya tenido que vivir a menudo en casa ajena. Pero esta era una invitación especial.
            Con John Overy, paseaba a menudo, después de las clases. Era un jovencito frágil, silencioso, Yo tampoco soy muy locuaz, así que más que charlar, callábamos juntos. Me hizo alguna confidencia: no se llevaba bien con su padre, tenía un gran cariño por una hermana algo mayor, Virginia, que alguna vez nos acompañaba, cuando venía a visitarle, y que le hacía las veces de madre. Fue ella quien me invitó a pasar un fin de semana en su castillo apartado del mundo, rodeado de jardines y bosques y en el que se decía que había situado Oscar Wilde su relato “El fantasma de Canterville”. John me miró un momento a los ojos, luego bajó los suyos, y ruborizándose, dijo: “Acepte, por favor”. Acepté sin pensarlo. Me había divertido mucho, y también emocionado, con la historia de Wilde, con ese fantasma patoso al que asustan los rudos nuevos dueños del castillo y que al final se redime por amor.
            Acepté y ahora me arrepiento. Tras esperar largo rato, me levanté y fui a cerrar la ventana, que seguía golpeando. El castillo era tan inmenso que los demás no debían oírla. Salí al pasillo, muy débilmente iluminado, salvo cuando lo hacía algún rayo (era noche de tormenta, como en cualquier relato de terror).
            Caminé hasta la biblioteca, con pesadas estanterías que ocultaban los gruesos volúmenes tras de vidrios emplomados, pero allí todas las ventanas estaban cerradas. A la luz de un relámpago, creí entrever una gran mancha de sangre sobre el pavimento, como en el relato de Wilde. Me asusté. Volví a mirar. Ya no estaba. Todo había sido una ilusión óptica.
            Pero mi alivio duró poco.  Sentado en una esquina, envuelto en hopalandas de otro siglo y con un gesto serio que me resultaba vagamente familiar, un hombre me miraba. Pensé en una broma; ni siquiera me atrevía a pensar que fuera una aparición.
            Entonces oí su voz. “No malgastes tu vida en sueños”, dijo. Abrí los ojos. No estaba en la biblioteca, sino en el lecho que me habían asignado, bajo el amplio dosel, y la noche era apacible, no se oía el estruendo de ninguna ventana ni de ninguna tormenta. Frente a mí, había un hombrecillo menudo, ya de cierta edad, que no daba miedo ninguno. Vestía con cierta elegancia, como a mí me gusta vestir, y llevaba una pipa en la mano.
            “¿Por qué me despiertas? ¿Te inspira envidia el sueño humano?”
            “¿No me reconoces? ¿No te reconoces en mí? El hombre no solo forja a imagen propia su Dios, también su demonio”.
            Y como demonio que era me tomó de la mano y me llevó, atravesando paredes, hasta el dormitorio de Virginia. Ella, al verme entrar, alargó los brazos y se abrazó a mí con fuerza. Los dos estábamos desnudos. Yo quise separarme. “No lo conseguirás”, me dijo el hombrecillo de cabello blanco que nos contemplaba con gesto mefistofélico. “Ella está soñando contigo. Es una joven virtuosa, pero está enamorada de ti y no manda en sus sueños. Cásate con ella. La harás feliz y harás feliz también a su hermano John: sois las dos personas que más quiere”.
            Volví a despertar, sudoroso, en mi cama con dosel. Recordé entonces unos versos que había escrito poco tiempo antes: “Siento esta noche nostalgia de otras vidas. / Quisiera ser el hombre común de alma letárgica / que extrae de la moneda beneficio, / deja semilla en la mujer legítima / y confía en Dios, pues frecuentó su templo”.
            A la mañana siguiente, en el desayuno, todos teníamos mala cara: Virginia, yo, el  joven John, y también Lord Overy, el padre de ambos, amargado y viudo y de pocas palabras. Seguro que ninguno habíamos dormido aquella noche. Yo me inventé un compromiso ineludible y dije que tenía que partir ese mismo día. Virginia y John lo lamentaron, su padre fingió lamentarlo. Noté que Virginia se ruborizaba un poco al mirarme; a mí me pasaba lo mismo, no podía dejar de recordarla desnuda estrechándome entre sus brazos.
            Les dije adiós desde la ventanilla del tren, en Ascot, la estación más cercana, a siete millas del castillo, y al sentarme comprobé que en el departamento, hasta entonces vacío, había otro viajero. Le reconocí de inmediato. “No puede escapar el hombre a su destino”, dijo tras darle una larga calada a su pipa.
            La Navidad de 1946, ojalá fuera la última en este país o en esta vida, la pasé solo, como siempre hago, inventándome compromisos para escapar a las invitaciones de los pocos amigos que aún soporto.
            ¿La pasé solo? Eso hubiera querido. La pasé con quien más detesto: yo mismo. 


sábado, 5 de agosto de 2017

Serpientes de verano: París-Buenos Aires


––Señora, las fuerzas armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada.
            Era la madrugada del 24 de marzo de 1976. María Estela Martínez de Perón no pudo evitar un suspiro de alivio. “¡Ya era hora!”, dijo o dicen que dijo. “Esta noche por fin podré dormir tranquila”.
            Nunca un golpe de Estado fue tan deseado, ni tan anunciado, como el que llevó al poder al teniente general Jorge Rafael Videla, al almirante Emilio Eduardo Massera y al brigadier Orlando Ramón Agustí.
            Poco después, Joaquín Soler Serrano entrevistó a Jorge Luis Borges en su programa A fondo y en un momento de aquella la entrevista en borroso blanco y negro se le escucha decir: “Argentina está ahora en manos de unos caballeros”.


EL OTRO CIELO

Ese mismo día, a las cuatro de la tarde, estaba previsto un experimento que comenzaba en la Galería Güemes, el pasaje cubierto entre las calles Florida y San Martín, y terminaba en la Galerie Vivienne, en París, muy cerca del Palais Royal.
            Los nuevos descubrimientos de la física cuántica hacían posible convertir en realidad lo que Cortázar había soñado en “El otro cielo”, uno de los relatos de Todos los fuegos el fuego. Quien iba a llevarlo a cabo era uno de mis amigos del Carreño Miranda, Rafael Ablanedo, con el que yo había vuelto a coincidir un verano en París, cuando ya él se había trasladado con su familia a América.
            Rafa Ablanedo era famoso por su inteligencia y por su afición al disparate. Sacaba las máxima nota en todas las asignaturas, lo mismo en latín que en matemáticas, y un día estuvo a punto de hacer saltar por los aires todo el edificio durante un experimento en el laboratorio de Física, y otro se quedó completamente desnudo en clase porque, según decía, había descubierto una tintura, con la que se embadurnó antes de salir de casa, que le volvía invisible.
            Cuando me lo volví a encontrar, en el París de 1970, estaba obsesionado con los fenómenos paranormales, para él rigurosamente científicos. Le había deslumbrado El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, y se había  suscrito a su revista Planète.
            Recuerdo bien la larga charla que tuvimos, en una terraza de la plaza de la Sorbona, muy cerca del jardín de Luxemburgo, a la sombra del positivista Auguste Comte. Él traía en las manos Regreso a las estrellas, de Erich von Daniken, recién aparecido; yo, un libro que me interesaba bastante más, Todos los fuegos el fuego, que acababa de comprar en la Librería Española de la rue de Seine junto con algunos números de Cuadernos de Ruedo Ibérico.
            Mi entusiasmo por Cortázar (al contrario que el dedicado a Borges), ha disminuido con el tiempo, pero la fascinación por “El otro cielo” continúa intacta. Un corredor de bolsa camina distraído por su ciudad, Buenos Aires, y sus pasos acaban llevándole siempre hasta la Galería Güemes, territorio ambiguo donde fue a quitarse la infancia “como un traje usado”: “Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se entremezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas”.
            Entraba en el Pasaje Güemes y reaparecía en París, en “la Galerie Vivienne, por ejemplo, o en el Pasage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o en una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda”.
            El viaje no es solo en el espacio, también en el tiempo. Los paseos por Buenos Aires tienen lugar en los años finales de la Segunda Guerra Mundial; los de París, en la época del Segundo Imperio, cuando la amenaza prusiana.


