domingo, 15 de octubre de 2017

Acción de gracias: Carácter es destino




Sábado, 7 de octubre
PERSONA NON GRATA

Llegamos a Castropol a las diez de la mañana, un hora antes de que comiencen los actos de homenaje a Luis Cernuda. El pueblo, arrebujado en la colina que se adentra en la ría como la proa de un barco, tiene un aire ausente esta dorada mañana de otoño. Nadie en las calles, ni un ruido tras las fachadas. como si fuera el escenario de una película en un momento de descanso del rodaje.
            De pronto, la sorpresa de una plaza arbolada, ajardinada, con una aparatosa estatua a un héroe  muerto en la guerra de Cuba, el quiosco de la música y un edificio modernista, el más grande del pueblo, que fue casino y hoy es biblioteca. Luego, en la calle del Pozo, que desciende hasta el muelle, me sorprende el silencio y un inmenso magnolio que destaca con su brillo verde y sus flores blancas en el cielo tan azul.
            Cernuda estuvo quince días en Castropol en agosto de 1935. No lo pasó demasiado bien y el tedio y un difuso temor –Asturias tenía aún el rostro áspero de la revolución– lo trasladó al relato “En la costa de Santiniebla”, que escribió dos años después y publicó en la revista Hora de España.
            No volvió más a Castropol. No habría podido volver –exilio aparte– si alguien en vida suya hubiera leído aquí ese relato. Lo habrían considerado calumnioso y declarado a su autor “persona non grata”.
            ¿Cómo es el Castropol de Cernuda? “Está caído como un pájaro enfermo” sobre una colina; las calles empinadas y grises no las cruza ni siquiera la sombra de un perro fugitivo. “Nauseabunda” es la atracción que ejerce sobre el viajero. La lluvia constante le despierta “una furiosa cólera”. A la dulce “fala” del lugar la llama “jerigonza vernácula”. A pesar del mal tiempo, quiso bañarse  –en una famosa foto se ve a Cernuda tendido en la playa con Castropol al fondo–  y la consecuencia fue un resfriado que le tuvo varios días en cama. En la habitación en que se aloja ha de humedecer continuamente sus manos con agua de colonia para mitigar el insoportable olor que flotaba en el aire. “Las tinieblas, la lluvia y el viento” son la solemne trinidad que preside los días de Santiniebla y él se imagina que seguirá presidiéndolos para toda la eternidad.
            ¿Hace falta seguir? Pues aún hay más. Unos horrendos crímenes –Cernuda, en 1935, sin duda pensó mucho en la barbarie de octubre, multiplicada por la prensa– impregnaban de horror un pueblo al que el protagonista del relato jura no volver.
            Vuelve ahora, tantos años después, representado por su sobrino, Ángel Yanguas. En el mirador de la Mirandilla, con el puente de los Santos a un lado y Figueras enfrente, se va a colocar una placa que recuerda sus pasos por este lugar.
            “¿Oyen los muertos lo que los vivos dicen luego de ellos?”, se preguntaba Cernuda en “Birds in the night”, un poema escrito en una ocasión semejante: “El gobierno francés, ¿o fue el gobierno inglés?, puso una lápida / en esta casa 8 Great College Street, Camden Town, Londres, / adonde en una habitación, Rimbaud y Verlaine, rara pareja, / vivieron, bebieron, trabajaron, fornicaron, / durante algunas breves semanas tormentosas…”
            El final del poema es quizá el más violentamente misantrópico que jamás se haya escrito. Tras responderse que ojalá nada oigan los muertos (“ha de ser un alivio ese silencio interminable / para aquellos que vivieron por la palabra y murieron por ella”), concluye: “Alguna vez deseó uno / que la humanidad tuviese una sola cabeza, para así cortársela. / Tal vez exageraba: si fuera solo una cucaracha, y aplastarla”.
            Sonrío recordando esos versos mientras el alcalde del lugar y otras autoridades discursean brevemente antes de descubrir la placa. Estoy seguro de que el poeta, si estuviera hoy aquí, si muerto oyera lo que dicen los vivos, también sonreiría agradecido y cambiaría su opinión sobre esta villa que se apretuja en una colina alrededor de un tesoro: su espléndida biblioteca, heredera de aquella Biblioteca Popular Circulante que trajo a Cernuda hasta este lugar.


Lunes, 9 de octubre
EN EL TREN

Pronto se hace de noche y nada me distrae en el vagón de tren, casi sin nadie, extrañamente silencioso. Largas horas para estar conmigo.
            Hago recuento de mi vida. ¿Estoy contento con ella? En general, sí. Creo que mi lema sigue siendo válido: “Todavía aprendo”. Y entre mis aprendizajes más recientes se encuentran el de rectificar de inmediato, en cuanto me señalan un error, y el no estar orgulloso de mis defectos (me he pasado la vida presumiendo de ellos).
            Me queda por aprender un poco de hipocresía, que otros llaman diplomacia, para disimular el escaso aprecio que siento por la falta de rigor intelectual del común de los mortales, amigos o enemigos. En eso soy muy Sheldon Cooper.


Martes, 10 de octubre
LA TEORÍA DE LA LIEBRE

En el salón Velázquez del Ministerio de Cultura se decide el Premio Nacional de Poesía 2017. Somos doce los jurados; los finalistas, más de veinte. La mayoría de esos libros valen poco. Yo los hojeé en su momento y no me interesaron nada; releídos ahora, confirman la pobre impresión primera.
            ¿Cómo han llegado hasta aquí? Pues porque los ha elegido algún miembro del jurado: cada uno de nosotros podía seleccionar hasta un máximo de tres. ¿Y quién nombra al jurado? Salvo uno, decidido por el propio ministerio, diversas instituciones: la Academia de la Lengua, la Asociación de Escritores,  la Academia Gallega, no sé que asociación de periodistas, un grupo de estudios de género... A mí me seleccionó la conferencia de rectores.
            El libro que más me interesaba, al que me habría gustado mucho darle el premio, Manzanas robadas, de Miguel d'Ors, quedaba fuera de concurso por unos pocos días: se había publicado en enero de 2017, no en 2016. Otros libros seleccionados, como el de Iona Gruia, quedaban fuera porque a la autora, a pesar de haberla solicitado hace años y cumplir todos los requisitos, todavía no le han concedido la nacionalidad española.
            Valoro poco los premios. Incluido el Nobel: como dice Felipe Benítez Reyes, lo conceden unos cuantos académicos suecos, no siempre bien informados, y la gente cree que lo hace el Espíritu Santo. En los premios de poesía, suele creerse que  se los reparte una banda de mafiosos (si se publican en Visor, capitaneada por García Montero).
            Quizá no debería aceptar ir de jurado a ninguno. Pero si me lo solicitan acepto siempre, con la excusa de que es parte de mi trabajo (soy así de hipócrita).
            Ningún libro me entusiasma, pero tengo un favorito. El de un excelente poeta al que admiro desde sus primeros versos, aunque esté en las antípodas de mi pensamiento político. Pero, hombre experimentado, callo su nombre y no digo una palabra en su defensa. Ni en la suya ni en la de ningún otro. Dejo esa labor, siempre inútil y a menudo contraproducente, a más inexpertos miembros del jurado. Escucho con una sonrisa que la Balada en la muerte de la poesía merece el premio porque su autor es un desinteresado amante de la poesía y ha escrito este libro para defenderla. O que el premio debería ir para Ana Rossetti porque vuelve al verso después de muchos años para hablar de la crisis y de los problemas del hombre de la calle. O que hay que premiar a Ángel García López porque ha escrito un libro casi póstumo después de la muerte de su mujer y ya no va a escribir más. O a Dionisia García porque, aunque, etc. Si alguien tenía alguna duda sobre el no excesivo interés de cualquiera de esos libros, le desaparecen al escuchar a sus defensores.
            Yo no digo nada, pero no puedo evitar susurrarle alguna cosa a Julia Barella, que se sienta a mi lado.
            ––Sospecho que él premio va a ser para una mujer o para un libro prepóstumo. ––Pues hay una candidata que cumple las dos condiciones.
            Mucho me habría gustado que se llevara el premio Dionisia García, una de las personas más generosas y cordiales que conozco. Pero vuelvo a hojearlo y prefiero que, si lo gana, sea sin mi voto.
            ––Qué extraño –dice alguien–, el libro de Jordi Doce en la primera votación era uno de los que menos votos tenía y luego ha llegado a estar entre los más votados.
            –-Es la liebre –digo yo recordando la teoría de Fernando Rodríguez Lafuente–. El que todos votan en segundo lugar porque no creen que sea un serio rival para su preferido.
            Llega así No estábamos allí a la votación penúltima, junto a los dos favoritos. En ese momento, yo no sé cuál va a ganar (aunque tengo claro a cuál de los dos voy a votar): a ambos autores los aprecio personal y literariamente, pero a una más personalmente y al otro más literariamente.
            De pronto, uno de los miembros del jurado, que no conoce la teoría de la liebre y se ha creído la posibilidad de que el premio vaya para Jordi Doce (tiene más votos que el que luego resultaría ganador), se decide a hablar y, para defenderlo, ataca: "El libro de Dionisia no es bueno; tú misma has dicho que no es bueno", le dice a su defensora. “¡Yo no he dicho eso! He dicho que no es mejor de los suyos, pero es un libro escrito con mucha serenidad”, responde la ganadora del año anterior, también miembro del jurado.
            Sonrío. Ya sé quién va a ganar. Un poeta que nadie ha nombrado y que yo había seleccionado en primer lugar. En efecto, desaparece Jordi Doce tras la penúltima votación y en la última gana Julio Martínez Mesanza.
            Si yo lo hubiera defendido, seguro que lo habría hundido: hablo siempre como si me creyera más listo que nadie y eso, con toda razón, suele molestar a mis interlocutores y predisponerles en contra de lo que apoyo. Uno --cosas de la edad-- va adquiriendo cierta habilidad en estos asuntos.


