sábado, 30 de diciembre de 2017

Acción de gracias: Cadena de bloques


Sábado, 23 de diciembre
ELOGIO DE LA VANIDAD

Soy de esas personas, bastante insoportables, que tienden a considerarse más listos que nadie. Hablan con un matemático y le discuten algún punto de las matemáticas, con un catedrático de Derecho Constitucional y discrepan de la interpretación habitual entre los expertos de tal o cuál artículo de la Constitución, con un teólogo y no están de acuerdo con la lectura que la iglesia católica (o la evangélica, según se trate) hace de esta o aquella expresión griega puesta en boca de Jesús.
            Como de sobra sé que no tengo enmienda, procuro sacarle todo el partido posible a esta tendencia mía de querer tener siempre la razón. Últimamente andaba bastante deprimido porque todos los días leía algo en los periódicos sobre un asunto que no acababa de entender.
            “¿Cómo voy a ser más listo que nadie –me decía con tono burlón (la verdad es que reírme un poco de mí mismo es una de mis actividades favoritas)– si ni siquiera soy capaz de entender qué es un bitcoin?”
            Acabo de empezar a ponerle remedio. Comienzo con un vídeo titulado “Bitcoin, explicado para torpes”, sigo con la entrada de la Wikipedia y de ahí voy pasando a otros enlaces. Una hora después ya voy viéndolo un poco claro. Ahora lo que se me va volviendo más misterioso es el dinero de toda la vida.
            Hay unos señores que se llaman “mineros” y que se dedican a crear bitcoins mediante complejos sistemas informáticos, como los mineros tradicionales se iban a California en busca de oro. El número de bitcoins que se pueden crear es limitado: exactamente veintiún millones. Todas las transacciones que se hacen entre usuarios quedan registradas para siempre en miles de ordenadores y son imposibles de falsificar.
            Comienzo a entender, pero no entiendo del todo. Me vería en dificultades para explicar qué es lo que realmente se crea cuando se crea un bitcoin. Parece más fácil cuando se trata de un euro o un dólar porque pienso en la moneda o el billete. Pero la mayoría de los dólares o euros que circular por el mundo (o por la tarjeta que llevo en mi bolsillo) no tienen existencia física.
            Seguiré investigando. Ser vanidoso tiene sus ventajas. Recuerdo el ejemplo de Ortega sobre aquel hondero que se entrenaba todas las noches para llegar a alcanzar la luna. Nunca lo conseguiría, por supuesto, pero si no cejaba en el empeño acabaría siendo uno de los mejores honderos del mundo.
            Yo nunca conseguiré ser más listo que nadie, de eso estoy seguro y también de que, gracias a mi empeño por serlo, no resulta fácil vencerme en cualquier debate.


Domingo, 24 de diciembre
MISA DEL GALLO

¿En que se parece la Navidad al bitcoin? En que su número es limitado y en que son enteramente virtuales: celebramos el nacimiento de un niño, que si nació no nació ni tal día como hoy ni en el año en dicen que nació.
            Celebramos que en la infancia celebrábamos la Navidad.
            Celebramos que hemos dado un paso más hacia la tumba.
            Celebramos que sabemos inventar jaulas y no llaves para escapar de ellas.
            ¿En el Paraíso celebran la Navidad? ¿Jesucristo tiene que soplar las 2017 velas de un gran pastel?
            ¿Jesucristo sigue cumpliendo años o se mantiene en los 33 para toda la eternidad?
            Las religiones son una empresa basada en la confianza, funcionan a la perfección mientras los clientes crean que existe un Dios (el que exista de verdad o no carece de importancia). Dios es un ente virtual, como el bitcoin o cualquier moneda. No existe, pero sostiene y hace funcionar el mundo.