AGUJEROS DE GUSANO

No olvidaré nunca aquellos días en un París todavía con las pintadas y los adoquines levantados del 68 (o así aparece en mi recuerdo) ni a mi amigo Rafa afirmándome muy serio que las fantasías de Cortázar, como antes las de Julio Verne, acabarían pronto siendo realidad.
            Algún tiempo después, en una carta desde Buenos Aires, se refirió a esa profecía suya y me dijo que estaba a punto de cumplirse. Sus cartas siguientes venían llenas de complicadas fórmulas matemáticas, que yo no entendía, pero que en su opinión, dejaban meridianamente claro que el traslado instantáneo en el espacio, desmaterializarse en un lugar y materializarse a los pocos segundos en otro, era posible. Y el primer experimento público, en homenaje a Cortázar, tendría lugar precisamente en el Pasaje Güemes y la reaparición en la Galerie Vivienne.
            Ese es el acontecimiento que iba a tener lugar el 24 de marzo de 1976. La última carta suya incluía varios recortes periodísticos con anuncio del espectáculo. Porque, efectivamente, se trataba de un espectáculo: lo organizaba una asociación vecinal, no un departamento universitario.
            Mi amigo se disculpaba: “Ya sabes cómo es la ciencia oficial, no aceptan nada que los saque de sus caminos trillados, y como yo no soy catedrático, ni siquiera terminé la licenciatura, no han querido hacerme caso. Pero no se trata de un ejercicio de ilusionismo, te lo aseguro. Hemos invitado a autoridades y gente importante. Ernesto Sábato nos ha prometido que asistirá. Y en París estamos en tratos para que sea el propio Julio Cortázar quien me salude cuando me materialice en la Galerie Vivienne”.
            Un disparatado programa de televisión, de los que a mí me gusta ver antes de irme a la cama, me ha traído de nuevo a la memoria el experimento de mi amigo. Se titula Aliens y en él he vuelto a encontrarme con Erich von Daniken y con las líneas de Nazca y la constelación de Orión y las calaveras de cristal y los agujeros de gusano.
            Hablando de estos últimos oí mencionar de pronto, para sorpresa mía, el exitoso experimento de un investigador español en 1976. ¿Sería el de mi amigo?
            “Un agujero de gusano –explicaba un supuesto físico de no sé qué universidad– es un atajo en el espacio-tiempo descrito por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad general.  También recibe el nombre de puente de Einstein-Rosen. Permite viajar en instantes de un planeta u otro, incluso de una galaxia a otra”.
            ¿Llevó a cabo o no mi amigo Rafa el experimento? La verdad es que yo me desentendí del asunto. Todo el mundo aplaudió aquel golpe tan limpio, tan educado, de los militares argentinos; en la dictadura española, había muchos que soñaban con una operación semejante. A Francisco Franco, le había sucedido el rey Juan Carlos, tras jurar defender los Principios Fundamentales del Movimiento, y el jefe de Gobierno, Carlos Arias Navarro, trataba de dar marcha atrás en sus tímidos intentos de apertura porque sentía que se le estaban yendo de las manos.
            La situación de España en general y la mía en particular eran lo suficientemente complicadas como para quitarme de la cabeza los disparates de mi amigo Rafa Ablanedo, de quien perdí la pista, disparates que todavía siguen siendo tomados en serio en el canal Historia o incluso en el presuntamente más riguroso National Geographic.



DOS DE AZÚCAR

Un acontecimiento inesperado, uno de esos azares que no caben en la ficción realista, que gusta de la verosimilitud, me ha llevado a pensar que el experimento previsto para el día 24 de marzo de 1976 se llevó a cabo y que quizá tuvo éxito.
            Estaba yo hojeando el diario El Comercio, como cada domingo, en la cafetería Dos de Azúcar, en el Fontán, cuando frente a mí, en la mesa común, se sentó una pareja de turistas que hablaban con acento argentino. Traían con ellos una edición reciente de Operación masacre, de Rodolfo Walsh, uno de los desaparecidos de la dictadura, y ese fue el pretexto para iniciar la conversación.
            Hablamos de Buenos Aires y de las librerías de la Avenida Corrientes y del Pasaje Güemes. “Mi padre –dijo la mujer– desapareció ahí el mismo día del golpe. Mi padre era asturiano, de Avilés”.
            Y supe así, de los labios de una de sus protagonistas, cómo había acabado aquella historia de hace cuarenta años. María Ablanedo tenía entonces solo dos años. Pero se lo había oído contar a su madre una y mil veces.
            El día del golpe, aplauso y alivio en público y secreto terror en muchas casas. Aquella misma noche se llevaron, por lo general para siempre, a estudiantes, sindicalistas, profesores de los que se sospechaba alguna simpatía hacía los subversivos, que también celebraron el golpe, que esperaban desde hacía tiempo, allá en sus campamentos remotos y en sus guaridas clandestinas.


LO QUE ME CONTÓ LA HIJA

El armatoste de hierro y de cristales, con sus válvulas y sus lucecitas que se encendían y se apagaban, estaba ya armado y listo para utilizarse en uno de los locales del Pasaje Güemes. Aquel día en que medio país temblaba y el otro aplaudía mi padre se empeñó en salir de casa y seguir con el plan previsto. Mi madre suplicó en vano. “Lo tengo todo preparado y bien preparado –decía–, será un éxito mundial, mañana apareceré en la primera plana de todos los diarios”.
            Y hasta allá fue, sin que nadie le detuviera, sin que nadie le preguntara nada en un Buenos Aires que retemblaba bajo las botas de los militares y todavía no podía ni imaginarse el horror que se avecinaba. Nadie esperaba, por supuesto, en el local del Pasaje Güemes. Él ya suponía que Ernesto Sábato no se habría atrevido a desplazarse hasta allí, pero confiaba en encontrarse al menos con un puñado de curiosos. No todos los días se lleva a cabo la confirmación de una de las hipótesis más aventuradas de Einstein.
            Antes de cerrar mi padre la puerta de  aquella especie de cápsula, pudo contemplar a una patrulla militar que avanzaba por la galería, quizá en su busca.
            No volvimos a ver a mi padre, desapareció en Buenos Aires como había previsto. No lo volvimos a ver, pero unas semanas después recibimos una carta desde París. Era suya, inconfundiblemente, como las que la siguieron, también manuscritas. Luego cesaron y ya no tuvimos más noticias de mi padre.         
            ¿Desapareció en París, sin dejar rastro, en un París al que había llegado pocos instantes después de desaparecer en Buenos Aires? En la primera carta nos decía que le habían recibido docenas de periodistas, que incluso el “larguirucho” Cortázar –ese adjetivo empleó– no había querido perderse el acontecimiento.
            Pero ningún periódico informó de ello ni nadie fue capaz de darme noticia de mi padre cuando fui a París en su busca.



            

domingo, 30 de julio de 2017

Serpientes de verano: Pessoa, la Virgen de Fátima y un premio amañado



Al fondo del café, alargado y estrecho como un vagón de ferrocarril, un hombre solo, con el sombrero y el abrigo puesto, fuma abstraído; de vez en cuando anota algo en un papel arrugado. Tiene unos cuarenta y cinco años, pero aparenta muchos más.
            Hasta él, sin que se dé cuenta, se acerca un caballero orondo, elegantemente trajeado, que despierta la curiosidad de los otros clientes: levantan sus ojos de las cartas o de la copa o del periódico y se le quedan mirando. Es el hombre del día. Hace poco, en el Diario de Notícias, ha entrevistado largamente a la Esfinge, al hombre providencial que, oculto en su despacho, solo con aplicar al presupuesto las operaciones elementales de sumar, restar, multiplicar y dividir, estaba sacando al país del abismo.
            ––Perdone, maestro, que le interrumpa. Vengo a darle una buena noticia y a pedirle dos favores.
            Al escuchar la voz, el hombrecillo triste levantó la vista; tras esbozar una sonrisa, con un gesto le indicó que se sentara.

UNA AMISTAD DEL TIEMPO DE ORPHEU

Las relaciones entre António Ferro, el Goebbels del Estado Novo, y Fernando Pessoa, el poeta de los heterónimos, ya bien conocidas, adquieren matices inéditos a la luz de los papeles inéditos de Almada Negreiros recientemente publicados por la Fundación Gulbenkian.
            António Ferro era un jovencito ambicioso cuando se acercó al grupo de Orpheu, la revista que en 1916 renovó la literatura portuguesa. En el segundo número, llegó a figurar como director porque, tras el escándalo del número inicial, nadie quería dar la cara. Los verdaderos directores, como es bien sabido, eran Pessoa y Sá-Carneiro. De António Ferro, autor de un mal libro de versos, Missal de Trovas, ansioso por figurar, todos se burlaban un poco. Algo después descubriría a Gómez de la Serna y sería el primero en greguerizar en portugués: “Lo mejor de la Venus de Milo son los dos brazos que le faltan”.