Miércoles, 11 de octubre
PLACERES PERDIDOS

Ayer, tras el fallo del premio, todo el mundo se despidió de mí rápidamente, nadie quiso quedarse a tomar un café y a charlar un rato (no les hizo gracia que acabara saliéndome con la mía y dando la impresión de que me burlaba un poco de sus estrategias).
            Como no tenía nada que hacer hasta las dos, me dediqué a pasear. Al subir por Prim, de pronto me vienen a la memoria unos versos: “Tu calle ya no es tu calle, / que es una calle cualquiera / camino de cualquier parte”.
            Miro hacia la derecha y me encuentro con Conde de Xiquena, donde vive uno de mis antagonistas preferidos, Andrés Trapiello. Antes, siempre le llamaba y él solía bajar y tomábamos algo en una terraza de Recoletos y discutíamos sobre Chaves Nogales, las X de los diarios o cualquier otro asunto de las armas y las letras, y el tiempo discurría tan ricamente.
            Pero ya no es mi amigo, ya no puedo llamarle, y bien que lo lamento. En fin, carácter es destino y el mío se parece algo al de Cernuda.


[Alicia Varela, en la ilustración de esta semana, me ve caminando solo por la vía del tren. Espero poder saltar a tiempo cuando se acerque el patriótico convoy.]





sábado, 7 de octubre de 2017

Acción de gracias: Un español que razona




Sábado, 30 de septiembre
INTRANSCENDENTES TRASCENDENCIAS

Como con algunos buenos amigos en Avilés. Aunque todos pensamos en lo mismo, en lo que pueda pasar mañana, tácitamente decidimos hablar de otra cosa para tener la fiesta en paz.
            ¿En paz? Si estoy yo presente, ninguna reunión puede transcurrir sin un encendido debate sobre cualquier tema. El sosegado y apacible intercambio de opiniones parece que no está hecho para mí.
            No hablamos de política, pero acabamos hablando de religión (uno de los contertulios es José Manuel Feito, que lleva más de medio siglo de párroco en Miranda). La verdad es que siempre me ha interesado mucho el absurdo razonado de la teología.
            Comprendo que alguien pueda creer que existe un Ser misterioso y poderoso que ha creado el mundo y del que apenas sabemos nada. Pero que ese Dios se divida, sin dividirse, en tres personas distintas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, ya me parece más difícil de tragar por alguien con uso de razón. Y sin embargo son millones los que comulgan con eso y con otras ruedas de molino.
            Yo tengo un remedio infalible para hacerle ver a cualquier persona religiosa lo ridículas que son las creencias religiosas. Le digo que analice las de otra religión distinta de la suya. Qué claro resulta entonces su divertido o cruel disparate. “Pues las tuyas –le digo– resultan igual de absurdas para los millones de fieles de una religión distinta”.
            Pero ningún creyente –ni los que creen en los alienígenas ni los creen en el ángel Maroni o en la Santísima Trinidad– se ha desanimado nunca por lo absurdo de sus creencias, más bien reafirmado.
            “Yo quiero creer, quiero tener esperanza de que hay otra vida después de esta”, dice la poeta Marian.
            Y yo le digo que, si lo piensa bien, otra vida después de esta, una vida eterna, se conciba como se conciba, sería la peor de las pesadillas. Vamos a suponer que nos morimos, hemos sido buenos, y vamos al cielo. ¿Tenemos allí conciencia de lo que hemos dejado en la tierra o no la tenemos? Si la tenemos, ¿cómo podemos ser felices viendo las desgracias que les ocurren a los seres queridos sin poder hacer nada para evitarlas o consolarles? Y si no la tenemos, ¿qué pervivencia es esa con olvido de todo lo que ha llenado nuestro corazón?
            La naturaleza es más sabia que nuestras fantasías y la nada, la consoladora nada, mejor que cualquier edén que podamos imaginarnos.
            También me divierte pensar en un Dios creador del universo. Muy inteligente no debía ser, más bien un poco torpón. La de millones y millones de galaxias, aguejeros negros y estrellas que tuvo que ir sacando de la nada hasta que por venturoso azar apareció un planeta (de momento parece que solo uno) en el que fue posible la vida humana para que pudiera encarnarse su Hijo y redimirnos de no sé que cosas.
            En fin, de estas cosas intranscendentes hablamos para no hablar de lo único que nos preocupa ahora: la situación de Cataluña.   



Domingo, 1 de octubre
ARDE BABILONIA

Para no estar pendiente todo el día de las noticias, para no pensar en lo único que me preocupa ahora, acompaño a mi ahijado y a sus padres a una fiesta infantil en el Muséu del Pueblu d’Asturies y luego a dar una vuelta por Gijón. Acaba de cumplir un año, da sus primeros pasos vacilantes, y casi cada segundo hace un nuevo descubrimiento. Todo lo mira, todo lo toca, cualquier sonido le sorprende. Pronto comenzará, como Adán en el paraíso, a poner nombre a las cosas.
            Decía Aristóteles que la mente humana, al nacer, es “tamquam tabula rasa” (bueno, él lo decía en griego), que nada había en ella que no hubiera pasado antes por los sentido. Yo miro al pequeño Martín y pienso que, más que una tabla rasa, sin nada escrito en su superficie encerada, es una tablet o un smartphone antes de que los llenemos con nuestros datos; los programas ya están ahí, solo hace falta que los dotemos de contenido para que desplieguen toda su prodigiosa capacidad.
            Miro a Martín jugando con la arena, acariciando la corteza de un árbol, observando a un orgulloso gallo que pasea por el parque de Isabel la Católica como Pedro por su casa, y pienso que los mejores informáticos del mundo no serían capaces de inventar un ordenador tan prodigioso. Y en cuanto al diseño, para qué hablar. Hasta Steve Jobs se avergonzaría de sus elegantes e irresistibles Macs de última generación si los compara con él.
            Arde Babilonia y yo haciendo el Adán antes de ser expulsado del paraíso. La verdad es que soy un maldito egoísta. ¿Cómo llegar a viejo, si no?


