domingo, 13 de agosto de 2017

Serpientes de verano: Luis Cernuda y el fantasma de Canterville


En el verano de 2002, unos cuantos amigos viajamos a Buenos Aires. Cada uno llevaba su plan de trabajo (yo, revisar los archivos de La Nación en busca del artículo de Rubén Darío en que habla de Sherlock Holmes y el robo de las joyas carlistas), pero la verdadera razón era pasar unos días juntos en una ciudad que parecía haber comenzado a salir de sus años peores.
            El cambio nos era muy favorable y pudimos alojarnos en un excelente hotel al comienzo de la Avenida de Mayo. Desde la terraza, teníamos la entera ciudad a nuestros pies: a un lado, las torres y las cúpulas; al otro, las aguas turbias del Río de la Plata.
            Nos dedicábamos más a callejear, citar a Borges, frecuentar librerías y locales con música en vivo que al trabajo que nos había llevado allí. Lo pasábamos bien juntos, a pesar de que algunas vez nos enredábamos en esas discusiones a las que soy adicto.
            Un día, Xuan Bello dijo: “Esta tarde voy a visitar a mi tío Vitorio. ¿Alguien quiere acompañarme?”
            Ni Silvia Ugidos ni Martín López-Vega estaban por la labor, pero yo me apunté de inmediato, aunque, como todo el mundo, nada deteste más que las visitas familiares. El tío argentino de Xuan era todo un personaje: había sido compañero de Cernuda en Cambridge. Yo siempre dudé de su existencia, como de la de tantos otros protagonistas de las líricas fantasmagorías de mi amigo. Al principio, oyéndole hablar de su tío fabuloso, creí entender que se trataba de un amante del poeta (el que aparece en los poemas de Vivir sin estar viviendo), pero él me explicó que no, que solo habían sido colegas en el Emmanuel College.



EL TÍO DE XUAN

El tío Vitorio, –Manuel Victorio Fernández Valiela– existía de verdad. A punto de cumplir noventa y dos años, se conservaba erguido y con la mente clara. Nos invitó a tomar un café o un mate y luego a dar un paseo por la Recoleta para mostrarnos algunos de sus árboles favoritos.
            A Cambridge había ido, becado por el gobierno argentino, a estudiar fitología y era uno de los mayores expertos mundiales en la materia. Hablaba de los árboles con el mismo entusiasmo que otros de sus hijos o de su mujer.
            Un añoso roble le recordó a otro que crecía frente a su casa de la infancia, en Paniceiros, y Xuan y él se dedicaron a evocaciones familiares de las que yo, como era de esperar, me sentía ausente.
            Cada vez más aburrido, no sabía cómo llevar la conversación hacia su amistad con Cernuda. Me daba la impresión de que se trataba de un producto de la imaginación, tan cunqueriana, de Xuan y que no quería que lo descubriera.
            Adivinó lo que pensaba, o se apiadó de mi aburrimiento, e interrumpió amablemente la explicación sobre el envejecimiento de los árboles: “Perdona, tío, pero mi amigo García Martín no se cree que fuiste amigo de Luis Cernuda. ¿Podrías hablarnos un poco del poeta antes de que marchemos? Creo que ya te hemos fatigado bastante”.
            El tio Vitorio sonrió y no tuvo inconveniente en cambiar de asunto: “Era un tipo raro, y bastante arisco. Salvo a mí, yo creo que a nadie más le caía bien. Yo le gustaba porque era joven y le hablaba de árboles y no de poesía, ni siquiera de la suya, que entonces no había leído. Los dos vivíamos un poco al margen, o muy al margen, del medio académico. Nos alojábamos en el Emmanuel College y nos concedieron el privilegio de cenar en la High Table, corriendo nosotros con los gastos. La comida no era precisamente buena (estábamos en 1943), pero el escenario merecía la pena. Una sala larga y oscura, conventual, con borrosos vitrales de escenas bíblicas. En la mesa principal, a un extremo, se sentaban los profesores; en otras tres, perpendiculares a ella, los estudiantes. No había sillas, sino incómodos bancos. La primera vez que entramos, nos sorprendió ver, presidiendo, un gran retrato al óleo de Felipe II. Pero no era Felipe II, claro, sino un prócer inglés cuyo nombre ahora no recuerdo. Cernuda, lector de español y no profesor, se sentaba conmigo, becario, y con los otros estudiantes; le estaba vedada la mesa principal”.
            “Seguiste en contacto con él cuando os separasteis en el 45. ¿No es cierto, tío? ¿Conservas sus cartas?”
            “Por algún sitio andarán. También alguna fotografía. Incluso me envió el original de un libro suyo para que yo intentara publicarlo en Argentina. Lo aceptaron en Losada, pero luego lo rechazaron. El poeta se llevó un disgusto. Apareció más tarde en otra editorial, gracias a Ricardo Molinari, también buen amigo”.
            Habíamos vuelto a su apartamento. Se le notaba fatigado. “No dejes de volver a pasar por aquí antes de regresar a España, Xuan. A ver si para entonces te he encontrado las cartas. Casi todas se referían a lo mal que se encontraba en Inglaterra y al libro que quería publicar. Pero había una que te gustaría leer. Era larga, hablaba de un castillo y un fantasma. Me extrañó su tono confesional, impropio de él, al menos en su trato conmigo. Le escribí preguntándole si era un capítulo más que añadir al libro de cuentos que le rechazaron en Losada. No me contestó o no me llegó su contestación. Eras unos cuantos folios mecanografiados. Creo que se los quedó Molinari”.