DOS FAVORES

––La buena noticia es que Salazar ha creado el Secretariado de Propaganda Nacional y me ha encargado que lo dirija. Tiene mucho interés en conocerle, maestro. Hemos de preparar el encuentro. Cuando a usted le venga bien. El jefe de Gobierno, alma de la nación como usted lo es de la literatura, tendrá siempre tiempo para recibirle.
            El primer favor es que prepare usted por fin un libro y lo presente al premio de Poesía, uno de los cinco grandes premios que pienso crear. Está dotado con cinco mil reales, cinco contos, no hay premios así ni en Francia ni en España. El primer premio será para usted, sin duda alguna.
            El segundo favor es un poco delicado. ¿Recuerda nuestra conversación cuando leímos en O Século el artículo de Avelino de Almeida? El sol había danzado sobre los miles de peregrinos que esperaban la aparición de la Virgen y usted sonrió y dijo: “Pues el sol de Fátima debe de ser distinto del de Lisboa porque aquí nadie le ha visto moverse”.
            “¿No cree usted en los milagros, maestro?”, le pregunté. “Creo que hay mundos que desconocemos, enigmas a los que la ciencia no sabe responder. Tengo una tía aficionada al espiritismo y más de una vez he participado en las sesiones que se celebran en su domicilio. Al principio era un tanto escéptico, pero poco a poco comenzaron a ocurrir cosas. Yo mismo comencé a ser medium. Estaba una vez en casa, de noche, recién llegado de A Brasileira, cuando mi mano pareció moverse sola, tomó pluma y papel y trazó la firma de Manuel Gualdino da Cunha; luego, varias líneas sin sentido y series de números. No le di ninguna importancia. Lo extraño es que poco después comencé a ser vidente, a tener visión astral y visión etérica. Veía el aura magnética de las personas y de mí mismo, irradiándome de las manos. Llegué incluso a ver el esqueleto de un individuo por debajo del traje y la piel cuando me encontraba en el Rossio. También era capaz de estar en dos sitios a la vez. Cuando el pobre Sá-Carneiro se suicidó allá en su cuarto de París, yo estaba aquí en Lisboa y al pie del lecho, viéndole tomar el veneno sin poder hacer nada. Creo que todo eso es anormal, en el sentido de poco frecuente, pero no antinatural. Hay mundos superiores al nuestros y habitantes de esos mundos en grados diversos de espiritualidad”.
            Yo no le creí, maestro, pensé que bromeaba conmigo. Y me ofrecí a ir hasta Fátima, entrevistar a los que decían haber visto a la Virgen y demostrar que todo había sido una estratagema de clérigos avariciosos que se aprovechaban de la ignorancia de unos niños para aumentar la devoción y los donativos.
            Usted se ofreció a acompañarme. Afirmaba sonriente que la Virgen, aquella señora de Galilea que había sido madre de Jesús, caso de gozar de la inmortalidad, tendría mejores cosas que hacer que plantarse encima de una encina y juguetear con el sol, pero suponía que podía haber algo, una presencia astral, seres de otro mundo.
            Allá fuimos los dos y a la vuelta escribimos un relato del viaje. Yo le entregué una copia del mío, pero el suyo no tuvo ocasión de leerlo, a pesar de lo interesado que estaba. El segundo favor que le pido, que lo haga desaparecer, es muy importante para mí. Yo entonces era un joven irreverente e incrédulo y dije cosas de las que ahora me arrepiento. Los obispos portugueses han consagrado Portugal a la Virgen de Fátima y Salazar me ha dicho que confía en ella más que en todos sus ministros y en toda su policía. Un pueblo que cree es un pueblo capaz de cualquier sacrificio. Si ese escrito mío sale a la luz, tendré que dejar mi cargo y no podré hacer por el país todo el bien que me siento capaz de hacer.

UN INÉDITO DE PESSOA

Durante bastante tiempo, se dudó de que Pessoa llegara a escribir ese informe de su viaje a Fátima, ya que no se encontró ningún rastro de él en el archivo y el poeta tenía la costumbre de conservarlo todo.  Inesperadamente ha aparecido una copia dactilografiada entre los papeles de Almada Negreiros. Los estudiosos dudan sobre su autenticidad. Jerónimo Pizarro, que la ha analizado letra a letra, afirma que ha sido escrita con la misma máquina que otros textos del poeta, lo que si no la confirma del todo (Pessoa no tenía máquina de escribir propia, utilizaba las de las oficinas en que trabajaba), la vuelve bastante verosímil.
               António Ferro –escribe Pessoa–, admirador de Marinetti, como Álvaro de Campos, alquiló un automóvil y en él, a pasmosa velocidad, nos dirigimos a Fátima. Se averió dos veces, pero las dos tuvimos suerte y conseguimos ponerlo en marcha. Yo, que desde mi vuelta de Pretoria apenas había salido de Lisboa, me sentía como un explorador, un Stanley o un doctor Livingstone, supongo.
            Al llegar a la población, decidimos que cada uno haría el inquérito por su cuenta. Ferro, cuaderno y lápiz en mano, fue en busca de los pastorcitos. Yo comencé a sentirme un poco mareado, tras el ajetreo del viaje, y busqué un lugar en que sentarme. Lo encontré en un pequeño muro, en una calle apartada, a la sombra de un árbol.
            En seguida noté que no estaba solo, aunque no había nadie cerca. Lo que me rodeaba fue cambiando de color, hasta quedar en un sepia de fotografía antigua. Y entonces apareció una mujer vestida de blanco, con una túnica de bordes dorados. Sonreía. “¿Eres la Virgen?”, le pregunté. Siguió sonriendo sin decir nada.
            De pronto, un sonoro rebuzno seguido de varias maldiciones y la aparición desapareció. Distraído, había avanzado hasta el medio de la calle y casi me había atropellado un burro que cabalgaba un campesino. “¡A ver si andamos con más cuidado, pasmarote!”, dijo el Sancho Panza.
            Yo estaba como borracho sin haber probado una copa. Caminé hasta un descampado; parecía que alguien guiara mis pasos. Y allí me sorprendió una gran esfera metálica, con ventanas redondas, como las de los barcos. Se abrió una portezuela y bajaron dos hombrecillos. Se pusieron a mi lado y me invitaron a acompañarles.
            ¿En qué lengua hablaban? En ninguna. No abrieron la boca, pero yo sabía claramente lo que querían. Entré con ellos en la nave esférica. Sobre una mesa, tendida, desnuda, estaba la mujer que había visto antes. Pero no era una mujer, sino una especie de muñeco animado. Un boquete abierto en el vientre, permitía ver las ruedecillas, las tuercas y los muelles metálicos de su interior. Junto a ella, como el médico que hace una autopsia, con un bisturí en la mano, había un individuo que me pareció reconocer. Lo miré fijamente y, aunque estaba más delgado, no tuve ninguna duda: era Sá-Carneiro, el amigo que se había suicidado en París. Me miró a los ojos fijamente, como para hipnotizarme, luego me los cerró suavemente y yo quedé profundamente dormido.
            Me despertó Ferro, bajo el árbol en que me había sentado a descansar, ya anochecido. “¡Qué susto me ha dado! No le encontraba por ninguna parte. Y luego le veo aquí, como muerto”.
            Me puse las gafas, que se me habían caído, le tranquilicé y le pregunté qué tal le había ido en sus indagaciones. “¡Una estafa bien tramada, una engañifa! Traigo las pruebas. Los niños son unos inocentes que dicen lo que quieren que digan el cura y su ama, que lo han tramado todo. Tengo las pruebas”.


AQUEL DÍA DE 1933

Aquel día de 1933, en que fue a buscarlo al Martinho da Arcada, António Ferro quiso acompañar a Pessoa hasta su casa. “No es ninguna molestia, maestro. Déjeme que disfrute de su compañía. El Quinto Imperio, el imperio cultural del que tanto ha hablado, está cerca. Portugal volverá a ser grande. ¿Recuerda los versos con que termina su poema a Sidónio Pais, el presidente-rey brutalmente asesinado, esos versos que hablan de un lejano clarín matinal que anuncia el regreso de don Sebastián? Pues ha llegado la hora. António de Oliveira Salazar es el deseado y yo soy su heraldo. Los mejores intelectuales de Europa le apoyan. Estoy en contacto con Valery, con Maeterlinck, con Unamuno. Y de mi maestro Pessoa espero el libro que cante la gloria de Portugal, el nuevo Os Lusiadas”.
            Pessoa trató de cortarle el paso, pero fue inútil. Entró en el cuarto y se puso a buscar entre sus papeles. “Poemas de Reis, de Campos, de Caeiro, cuántas maravillas, maestro. Europa caerá a nuestros pies deslumbrada cuando esto comience a salir a la luz. Desde el Secretariado de Propaganda Nacional nos ocuparemos de ello. ¿Pero dónde está el informe sobre Fátima que le entregué hace años? Usted lo guarda todo, maestro. Dígame dónde está. Debo destruirlo. Si sale a la luz, se acaba mi carrera política y con ella el futuro glorioso que espera a Portugal”.
            ¿Hizo Pessoa desaparecer el escrito de António Ferro? No se ha encontrado ni rastro en el “espólio”.  Y Ferro cumplió su palabra: el poeta recibió cinco mil reales –una pequeña fortuna entonces– por su libro Mensagem, a pesar de haber sido descalificado al no cumplir con el número de páginas requerido.