Lunes, 2 de octubre
ELOGIO DEL PERIODISMO

En cualquier conflicto la primera víctima, ya se sabe, es la verdad. Leo los grandes titulares de todos los periódicos españoles y me entero del fracaso de la farsa independentista de ayer. Uno de ellos, no diré cuál, nos informa con grandes letras en primera página: “El simulacro de referéndum, improvisado a última hora, sin sobres y con papeletas llevadas de casa, estuvo marcado por las protestas, la tensión y las cargas policiales”.
            Los independentistas ha hecho el ridículo, piensa uno leyendo los titulares. Pero para saber la verdad no hace falta recurrir a otras fuentes. Basta con pasar a las páginas interiores. “Los mandos de la Guardia Civil que desde hace medio año han vivido por y para desmantelar el 1-O no podían ocultar su cansancio y su desilusión. Las urnas llegaron con total puntualidad a todos los colegios en un operativo que implicó a millares de voluntarios (organizados en comités de barrio y pueblos). Aparte de sospechar su existencia, nunca estuvieron sobre la pista de las urnas ‘made in China’. Es más, admiten en el instituto armado que siguen sin saber cómo, y sobre todo, cuándo se distribuyeron desde Francia”.
            Lee uno la crónica de M. Sáiz-Pardo y la impresión que saca es completamente distinta de la del titular. Las empresas periodísticas podrán ir a lo suyo (hacer negocio, adular al que manda), pero la mayor parte de los periodistas de a pie –no de los opinadores de oficio– continúan cumpliendo con su función: informar a la gente de lo que le pasa a la gente, no de lo que a sus jefes les interesaría que pasara.
            (Por cierto, una precisión: buena parte de los electores lleva siempre las papeletas de casa y los partidos despilfarran mucho dinero público en enviárnoslas a casa, pero parece que, eso tan normal, en Cataluña es un delito más.)


Martes, 3 de octubre
HABLANDO DE OTRA COSA

Ningún amigo aparece hoy a la hora de tomar el café y es una suerte, porque así me desentiendo del único tema que parece preocupar a todos estos días. Aprovecho para leer, no hacer nada (mi ocupación favorita) y anotar unas cuantas ocurrencias, no sé sí demasiado originales.
            La mala intención suele tener muy buena puntería.
            El amor no es más que una amistad con tropezones.
            Tres fracasos equivalen a un acierto.
            Aspiraba a ser muy famoso en el futuro y a pasar esta vida en confortable incógnito.
            Nunca sé a quién me voy a encontrar cuando me miro al espejo.
            “Eres para mí como un libro abierto –le dijo la mujer a su marido–. Un libro muy aburrido, por cierto.”


Miércoles, 4 de octubre
ADIÓS A TODO ESO

Estoy más acostumbrado a defraudar que a ser defraudado. Soy –o eso creía– alguien bastante escéptico que rara vez se hace ilusiones. Por eso es difícil que me desilusione. Pienso siempre lo peor –de mí y de los demás–, así que cuando me equivoco con alguien suele ser para bien.
            Esta noche no he podido dormir. La situación política es alarmante –la más grave, pero también la más ilusionante, de los últimos cuarenta años–, pero a mí lo que no me ha dejado dormir es lo mucho que me ha defraudado una persona concreta.
            Una persona de la que hasta ayer mismo pensaba que era el mejor jefe del Estado que había tenido España (tampoco es que hubiera mucha competencia).
            Cuando le escucho leer solemnemente el papelito que le ha redactado el gobierno; no censurar la violencia contra súbditos suyos que pretendían ejercer el más elemental de los derechos democráticos; no dejar ni un resquicio a la esperanza, se me cayó –qué expresivas resultan a veces las frases más tópicas– el alma a los pies.
            Lo de menos es que haya ligado la suerte de la Institución que representa a la de la minoría mayoritaria que sustenta al gobierno (a fin de cuentas, contando con el apoyo de los socialistas andaluces, eso le garantiza una o dos legislaturas).
            No ha dado la talla de estadista que yo creí ver en él. se ha olvidado de que es el rey de todos los españoles (también de los que votan a Pedro Sánchez o a Pablo Iglesias, también de los que en Cataluña no quieren ser españoles, pero todavía lo son y por ello les debe tanto respeto como a cualquier otro ciudadano); ha hablado solo para unos pocos (o quizá muchos, pero solo una parte de la ciudadanía), como el líder de una facción.
            Al menos eso es lo que yo creo. Puedo estar equivocado. No sería la primera vez. Era tal mi confianza en el actual jefe del Estado que hasta el último momento confié en que unas palabras suyas, aunque fueran solo unos pocos matices añadidos al guion que le había preparado el gobierno, ayudarían a desatascar la situación.
            Me equivoqué. Si de humanos es errar, yo muy humano debo ser. Me imagino que quienes, si alguno había, confiaban algo en mis opiniones políticas a partir de ahora dejarán de hacerlo.
            A pesar de mis convicciones republicanas, he defendido siempre al actual Rey, que me parecía honesto, cabal, trabajador y bien aconsejado. Pero a la hora de la verdad no ha sabido estar a la altura de las circunstancias.

Jueves, 5 de octubre
NADA MÁS, NADA MENOS

Mientras leo en Los Prados el libro que he de comentar la próxima semana, me llama Abelardo Linares. Le cuento mi decepción felipista y lo mucho que me ha costado tener que rechazar este año la invitación a los Premios Princesa de Asturias.
            ––¡Con lo que yo disfrutaba escuchando las citas poéticas del rey y sus palabras tan minuciosamente didácticas! Pero mi conciencia ciudadana y mi patriotismo me impide asistir; no puedo aparecer como cómplice de determinados comportamientos. Alguien tiene que salvar el honor de España.
            Escucho sus carcajadas a través del teléfono.
            ––¿Pero tú has perdido el juicio? ¿Quién te crees que eres? ¿Ortega y Gasset redactando de nuevo el “Delenda est monarchia”?
            –-Solo soy un español que razona. Nada más. Pero también nada menos.


