domingo, 16 de julio de 2017

Serpientes de verano: Lo que Baroja nunca contó


El pacto de agosto del 39 entre la Alemania de Hitler y la Rusia de Stalin sorprendió a todo el mundo menos a Pío Baroja.
            En un artículo de octubre de ese año publicado en La Nación, cuenta el motivo. Había ido de Vera a San Sebastián para una reunión de la Academia Española que iba a celebrarse en el Museo de San Telmo. Al salir de una droguería de la plaza de Guipúzcoa, le saludó un hombre joven, de buen aspecto. Por la manera de hablar, le pareció un donostiarra típico. “¿A dónde va usted?”, le preguntó el joven. “Voy al Museo de San Telmo, donde me han citado”. “Yo también voy para allá”. Le hizo una señal al chófer de un automóvil estacionado cerca y los dos se fueron caminando.
            Hablaron de etnografía e historia y de varios asuntos que interesaban al novelista. Pasaron después a los asuntos del día. El desconocido se expresaba con mucha libertad, Baroja con toda la cautela de quien había sido detenido por los requetés, había escapado a Francia y luego había vuelto a España sin tenerlas todas consigo.
            Se despidieron en la plaza de San Telmo, donde el desconocido, tras estrechar con fuerza la mano del novelista, subió a un automóvil, que se alejó a toda velocidad. “Por la cara del chófer, rubia dorada, cara de soldado germánico; por la matrícula del coche, que no era española ni francesa, pensé que aquel señor no era de San Sebastián ni mucho menos. Debía ser un alemán”, escribió Baroja en el citado artículo.
            Lo volvería a encontrar algún tiempo después, ya terminada la guerra civil y recién comenzada la mundial.         

CANCIONES DEL SUBURBIO

Del segundo encuentro de Baroja y el desconocido no teníamos noticia hasta ahora. Baroja, antes de regresar definitivamente a España (en 1937 pasó seis meses en Vera del Bidasoa), se detuvo unos días en Bayona. Era en 1940, tras la caída de Francia, cuando la alegría de unos, que pensaban que los alemanes venían a poner orden en el desbarajuste del Frente Popular, se mezclaba con la desolación de tantos, que huían de los invasores llenando las carreteras.
            Allí conoció Baroja a una muchacha de Bilbao, de la que se enamoró un poco, según su costumbre, y para poder verla todos los días se le ocurrió alquilar una máquina de escribir y dictarle durante un par de horas. Lo que le dictó fueron los poemas de Canciones del suburbio, su único libro de versos, ripioso, destartalado, pero lleno de encanto. Se publicaría en 1944 y Pedro Salinas, lo consideró una ofensa a la poesía.
            A mí me gustan mucho algunos poemas, como “Bayona de noche”, cuyos versos me vienen siempre a la memoria al acercarme a esa ciudad: “Por el puente de piedra / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.