Lunes, 25 de diciembre
CONEY ISLAND

Quizá no fue una buena idea ir a ver Wonder Wheel, la nueva película de Woody Allen, el día de Navidad. Al principio me pareció el regalo perfecto, sobre todo cuando la taquillera me dijo que los puntos de mi tarjeta de las salas Yelmo me daban derecho a la entrada gratis.
            Pero era un regalo envenenado, que me deja muy mal sabor de boca. La última vez que estuve en Coney Island, con un grupo de amigos, fue hace casi veinte años. Una mañana radiante, con la gran noria presidiendo las melancólicas barracas, más desoladas entonces que en el colorín de los años cincuenta que nos muestra Woody Allen. Pero luego el día se nubló y cayó un repentino chaparrón que nos hizo refugiarnos bajo el paseo de madera, en los mismos lugares en que Mickey hace por primera vez el amor a Ginny. El día se nubló, también emocionalmente, y ya solo recuerdo, o solo quiero recordar, los perritos calientes que comimos en Nathan’s, los últimos que comimos juntos.
            Y luego están las navidades, esa otra noria emocional, con los sentimientos a flor de piel, con tanta gente como vamos dejando en el camino y que, de pronto, cuando menos lo esperas, se presenta a la cena, como en el anuncio de Coca Cola (“Estamos más cerca de lo que creemos”), y hay que hacerles sitio en la mesa y en un corazón tan vacío donde no cabe ya ni una ausencia más.
            La película de Woody Allen defrauda a todos. Comienza como un divertido juguete y termina con un final tan sin esperanza que nos corta el resuello. Woody Allen lleva años intentando que no le tomen por un payaso o por un aprovechado que va donde le pagan bien (Roma, Barcelona, París) rueda un telefilme promocional, toma el dinero y corre.
            “¡Yo soy el nuevo Ingmar Bergman, no un payaso, no un simple cómico de Brooklyn!”, grita sin que nadie le haga demasiado caso.


Martes, 26 de diciembre
EL VERDADERO FINAL

Inesperadamente, pero sin demasiada sorpresa, un amigo que trabaja en Amazon (es un alto ejecutivo) me informa de que Woody Allen cortó en el montaje los últimos minutos que había rodado de Wonder Wheel. El final que vemos en las salas de cine es un falso final. Tras el rostro desolado de Ginny, esa nueva Blanche DuBois, Clitemnestra que ha sacrificado a Ifigenia para nada, vuelve a aparecer sonriente, como en las primeras secuencias, Mickey, el donjuanesco salvavidas.
            “Así acababa la obra que yo escribí con mis experiencias de aquel verano en Coney Island imitando a mis admirados Tennesse Williams y Eugene O’Neill. Fue un gran éxito de crítica, aunque no duró más que una semana, quizá porque se estrenó en Navidad y a la gente no le gusta que le cuenten dramones por esas fechas, bastante tiene con lo que tiene en casa y en la primera página de los periódicos. Las cosas fueron de otra manera y quizá hubiera tenido más éxito si las hubiera contado tal como fueron”.
            Volvemos a la escena en que la dulce Caroline, tras despedirse de Mickey a la puerta de la pizzería Capri, camina sola seguida de un ominoso coche negro. El automóvil se detiene junto a ella. Se abre la puerta y un hombretón la obliga a entrar. Pero dentro está su marido, que la abraza y le cuenta que ha confesado y está en un programa de protección de testigos. Quienes fueron a buscarla a la casa de su padre, el bondadoso bruto Jumpty, no eran matones de la mafia, sino policías; querían ofrecerla también protección para que testificara ante el gran jurado.
            Ginny acepta finalmente la invitación a pescar de su marido, prueba, en un intento de congraciarse con él, a lanzar torpemente la caña y su anzuelo se enreda con el de un joven pescador solitario y atormentado. Es el comienzo de una buena amistad, otra vuelta de la noria que, por unos momentos, parece quedarse inmóvil mientras la nueva pareja, en lo más alto, creen poder tocar el cielo con las manos.
            El niño pirómano acaba ingresando en el cuerpo de bomberos y es el primero en llegar a cualquier incendio, como si supiera antes de que empezara dónde van a producirse; ha salvado más vidas que nadie y ha recibido más condecoraciones que ningún otro miembro del cuerpo.
            “Y yo, bueno, yo he terminado el Máster en la Universidad de Nueva York y me gano la vida en el teatro. Tampoco me puedo quejar”.
            Vemos al sonriente Mickey en Time Square ofreciendo entradas a mitad de precio para los musicales de Broadway.