sábado, 30 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Uso de razón


Sábado, 23 de septiembre
ASESINATO EN LA HABITACIÓN CERRADA

Hay dos enigmas que me fascinan especialmente. Uno es el del asesinato en un cuarto cerrado; el otro es el insondable abismo de la tontería humana. Conozco todas las artimañas que los novelistas de la edad de oro del relato policial –Dorothy L. Sayers, Agatha Christie, John Dickson Carr– han ideado para que se pueda cometer un crimen en una habitación con las puertas y las ventanas cerradas por dentro.
            Pero incluso a ellos –si no recurren a la ciencia ficción– les sería difícil explicar cómo asesinaron al fiscal Nisman, que apareció en el cuarto de baño de su lujoso apartamento de Puerto Madero, la espalda apoyada contra la puerta, la pistola a un lado, cerrado el piso con llave por dentro y sin que las cámaras que vigilaban la entrada del edificio grabaran ninguna presencia extraña. La pistola se la pidió el día antes a un amigo íntimo al que había contratado como secretario privado con cargo a los fondos públicos.
            A pesar de las evidencias de suicidio, media Argentina habló de asesinato y acusó de inmediato a la entonces presidenta. ¿La razón? Que al día siguiente Nisman iba a presentar en el senado unos informes que la vinculaban con el intento de paralizar la investigación  de uno de los más graves atentados llevados a cabo en el país. Pero esos informes, que se demostraron falsos, que fueron desestimados por los jueces, no habían sido robados. A los asesinos, que se habían tomado tantas molestias para fingir un suicidio, al parecer se les había olvidado destruirlos.
            Jugando a Sherlock Holmes, y basándome solo en los datos en que coincidían todos los periódicos que informaron del caso, creo que fui el primero en asegurar que se trataba de un suicidio. Sucesivas investigaciones –con Cristina Fernández en la presidencia y ya fuera de ella–, a cargo de diferentes jueces, me fueron dando la razón. Pero media Argentina seguía creyendo en la tesis del asesinato. Incluso se realizó un documental televisivo que jugaba a ser imparcial y a ofrecer las tesis de unos y de otros. Las de los partidarios del asesinato eran de este tipo: “Yo creo que le mataron unos sicarios que vinieron de Uruguay”. Ni siquiera fueron capaces de imaginar una hipótesis sobre cómo pudieron hacerlo.
            Ahora, según El País,  “un nuevo informe de la Gendarmería, que depende del Gobierno de Mauricio Macrí, contradice a los peritos del caso de 2015, y asegura que el fiscal, que fue hallado muerto en su baño de un tiro en la cabeza, no se suicidó. Lo mataron al menos dos personas, dicen los nuevos expertos basándose en la posición del cuerpo y una droga hallada en la autopsia”.
            Leo con gran interés. Ningún enigma policial puede resultar más apasionante. “La clave está en la ketamina”, se titula un destacado. “Si lo mataron, ¿por qué no había rastros de violencia en los brazos o en las piernas, pruebas de resistencia? Tampoco había ninguna evidencia de que el cadáver hubiera sido movido”. Lo que hace dar “un giro de 180 grados al nuevo informe es la aparición de ketamina”, una droga alucinógena que se usa con efectos recreativos, y “que podría haber sido utilizada para reducir a Nisman y eso explicaría que no opusiera resistencia”.
            O sea que el fiscal se encuentra en un bar a dos individuos, los lleva a su casa (procurando que no se entere su guardaespaldas ni el portero y que no quede constancia en las cámaras de vigilancia), luego les invita a tomar algo, deja que le atonten con ketamina, y cuando no puede oponer resistencia esos misteriosos individuos rebuscan hasta encontrar el cajón donde guardaba la pistola que le había prestado su amigo, le llevan hasta el baño, le pegan un tiro en la cabeza, apoyan su cuerpo contra la puerta y luego, de alguna manera misteriosa, salen del baño (quizá filtrándose por la cerradura), limpian todas las huellas del piso y lo abandonan dejando la puerta cerrada por dentro…
            Esto es lo que cree media argentina, catedráticos e intelectuales incluidos, y esto es lo que nos cuenta, muy serio, Carlos C. Cué en un periódico presuntamente serio.
            Por eso digo que me fascinan los abismos de la tontería humana.
            Ese mismo periódico publica un amplio informe sobre la influencia de Putin en el independentismo catalán –un asunto del que ya he dicho todo lo que tenía que decir– y lo ejemplifica  con el uso de robots para amplificar los ecos de determinados tuits. Uno de Julian Assange (en El País dan por sentado que es un hombre de Putin) “logró más de 2.000 retuits en una hora y alcanzó su punto máximo, 12.000 retuits, en menos de una jornada”. Esto se debe –informa Davil Alandete– “a la intervención de bots o perfiles falsos programados simplemente para dar eco de forma automática a mensajes determinados”.
            ¿Tan idiotas nos vuelve el afán por desprestigiar a los independentistas que nadie ha caído en la cuenta de que el eco de un mensaje político solo cuenta si incide en personas reales no en perfiles falsos? ¿Qué una afirmación, verdadera o tan disparatada como los serios reportajes de ese periódico, puede tener medio millón de retuits, pero que si se deben a robots o perfiles falsos es como si no tuviera ninguno?


Domingo, 24 de septiembre
LOS MALOS SOMOS NOSOTROS

Cuando yo era niño e iba al catecismo, se decía que el “uso de razón” llegaba en torno a los siete años, la edad en que debía hacerse la primera comunión.
            A mí el uso de razón me llegó un poco más tarde. Tenía yo unos nueve años, todavía vivía en Aldeanueva, cuando el maestro nos habló de la guerra de la Independencia y nos leyó una de las historietas nacionales de Alarcón, “El carbonero alcalde”. Es un relato muy violento en el que los españoles realizan toda clase de atrocidades sobre los soldados franceses. Nos daban ganas de aplaudir cuando degollaban a uno y tiraban por un barrando a otro. ¡Habían invadido nuestro país! ¡No respetaban nuestra independencia!
            Pocos días después, sentados alrededor de la lumbre, en la oscura tarde de invierno, mi abuelo me contaba sus aventuras en la guerra de Marruecos. Allí los valerosos soldaditos españoles cortaban cabezas a los traidores moros.
            Y de pronto al niño que acababa de llegar al “uso de razón” se le ocurrió una pregunta: “Abuelo, pero si en la guerra de la Independencia los malos eran los franceses porque habían invadido nuestro país, en la guerra de Marruecos, ¿ los malos no seríamos los españoles por haber invadido el de los moros?”
            Ya no recuerdo qué me respondió mi abuelo.


Lunes, 25 de septiembre
SAN LUIS Y YO

Tras la proyección del documental Aunque tú no lo sepas, dedicado a Luis García Montero, en el teatro Filarmónica, la idea más repetida por los que intervienen en el coloquio –casi todos devotísimas señoras– es que se trata de un poeta tan admirable y de un hombre tan ejemplar que carece de enemigos.
            Yo, que he participado en todas las guerras poéticas de los últimos años, escucho con incredulidad. García Montero tuvo y tiene enemigos, tantos y tan tontos que a ellos les debe –y no a José-Carlos Mainer ni a otros críticos acríticos– el haberse convertido en el poeta de referencia a partir de los años ochenta.
            Claro que no bastan los enemigos, por muchos que sean, para convertirle a uno en alguien importante. Hace falta además saber rodearse en cada momento de los amigos, o los cómplices, adecuados. Eso que a mí me ha faltado siempre. Como crítico literario, y no solo, me ha gustado ser lo más objetivo posible con mis enemigos y lo más implacable que puedo con mis amigos. Y así me va.
            (La verdad es que, si he de ser sincero, no me puedo quejar.)


Viernes, 29 de septiembre
ESTO NO LO HA DICHO NADIE

––Estoy deseando que llegue el domingo para poder leer lo que dices sobre Cataluña, aunque me parece que ya lo has dicho todo.
            ––¿He dicho que a Rajoy y a los ministros que han firmado la orden de movilización general contra Cataluña les espera un incierto calvario judicial?
            ––¡Qué tontería! Ya no sabes qué decir con tal de llamar la atención. No hay tal movilización, solo se han tomado las medidas oportunas para que se cumpla la ley, como todos admiten, incluso ese Sánchez por cuya vuelta peleaste tanto.
            ––Basta hacer uso de razón para decir cosas obvias en las que nadie, o nadie con voz en los medios, había caído antes.
            ––Ya estamos. Otra vez pretendiendo ser el más listo.
            ––Es fácil parecer más listo que nadie cuando se es inmune a la histeria colectiva que se ha apoderado de mis conciudadanos.
            ––¿Y en Cataluña no hay histeria?
            ––-También. Es como si el domingo fuera a celebrarse un Madrid-Barça. ¿Pedirías reflexión en los hinchas de uno y otro equipo?
            ––O sea que, como a ti no te gusta el fútbol, ves más claro que nadie.
            ––Exacto. Y voy a tratar de demostrártelo. Habrá quien dude de que el referéndum que se celebra este domingo sea ilegal; de lo que no hay duda es de que es un referéndum no autorizado por quien tiene la potestad para hacerlo, el gobierno central.  Pero ¿cuántas manifestaciones no autorizadas se han celebrado en España? Dejando a un lado las de ahora mismo en Barcelona, ¿cuántas se han celebrado en el País Vasco a favor de los presos de ETA o directamente de ETA? ¿Y qué se hacía en esos casos cuando se anunciaba una? ¿Se precintaban las puertas, se decretaba el toque de queda para impedir que se vulnerara esa prohibición?
            No, simplemente se vigilaba para que no hubiera disturbios y se multaba y procesaba a los promotores. Si sospechamos que va a haber un atentado, se debe hacer todo lo posible para evitarlo. Los daños causados no tendrían marcha atrás. ¿Pero qué daños causa un referéndum no autorizado? Ninguno. No tendría validez legal, se convertiría en una encuesta más a la que cada uno daría el valor que quisiera. Ya ha habido referendos independentistas en muchos ayuntamientos de Cataluña. Ya ha habido un 9-N, que era ilegal –como demuestra el procesamiento de sus organizadores– y sin embargo se dejó celebrar, el gobierno se burló de los resultados y la justicia siguió su camino. ¿Por qué no se ha hecho ahora lo mismo?
            ––Porque antes no escarmentaron.
            ––¿Y van a escarmentar ahora? ¿Ocupar policialmente Cataluña calmará las cosas? Cuando haya elecciones en España y tengamos por fin un gobierno que nos represente (el actual es un amaño dudosamente legítimo debido a un fraude del anterior PSOE, el de Javier Fernández, a sus electores), y otro fiscal que siga otras instrucciones, es probable que veamos a Rajoy y a sus ministros acusados de malversación, prevaricación y no sé cuantos otros delitos (los que ahora recaen sobre Artur Mas). Se han gastado unos cuantos millones de euros, se ha puesto en grave riesgo la seguridad ciudadana solo para impedir algo que de ocurrir no tendría, según la legalidad española, ningún valor jurídico, una votación de la que se podrían burlar impunemente como se burlaron de la anterior. 