UN LIBRERO DE VIEJO

La última vez que estuve en Bayona, hace pocos meses, caminando al azar  me encontré en una calle del barrio de Saint-Esprit, muy cerca de la neoclásica sinagoga, una librería de viejo que estaba escondida, tras un portal oscuro, al final de un largo pasillo. Los libros llenaban una especie de covacha, sin apenas luz natural, con una bombilla encendida que le daba no sé por qué el aspecto de cueva de alquimista.
            El librero, un viejo encorvado, de nariz ganchuda, tenía el aspecto de judío de caricatura, de los que aparecen a menudo en las páginas antisemitas de Baroja.
            Las librerías desordenadas me parecen las más propicias al hallazgo y al buen precio. No vi, sin embargo, en una primera ojeada, nada interesante en aquella: manoseadas ediciones de Pierre Loti, de Anatole France, mucho Maigret, aburridos best-seller, libros de esos que se amontonan en un cajón en la calle y se venden por un euro.
            Me iba a marchar, desilusionado, cuando el librero, que hasta entonces ni me había mirado, absorto en lo que parecía un manojo de facturas, alzó la vista y con un gesto me pidió que esperara. Entró en un zaquizamí y salió con una abultada carpeta de cartón sujeta con gomas.  Estaba llena de folios mecanografiados. La mayoría copias borrosas, de esas que se hacían con papel carbón. Eran poemas y algunas páginas en prosa. Estaban escritos en español. Quizá por eso el librero pensó que podrían interesarme (le había saludo en francés, pero reconocería mi acento).
            Puse un gesto que denotaba poco interés. De pronto comencé a leer un poema sin título y reconocí de inmediato al autor: “Son las diez de la noche, / el pueblo está desierto: / no hay un alma en las calles, / ni el menor movimiento. / Por el puente de piedra, / pasa negro y siniestro / el Adour silencioso / con un vago lamento”.
            En el prólogo a Canciones del suburbio, escribe Baroja: “Al marcharme de Bayona dejé los papeles y algunos libros en casa de una familia casi desconocida, y pensé que unos y otros se perderían y ya no me ocuparía de ellos; pero todos me han seguido como perros fieles al amo”.
            Los textos que le dictó a la muchacha de Bilbao le fueron devueltos, pero algunas copias debieron quedar por allí y ahora estaban en mis manos. Los poemas me resultaban todos familiares, pero las prosas no. Quizá fueran inéditas.
            Junto a uno de los poemas, alguien había dibujado a lápiz un corazón atravesado por una flecha, quizá la propia mecanógrafa. El sentimentalismo de los versos me recordaba al cuento de Mari Belcha: “Adiós, amiga mía, / no nos veremos más; / el sino nos arrastra / a cambiar sin cesar. / Yo tengo que ausentarme, / usted se casará. / La suerte y la distancia / nos van a separar / impidiendo que siga / nuestra dulce amistad”.
            Se me ocurrió pensar que aquel anciano tímido y enamoradizo, que había visto derrumbarse su mundo, tenía en los primeros meses de 1940, cuando le dictaba sus versos a una muchacha de Bilbao la misma edad que yo tengo ahora.
            El librero había notado mi interés. Me miraba con ojos codiciosos. Le pregunté el precio y me respondió con cifra astronómica, seguramente para empezar el regateo. Pero a mí nunca se me ha dado bien regatear.
            No dije nada, me puse a hojear las páginas de prosa. Todo me resultaba familiar, seguramente eran copias de artículos que luego iría publicando. Pero de pronto unas líneas me llamaron la atención. En Bayona, había vuelvo a encontrarse con el desconocido de San Sebastián. Y lo que esta vez contaba me dejó estupefacto.
            Tenía que hacerme con aquellos papeles. Traté de regatear, contra mi costumbre, pero contra lo que me esperaba el librero, seguro de mi interés, dijo que el precio era fijo.
            Al ir a pagarlo, resulta que no aceptaba tarjetas de crédito. ¿Dónde iba a conseguir yo esa cantidad? Del cajero solo podía sacar seiscientos euros. Se encogió de hombros, me quitó la carpeta de las manos y volvió a sus ocupaciones sin mirarme ni responder a mi saludo cuando salí de la librería.
            En el hotel en que me alojaba, pensé que había tenido suerte, que mejor no gastarse una fortuna en copias borrosas de textos ya conocidos, que el que tanto me había llamado la atención quizá ni siquiera fuera suyo.
            Pero, en el fondo, yo sabía que lo era. Y que alguna alusión a ese asunto hay en las páginas de Juan Benet o de Marino Gómez Santos sobre las tertulias de los años cincuenta en la calle Ruiz de Alarcón, cuando Baroja tenía ya un poco ida la cabeza. Quizá por eso no dieron ninguna importancia a aquella historia.
            De la que yo anoté lo que recordaba aquel mismo día, tratando de ser lo más preciso posible en los detalles, y que resumo ahora a la espera de que quien se hizo con la carpeta (volví meses después a Bayona y ya se había vendido) se decida a publicar unas páginas que, sin duda, serán noticia de primera página.