Miércoles, 27 de diciembre
SU OTRO BANCO

Sigo dándole vueltas al asuntillo del bitcoin, a la cadena de bloques y al enigmático Satoshi Nakamoto. Se me ocurre pensar que lo que ha creado un grupo excepcional de ingenieros informáticos –Nakamoto es un cuento– no es ni más ni menos que un banco descentralizado que convierte al mundo entero en paraíso fiscal. Un banco que se dedica, como todos, a captar nuestro dinero y a producir beneficios que redistribuye entre sus accionistas. ¿Y quiénes son esos accionistas? En primer lugar, los llamados “mineros”, que con sus ordenadores particulares crean y mantienen la “cadena de bloques”, que es como el gran libro de cuentas del banco, donde se anotan todas las transacciones, un libro de cuentas que es de acceso público, que no puede ser alterado y del que se guarda copia en miles de ordenadores distribuidos por el mundo.
            Los bitcoins son las acciones de ese banco digital. Suben continuamente –al menos de momento– porque cada vez hay más gente interesada en complementar su banco de toda la vida con ese otro banco que le permite hacer pagos rápidos y con bajo coste a cualquier parte del mundo, sin que nadie husmee la razón de esos pagos, y guardar los ahorros a escondidas del fisco.
            Ese nuevo banco sin oficinas ni banqueros que compren periódicos y les hagan cambiar su línea editorial es la Wikipedia de los bancos. Pero una Wikipedia que se ha convertido en una empresa muy rentable para los intermediarios informáticos (cada vez hacen falta equipos más poderosos y gente más preparada para sostenerla) y para los especuladores de toda la vida.  Hay quien dice que el nombre del presunto creador del prodigioso artefacto no es más que un anagrama de las grandes compañías que están detrás y son su primeras beneficiarias: SAmsung, TOSHIba, NAKAmichi y MOTOrola.


Jueves, 28 de diciembre
ES EL MEJOR

“Es el mejor de tus discípulos”, me dice Graciano García en la Biblioteca del Fontán mientras escuchamos a Javier Almuzara presentar su libro A la de tres. Un poco fastidiado porque tenga más admiradores que yo, mientras él lee sus haikus me entretengo en escribir otros.
            Ventanas ciegas, / puertas tapiadas. Todos / seguimos dentro.
            Mejor que mármol / para tan largo sueño / la tierra leve.
            Todos los sueños / no valen lo que vale / un despertar.
            En el poema / los ojos del lector / dejan su huella.
            Cuántas palabras / para no decir nunca / lo que me importa.




17 comentarios:

  1. Respuestas
    1. Yo, como un buen padre, los quiero a todos y a todas por igual.

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    2. ¿Dije los quiero? Quería decir los critico.

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  2. Que tengas buen año y que estos escritos tuyos duren muchos más. La posteridad puede esperar. Me gustó especialmente el último haiku.

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  3. Yo me uno a los buenos deseos para el 2018, que fácil será deje mejor recuerdo que este siniestro año en que lo imposible se hizo realidad para pesadilla de optimistas.
    Apenas he aparecido por aquí, y cuando lo he hecho ha sido a título de espectador, pero gracias por todo, Martín.

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  4. Gracias a ti por aparecer. Yo me conformo con el el 18 no sea peor que el 17.

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    1. Hola Martín:

      Siento haberme ido sin despedirme. No sé tener amigos ni cuidarlos (¿para qué, si luego se me mueren?) Siento que he perdido un paraíso natural. Bueno, siempre me quedará Shakespeare.