domingo, 24 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Lejos de nosotros


Sábado, 16 de septiembre
CAFÉ SPORT

Entré en Chaves por primera vez hace cuarenta años. Recuerdo un día oscuro; las columnas miliarias que bordean el puente de Trajano, sobre el Támega, como fantasmas en la niebla. Sobre el caserío, al final del puente, parecía cernerse la sombra de don Sebastián, rey del misterio. No olvidaría ya nunca la torre solitaria, los cañones que apuntaban hacia España, calles en cuesta y casas con escudo, gente pausada saludándote como si te conociera de toda la vida.
            Viajaba solo, a pie, y el primer lugar en que entré fue el café Sport, con sus vidrieras a la gran plaza que tiene al fondo la biblioteca. Pedí un café, me puse a hojear el periódico y al poco rato ya no era el viajero de paso, sino un provinciano más preparado para envejecer sin prisa y sin moverme de mi rincón.
            Luego he vuelto a Chaves en más de una ocasión, pero siempre de camino a otros lugares. Solo una vez dormí en el Forte de San Francisco. Quizá por eso la ciudad no ha perdido el encanto inicial, sigue teniendo algo de llave que abre la puerta a un reino desconocido.
            Cruzo de nuevo el puente de Trajano en este día luminoso, con la ciudad y el parque mirándose en el río, vuelvo a recorrer sus calles, a sentarme en el café Sport, a hojear un fatigado periódico local que podría ser el mismo de entonces si no fuera porque la fecha es de cuarenta años después.
            Seguro que el milenario Chaves, la romana Aqua Flaviae, ha cambiado mucho en ese tiempo, seguro que yo también he cambiado. Pero tengo la impresión de que seguimos siendo los mismos. Y que como siempre, quizá porque nos vemos poco, nos llena de alegría el reencuentro.


Domingo, 17 de septiembre
FEDERACIÓN IBÉRICA

En Ovar, al comienzo de la ría de Aveiro, participo en una mesa redonda sobre las relaciones entre cultura y poder. Se celebra al aire libre, en un parquecillo atravesado por el manso río Cáster, y clausura el festival literario con el que esta localidad quieren competir con el de Póvoa de Varzím (inspirado, por cierto, en la Semana Negra).
            A mí se me dan muy mal las generalidades. La cultura puede ser un antipoder o el sustento del poder. No hay dictadura, ni democracia autoritaria, que no cuente con literatos y pensadores que le sirvan de coartada. Y que a veces no son peores que los de la oposición. Stalin fue adulado por muchos literatos mediocres, pero también por Neruda. Y la poesía de Leopoldo Panero resiste bastante mejor que la de tantos poetas antifranquistas.
            Por eso preferí hablar de por qué yo me siento en casa cuando estoy en Portugal. El amor es sin porqué, como la rosa de Angelus Silesius, pero para mi amor por Portugal encuentro dos razones. El 25 de abril tenía yo veintitrés años. Estaba a punto de tomar un tren para ir al trabajo cuando escuché las primeras noticias del golpe militar. Al principio no lo tenía muy claro y temía otra militarada como la de Chile, en este caso para endurecer la dictadura. Pocos meses después me detuvieron y, en el registro de mi casa, una de las cosas que se llevaron los policías fueron los pocos libros que tenía en portugués y las cartas de un poeta de Braga. Luego, durante los interrogatorios, me pareció adivinar el miedo de los funcionarios de la dictadura a acabar teniendo que escapar en paños menores como los sicarios de la PIDE. Desde entonces, Portugal y libertad van asociados en mi subconsciente. Cruzo la frontera, la ya inexistente frontera, y me basta oír las primeras palabras portuguesas para sentir que respiro mejor.
            Pero hay otro motivo para mi amor a Portugal. En el 76 o en el 77, llegó a mis manos un libro de un autor que desconocía: eran las poesías de Álvaro de Campos en la blanca edición de Ática con su caballo alado en la cubierta. Comencé a hojearlo y enseguida su poesía me cogió del cuello para no soltarme ya nunca: “No soy nada. / Nunca seré nada. / No puedo querer ser nada. / Aparte de esto, tengo en mí todos los sueños del mundo”. Así descubría a Pessoa, su enigmática y múltiple personalidad; en la biblioteca de la Universidad de Coimbra, leí sus libros y todo los estudios sobre él y comencé a escribir una biografía –la publicó Júcar en 1983– que tenía mucho de autorretrato.
            Sin Portugal me sentiría mutilado, como dicen ahora muchos a propósito de Cataluña. Me gusta Portugal libre y cercano, amigo y aliado, nunca sometido al Estado español. Soy iberista, creo en la unidad cultural de la Hispania romana, pero eso nada tiene que ver con la añoranza de “un monarca, un imperio y una espada”.
            “¿Cómo ve el futuro político de la península?”, me preguntan. Soy muy malo haciendo profecías. Por eso me refiero solo a cómo me gustaría que fuera dentro de cincuenta años o de diez. Una Federación Ibérica formada por la República de Portugal, el Reino de España y la República de Cataluña, con los territorios asociados de Andorra y Gibraltar. La presidencia de la Federación sería rotatoria: un año el presidente de Portugal, otro el rey de España, otro el presidente de Cataluña. También la capital: un año en Lisboa, otro en Madrid y otro en Barcelona. Por supuesto, se trataría de una unión entre Estados libres y soberanos.
            “No me gusta del todo esa utopía tuya”, me dice Carlos Quiroga, mi compañero de mesa, galleguista y lusista (cree que el gallego debe abandonar la ortografía castellana y utilizar la portuguesa). “¿Dónde dejas a Galicia? ¿Y por qué el reino de España y no la república española?”
            “A Galicia la dejo donde los gallegos, elección tras elección, quieren dejarla: en el reino de España. ¿Y por qué reino? Porque ese es el régimen que quieren los españoles. Si algún día los partidos republicanos, por decisión de los electores, son mayoría en el congreso, no te preocupes que el cambio llega en una legislatura”.
            “Yo prefiero un régimen en que al jefe del Estado, si no cumple, podamos cambiarlo en la siguiente elección”.
            “No te preocupes que si a un rey lo rechaza la mayoría también tiene que irse. Para echar a Alfonso XIII bastaron unas elecciones municipales y si Juan Carlos I no se llevó consigo la monarquía, al contrario que su antecesor, fue porque tenía un heredero que cuenta, al menos por ahora,  con el aprecio mayoritario”.


Lunes, 18 de septiembre
LA PESCA EN ESPINHO

Muy cerca de Ovar está Espinho. Paseo al atardecer por sus inmensas playas de arena dorada y no puedo por menos de recordar el capítulo que le dedica Unamuno en Por tierras de Portugal y de España. Mi memoria está hecha de literatura. Tengo mucho del protagonista de El príncipe que todo lo aprendió en los libros, la olvidada obra de Benavente.
            Llego al ponerse el sol y me parece verlo iluminando a los rubios bueyes, con sus adornados yugos, tirando de las cuerdas que traen a tierra las sobrecargadas redes. Ahora ya solo podemos contemplar ese espectáculo en los azulejos, en las postales antiguas y en la prosa de Unamuno, que yo vuelvo a leer, al llegar al hotel, rebuscándola en la red (esa inagotable biblioteca portátil): “Esto de sacar las redes con parejas de bueyes es lo que más carácter da a la pesca de Espinho, asemejándola a una labor agrícola y prestando asidero a la imaginación para cotejar con la labor de los campos en esta región en que, como digo, el mar parece que se ruraliza”.
            Antes esa labor la hacían hombres y era tan penosa que quedaban exentos del servicio militar. Cita Unamuno una frase: “Bendigamos al que domó al caballo; pues, si no, la mitad del género humano estaría llevando a cuestas a la otra mitad”. Y algo así sucede a pesar del caballo, añade Unamuno. Era muy optimista. Son bastante más de la mitad los que siguen llevando a hombros a unos pocos.