EL SEGUNDO ENCUENTRO

“El insomnio es un antiguo compañero mío. Me quedo leyendo hasta tarde y luego me entretengo en fantasías hasta que llega el sueño o llega la mañana. Pero hay veces en que esas imaginaciones se vuelven desagradables, uno da vueltas sin encontrar una postura cómoda, y entonces salta de la cama, se viste de cualquier manera y sale a la calle a tomar el aire.
            En Bayona, donde esperaba el momento de poder volver a España, yo había tenido suerte. Había salido de París poco antes del gran éxodo y pude viajar con cierta comodidad. El cuarto que alquilé, a un precio no excesivo, era bastante bueno, con una gran ventana que daba sobre un jardín de una villa vecina. Estaba en el camino de Marrac, muy cerca de los negros muros ruinosos donde los Borbones se entrevistaron con Napoleón. Había pagado dos meses por adelantado, pero pronto, con la gran afluencia de refugiados, los precios se multiplicaron tanto que el dueño buscó un pretexto para echarme. No sabía dónde ir.
Salí a dar una vuelta aquella última noche. Cuando quise darme cuenta, los pasos me había llevado delante de la casa donde se alojaba una amiga mecanógrafa. Parece que tampoco podía dormir porque, a través de una ventana abierta, creí oír su voz cantando una canción vasca: “Uso zuriya errazu”. En español dice así: “Paloma blanca, / di a dónde vas. / Los montes de España / están llenos de nieve, / esta noche tu albergue / tienes en mi casa”.
            Se me llenaron los ojos de lágrimas, no sé por qué. Verdad es que los viejos tenemos dentro del pecho corazón de niño. Y fue entonces cuando noté una mirada fija en mí. Me limpié las lágrimas avergonzado.
            Lo reconocí cuando me tendió la mano, sonriente. Era el desconocido de San Sebastián. Se puso a hablar conmigo como si siquiera la conversación de entonces, como si no hubieran pasado tres años terribles. Yo, recordando su atinada profecía de entonces, le escuchaba con mucha atención. Me dijo que los alemanes iban a poner orden en el mundo, que la guerra duraría unos meses, que los judíos dejarían de ser un problema. “Pero lo seguirán siendo los comunistas”, dije yo. “Pronto dejarán de serlo. Alemania invadirá Rusia y de la noche a la mañana aquello se convertirá en un feliz protectorado”.
            Me atreví a preguntarle quién era, cómo sabía esas cosas, por qué me las contaba. Sonrió, tenía una sonrisa seductora, como de galán de cine. “Da igual que en ayuda de Francia vengan Inglaterra e incluso Estados Unidos. A Alemania la estamos enseñando a preparar armas que no han sido vistas nunca en este planeta”.
            Caminando habíamos llegado hasta la gran plaza del teatro, donde se juntan los dos ríos. En el centro había un vehículo oscuro, con las luces apagadas. El desconocido, que me dijo era ingeniero, y que sonrió cuando le pregunté cómo hablaba también español siendo alemán, se despidió de mí. Luego entró en lo que yo creía un raro automóvil, pero que de pronto se elevó en vertical, giró hacia la derecha y desapareció como una exhalación. O estaba soñando o acababa de ver una nave de otro planeta, como en una novela de H. G. Wells”.


18 comentarios:

  1. En la línea -5, no sé si quiere decir "cómo hablaba también español", o "cómo hablaba tan bien español". Pero ambas versiones tienen sentido, aunque no el mismo.

    ResponderEliminar
  2. La historia de la librería oscura parece invento del autor del blog. Más creíble es Pío Baroja poeta. El poema de amor que copias, el viejo que se despide para siempre de su joven amada, es conmovedor. Hace vivir a la naturaleza. Pero no le veo ripios. No sé.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. El poema puede leerse completo en "Canciones del suburbio".

      Eliminar
  3. Cada semana sus textos son más extraños.

    ResponderEliminar
  4. No sé si te has dado cuenta, SM, de que cada verano se interrumpe la publicación del diario y comienza a publicarse en el periódico una serie distinta.

    ResponderEliminar
  5. La historia de Baroja es preciosa, sugerente y muy amena. Un placer total en estas horas de calurosa calma. Podría decirse que JLGM es tan barojiano como Baroja.