domingo, 23 de julio de 2017

Serpientes de verano: Anatomía de un asesinato


 El 22 de diciembre de 1870 moría Gustavo Adolfo Bécquer en su casa de la calle Claudio Coello; el 30 de diciembre de 1870 moría don Juan Prim, presidente del Gobierno, como consecuencia de las heridas recibidas tres días antes en la calle del Turco. Nadie hasta hoy ha señalado ninguna relación entre esas dos muertes. Yo tuve que desplazarme hasta un pueblo de Cáceres perdido en la montaña, Castañar de Ibor, para encontrarla.
            La historia había comenzado pocos meses antes, en febrero, y en la ciudad de Bayona. Allí, en un café que abría sus puertas bajo los soportales de la Rue del Port Neuf, se reunieron cinco españoles, emigrados por causas distintas: García Jiménez era carlista; Castelles, isabelino; Enrique Sostrada y Pedro Acevedo, republicanos; el quinto, José López, que desde el principio llevó la voz cantante, se declaraba independiente. Es quien los convoca y les propone crear una sociedad política, “La Internacional”, que tiene por objetivo llevar al duque de Montpensier al trono de España. De todos los candidatos, era el que tenía fama de ser el más generoso con sus partidarios.
            Lo primero que hace la sociedad es dirigirle una carta ofreciéndole sus servicios. La firma un inexistente Faustino Jáuregui, pero la redacta José López (durante el proceso por la muerte de Prim se sabrá que no era su verdadero nombre); la respuesta debe ir dirigida a Madame Luz. No se hace esperar y viene redactada por el propio duque. Dice que se ha resignado a ser rey de España para remediar las desgracias “de este pobre país”, y que por eso “está siempre dispuesto a recibir y a escuchar a todos aquellos que tengan esta misma idea”. Añade que irá a Madrid dentro de pocos días: “Madame Luz podrá venir y será recibida. Cuando las damas piden, nunca se las hace esperar”.
            La falsa señora Luz, o sea, el falso José López, se entrevistó primero con Topete, un de los héroes de Alcolea, que le dio una tarjeta para el duque, quien le recibiría en su residencia de la calle Fuencarral. El aspirante quedó muy complacido de la reunión y puso a José López en contacto con su ayudante, Solís y Campuzano. A partir de septiembre comenzaron a llegar a Madrid los asesinos contratados para acabar con la vida de Prim.
            En el sumario por su muerte, se conserva una carta dirigida por otro de los conspiradores de Bayona, Enrique Sostrada, a un amigo que trabaja en las minas de Puertollano: “¿Dispone usted de dos o tres hombres de los que vulgarmente se dice que pegan una puñalada al sol del mediodía? Ya puede usted comprender cuando le quiero decir. Si los tiene, puede usted mandármelos a Madrid para cuando nos vayamos, remitiendo a usted lo necesario. Esta clase de hombres no deben embriagarse jamás, ser tan reservados como estatuas y, a ser posible, libres de familia”.
            Pero ninguno de esos asesinos fue el asesino de Prim. El dudoso honor estaba reservado a José Paúl y Angulo, hijo de ricos bodegueros jerezanos que había ido a Londres por negocios y allí había quedado fascinado por la personalidad de Prim. Fue su más ferviente partidario, le acompañó en su regreso a España, estuvo a su lado durante la lucha, celebraron juntos el triunfo de septiembre del 68. La rotunda negativa de Prim a la solución republicana supuso la ruptura entre ambos.

CALLE DEL TURCO

En 1870, Paúl y Angulo, diputado en las Constituyentes, dirigía El Combate, el más feroz de los periódicos de la oposición. El 23 de diciembre anunciaba en primera página el cambio de “la pluma por el fusil”.
            Prim reconoció su voz, que estaba harto de oír en la tribuna de los diputados, arengando a los asesinos que habían fallado en el primer intento.
            La historia es bien conocida. Son las siete y media de la tarde de uno de los más fríos días de diciembre cuando, tras la finalización de una larga sesión en las Cortes, Prim sube a su coche para dirigirse al Ministerio de la Guerra,  donde tenía su sede la Presidencia del Gobierno. Sigue el camino habitual por la Calle del Turco. Cerca ya de Alcalá, dos vehículos le cierran el paso. Tras ellos surgen ocho o diez hombres embozados que rodean el coche el general por ambos lados. El conductor advierte que uno de ellos trata de sacar un trabuco, enredado en la capa. Solo tiene tiempo de decir “Cuidado, mi general!”. Un primer disparo, estallido de cristales, Prim resulta ileso.
            No era la primera vez. Prim sabía que se conspiraba contra su vida, pero se creía invulnerable. Todos los intentos de acabar con él habían resultado frustrados. Quienes debían protegerle se habían contagiado de su confianza y bajaron la guardia.
            Esa misma mañana, el director de La Discusión le ha entregado a uno de los íntimos del general, Ricardo Muñiz, la lista de los ejecutores materiales del atentado. Prim no le da importancia, pero se la pasa al gobernador. Poco antes de que Prim emprenda su último recorrido, el director del periódico se acerca a Ricardo Muñiz muy angustiado: los asesinos siguen libres. El gobernador dirá después que no hizo nada porque no creyó en esa denuncia, una de tantas, y porque el primer nombre era un diputado, contra el que no se podía proceder sin solicitar un suplicatorio.
            Prim salió ileso del primer disparo. La suerte le acompañaba. Los asesinos, no ajenos al temor reverencial ante el héroe, están a punto de huir. Y entonces suena una voz que Prim reconoció de inmediato. Era la voz de alguien que había sido casi un hijo y llevaba tiempo insultándole desde la tribuna: “Fuego, cojones, fuego!”. Suena una descarga por el lado derecho. “¡Ahora vosotros”. Y la descarga llega del lado izquierdo.
            La historia de España, en ese momento, da un quiebro. Pero todavía pudo parecer que la suerte no estaba echada. El general sube por su propio pie las escaleras del Ministerio de la Guerra.
            ¿Sabía Paúl y Angulo que su feroz libelo radical, El Combate, estaba financiado por Montpensier? Quizá entonces no lo supiera, pero tuvo tiempo de enterarse en los largos años que vivió huido de España, sin atreverse a regresar ni siquiera en tiempos de la primera República, que nada tuvo que ver con el crimen, aunque la mano ejecutora fuera la de un republicano.


DON JOSÉ

            Pero no era don Antonio de Orleans, duque de Montpensier, el único que veía en Prim una valla para sus ambiciones. El 4 de enero de 1871, cinco días después de la muerte del general, un cabo del ejército, Francisco Javier Janini, compareció ante el juzgado para explicar que, pocos meses antes, había conocido en un prostíbulo a dos matones vizcaínos, que se habían hecho amigos, y que estos le habrían propuesto participar en un atentado contra Prim. Él aceptó en un principio y le presentaron a quien financiaba la operación, un tipo “alto, delgado, con las patillas rubias y quebrada la color”, al que conocían como don José. Arrepentido, no quiso tomar parte en la operación. La policía decidió buscar al misterioso don José. Las reuniones con él habían tenido lugar en el café de Correos. Allí se apostaron. El cabo lo reconoció nada más verle entrar. Lo siguieron hasta la Presidencia del Consejo de Ministros. Su nombre completo era José María Pastor, jefe en aquel momento de la escolta de quien había sucedido a Prim en la presidencia del Consejo, el general Serrano, duque de la Torre.
            Cuando Amadeo de Saboya, recién desembarcado, fue a dar el pésame a la viuda de Prim, le dijo que no pararía hasta dar con los asesinos. Y esta le respondió: “No tendrá que buscar muy lejos”. Detrás del monarca, se encontraba Serrano.
            Todas estas cosas las sabía yo, las sabíamos todos desde que  Antonio Pedrol Rius, tras estudiar los dieciocho mil folios del sumario, publicó en 1960  Los asesinos de Prim. También que cuando el duque de Montpensier se convirtió en el padre de la reina de España, al casarse Alfonso XII con María de las Mercedes, el caso fue sobreseído por falta de pruebas y todos los acusados quedaron libres.
            Lo que yo no sabía era el papel que Bécquer tuvo en todo esto. La revolución acabó con su buena fortuna como censor de novelas y protegido de González Bravo. Pero su suerte empezó a cambiar a comienzos de 1870. Le nombran director de La Ilustración de Madrid, le ceden un piso amplio y confortable en la calle Claudio Coello. ¿Pero qué tiene que ver eso con la muerte de Prim? Bécquer era partidario de la restauración borbónica y la consigna que había dado Cánovas era esperar, simplemente esperar.