Martes, 19 de septiembre
LO IMPOSIBLE

Unamuno encontraba de una triste monotonía la costa portuguesa del distrito de Aveiro, “una larga playa baja, de fina arena, y cadenas de dunas coronadas a veces por los pinos, que llegan a mirarse en las aguas”. Yo la recorro entera, desde Ovar hasta Mira, en un día gris en que el cielo parece confundirse con las aguas, y no la encuentro monótona ni triste, sino de una embriagadora melancolía. Dan ganas de parar el coche, olvidarse de obligaciones y compromisos, e imitar a esos pescadores que dejan pasar el tiempo sin pensar en nada. Pero seguimos por la carretera solitaria hasta que la interrumpe el canal que permite a los barcos llegar hasta el puerto de Aveiro. Hay que cruzarlo en el ferry. El trayecto, aunque corto, lleva su tiempo, un hermoso tiempo que parece fuera del tiempo, contemplando las dos orillas, las dunas, los bosquecillos de pinos, las grúas, el faro. Yo trato de no pensar en nada, de dejar que mis ojos se llenen con la hermosura cotidiana del mundo, pero a la memoria me vienen, como siempre, unos versos. El espectáculo de la realidad lo veo siempre subtitulado por la literatura: “Marinería. Viento. Canción antigua y vaga / de un puerto de otro tiempo. Nostalgia indefinible. / Torna un olor a brea. Un sol rosa se apaga. / En la playa un proscrito sueña con lo imposible”.


Miércoles, 20 de septiembre
LA FUNESTA MANÍA DE VOTAR

Mientras tomo un café en Vetusta, me llegan los ecos de una concentración en la plaza del Ayuntamiento. Me acerco a ver qué pasa y en seguida me sumo a ella. Un joven barbudo con micro invita a debatir sobre lo que está ocurriendo en Cataluña. Protesta un espontáneo porque, tras defender durante largo rato la intervención de la guardia civil para secuestrar papeletas, oye gritar “¡Urnas, urnas!”. El replica: “¿Ven ustedes? Son unos fascistas. No dejan opinar a los que opinamos de distinta manera”. Lo repite varias veces y yo, sin pensarlo dos veces, me acerco, tomo el micrófono y digo: “Ya hemos oído sus razones y  si alguien no las ha oído no tiene más que escuchar hoy todas las noticias, o comprar mañana cualquier periódico, para enterarse de ellas. Aquí estamos para escuchar otras opiniones”. Afortunadamente me contengo antes de exponer las mías. Solo faltaría, a mi edad, comenzar a dar mítines, micrófono en mano, en la plaza pública.
            Recuerdo que en Ovar, Pedro Guilherme-Moreira, otro de los participantes en la mesa sobre cultura y poder, dijo, tras elogiarme generosamente: “No tenemos un García Martín en Portugal”.
            Que no lo repita mucho porque al paso que vamos (el españolísimo  “lejos de nosotros la funesta manía de pensar” ha sido sustituido por “lejos de nosotros la funesta manía de votar”) es posible que pronto acaben teniéndolo.




lunes, 18 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Yo sí tengo miedo


Domingo, 10 de septiembre
DISFUNCIÓN, NO TONTERÍAS

Me esfuerzo por ser políticamente correcto, algo bastante raro en un español. La razón es muy simple: detesto ofender sin motivo. No es lo mismo calificar a un individuo de impotente que decir que padece “disfunción eréctil”. Por eso, a partir de ahora tampoco calificaré de “tonterías” las ocurrencias de Javier Marías en su artículo semanal, como he hecho tantas veces. Incluso es un clásico en mis clases de “Literatura y periodismo” un artículo suyo en el que afirma que escribe a máquina porque así puede corregir sus artículos a mano, como si no se hubiera enterado (parece que no) de que existen las impresoras.
            Dos noticias periodísticas le han llevado a la conclusión este domingo de que “una quinta columna de curas y monjas y señoras remilgadas y beatos de antaño” se ha infiltrado entre nosotros y nos está llevando, como en las época más oscuras, a reprimir y prohibir, a multar a las mujeres “por enseñar las piernas o el escote”.
            ¿Y qué es lo que le lleva a una conclusión que puede desmentirse encendiendo la televisión, yendo a la playa o simplemente saliendo a pasear por cualquier parque? Pues dos noticias que ha visto en el periódico, las dos en la sección deportiva: en una se dice que “las azafatas ya no darán un beso en el podio al ciclista que reciba premios”; en otra, que el circuito femenino de golf prohíbe a las ciclistas profesionales “minifaldas, escotes y mallas”.
            Ambas prohibiciones tienen que ver con la actividad profesional, no con el comportamiento habitual en la calle, donde los novios (y las novias) pueden seguir besándose sin que la policía municipal les multe, como hacía con el franquismo, y las mujeres llevando minifalda o lo que les dé la gana.
            ¿Besan las azafatas de un congreso a la autoridad correspondiente cuando le indican dónde debe sentarse? ¿Puede el piloto de un avión comercial ir en pantalón corto?
            Los razonamientos (es un decir), las generalizaciones abusivas y las escandaleras de Javier Marías (algunas exageradas solo para conseguir más clicks en la página digital del periódico: así de bajo hemos caído), aunque nos muevan a risa, merecen un respeto, como la impotencia viril que antes tantos chistes suscitaba. Ahora sabemos que es solo una enfermedad, a menudo de fácil cura: la disfunción eréctil. Ahora sabemos también que calificar de tonterías a las tonterías semanales de Marías es de una crueldad innecesaria. Psicólogos norteamericanos, en una publicación de la Universidad de Harvard, acaban de definir la “disfunción lógica”, la incapacidad de ciertos individuos para la argumentación racional, aunque puedan ser muy hábiles en cualquier otra actividad que requiera un uso moderado de la inteligencia, como por ejemplo la escritura de novelas..
            Nunca, nunca más volveré a utilizar el ofensivo término de “tonterías” para referirme a lo que es solo manifestación de la “disfunción lógica”. Yo me esfuerzo, al contrario que Pérez-Reverte y la mayoría de mis colegas  escritores, por ser siempre políticamente correcto.


Lunes, 11 de septiembre
SOBRE UN VOLCÁN

En el libro de Literatura que yo estudié durante el bachillerado, escrito por Juan Ruiz Peña,se nos ponía el siguiente ejemplo de incongruencia retórica: “El carro del Estado navega sobre un volcán”.
            “Si en un carro, no puede navegar –explicaba el poeta y catedrático–; y si navega, no puede hacerlo sobre un volcán”.
            No podrá hacerlo, pero eso es exactamente lo que siento yo ahora: que el carro del Estado navega sobre un volcán a punto de entrar en erupción.
            Ganas me dan de pedir la nacionalidad portuguesa.