XURDE, EL LIBRERO DE LA NOCEDA

El pasado jueves, como todos los jueves, pasó por mi casa Xurde, el librero de La Noceda, a llevarse unas bolsas de libros para dejar sitio a los nuevos que entran cada día. Siempre procura compensarme con alguna rareza que encuentra en su almacén. Esta vez fueron unos fatigados volúmenes de Joaquín Gómez Bas, el escritor (también pintor) que nació en Cangas de Onís, y que acabó siendo miembro destacado de la Academia Porteña del Lunfardo.
            Dentro de las páginas de Barrio gris, había varias holandesas mecanografiadas. En una de ellas, reconocí versos de un poema de Molinari; en otras, creí encontrar la carta de Luis Cernuda de la que nos había hablado hace quince años el tío de Xuan Bello en Buenos Aires.

LA CARTA PERDIDA
  
Tardé en dormirme y, al poco de hacerlo, me despertó el estruendo de una ventana que golpeaba contra el muro. Al principio, no supe qué hacía allí y no en mi pequeña habitación alquilada, frente a la arboleda de Hyde Park.
            No soy hombre al que le guste aceptar invitaciones, como bien sabe usted, aunque desde que dejé mi piso en la calle Viriato de Madrid haya tenido que vivir a menudo en casa ajena. Pero esta era una invitación especial.
            Con John Overy, paseaba a menudo, después de las clases. Era un jovencito frágil, silencioso, Yo tampoco soy muy locuaz, así que más que charlar, callábamos juntos. Me hizo alguna confidencia: no se llevaba bien con su padre, tenía un gran cariño por una hermana algo mayor, Virginia, que alguna vez nos acompañaba, cuando venía a visitarle, y que le hacía las veces de madre. Fue ella quien me invitó a pasar un fin de semana en su castillo apartado del mundo, rodeado de jardines y bosques y en el que se decía que había situado Oscar Wilde su relato “El fantasma de Canterville”. John me miró un momento a los ojos, luego bajó los suyos, y ruborizándose, dijo: “Acepte, por favor”. Acepté sin pensarlo. Me había divertido mucho, y también emocionado, con la historia de Wilde, con ese fantasma patoso al que asustan los rudos nuevos dueños del castillo y que al final se redime por amor.
            Acepté y ahora me arrepiento. Tras esperar largo rato, me levanté y fui a cerrar la ventana, que seguía golpeando. El castillo era tan inmenso que los demás no debían oírla. Salí al pasillo, muy débilmente iluminado, salvo cuando lo hacía algún rayo (era noche de tormenta, como en cualquier relato de terror).
            Caminé hasta la biblioteca, con pesadas estanterías que ocultaban los gruesos volúmenes tras de vidrios emplomados, pero allí todas las ventanas estaban cerradas. A la luz de un relámpago, creí entrever una gran mancha de sangre sobre el pavimento, como en el relato de Wilde. Me asusté. Volví a mirar. Ya no estaba. Todo había sido una ilusión óptica.
            Pero mi alivio duró poco.  Sentado en una esquina, envuelto en hopalandas de otro siglo y con un gesto serio que me resultaba vagamente familiar, un hombre me miraba. Pensé en una broma; ni siquiera me atrevía a pensar que fuera una aparición.
            Entonces oí su voz. “No malgastes tu vida en sueños”, dijo. Abrí los ojos. No estaba en la biblioteca, sino en el lecho que me habían asignado, bajo el amplio dosel, y la noche era apacible, no se oía el estruendo de ninguna ventana ni de ninguna tormenta. Frente a mí, había un hombrecillo menudo, ya de cierta edad, que no daba miedo ninguno. Vestía con cierta elegancia, como a mí me gusta vestir, y llevaba una pipa en la mano.
            “¿Por qué me despiertas? ¿Te inspira envidia el sueño humano?”
            “¿No me reconoces? ¿No te reconoces en mí? El hombre no solo forja a imagen propia su Dios, también su demonio”.
            Y como demonio que era me tomó de la mano y me llevó, atravesando paredes, hasta el dormitorio de Virginia. Ella, al verme entrar, alargó los brazos y se abrazó a mí con fuerza. Los dos estábamos desnudos. Yo quise separarme. “No lo conseguirás”, me dijo el hombrecillo de cabello blanco que nos contemplaba con gesto mefistofélico. “Ella está soñando contigo. Es una joven virtuosa, pero está enamorada de ti y no manda en sus sueños. Cásate con ella. La harás feliz y harás feliz también a su hermano John: sois las dos personas que más quiere”.
            Volví a despertar, sudoroso, en mi cama con dosel. Recordé entonces unos versos que había escrito poco tiempo antes: “Siento esta noche nostalgia de otras vidas. / Quisiera ser el hombre común de alma letárgica / que extrae de la moneda beneficio, / deja semilla en la mujer legítima / y confía en Dios, pues frecuentó su templo”.
            A la mañana siguiente, en el desayuno, todos teníamos mala cara: Virginia, yo, el  joven John, y también Lord Overy, el padre de ambos, amargado y viudo y de pocas palabras. Seguro que ninguno habíamos dormido aquella noche. Yo me inventé un compromiso ineludible y dije que tenía que partir ese mismo día. Virginia y John lo lamentaron, su padre fingió lamentarlo. Noté que Virginia se ruborizaba un poco al mirarme; a mí me pasaba lo mismo, no podía dejar de recordarla desnuda estrechándome entre sus brazos.
            Les dije adiós desde la ventanilla del tren, en Ascot, la estación más cercana, a siete millas del castillo, y al sentarme comprobé que en el departamento, hasta entonces vacío, había otro viajero. Le reconocí de inmediato. “No puede escapar el hombre a su destino”, dijo tras darle una larga calada a su pipa.
            La Navidad de 1946, ojalá fuera la última en este país o en esta vida, la pasé solo, como siempre hago, inventándome compromisos para escapar a las invitaciones de los pocos amigos que aún soporto.
            ¿La pasé solo? Eso hubiera querido. La pasé con quien más detesto: yo mismo. 