CASTAÑAR DEL IBOR

Tuve que ir hasta Castañar de Ibor para aclarar el asunto. La comarca de los Ibores, al sudeste de la provincia de Cáceres, no resulta de fácil acceso, pero es uno de los lugares más hermosos que conozco. Castañar de Ibor asciende por la ladera de una montaña, coronado por la blanca torre de la iglesia, y ofrece una bella estampa al irse acercando por la tortuosa carretera. Me detuve en la parte baja del pueblo y entré en un bar. Solo había un cliente, además del camarero. Les pregunté por la calle Federico García Lorca, donde vivía quien se hacía llamar Roque Barcia –no me dijo su verdadero nombre– con quien yo llevaba tiempo intercambiando mensajes privados en Facebook a propósito de un tema que nos apasionaba a ambos, el asesinato de Prim. Él decía tener un documento que demostraba la participación de Bécquer y que el autor intelectual no era el duque de Montpensier, de quien todo el mundo sabía, menos él, que nunca podría ser rey de España tras haber matado en un duelo al infante don Enrique, hermano del rey consorte, primo de Isabel II, nieto de Carlos IV, aunque un Consejo de Guerra hubiera decidido que el balazo en la frente durante un duelo en Carabanchel había sido un accidente.
            Dejé a mi hermano y a mi sobrina, que me acompañaban en el viaje a Extremadura (yo no sé conducir) en el bar de la carretera, y ascendí las empinadas y laberínticas calles del pueblo hasta dar con la que llevaba el nombre del poeta. Pero no fui capaz de dar con la casa de Roque Barcia: el número que había anotado no correspondía con ninguno de esa calle.
            En el asesinato de Prim, participaron desde el principio, elementos borbónicos. Para las aspiraciones políticas de Cánovas, los enemigos no eran los republicanos, cuatro gatos enfrentados entre sí, ni Serrano, útil solo como florero; tampoco, contra lo que pudiera pensarse, Montpensier, que llevaba soñando con ser rey de España desde que intentó casarse con una adolescente Isabel II y tuvo que contentarse con su hermana. El peligro era Prim, que propugnaba el cambio de dinastía. La consolidación de Amadeo de Saboya, culto y liberal, habría supuesto el fin de cualquier aspiración restauradora.
            Cánovas no tenía prisa. El príncipe de Asturias era aún niño. Había que alentar a unos y a otros, dejar que se anularan entre sí. Serrano, el general bonito, acabó guardando la silla hasta que Martínez Campos le dio un empujón para poner en su lugar al joven Alfonso.
            En el asesinato de Prim, el dinero lo derrochó un iluso Montpensier, pero los hilos los movió Cánovas. Y Bécquer, en el último año de su vida, estuvo a sus órdenes. O eso afirma Roque Barcia, quien quizá algún día se decida a mostrar los documentos que lo confirman.
            Cánovas, por cierto, acabaría como Prim. Al azar le gusta fingirse justicia divina.




domingo, 16 de julio de 2017

Serpientes de verano: Lo que Baroja nunca contó


El pacto de agosto del 39 entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin sorprendió a todo el mundo menos a Pío Baroja.
            En un artículo de octubre de ese año publicado en La Nación, cuenta el motivo. Había ido de Vera a San Sebastián para una reunión de la Academia Española que iba a celebrarse en el Museo de San Telmo. Al salir de una droguería de la plaza de Guipúzcoa, le saludó un hombre joven, de buen aspecto. Por la manera de hablar, le pareció un donostiarra típico. “¿A dónde va usted?”, le preguntó el joven. “Voy al Museo de San Telmo, donde me han citado”. “Yo también voy para allá”. Le hizo una señal al chófer de un automóvil estacionado cerca y los dos se fueron caminando.
            Hablaron de etnografía e historia y de varios asuntos que interesaban al novelista. Pasaron después a los asuntos del día. El desconocido se expresaba con mucha libertad, Baroja con toda la cautela de quien había sido detenido por los requetés, había escapado a Francia y luego había vuelto a España sin tenerlas todas consigo.
            Se despidieron en la plaza de San Telmo, donde el desconocido, tras estrechar con fuerza la mano del novelista, subió a un automóvil, que se alejó a toda velocidad. “Por la cara del chófer, rubia dorada, cara de soldado germánico; por la matrícula del coche, que no era española ni francesa, pensé que aquel señor no era de San Sebastián ni mucho menos. Debía ser un alemán”, escribió Baroja en el citado artículo.
            Lo volvería a encontrar algún tiempo después, ya terminada la guerra civil y recién comenzada la mundial.         

CANCIONES DEL SUBURBIO

Del segundo encuentro de Baroja y el desconocido no teníamos noticia hasta ahora. Baroja, antes de regresar definitivamente a España (en 1937 pasó seis meses en Vera del Bidasoa), se detuvo unos días en Bayona. Era en 1940, tras la caída de Francia, cuando la alegría de unos, que pensaban que los alemanes venían a poner orden en el desbarajuste del Frente Popular, se mezclaba con la desolación de tantos, que huían de los invasores llenando las carreteras.
            Allí conoció Baroja a una muchacha de Bilbao, de la que se enamoró un poco, según su costumbre, y para poder verla todos los días se le ocurrió alquilar una máquina de escribir y dictarle durante un par de horas. Lo que le dictó fueron los poemas de Canciones del suburbio, su único libro de versos, ripioso, destartalado, pero lleno de encanto. Se publicaría en 1944 y Pedro Salinas, lo consideró una ofensa a la poesía.
            A mí me gustan mucho algunos poemas, como “Bayona de noche”, cuyos versos me vienen siempre a la memoria al acercarme a esa ciudad: “Por el puente de piedra / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.


UN LIBRERO DE VIEJO

La última vez que estuve en Bayona, hace pocos meses, caminando al azar  me encontré en una calle del barrio de Saint-Esprit, muy cerca de la neoclásica sinagoga, una librería de viejo que estaba escondida, tras un portal oscuro, al final de un largo pasillo. Los libros llenaban una especie de covacha, sin apenas luz natural, con una bombilla encendida que le daba no sé por qué el aspecto de cueva de alquimista.
            El librero, un viejo encorvado, de nariz ganchuda, tenía el aspecto de judío de caricatura, de los que aparecen a menudo en las páginas antisemitas de Baroja.
            Las librerías desordenadas me parecen las más propicias al hallazgo y al buen precio. No vi, sin embargo, en una primera ojeada, nada interesante en aquella: manoseadas ediciones de Pierre Loti, de Anatole France, mucho Maigret, aburridos best-seller, libros de esos que se amontonan en un cajón en la calle y se venden por un euro.
            Me iba a marchar, desilusionado, cuando el librero, que hasta entonces ni me había mirado, absorto en lo que parecía un manojo de facturas, alzó la vista y con un gesto me pidió que esperara. Entró en un zaquizamí y salió con una abultada carpeta de cartón sujeta con gomas.  Estaba llena de folios mecanografiados. La mayoría copias borrosas, de esas que se hacían con papel carbón. Eran poemas y algunas páginas en prosa. Estaban escritos en español. Quizá por eso el librero pensó que podrían interesarme (le había saludo en francés, pero reconocería mi acento).
            Puse un gesto que denotaba poco interés. De pronto comencé a leer un poema sin título y reconocí de inmediato al autor: “Son las diez de la noche, / el pueblo está desierto: / no hay un alma en las calles, / ni el menor movimiento. / Por el puente de piedra, / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.
            En el prólogo a Canciones del suburbio, escribe Baroja: “Al marcharme de Bayona dejé los papeles y algunos libros en casa de una familia casi desconocida, y pensé que unos y otros se perderían y ya no me ocuparía de ellos; pero todos me han seguido como perros fieles al amo”.
            Los textos que le dictó a la muchacha de Bilbao le fueron devueltos, pero algunas copias debieron quedar por allí y ahora estaban en mis manos. Los poemas me resultaban todos familiares, pero las prosas no. Quizá fueran inéditas.
            Junto a uno de los poemas, alguien había dibujado a lápiz un corazón atravesado por una flecha, quizá la propia mecanógrafa. El sentimentalismo de los versos me recordaba al cuento de Mari Belcha: “Adiós, amiga mía, / no nos veremos más; / el sino nos arrastra / a cambiar sin cesar. / Yo tengo que ausentarme, / usted se casará. / La suerte y la distancia / nos van a separar / impidiendo que siga / nuestra dulce amistad”.
            Se me ocurrió pensar que aquel anciano tímido y enamoradizo, que había visto derrumbarse su mundo, tenía en los primeros meses de 1940, cuando le dictaba sus versos a una muchacha de Bilbao la misma edad que yo tengo ahora.
            El librero había notado mi interés. Me miraba con ojos codiciosos. Le pregunté el precio y me respondió con cifra astronómica, seguramente para empezar el regateo. Pero a mí nunca se me ha dado bien regatear.
            No dije nada, me puse a hojear las páginas de prosa. Todo me resultaba familiar, seguramente eran copias de artículos que luego iría publicando. Pero de pronto unas líneas me llamaron la atención. En Bayona, había vuelvo a encontrarse con el desconocido de San Sebastián. Y lo que esta vez contaba me dejó estupefacto.
            Tenía que hacerme con aquellos papeles. Traté de regatear, contra mi costumbre, pero contra lo que me esperaba el librero, seguro de mi interés, dijo que el precio era fijo.
            Al ir a pagarlo, resulta que no aceptaba tarjetas de crédito. ¿Dónde iba a conseguir yo esa cantidad? Del cajero solo podía sacar seiscientos euros. Se encogió de hombros, me quitó la carpeta de las manos y volvió a sus ocupaciones sin mirarme ni responder a mi saludo cuando salí de la librería.
            En el hotel en que me alojaba, pensé que había tenido suerte, que mejor no gastarse una fortuna en copias borrosas de textos ya conocidos, que el que tanto me había llamado la atención quizá ni siquiera fuera suyo.
            Pero, en el fondo, yo sabía que lo era. Y que alguna alusión a ese asunto hay en las páginas de Juan Benet o de Marino Gómez Santos sobre las tertulias de los años cincuenta en la calle Ruiz de Alarcón, cuando Baroja tenía ya un poco ida la cabeza. Quizá por eso no dieron ninguna importancia a aquella historia.
            De la que yo anoté lo que recordaba aquel mismo día, tratando de ser lo más preciso posible en los detalles, y que resumo ahora a la espera de que quien se hizo con la carpeta (volví meses después a Bayona y ya se había vendido) se decida a publicar unas páginas que, sin duda, serán noticia de primera página.