    ResponderEliminar
  6. Hace 30 o 40 años paseaba yo por las riberas del Adour y me metí en una callejuela. Entré en una casona preciosa que era un bar. Había dos o tres jóvenes en la barra que hablaban en euskera con frases sueltas en francés y tacos en castellano. Me miraron desconfiados. Me sentí incómodo y me marché. Dos dias o tres más tarde la policia tuvo un encontronazo con un coche de unos etarras en un pueblo de al lado. Fue el comienzo de una historia que nunca escribí

    ResponderEliminar
  7. Un áspid como ese tienen acechándote en la redacción de La N.E.
    El domingo publicaba ese diario una reseña del homenaje a Ángel González en la Plaza del Paraguas de la levítica, que la Semana Negra gijonesa estimó que debía celebrarse al amparo de aquella sombra que tanto agradaba al gran poeta. En la foto, Xuan Bello en la palabra; a su diestra y sentados en sus butacas, el púgil-poeta Piquero y a su lado JLGM. Hubo palabras del plumilla para los presentes (la verdad es que citó a quienes hicieron lectura de poemas), pero ni una para mencionar a nuestro polígrafo aldeanovense. ¿Hay derecho? ¿Qué te hicieron? ¿Qué les habrás hecho?

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Yo también leí poemas, pero eso de no citar a los colaboradores de la competencia es costumbre (mala costumbre) de los periódicos.

      Eliminar
    2. Imperdonable, mezquino.

      Eliminar
  8. María Taibo - Miranda Taibo18 de julio de 2017, 22:17

    Pido perdón por mis comentarios agresivos hacia el Opus Dei de hace unas semanas. He buscado mi nombre antiguo ( Miranda Taibo ) por un asuntillo que tengo pendiente con un ex que tiene a bien castigarme con dedicatorias de sus obras y, para mi sorpresa, esos comentarios salían al principio. Ojalá este también se vea a partir de ahora, para que se sepa que no pienso mal de ellos -al contrario-, sino que en ese momento me tomé las cosas de modo personal.

    ResponderEliminar
  9. Miguel el Entrerriano18 de julio de 2017, 23:35

    A partir del par de novelas suyas que he leído (mi dosis de saturación para este autor), opino que Baroja era mal escritor y buen ideador o imaginador, pero la lengua no diferencia y llama "escritor" a cualquier cosa; perdón, persona. Como escritor es desastrado, negligente, chapucero, y enseguida se nota que el lenguaje le importa un pito, y sólo se cuida de la acción y de que los personajes le queden convincentes y nítidos de carácter. En Baroja se da la paradoja de que alguien que escribe mal, con desaliño (quizás Martín diría "a la diabla") es considerado como GRAN ESCRITOR a causa de sus tramas y sus personajes. A mí (que alcanzo éxtasis con Borges) me ha costado siempre entenderlo.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo de escribir bien o mal es cosa más que discutible. Y no hay que confundir al Baroja de la guerra y la posguerra, con el de las novelas de las primeras décadas del siglo. Espléndido Baroja.

      Eliminar
    2. Absolutamente de acuerdo. "La lucha por la vida" no es peor que Rojo y negro. Y sin ella probablemente Barea no habría escrito "La forja de un rebelde", otro clásico. Y lo de escribir bien o mal... Umbral tiene un gran estilo y creo que a estas alturas la mitad de sus libros se caen de las manos. Dentro de 20 años sólo quedará "Mortal y rosa". Si es que algo queda

      Eliminar
  10. Calibrar la calidad literaria de un escritor como Baroja, autor de unas 160 novelas, cuando sólo se han leído dos de sus obras, es cuanto menos aventurado.

    ResponderEliminar
  11. Miguel el Entrerriano20 de julio de 2017, 14:40

    Tienen ustedes mucha razón. Dos novelas, solo dos, es muy insuficiente para lanzar una sentencia descalificatoria. Voy a poner manos a la obra con novelas de la primera época. Leeré la tetralogía Tierra Vasca.

    ResponderEliminar
  12. Si ustedes creen que Baroja y Umbral escriben mal... ¿Quién, cojones, les parece a ustedes que sí que ha escrito bien en este país?

    Baroja es el puto amo, señores. Y Umbral, un tío bien, pero bien, grande. ;-)

    ResponderEliminar