sábado, 5 de agosto de 2017

Serpientes de verano: París-Buenos Aires


––Señora, las fuerzas armadas han decidido tomar el control político del país y usted queda arrestada.
            Era la madrugada del 24 de marzo de 1976. María Estela Martínez de Perón no pudo evitar un suspiro de alivio. “¡Ya era hora!”, dijo o dicen que dijo. “Esta noche por fin podré dormir tranquila”.
            Nunca un golpe de Estado fue tan deseado, ni tan anunciado, como el que llevó al poder al teniente general Jorge Rafael Videla, al almirante Emilio Eduardo Massera y al brigadier Orlando Ramón Agustí.
            Poco después, Joaquín Soler Serrano entrevistó a Jorge Luis Borges en su programa A fondo y en un momento de aquella la entrevista en borroso blanco y negro se le escucha decir: “Argentina está ahora en manos de unos caballeros”.


EL OTRO CIELO

Ese mismo día, a las cuatro de la tarde, estaba previsto un experimento que comenzaba en la Galería Güemes, el pasaje cubierto entre las calles Florida y San Martín, y terminaba en la Galerie Vivienne, en París, muy cerca del Palais Royal.
            Los nuevos descubrimientos de la física cuántica hacían posible convertir en realidad lo que Cortázar había soñado en “El otro cielo”, uno de los relatos de Todos los fuegos el fuego. Quien iba a llevarlo a cabo era uno de mis amigos del Carreño Miranda, Rafael Ablanedo, con el que yo había vuelto a coincidir un verano en París, cuando ya él se había trasladado con su familia a América.
            Rafa Ablanedo era famoso por su inteligencia y por su afición al disparate. Sacaba las máxima nota en todas las asignaturas, lo mismo en latín que en matemáticas, y un día estuvo a punto de hacer saltar por los aires todo el edificio durante un experimento en el laboratorio de Física, y otro se quedó completamente desnudo en clase porque, según decía, había descubierto una tintura, con la que se embadurnó antes de salir de casa, que le volvía invisible.
            Cuando me lo volví a encontrar, en el París de 1970, estaba obsesionado con los fenómenos paranormales, para él rigurosamente científicos. Le había deslumbrado El retorno de los brujos, de Pauwels y Bergier, y se había  suscrito a su revista Planète.
            Recuerdo bien la larga charla que tuvimos, en una terraza de la plaza de la Sorbona, muy cerca del jardín de Luxemburgo, a la sombra del positivista Auguste Comte. Él traía en las manos Regreso a las estrellas, de Erich von Daniken, recién aparecido; yo, un libro que me interesaba bastante más, Todos los fuegos el fuego, que acababa de comprar en la Librería Española de la rue de Seine junto con algunos números de Cuadernos de Ruedo Ibérico.
            Mi entusiasmo por Cortázar (al contrario que el dedicado a Borges), ha disminuido con el tiempo, pero la fascinación por “El otro cielo” continúa intacta. Un corredor de bolsa camina distraído por su ciudad, Buenos Aires, y sus pasos acaban llevándole siempre hasta la Galería Güemes, territorio ambiguo donde fue a quitarse la infancia “como un traje usado”: “Hacia el año veintiocho, el Pasaje Güemes era la caverna del tesoro en que deliciosamente se entremezclaban la entrevisión del pecado y las pastillas de menta, donde se voceaban las ediciones vespertinas con crímenes a toda página y ardían las luces de la sala del subsuelo donde pasaban inalcanzables películas realistas”.
            Entraba en el Pasaje Güemes y reaparecía en París, en “la Galerie Vivienne, por ejemplo, o en el Pasage des Panoramas con sus ramificaciones, sus cortadas que rematan en una librería de viejo o en una inexplicable agencia de viajes donde quizá nadie compró nunca un billete de ferrocarril, ese mundo que ha optado por un cielo más próximo, de vidrios sucios y estucos con figuras alegóricas que tienden las manos para ofrecer una guirnalda”.