EL SEGUNDO ENCUENTRO

“El insomnio es un antiguo compañero mío. Me quedo leyendo hasta tarde y luego me entretengo en fantasías hasta que llega el sueño o llega la mañana. Pero hay veces en que esas imaginaciones se vuelven desagradables, uno da vueltas sin encontrar una postura cómoda, y entonces salta de la cama, se viste de cualquier manera y sale a la calle a tomar el aire.
            En Bayona, donde esperaba el momento de poder volver a España, yo había tenido suerte. Había salido de París poco antes del gran éxodo y pude viajar con cierta comodidad. El cuarto que alquilé, a un precio no excesivo, era bastante bueno, con una gran ventana que daba sobre un jardín de una villa vecina. Estaba en el camino de Marrac, muy cerca de los negros muros ruinosos donde los Borbones se entrevistaron con Napoleón. Había pagado dos meses por adelantado, pero pronto, con la gran afluencia de refugiados, los precios se multiplicaron tanto que el dueño buscó un pretexto para echarme. No sabía dónde ir.
Salí a dar una vuelta aquella última noche. Cuando quise darme cuenta, los pasos me había llevado delante de la casa donde se alojaba una amiga mecanógrafa. Parece que tampoco podía dormir porque, a través de una ventana abierta, creí oír su voz cantando una canción vasca: “Uso zuriya errazu”. En español dice así: “Paloma blanca, / di a dónde vas. / Los montes de España / están llenos de nieve, / esta noche tu albergue / tienes en mi casa”.
            Se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé por qué. Verdad es que los viejos tenemos dentro del pecho corazón de niño. Y fue entonces cuando noté una mirada fija en mí. Me limpié las lágrimas avergonzado.
            Lo reconocí cuando me tendió la mano, sonriente. Era el desconocido de San Sebastián. Se puso a hablar conmigo como si siquiera la conversación de entonces, como si no hubieran pasado tres años terribles. Yo, recordando su atinada profecía de entonces, le escuchaba con mucha atención. Me dijo que los alemanes iban a poner orden en el mundo, que la guerra duraría unos meses, que los judíos dejarían de ser un problema. “Pero lo seguirán siendo los comunistas”, dije yo. “Pronto dejarán de serlo. Alemania invadirá Rusia y de la noche a la mañana aquello se convertirá en un feliz protectorado”.
            Me atreví a preguntarle quién era, cómo sabía esas cosas, por qué me las contaba. Sonrió, tenía una sonrisa seductora, como de galán de cine. “Da igual que en ayuda de Francia vengan Inglaterra e incluso Estados Unidos. A Alemania la estamos enseñando a preparar armas que no han sido vistas nunca en este planeta”.
            Caminando habíamos llegado hasta la gran plaza del teatro, donde se juntan los dos ríos. En el centro había un vehículo oscuro, con las luces apagadas. El desconocido, que me dijo era ingeniero, y que sonrió cuando le pregunté cómo hablaba también español siendo alemán, se despidió de mí. Luego entró en lo que yo creía un raro automóvil, pero que de pronto se elevó en vertical, giró hacia la derecha y desapareció como una exhalación. O estaba soñando o acababa de ver una nave de otro planeta, como en una novela de H. G. Wells”.


sábado, 8 de julio de 2017

Serpientes de verano: Borges en Taormina



Había estado yo leyendo la noche antes un libro de Borges que desconocía, Veinticinque Agosto 1983, publicado en Italia (ignoro si hay edición española) en 1979, cuando cumplió ochenta años, y en el que anticipaba su suicidio, y de pronto me sorprendió su silueta inconfundible, apoyado en el bastón, la cabeza alta, como observando atentamente la silueta nevada del Etna que se alzaba frente a él.
            Era a comienzos de 1984, yo había estado los últimos meses un tanto retirado e ignoraba si aquella profecía se había cumplido o no. Cerré un momento los ojos, como ante una imagen ilusoria. ¿Qué iba a hacer Borges solo en una plaza de Taormina aquella desapacible mañana de invierno?
            Me acerqué cauteloso. Inmóvil, parecía una de esas estatuas hiperrealistas que por entonces comenzaban a ponerse de moda. Sorprendentemente, como si su ceguera fuera fingida, notó mi presencia y me hizo un gesto para que me sentara a su lado. Comenzó a hablar muy despacio, con un borroso tartamudeo. Me costó al principio entender lo que decía.
            ––¿Tiene usted papel y lápiz? Acabo de recordar una historia que leí hace tiempo en los Anales de primavera y otoño, de Lu Bu We , y que me olvidé de dictarle a Adolfito cuando preparábamos la antología Cuentos breves y extraordinarios.
            Por un momento pensé que no era Borges, que era un actor que hacía el papel de Borges, como me ocurrió una vez en el Chiado lisboeta con Pessoa. Pero saqué mi moleskine, el bolígrafo y me dispuse a escribir.
            Pronunciaba cada frase muy despaciosamente, repitiéndola varias veces. Me recordó a los dictados que hacíamos en la escuela.

ENTRE DOS DEBERES

            Un noble señor se paseaba a caballo por el bosque. Al llegar a un puente, su caballo se espantó y no quiso seguir adelante. El noble le dijo entonces a Tsing Ping, su criado:
            ––Ve a ver qué pasa. Parece que hay un hombre escondido.
            Tsing Ping avanzó unos cuantos pasos y vio a su amigo Yu Yang al acecho, con un arma en la mano.
            ––Abandona a tu amo, tengo una cuenta que ajustar con él.
            ––De jóvenes fuimos los mejores amigos y me hiciste grandes favores. Si algo tramas y yo lo delato, falto a mi deber de amigo. Pero quieres causarle un daño a mi señor. Si no le advierto, falto a mi deber de sirviente. Un hombre en mi situación no tiene más remedio que morir.
            Dicho esto, se retiró y se suicidó.



REMORDIMIENTO

            ––¿Usted cree que yo debería suicidarme, como ya conté en un cuento? Apoyé el gobierno de unos caballeros que venían a poner orden en mi país, enfangado por las hordas peronistas. Luego resulta que no lo eran tanto y robaron niños y torturaron inocentes. ¿Tengo yo las manos llenas de sangre por haberlos aplaudido y no haber hecho nada cuando a mi apartamento de la calle Maipú comenzaron a llegar los siniestros rumores? Alguna vez asistió a mis conferencias algún coronel o general y yo le di la mano y lo consideré un gran honor. Y seguramente se iba después a la Escuela de Mecánica de la Armada, o a cualquier otra sucursal del infierno, a disfrutar con sus fechorías. No sé por qué le cuento esto, que nunca he contado a nadie. Pero a veces, ¿recuerda usted la película de Hitchcock Extraños en un tren?, le contamos a un desconocido lo que no nos atreveríamos a contar a nuestro amigo más íntimo.
            Luego se quedó en silencio, como admirando el panorama. Al frente, la mole del Etna, blanca y rosa, con una fumarola en la cumbre que se difuminaba en el azul del cielo; a un lado, las villas que escalaban la ladera de la montaña; al otro, el hondo valle y la bahía surcada por algún velero.
            Iba ya a despedirme, cuando comenzó de nuevo a hablar.

CONFIDENCIAS

            ––¿Está usted casado? Yo lo estuve y preferiría pegarme un tiro antes de volver a cometer semejante estupidez. Afortunadamente ya soy viejo, muy viejo, y eso trae muchas desventuras pero también nos aleja de ciertos peligros. Para nosotros los argentinos, ¿sabe usted?, la amistad es quizá más importante que el amor.
            ¿Le gustan a usted las historias de Sherlock Holmes? Yo ahora ando dándole vueltas en la cabeza a un poema que quiero dedicarle: “Es casto. Nada sabe del amor. No ha querido. / Ese hombre tan viril ha renunciado al arte / de amar. En Baker Street vive solo y aparte”.
            Digo que vive solo, pero no es verdad. Vive con John Watson. A mí siempre me ha gustado vivir de la misma manera. Tuve diversos Watson, que alguna vez fueron mujeres. Pero con una mujer la amistad siempre está a punto de echarse a perder. Suelen acabar buscando el contacto físico, que a mí me parece poco higiénico y nada desagradable. Con la amistad viril no se corre ese riesgo.
            En el peor momento de mi vida, cuando me sentía más desdichado, cuando había cometido el peor de los pecados que un hombre puede cometer, casarme, y no sabía cómo escapar de aquella trampa, encontré en Massachusetts a uno de mis Watson. Gracias a él volví a escribir cuentos. Recuerdo, como uno de los momentos más felices de mi vida, las tardes que pasábamos en el despacho de la Biblioteca Nacional traduciendo conjuntamente mis libros al inglés o escribiendo a dos manos mi autobiografía.
            Cuando yo me escapé de casa, como un delincuente, ¿se lo podrá usted creer?, él estaba allí, apoyándome. Los dos estuvimos escondidos durante toda una semana, primero en Córdoba, luego en Coronel Pringles, mientras los abogados tramitaban la separación. Recuerdo cómo temblaba yo en el aeropuerto, al retrasar el vuelo el mal tiempo. De un momento a otro, temía ver aparecer en la sala de embarque a la mujer con la que me había casado, gritar mi nombre, tomarme de la oreja, llevarme a casa a empujones como a un niño malcriado. Me trataba así.