Martes, 12 de septiembre
UN HOMBRE AFORTUNADO

Rodeado de amigos en la librería Cervantes, presentado el cuarto o quinto libro que he publicado este año, pienso que soy un hombre afortunado.
            Con paciencia y astucia, he ido consiguiendo todo lo que quería. No grandes cosas –nunca he sido ambicioso–, pero sí las que necesitaba para ser moderadamente feliz (ya se sabe que la felicidad con mayúscula no es de este mundo).
            Ni el fracaso, que nos llena de resentimiento, ni el éxito, que atonta (véase Javier Marías). Como escritor, me basta con escribir lo que me apetece y con publicar todo lo que escribo.
            La musa es el encargo, decía Umbral, y yo he tenido la suerte de que los encargos que recibo casi siempre coincidan con aquello que estoy deseando hacer. Sentado frente a mí, está Graciano García, a quien un día se le ocurrió crear una revista literaria. “De los aspectos materiales, se encarga la editorial Nobel; del contenido te encargas tú, con total libertad”. Esto fue muy a finales del 95, a comienzos del año siguiente apareció el primer número de Clarín. Veintiún años después, sigue apareciendo cada dos meses. Y pagando las colaboraciones, a pesar de que la publicación –como cualquier revista literaria– no es precisamente un negocio.
            Muy cerca veo a Marcelino Gutiérrez, director de El Comercio. En el verano de 2005, su antecesor, Íñigo Noriega, me llamó para que colaborara en su periódico. Desde 1988, lo hacía en el diario de la competencia, pero durante julio y agosto el suplemento en el que aparecían mis reseñas dejaba de publicarse. Estaba libre, por lo tanto. Al menos teóricamente, porque el diario ovetense no perdona la menor infidelidad. Probablemente, no podría volver, pero a la oferta de Íñigo Noriega era imposible resistirse: una colaboración diaria o semanal, a mi gusto, y del tipo que yo quisiera. Elegí traducir y comentar diariamente un poema; del reto que salió un libro, Jardines de bolsillo. Tres mil años de poesía. Y cuando llegó septiembre, cuando yo creí que la competencia iba a despedirme con cajas destempladas, me hizo una oferta a la que tampoco pude resistir: publicar mi diario los domingos. Y así estuve durante una década: de septiembre a junio publicaba una reseña los jueves y la entrega semanal de mi diario en un periódico, y durante julio y agosto poesía, ficción o lo que me pareciera en otro. De esos veranos gijoneses surgieron libros como la autobiografía erótica Alrededores del paraíso (fue publicándose a razón de una entrega diaria) o las Ciudades de autor que presento hoy en Cervantes.
            Íñigo Noriega dirige ahora otro periódico, pero su sucesor tiene el mismo gusto que él por la literatura. Y ahí sigo, sonriente y feliz cada semana. Y con una poco frecuente libertad: el diario apoyaba la estratagema que llevó al poder a Rajoy, alterando el resultado electoral, y la candidatura de Susana Díaz, mientras que yo arremetía –con cierta virulencia– contra Javier Fernández, cuya aportación a la teoría política se centra en una frase: “Lo democrático es abstenerse para que no haya elecciones” (cualquier tiempo pasado fue mejor: entonces bastaba con abstenerse para que no hubiera elecciones, ahora con tal de que no las haya somos capaces de meter en la cárcel a la mayoría de los alcaldes catalanes).
            Y también veo a Carlos González Espina, quien, junto a Marina Lobo, ayer en Llibros del Pexe, hoy en Impronta, siempre me están encargando algún libro, a pesar de lo bien que saben –por propia experiencia– que no soy precisamente un best-seller.
            ––No presumas de ser un triunfador –se burla el diablillo de la contradicción que siempre va conmigo–. Después de dedicar toda tu vida a escribir, ¿cuánto dinero has ganado con ello?.
            ––Pues no sé, no lo he contado. Y lo de “dedicar toda la vida” suena demasiado fuerte. Suelo escribir todos los días, cierto, y nunca menos de una hora, pero tampoco nunca más de hora y media, y te recuerdo que el día tiene veinticuatro. Me ha quedado tiempo para todo lo demás, incluso para aburrirme. Y ya que estamos, otro secreto: nunca he escrito una línea por obligación o por dinero. Soy así de poco profesional.
            ––¿Un triunfador y desde niño soñabas con Nueva York, París o Roma y te has quedado anclado en la provinciana Vetusta para toda la vida?
            ––Los sueños dejan de serlo cuando se convierten en realidad. Porque nunca he vivido en Nueva York ni en París ni en Roma, ni en Lisboa o Venecia, nunca me han mostrado sus aristas y me siguen fascinando, como al adolescente que no tenía nada más que sus sueños, cada vez que paso por ellas.



Jueves, 14 de septiembre
SOY

Soy militante de base, muy de base, casi de subsuelo, del PSOE; simpatizo con las ideas de regeneración democrática de Podemos, y el Partido Popular de Asturias me invita a inaugurar sus jornadas culturales.
            Se me podrá acusar de muchas cosas, pero no de ser un hombre simple y unilateral que repite la voz de su amo.


Viernes, 15 de septiembre
 A LAS URNAS, NO A LAS ARMAS

Incluso yo, tan temerario, empiezo a tener miedo. La democracia española cada vez se parece más a la de ese país donde hablar del holocausto armenio es ilegal y puede llevarte a la cárcel. Y con todas las de la ley ya que lo prohíbe su constitución.
             Aquí lo que prohíbe la Constitución (pobrecita constitución, con qué estupideces la hacen cargar los que dicen defenderla) es defender el derecho de los catalanes a ir a votar el uno de octubre para proclamar a los ojos del mundo que quieren seguir siendo parte indisociable de la nación española. ¿Cómo puede ser un delito que se les permita declarar alto y claro su españolidad?
            Pero doctores tiene la santa madre constitución que dictaminan que votar que no quieres ser independiente es inconstitucional (tan inconstitucional como votar que quieres serlo), pero meter en la cárcel a los alcaldes que faciliten que los ciudadanos voten es constitucional.
            Doctores tiene la santa madre constitución, ya digo. Pero sospecho que quienes autorizan semejante cosa con su firma no van a ocupar precisamente un lugar de honor en los libros de historia.
            ––¿Y no tienes miedo –me susurra mi diablillo– de que les dé por leer tu diario y tus comentarios en la red y te acusen de apoyar el derecho a decidir, algo explícitamente prohibido, si no por la Constitución, sí al menos por el Tribunal Constitucional, y que te vuelvan a meter en la cárcel como cuando Franco?
            ––¿Miedo? ¡Tengo pavor! Juristas muy respetables condenaron legalmente a muerte al rector Leopoldo Alas y la única prueba que encontraron en su contra fue la fotografía de un mitin en la que aparecía con la Pasionaria? ¿Cómo no voy a tener miedo? Por eso, me retracto, comulgo con ruedas de molino, me creo lo que dicen El País y Sáenz de Santamaría, y dejo de apoyar el  referéndum independentista. Lo que yo quiero es que deje hablar a esa mayoría silenciosa de catalanes que tanto han sufrido con Puigdemont y se les permita el uno de octubre mandarlo a casa llenando las urnas con un rotundo “no”.



sábado, 9 de septiembre de 2017

Acción de gracias: Tengo la solución


Domingo, 3 de septiembre
AZORÍN SALE EN APOYO DE PEDRO SÁNCHEZ

Si por mí fuera, me pasaría el día hablando de política, discutiendo con este y con aquel, tratando de demostrar –mi deporte favorito, como me gusta repetir– que yo tengo razón y que mi interlocutor está equivocado, pero comprendo que eso resulta bastante aburrido para los demás.
            Para no pensar en la que se avecina, abro un viejo libro que no había vuelto a releer desde la adolescencia: El licenciado Vidriera visto por Azorín. Está dedicado a Francisco Giner de los Ríos, “maestro que ha dejado tras sí un reguero de luz”. Comienza como un cuento, “Pues, señor, una vez era un rey…”, y yo me dejo llevar por su minimalismo poético a otro mundo mejor.
            Pero de pronto algo me hace descender de la nube. Uno de los capítulos se titula “Las naciones de España”. ¿Cómo es esto, me digo? ¿Es que también Azorín quiere meterse con Pedro Sánchez.
            Leo: “¡Las naciones de España! Hablando Baltasar Gracián, en su opúsculo El político don Fernando, de las diferencias que hay para el gobierno entre Francia y España, dice que en Francia todo concurre para que la gobernación sea fácil, en tanto que en España muchas cosas la hacen difícil. ‘Los mismos mares, los montes y los ríos, le son a Francia término connatural y muralla para su conservación. Pero en la monarquía de España, donde las provincias son muchas; las naciones, diferentes; las lenguas, varias; las inclinaciones, opuestas; los climas, encontrados; así como es menester gran capacidad para conservar, así mucha para unir…’ En otro lugar (El Criticón, segunda parte, crisis III), Gracián habla también de esas naciones, especificando alguna, como la catalana”.
            O sea que el bueno de Pedro Sánchez no ha inventado nada, que de la España plurinacional ya se hablaba hace cien, hace cuatrocientos años. Azorín incluso se atreve a enumerarlas: “Las naciones de España: Castilla, Cataluña, Andalucía, Galicia, Vasconia. Todas tienen nuestro profundo amor. ¡Naciones de España! Bellas y queridas naciones”.
            Claro que eso es lo que leemos en la primera edición de El licenciado Vidriera visto por Azorín, de 1915, y en la segunda, de 1921, pero a partir de la tercera, de 1941, “las naciones de España” son sustituidas por “las tierras de España”.
            Españoles, Franco ha muerto, pero su idea de España –una, cristiana y con bases americanas– sobrevive.