      Saludos,

      M. Taibo

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    2. Uno no manda en su salud, María. Espero que la próxima vez que vengas a Asturias te encuentres mejor y puedes disfrutar del paisaje y del paisanaje.

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    3. Gracias. Ahora sí puedo decir ¡feliz 2018!

      María

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  5. Wellcome a José Cancio, que lima la aspereza de las altas esquinas de este Manhattan enredado en las moreras de un Martín incorregible.

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  6. No se puede pedir mejor recibimiento. Ahora me corresponde no decepcionar diciendo alguna tontería, algo que será difícil evitar. Pero en ese caso sabré pedir disculpas, a eso sí me comprometo. Y lo reafirmo ahora, desde la posición enfrentada a las "altas aristas" de la torre Picasso, donde para bien o para mal (me cuesta dilucidarlo, diría J. Marías) me toca vivir. Por cierto, F., una curiosidad no tan conocida: Yamasaki es el arquitecto de esta torre (que a la profesión le resulta unánimemente sosa) y también de las demolidas en Manhattan por B. Laden.

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  7. Me sumo a los buenos deseos, señor García Martín, feliz 2018;
    espero que sea mucho mejor que el 2017,soy optimista siempre.
    Mi estima.

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  8. Miguel el Entrerriano3 de enero de 2018, 19:40

    Si alguna percanta de las de turbante y bola de cristal me hubiese pronosticado de joven que llegaría a ver alborear el 20.18, lo habría tomado a burla. Pero los médicos remiendan el cuerpo y los buenos escritores reparan la mente (que es sólo una parte evanescente y elusiva del cuerpo) haciendo posibles largas travesías del desierto y (mayormente) de la ignominia que por adelantado se hubiesen tenido por imposibles.

    Gracias a todos y que cada cual sobrelleve su periplo con la dignidad que pueda.

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  9. Parece que todos ustedes se conocen. Uno tiene la sensación de ser un intruso

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  10. No iré a ver esa película de W. Allen, nunca me atrajo su cine. Allá por los setenta yo me sentía el patito feo del grupo de amigos por la firme oposición a ver sus películas (igual que rechacé otros cánones que simplemente sustituían a otros), aunque un par de veces, no más, tuve que claudicar.
    No le discuto el talento a Allen, pero creo que lo mezcla espuriamente con el descubrimiento feliz del yacimiento inagotable que supone poner en evidencia la paranoia de la sociedad americana, perfectamente contagiosa para la europea. De haber sido español, ¿nos podemos imaginar que tipo de cine hubiera hecho? ¿Habría recurrido al repertorio de tópicos celtibéricos que tanto sarpullido nos producen y que en su momento a tantos espectadores entusiasmaron? El cóctel de psiquiatra+represión+frustración+complejos+soledad, convenientemente agitado, creo que no debe excitar el asombro popular, no deja de ser una fórmula fácil, igual que triunfa la novela mediocre. Veo a Allen frente a una pizarra escribiendo con tiza los ingredientes a utilizar en la olla del éxito, subrayándolos y dosificando su graduación de la forma más efectista posible, como supongo que habrán hecho los autores de Códigos, Sábanas santas y Catedrales marineras.

    Mañana me lloverán diatribas (¿llegará la lluvia a Madrid?), no lo dudo.También es cierto, y no me cuesta reconocerlo, que pocas veces veo una película sin sufrir la desagradable sensación de estar viendo una película. Uno necesita soñar, admirar el proceso creativo, y se decepciona cuando detecta lo que considera falta de honestidad.

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  11. Opina lo que quieras, José Cancio, pero mejor no dejarse llevar por el prejuicio. Hay más de un Woody Allen en Woody Allen, y no siempre le acompaña el éxito (últimamente, casi nunca).

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    1. Me parece muy bien tu respuesta. Lo digo completamente en serio. Admito la discrepancia con toda naturalidad. Además hay que reconocer que Allen es un icono.

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