LA PAREJA PERFECTA

            ––¡Sherlock Holmes y John Watson, esa sí que es una pareja perfecta! ¡Trabajar juntos en ejercicios de inteligencia y tener cerca a la señora Hudson o a la fiel Fanny para las tareas domésticas!
            ¿Se ha dado usted cuenta de que, en las historias de Conan Doyle, lo que menos nos importa es la solución del enigma? Es el defecto de las novelas policiales, a las que en un tiempo fui tan aficionado. Demasiadas páginas para resolver un acertijo. Lo que nos interesa es la relación entre Holmes y Watson, su desinteresada amistad, su complementariedad. Algo así ocurre con el Quijote, escrito un poco a la diabla, lleno de páginas tediosas (que me perdonen los cervantistas), pero que se salva en cuanto el hidalgo y Sancho se ponen a hablar. No nos cansamos de escucharles. Lo que les pase nos da un poco lo mismo, siempre que les pase a ellos. Por eso Holmes y Watson siguen vivos, pueden aparecer en el cine, en el teatro o en la televisión, protagonizar modernas aventuras. Como el mito, son de todos los tiempos, no de la Inglaterra victoriana.

PESADILLA

            Yo escuchaba todo con mucha atención, pero no tomaba notas. La hoja con el texto que Borges me había dictado la arranqué del cuaderno y se la entregué. La guardó, arrugada, en uno de sus bolsillos. No sé hasta qué punto soy fiel a lo que le escuché entonces.
            ––Rubén Darío contó en un artículo cómo se encontró con Sherlock Holmes en Venecia y la aventura que le ayudó a resolver. No sé si conoce usted esa historia. Apareció en una de las crónicas de La Nación, pero luego no en ninguno de sus libros. Adolfito (perdone, yo siempre le llamo así, quiero decir Bioy Casares) me pasó la página amarillenta. El poeta sufrió persecución toda la vida por parte de una mujer con la que había cometido el error de casarse. Bueno, fue un crimen, no un error. Los primos o los hermanos de ella, no sé bien, le emborracharon y le obligaron a casarse a punta de pistola. La mujer se llamaba Rosario Murillo y, al parecer, cuando se encontró con Sherlock en el Florian llevaba una de sus cartas en el bolsillo. Me han leído esas cartas, llenas de insultos, amenazas y faltas de ortografía: “El hijo de tu querida no es tuyo porque dicen que corresponde a la fecha en que ella estuvo sola en París. A ella no la envidio, tener un amante que comete adulterio y estar expuesta a que a las seis de la mañana me presente yo con un comisario para constatar el adulterio y que la envíen a la cárcel no es ser feliz”. La vida de Rubén, por culpa de esa mujer, fue un cuento de terror. Como estuvo a punto de serlo la mía.
            Si tardé en separarme, si aguanté tanto, una eternidad, casi tres años, fue porque me temía que si la dejaba la tendría luego el resto de mi vida persiguiéndome, interrumpiendo mis conferencias, castigándome al cuarto oscuro como a un niño malcriado.
            La aventura de Sherlock en Venecia tenía que ver con el pretendiente carlista, que cometió el error de volverse a casar con una mujer más joven, una mujer que puso todo su empeño en enemistarle con los hijos y apartarle de la causa. Valle-Inclán, con quien coincidí una vez en el Regina, la llamaba  “el ángel malo del carlismo” y también otras cosas malsonantes que prefiero no repetir. En cuanto murió don Carlos, vendió a mejor postor todas las reliquias que guardaba en el palacio de Loredán.
            Yo cometí el error de casarme una vez y en mis pesadillas vuelvo a hacerlo. Mi Watson de estos años se quita la careta en el sueño y es una ambiciosa mujer que, una mañana, sin avisar a nadie, ni a mí siquiera, me cambia de casa, de ciudad, de país. Me impide comunicarme con cualquiera de mis amigos, echa a Fanny del apartamento donde convivió treinta años conmigo y con mi madre, se queda como un cancerbero a la puerta de mi celda mientras yo agonizo. Pero también tengo sueños más agradables, con final felia. Suena una música, como en las películas que veíamos de niño, y aparece Adolfito o Di Giovanni o Alifano la apartan de un empujón y me devuelven de nuevo a las calles de Buenos Aires.

CASTIGADO     

            Volvió a callar y a contemplar fijamente, o eso me pareció a mí, la mole cercana, casi a alcance de la mano, del volcán.
            ––¿Recuerda la historia de Empédocles? Se arrojó al Etna para que no se encontrara su cadáver y le creyeran un dios. Pero aparecieron sus sandalias y se vio que era solo un pobre hombre con ansias de gloria. Si yo decidiera ahora arrojarme al cráter, como el filósofo, ¿me ayudaría usted a llegar hasta allí?
            Yo me quedé mirándole, muy serio, pero él soltó una carcajada. “No haga caso, estaba bromeando”.
            Una mujer joven, de rasgos orientales, apareció de pronto y se lo llevó a empujones, sin mirarme, sin decir una palabra. Borges, antes de alejarse, tuvo tiempo de susurrar: “Cuando se enfada porque salgo sin ella, luego para castigarme no me habla”.


domingo, 2 de julio de 2017

Serpientes de verano: Sherlock Holmes en Venecia



 En los veranos de antes, cuando las vacaciones duraban tres meses, la actualidad también se iba de vacaciones. No ocurría nada importante, pero los periódicos tenían que seguir llenando páginas. En su ayuda solía venir un monstruo entrevisto en el lago Ness, una oleada de avistamientos Ovnis, un crimen misterioso con marqueses y mayordomos implicados.
            El verano de 1967 se habló mucho de un artículo perdido de Rubén Darío que refería el robo en Venecia de unas joyas de la familia real española y la intervención de Sherlock Holmes. Una de esas joyas, por cierto, ha vuelto a ser usada recientemente por la actual reina de España.
            Fue Amando Lázaro Ros, editor en España de la aventuras de Sherlock Holmes, quien dio noticia de ese artículo inédito que contaba el encuentro de poeta y detective en la ciudad de Venecia.
            Estaba destinado al libro Tierras solares, de1904, en principio dedicado a un viaje por tierras andaluzas. Como al editor, Gregorio Martínez Sierra, le pareció que quedaba un volumen de pocas páginas, se le añadieron otros artículos viajeros, entre ellos dos sobre Venecia. Pero en la edición final solo aparece uno; el otro fue retirado en el último momento para no herir sensibilidades. Lázaro Ros lo resumió en una tercera del ABC, pero no lo publicó íntegro, por lo que algunos –Pere Gimferrer entre ellos– lo consideraron apócrifo. Pero el artículo existe –pronto aparecerá en Ínsula– y, si lo que cuenta es ficción, fue el propio Rubén Darío quien la dio como cierta.

UN ENCUENTRO EN EL LIDO

Antes de encontrarse con el detective, se tropezó Rubén con los otros protagonistas de la historia: don Carlos de Borbón, el pretendiente carlista, y su esposa, doña Berta de Rohan. Fue en el Lido, a donde llegaron en “una especie de automóvil marítimo”, uno de los primeros barcos con motor que circularon por la laguna. Aquella modernidad le pareció al poeta una profanación al recuerdo ilustre de Lord Byron, que se llegaba hasta allí a nado para luego cabalgar incansable de un extremo a otro de la alargada isla. La pareja real parecía una pareja de acomodados turistas a la moda: “ella muy elegante, muy parisiense, él muy sportman, muy inglés, con su sombrerito de paja y doblado el ruedo de los pantalones, como es de uso entre la correcta gente británica”. Con ese aspecto desentonaba la bandera española en la popa de la lanchita automóvil y los marineros “vestidos como comparsas de zarzuela patriótica, con cintas amarillas y rojas en vestidos y sombreros”. Al poeta le pareció un espectáculo lamentable. No sabía cuando escribió el artículo en que lo cuenta, publicado en La Nación, como casi todos los suyos, que pronto iba a tener ocasión de saludar al monarca proscrito en su palacio de Loredan, junto al Canal Grande, y acompañado del detective que por entonces –eran los primeros años del siglo XX– causaba sensación en toda Europa.