Lunes, 4 de septiembre
MATÓN DE BARRIO

Cada uno es como es. A unos les relaja una tumbona en la playa, una cervecita, una novela digestiva y dejar pasar las horas. A mí lo que me relaja es una buena polémica, una de esas discusiones encendidas en las que se exaltan los ánimos y uno tiene ocasión de llamar al pan pan y al memo memo.
            Pero discusiones no de pareja, ni económicas, ni profesionales, discusiones como un juego en el que no se juega nada, una partida de ajedrez que solo tiene por fin pasar el rato, acorralar al adversario y demostrar quién es el más listo.
            Soy un poco bruto, ya lo sé. Algo tengo de matón de barrio que anda por ahí buscando gresca, aunque las mías no sean a puñetazos.


Martes, 5 de septiembre
NO TODO ES BASURA CURRICULAR

Sensación extraña la de esta mañana al asistir a una tesis doctoral sobre los diarios de Andrés Trapiello. Yo comencé a leerlos en 1989, antes de que se publicaran en libro, en las páginas de “Citas”, el suplemento cultural del Diario de Jerez que dirigían Juan Bonilla y José Mateos. Tantos años y tantos volúmenes después (veinte para ser exactos), le veo convertido en un clásico.
            En todo este tiempo, le he ido acompañando como crítico y como lector (debo ser uno de los pocos que ha leído todos sus libros) y, a intervalos, como amigo. Es difícil ser amigo de un escritor cuyas obras se comentan puntualmente en público. Lo que el autor espera de los críticos amigos es lo mismo que esperan las editoriales: un publicitario ditirambo, un acrítico encomio (más o menos lo que hace José-Carlos Mainer, y excelentemente, con los encargos de El País). Yo siempre he sido más bien impertinente: enumero minuciosamente los errores, o los que yo creo tales, y sintetizo los aciertos en pocas frases (a ser posible en una, o en media).
            La lectura de esta tesis, la primera que se le dedica, la veo como una entrada de mi generación en la historia literaria. Recuerdo –nos lo contaba Martínez Cachero– que la primera vez que en España se dedicó una tesis doctoral a un escritor vivo fue en 1950, cuando Carlos Bousoño se ocupó en la suya de la poesía de Vicente Aleixandre. Poco tiempo antes a él no le dejaron dedicar la suya a las novelas de Azorín y tuvo que ocuparse de un poeta decimonónico que le interesaba poco. Bousoño lo consiguió porque el director era un gran amigo del poeta, Dámaso Alonso. Se me ocurre pensar que Aleixandre tenía entonces cincuenta y dos años, mientras que Trapiello se acerca a los sesenta y cinco. O sea, que tampoco se apresuran a canonizarnos.
            Le cuento estas cosas, a la salida de la lectura, a mi amigo Miguel. “En tu caso especialmente, no se apresuran nada. Seguro que te fastidia bastante.”
            La verdad es que he sentido un poco de envidia escuchando a Eva Miranda Herrero, la nueva doctora, hablar de Andrés Trapiello. Resulta que, hace más de una década, el profesor de literatura, Javier García Rodríguez, les hizo comentar en clase un fragmento de uno de los primeros diarios. A ella le gustó tanto que buscó el libro, luego los otros volúmenes del Salón de los pasos perdidos y terminó dedicándole la tesis doctoral, una tesis hecha solo por amor: es profesora de Lengua y Literatura en un Instituto, no la necesita para su promoción académica.
            Pero no todo es envidia y melancolía, también siento un poco de alivio. Nada envejece más que los homenajes. Las pompas, fúnebres, y los homenajes, póstumos. Ese es mi lema.
            La verdad –no debería decirlo para no perder mi bien ganada fama de mala persona– es que me alegra esta tesis dedicada a Andrés Trapiello como si se le dedicara a alguien de la familia (y así es: de mi familia literaria), aunque –como ocurre en el caso de Miguel d’Ors y de tantos otros compañeros de guerras poéticas– ya no seamos amigos. Una suerte para él, por cierto: yo, por aquello de demostrar que soy más imparcial que nadie, con los libros de los amigos me muestro mucho más exigente que con los de quienes no lo son.


Miércoles, 6 de septiembre
PREFIERO QUEDARME FUERA

Días de diarios estos. Ando por un lado, revisando una traducción del Journal de los Goncourt; ayer, asistí a una disertación sobre los de Andrés Trapiello y hoy me encuentro, al cruzar por la plaza de Riego, con Iñaki Uriarte, el diarista más reconocido en los últimos años.
            Yo le admiro mucho porque es exactamente lo contrario de lo que yo soy: ponderado, tranquilo, indolente. Para hacerse un sitio en la historia de la literatura le han bastado tres delgados volúmenes publicados después de los sesenta años.
            Claro que si yo, para hacerme un sitio en la historia de la literatura, tengo que dedicar los primeros sesenta años de mi vida a leer, pasear, tomar el sol en Benidorm, no escribir una línea, no pelearme con nadie, procurar caerle bien a todos, y luego limitarme a escribir unos libritos llenos de elíptica sabiduría y volver a no hacer nada, pues la verdad, lo siento mucho, pero prefiero quedarme fuera de la historia literaria.
            Cada uno es como es y yo el infierno me lo imagino como un resort en Cancún, un crucero de lujo o una temporada en Benidorm.



Jueves, 7 de septiembre
UNA MODESTA PROPOSICIÓN

Si hemos de creernos lo que nos cuentan todos los periódicos españoles (en esto El País no se diferencia nada de La Razón), en Cataluña se ha producido un golpe de Estado y los catalanes se encuentran al borde del abismo.
            Si todos lo dicen, será verdad. No voy a discrepar yo de algo en lo que coinciden los políticos y la gente de la calle, sean de derechas o de izquierdas. Pero todavía es posible una solución antes del tópico choque de trenes. Los hechos, al parecer, son los siguientes: la mayoría parlamentaria de Cataluña ha aprobado una ley por la que se consultará a la ciudadanía si desea seguir o no formando parte del Estado español. Parece que esa consulta solo puede hacerse legalmente si la autoriza el gobierno central, que no está por la labor.
            Y aquí es donde a mí se me ocurre una solución bastante simple para acabar de una vez por todas (o al menos durante unas décadas) con el problema catalán. En lugar de celebrar el primero de octubre un referéndum independentista, celebrar otro de sentido contrario. Ni siquiera habría que modificar los preparativos o las papeletas. Bastaría con cambiarle el nombre y llamarlo “Referéndum para reafirmar la españolidad de Cataluña”. A una consulta así no pueden oponerse ni la Constitución ni Inés Arrimada. Ya me la imagino gritando en los mítines: “El día uno todos a votar para mandar a casa a esa panda de indeseables que tiene secuestrada a Cataluña”. Porque si el uno de octubre gana el no, si los catalanes reafirman su españolidad (algo de lo que no dudan ni la oposición catalana ni nadie del resto de España), Puigdemont dimite, se convocan elecciones autonómicas y todo vuelve a ser como era antes de que una minoría de radicales y alborotadores se hiciera con el control de la Generalitat.
            Me extraña que a nadie antes que a mí, ni siquiera a Mariano Rajoy, se le haya ocurrido una solución tan fácil y tan de sentido común.


Viernes, 8 de septiembre
CON LOS AÑOS

Con los años, uno acaba conociéndose demasiado bien como para tomarse demasiado en serio.