            El viaje no es solo en el espacio, también en el tiempo. Los paseos por Buenos Aires tienen lugar en los años finales de la Segunda Guerra Mundial; los de París, en la época del Segundo Imperio, cuando la amenaza prusiana.


AGUJEROS DE GUSANO

No olvidaré nunca aquellos días en un París todavía con las pintadas y los adoquines levantados del 68 (o así aparece en mi recuerdo) ni a mi amigo Rafa afirmándome muy serio que las fantasías de Cortázar, como antes las de Julio Verne, acabarían pronto siendo realidad.
            Algún tiempo después, en una carta desde Buenos Aires, se refirió a esa profecía suya y me dijo que estaba a punto de cumplirse. Sus cartas siguientes venían llenas de complicadas fórmulas matemáticas, que yo no entendía, pero que en su opinión, dejaban meridianamente claro que el traslado instantáneo en el espacio, desmaterializarse en un lugar y materializarse a los pocos segundos en otro, era posible. Y el primer experimento público, en homenaje a Cortázar, tendría lugar precisamente en el Pasaje Güemes y la reaparición en la Galerie Vivienne.
            Ese es el acontecimiento que iba a tener lugar el 24 de marzo de 1976. La última carta suya incluía varios recortes periodísticos con anuncio del espectáculo. Porque, efectivamente, se trataba de un espectáculo: lo organizaba una asociación vecinal, no un departamento universitario.
            Mi amigo se disculpaba: “Ya sabes cómo es la ciencia oficial, no aceptan nada que los saque de sus caminos trillados, y como yo no soy catedrático, ni siquiera terminé la licenciatura, no han querido hacerme caso. Pero no se trata de un ejercicio de ilusionismo, te lo aseguro. Hemos invitado a autoridades y gente importante. Ernesto Sábato nos ha prometido que asistirá. Y en París estamos en tratos para que sea el propio Julio Cortázar quien me salude cuando me materialice en la Galerie Vivienne”.
            Un disparatado programa de televisión, de los que a mí me gusta ver antes de irme a la cama, me ha traído de nuevo a la memoria el experimento de mi amigo. Se titula Aliens y en él he vuelto a encontrarme con Erich von Daniken y con las líneas de Nazca y la constelación de Orión y las calaveras de cristal y los agujeros de gusano.
            Hablando de estos últimos oí mencionar de pronto, para sorpresa mía, el exitoso experimento de un investigador español en 1976. ¿Sería el de mi amigo?
            “Un agujero de gusano –explicaba un supuesto físico de no sé qué universidad– es un atajo en el espacio-tiempo descrito por Einstein en sus ecuaciones de la relatividad general.  También recibe el nombre de puente de Einstein-Rosen. Permite viajar en instantes de un planeta u otro, incluso de una galaxia a otra”.
            ¿Llevó a cabo o no mi amigo Rafa el experimento? La verdad es que yo me desentendí del asunto. Todo el mundo aplaudió aquel golpe tan limpio, tan educado, de los militares argentinos; en la dictadura española, había muchos que soñaban con una operación semejante. A Francisco Franco, le había sucedido el rey Juan Carlos, tras jurar defender los Principios Fundamentales del Movimiento, y el jefe de Gobierno, Carlos Arias Navarro, trataba de dar marcha atrás en sus tímidos intentos de apertura porque sentía que se le estaban yendo de las manos.
            La situación de España en general y la mía en particular eran lo suficientemente complicadas como para quitarme de la cabeza los disparates de mi amigo Rafa Ablanedo, de quien perdí la pista, disparates que todavía siguen siendo tomados en serio en el canal Historia o incluso en el presuntamente más riguroso National Geographic.