CAFFÈ FLORIAN

A Sherlock Holmes lo reconoció de inmediato tras los ventanales del Café Florian. Fumaba abstraído, inmóvil, y así enmarcado tras el cristal parecía la ilustración de una de sus aventuras. Se le quedó mirando fijamente, quizá más tiempo de lo que permite la cortesía, pero el detective no hizo un gesto de fastidio. Todo lo contrario. Con un leve movimiento de mano, le invitó a pasar.
            –-Sé que tiene usted un problema, sé qué se siente perseguido, sé que quien le persigue es una mujer, quizá una prometida con la que ha renunciado a casarse en el último momento –-le dijo en inglés, pero ante la respuesta titubeante del poeta cambió de inmediato al español–. No sé preocupe, puedo hablarle en su lengua y en otras cuarenta y cinco lenguas vivas, además de quince muertas y alguna moribunda, como el dálmata, de la que ya solo quedamos tres hablantes. En español está escrita la carta que asoma de su bolsillo, leída una y otra vez, arrugada, que no se ha atrevido a destruir, aunque ha estado tentado, y la caligrafía nerviosamente femenina me dice que no es una carta de negocios. Pero usted no es español, de Centroamérica tal vez, tiene rasgos mestizos y unas manos delicadas, usted es periodista, poeta tal vez, le he visto pasear abstraído por la plaza y tomar alguna nota, quizá escribir un  verso. ¿Se preguntará usted qué hago tan lejos de Baker Street y sin mi fiel Watson al lado?

EL PRETEXTO DEL DOCTOR WATSON

––Debo reconocer que sin Watson me siento como pez fuera del agua. Mi inteligencia necesita del contraste de su romo sentido común para brillar en todo su esplendor. Pero resulta que, en uno de los más dificultosos retos, no podía acompañarme. ¿Y sabe usted cuál es el pretexto? Pues que su mujer ha salido de cuentas y dará a luz uno de estos días. ¿Se da cuenta de qué pretexto más trivial? ¿Qué tiene que hacer él allí? Pero si un hombre comete la debilidad de casarse ya todo va cuesta abajo. Hasta ahora, siempre que lo necesitaba, bastaba que le enviara un mensaje para que dejara lo que tenía entre manos y se presentara de inmediato en el lugar y en la hora indicados. “¿Puede usted disponer de un par de días?”, recuerdo que le escribí cuando el asunto del valle de Boscombe. “Acaban de telegrafiarme desde el oeste de Inglaterra y me gustaría que usted me acompañara. Salgo de Paddington en el tren de las 11.15”. Y a las 11.14 allí estaba él, dejando a su esposa terminar sola el desayuno. Y ahora, cuando la aventura es en Venecia y el reto viene de mi enemigo mayor, que no es Moriarty, sino una mujer, Irene Adler, me dice que no con la excusa de que tiene que asistir al nacimiento de su primer hijo. ¿Querría usted sustituirle por esta vez? Usted es corresponsal de algún periódico americano, de lo contrario no podría estar aquí, se adivina que no es hombre de fortuna. Podría quizá hacer de cronista en esta insólita aventura, la más extraña que me ha ocurrido nunca.

ENIGMA CON DIAMANTES

––Todo ocurrió cuando recibí una cajita con un diamante y una tarjeta en la que Irene Adler había escrito su nombre y dibujado una flor de lis. Nada más. En seguida adiviné que quería ponerme tras la pista de unas joyas robadas. La flor de lis es el símbolo de los Borbones, que actualmente solo reinan en España. El rey actual es un jovenzuelo tarambana que entretiene su soltería dando tumbos por los cabarets de París. Como comprenderá usted, aquel reto parecía superior a mis fuerzas. Pero entonces leí en The Times un suelto que hablaba del robo de joyas a un pretendiente al trono español, el infante don Carlos, que vivía en Venecia. Y aquí vine con el diamante, pero solo, porque Watson, ¿se lo podrá usted creer?, se negó a acompañarme.
            Me alojé en el hotel Europa, frente a la iglesia de La Salute, y al día siguiente de mi llegada me presenté en el palacio de Loredan, un decrépito caserón que se cae a pedazos, como todo en esta ciudad tan pintorescamente maloliente.
            Al ver el diamante don Carlos lo reconoció de inmediato, era la pieza central de una de las joyas que le faltaban, y ¿lo querrá usted creer? pensó que yo era un chantajista, que venía a pedirle dinero para que pudiera recuperar aquellas joyas familiares, las pocas que su antepasado había logrado quedarse cuando le fue arrebatado el trono de España, que le correspondía legítimamente, para dárselo a su sobrina, una niña de pocos años.
            Pero de esos asuntos de la historia de España sabrá usted más que yo. No ignoraba yo que el hombre que tenía ante mí había entrado en su país al frente de un ejército y, tras luchar valerosamente, había escapado con riesgo de su vida. Le expliqué que yo era el famoso Sherlock Holmes y de inmediato me pidió disculpas por no haberme reconocido.
            No solo habían desaparecido joyas, sino también documentos de la causa carlista que comprometían a gente importante. La caja fuerte estaba en su dormitorio. No había sido forzada. Solo él conocía la combinación. Respondía de la lealtad de cada uno de sus servidores.
            Lo más extraño, y lo que me llevó a la resolución del asunto, es que en la caja había otras joyas, además de dinero en efectivo, pero los ladrones solo se había llevado, desdeñando el dinero, aquellas que habían sido heredadas y habían lucido tradicionalmente las reinas de España. Y los papeles comprometedores desaparecidos, según me dijo, eran solo los que tenía que ver con gente muy cercana a la que había sido reina-regente, doña María Cristina.
            Un asunto peliagudo, como podrá usted ver. Digno de mi talento. Pero tardé en resolverlo más de lo conveniente, echaba de menos las sugerencias de Watson, disparatadas casi siempre, pero que tenían la virtud de ponerme en el buen camino.
            ¿Y qué papel jugaba en todo esto Irene Adler? De París me llegó una carta suya, que no contenía más que un recorte periodístico en el que podía leerse que una guapa bailarina denunciaba la desaparición de un collar de diamantes que le había regalado un amigo. Sospechaba que el collar se lo había robado una mujer, que se había ganado su amistad y a la que había cometido el error de llevar a casa y dejarla compartir cama. ¿Era el propio don Carlos quien, a pesar de su venerable barba y aire patriarcal, perdía la cabeza por alguna pelandusca llegando incluso a regalarle las joyas de la corona?
            En cuanto me presentó a su actual mujer, doña Berta Rohan, comprendí que esa no podía ser la solución porque estaba completamente enamorado de ella. ¿Lo estaba ella de él? Don Carlos de Borbón, como tantos otros, como seguramente usted, y de ahí esa carta que le atormenta y que tiene en el bolsillo, podía dormir con su peor enemigo. Me bastó intercambiar cuatro banalidades con ella para dar con la solución. Irene Adler había fracasado una vez más en su intento de probar que es más inteligente que yo.
            Esta tarde me acompañará usted al palacio Loredan. Le pediré a don Carlos que no esté presente nadie más, ni su secretario ni su mujer. Usted será el único testigo de ese encuentro y dejará constancia para la posteridad.

EL ENEMIGO EN CASA

––Le adelanto la solución, pero no los pasos que he dado para llegar hasta ella, pasos que la convierten en evidente, sin necesidad de más pruebas. Solo una persona tenía acceso a la caja fuerte, además de don Carlos, su esposa, Berta Rohan. Una mujer que se convirtió en ladrona y en traidora por un exceso de sentido del deber. Esta paradoja parece propia de ese desdichado de Oscar Wilde, ¿no cree? Berta Rohan llegó a la conclusión de que en el pleito dinástico que enfrentaba a su marido con la familia reinante en Madrid la razón estaba de la otra parte y por eso quiso restituir las joyas a sus legítimos propietarios y poner alerta al joven rey de los traidores que tenía a su alrededor. O eso fue lo que ella quiso creer. Algo tuvieron que ver los celos de la anterior esposa, la difunta princesa Margarita de Borbón-Parma, y el odio a los hijos que tuvo con ella, especialmente al infante don Jaime ¿Conoce usted la historia de Fedra e Hipólito? El doctor Freud, buen amigo mío, algo tendría que decir al respecto.
            Pero el rey español es un “viva la virgen”, como se dice en su país, y una noche de juerga le regaló el collar a una francesita. E Irene Adler, que también tuvo algo que ver con ella, me puso sobre la pista de ese inverosímil enredo para darse el gusto de verme fracasar. No he fracasado, como usted contará en toda la prensa. Tendrá el honor de ser la primera persona en seguir los pasos que llevan a la solución, más apasionantes que la solución misma. La solución de un misterio siempre es trivial y desilusiona un poco. Lo que importa son los chispazos de la inteligencia que nos llevan a ella. Pero el doctor Watson, que goza del privilegio de ver a Holmes en acción, esta vez ha preferido quedarse en casa para asistir a algo tan trivial, tan doméstico, tan sin importancia, como el nacimiento de su primer hijo. Gracias a ello tendrá usted, ¿cómo me dijo que se llamaba?, el honor de sustituirle.