DOS DE AZÚCAR

Un acontecimiento inesperado, uno de esos azares que no caben en la ficción realista, que gusta de la verosimilitud, me ha llevado a pensar que el experimento previsto para el día 24 de marzo de 1976 se llevó a cabo y que quizá tuvo éxito.
            Estaba yo hojeando el diario El Comercio, como cada domingo, en la cafetería Dos de Azúcar, en el Fontán, cuando frente a mí, en la mesa común, se sentó una pareja de turistas que hablaban con acento argentino. Traían con ellos una edición reciente de Operación masacre, de Rodolfo Walsh, uno de los desaparecidos de la dictadura, y ese fue el pretexto para iniciar la conversación.
            Hablamos de Buenos Aires y de las librerías de la Avenida Corrientes y del Pasaje Güemes. “Mi padre –dijo la mujer– desapareció ahí el mismo día del golpe. Mi padre era asturiano, de Avilés”.
            Y supe así, de los labios de una de sus protagonistas, cómo había acabado aquella historia de hace cuarenta años. María Ablanedo tenía entonces solo dos años. Pero se lo había oído contar a su madre una y mil veces.
            El día del golpe, aplauso y alivio en público y secreto terror en muchas casas. Aquella misma noche se llevaron, por lo general para siempre, a estudiantes, sindicalistas, profesores de los que se sospechaba alguna simpatía hacía los subversivos, que también celebraron el golpe, que esperaban desde hacía tiempo, allá en sus campamentos remotos y en sus guaridas clandestinas.


LO QUE ME CONTÓ LA HIJA

El armatoste de hierro y de cristales, con sus válvulas y sus lucecitas que se encendían y se apagaban, estaba ya armado y listo para utilizarse en uno de los locales del Pasaje Güemes. Aquel día en que medio país temblaba y el otro aplaudía mi padre se empeñó en salir de casa y seguir con el plan previsto. Mi madre suplicó en vano. “Lo tengo todo preparado y bien preparado –decía–, será un éxito mundial, mañana apareceré en la primera plana de todos los diarios”.
            Y hasta allá fue, sin que nadie le detuviera, sin que nadie le preguntara nada en un Buenos Aires que retemblaba bajo las botas de los militares y todavía no podía ni imaginarse el horror que se avecinaba. Nadie esperaba, por supuesto, en el local del Pasaje Güemes. Él ya suponía que Ernesto Sábato no se habría atrevido a desplazarse hasta allí, pero confiaba en encontrarse al menos con un puñado de curiosos. No todos los días se lleva a cabo la confirmación de una de las hipótesis más aventuradas de Einstein.
            Antes de cerrar mi padre la puerta de  aquella especie de cápsula, pudo contemplar a una patrulla militar que avanzaba por la galería, quizá en su busca.
            No volvimos a ver a mi padre, desapareció en Buenos Aires como había previsto. No lo volvimos a ver, pero unas semanas después recibimos una carta desde París. Era suya, inconfundiblemente, como las que la siguieron, también manuscritas. Luego cesaron y ya no tuvimos más noticias de mi padre.         
            ¿Desapareció en París, sin dejar rastro, en un París al que había llegado pocos instantes después de desaparecer en Buenos Aires? En la primera carta nos decía que le habían recibido docenas de periodistas, que incluso el “larguirucho” Cortázar –ese adjetivo empleó– no había querido perderse el acontecimiento.
            Pero ningún periódico informó de ello ni nadie fue capaz de darme noticia de mi padre cuando fui a París en su busca.